lunes, 26 de mayo de 2014

Relojes inteligentes



Se aburría. Mucho. Y cuando se aburría, pensaba. Y cuando pensaba, tenía ideas. No grandes ideas. No ideas novedosas. Sólo... ideas. Absurdas, mayormente. Como aquella vez que se dejó retar a una partida de ajedrez por un caballero o aquella otra que decidió tomarse unas pequeñas vacaciones sin olvidar aquella otra en que se le antojó tener descendencia. Es lo que tiene el aburrimiento, que te hace ser creativo. Y si alguien sabía de aburrimiento esa era, sin duda, la Muerte.
Con crujir de huesos, la Parca se estiró, bostezó y, apoyando el huesudo cráneo sobre su huesuda mano, esparció la vista más allá del gigantesco escritorio y contempló, entre hastiada y disgustada, los más de siete mil millones de relojes de arena que descansaban llenando hilera tras hilera de estanterías, entre el siseo de los granos al caer, el “plop” de los que iban apareciendo y el “pfff” de los que desaparecían.
Shhhh.... Plop... Pffff.... Esa era la banda sonora de su vida... Pfff... Plop... Shhh... una y otra vez, de forma ininterrumpida, siglo tras siglo...
Shhh... Plop... Pfff...
Pfff... Plop... Shhh...


Tres sonidos y todas sus posibles combinaciones, repitiéndose de manera constante y monótona, sin variar en una nota. No era humana y, por tanto, no podía enloquecer pero el monótono soniquete la ponía todo lo cerca de la locura que puede estar una personificación antropomórfica puede llegar a estarlo.
Y fue en este estado de aburrimiento y disgusto que tuvo la ocurrencia de modernizar los relojes. Durante un rato estuvo valorando las diversas posibilidades: los relojes de sol tenían su encanto pero en aquel no-lugar resultaban inútiles, las clepsidras no tenían mala pinta pero resultaban demasiado húmedos para sus viejos huesos, los relojes de cuerda también tenían su aquel pero dudaba que pudiera resistir durante mucho tiempo más de siete mil millones de titacs sonando al unísono.
Entonces fue cuando llegó la “idea”, esa idea producto del aburrimiento que tan genial parece en el momento pero cuyos resultados suelen estar bastante alejados de lo previsto. Y la “idea”, en esta ocasión, fue sustituir todos los antiquísimos, preciosos y delicados relojes de arena por modernos, prácticos y delicados relojes “inteligentes” de esos que empezaban a estar de moda entre los humanos. Así que atravesó la fina barrera entre nuestro humano universo y su para-humano mundo, y dirigió sus huesudos pasos hacia una importante tienda de productos electrónicos donde, bajo la inocente apariencia de un jubilado, compró el último y más avanzado modelo de reloj inteligente, llamado smartwatch por el dependiente con un recién adquirido acento londinense que resultaba extremadamente sexy a su última novia y extremadamente incomprensible a los londinenses.

De vuelta a su universo la Muerte se preparó una taza de chocolate y se sentó con ella y el reloj ante su escritorio dispuesta a descubrir cómo funcionaba aquel misterioso artefacto mientras los relojes de arena continuaban con su monótono “Shhh... Plop.. Pfff...”.
Durante un rato anduvo dando vueltas al reloj sin saber muy bien qué hacer, hasta que, sin saber cómo, el aparato pareció despertar. La pantalla se iluminó, llena de curiosos símbolos llenos de colorines cuya función ignoraba y, como lo ignoraba, se dispuso a hacer desaparecer su ignorancia por el antiquísimo método de dejar de lado el libro de instrucciones y ponerse a toquetear todo lo toqueteable. Los dibujitos aparecían y desaparecían, algunas cosas parpadeaban, otras dejaban de parpadear, había palabras extrañas como wifi, bluetooth o gps pero, al cabo de una hora de toqueteos, la Muerte seguía tan ignorante del funcionamiento del reloj como al principio.
A pesar de todo, siguió en su empeño y continuó tocando aquí y allá, totalmente perdida en el laberinto tecnológico pero sin querer rendirse hasta que, sin saber por qué, el estúpido aparato se puso a silbar una y otra vez, una y otra vez,  una y otra vez,  casi sin pausa, tres o cuatro notas repetidas hasta el hartazgo. Un silbido tan agudo, cansino y molesto que, a su lado,  el "Shhh... Plop... Pfff" que siempre la acompañaba parecía una deliciosa obra musical.
La Muerte se desesperaba tratando de acallar el monstruoso son sin conseguirlo hasta que no le quedó más remedio que acudir a la solución definitiva: lanzarlo contra el suelo y pisoteado hasta que el reloj, con lastimero estertor, calló para siempre.
La Parca se regodeó, durante unos segundos, en el recién recuperado nivel sonoro habitual. Si hubiera tenido ojos, los habría cerrado con deleite y, si hubiera tenido labios, habría sonreído de placer. Se sentó, de nuevo, tras su escritorio. Contempló los antiguos relojes de arena y dijo para sí:
-¡Dónde estén unos buenos relojes de arena con su “Shhh... Plop... Pfff...” que se quiten todos los adelantos tecnológicos!
Al cabo de escasos minutos la Muerte volvía a aburrirse, a pensar y a tener ideas...

 

viernes, 16 de mayo de 2014

Espíritu libre



A las diez y media de la noche ya se encontraba Basi sentado a la barra de su pub favorito, charlando con Manolo, el barman de toda la vida.
A las once y cuarto, con su segunda copa, Basi lanzaba su habitual diatriba contra la vida lastimera y rutinaria de la mayoría de los humanos mientras Manolo -uno de esos borregos amaestrados que tanto despreciaba Basi- le prestaba un cuarto de su atención y disimulaba tres o cuatro bostezos.
Eso de tener un trabajo fijo, un horario estricto, vivir atado a una mujer, a unos hijos, un jefe, vivir cada día del mismo modo que el anterior, repetir cada día los mismos gestos, los mismos caminos y las mismas rutinas no iba con él. No señor, Basi era un espíritu libre, un aventurero, un ser nacido para vivir bien lejos de las convenciones mundanas. Y este discurso era repetido por Basi cada noche, a la misma hora, con una exactitud casi milimétrica, justo entre su segunda copa y su primera raya de coca.
A eso de las doce comenzaba su habitual recorrido por los mismos antros nocturnos de cada noche, bebiendo, esnifando, bailando, buscando algún pibón recauchutado que llevarse a la cama. Disfrutando de lo que él llamaba su libertad.

En el último antro, delante de la última copa, tras su última raya de coca y sentado junto a una chica de grandes pechos e ideas pequeñas, el último pibón de su larga lista de pibones sustituibles e intercambiables, Basi volvía a soltar su discurso favorito sobre vidas rutinarias y grises ante una audiencia compuesta de “espíritus libres” rebosantes de alcohol, coca y hastío.
A las siete de la mañana, mientras la humanidad diurna comenzaba, adormilada, su jornada, Basi regresaba a casa, con una sonrisa en la cara, su última conquista colgada del cuello y satisfecho de no llevar la vida monótona de sus conciudadanos menos afortunados.
A las ocho, tras una intensa sesión de sexo, Basi mandaba a paseo a la amiguita de turno, se lavaba los dientes y se tiraba en la cama donde dormiría hasta las cinco de la tarde.
A las diez y media de la noche ya se encontraba Basi sentado a la barra de su pub favorito, charlando con Manolo, el barman de toda la vida...




lunes, 5 de mayo de 2014

Vida



Sesenta años y su biografía se veía reducida a cero.
Pendiente de su madre enferma desde hacía años, Mauricio no había vivido, ni disfrutado, ni padecido otra cosa que el diario sufrir de la enfermedad materna.
No tenía amigos porque no disponía de tiempo para compartirlo con ellos.
No tenía pareja porque no había tenido tiempo para conocer el amor.
No conocía las alegrías ni las tristezas que la vida depara a la mayoría de la gente porque él sólo había dispuesto de tiempo para trabajar y para cuidar a su madre.
El vacío, pues, siempre había estado presente pero no fue hasta que se quedó totalmente solo, ya sin la necesidad de cuidar de otro ser, que su no existencia se le mostró en toda su vacua crueldad.
Fue entonces cuando comenzó a coleccionar fotografías.

Iba cada domingo al rastro, vestido siempre de punta en blanco, y recorría los puestos en busca de sus pequeños tesoros fotográficos. Revisaba todas las fotografías que encontraba y escogía con sumo cuidado las que quería. No buscaba edificios, ni monumentos, ni escenas callejeras, ni paisajes. Mauricio sólo quería fotografías de personas: grupos de amigos, familias, parejas, niños; imágenes de bodas, comuniones, bautizos, cumpleaños...
Luego, una vez en casa, acompañado de una taza de chocolate y algo de música clásica, dedicaba el resto del domingo a clasificarlas, ordenarlas y colocarlas en sus álbumes correspondientes.
Aquellas gentes, aquellos rostros, aquellos momentos se le volvieron cada vez más familiares. Y comenzó a ponerles nombres: aquel señor de bigote que posaba serio junto a una radio, era el tío Francisco, presumiendo de radio nueva en los tiempos en que eso era un lujo; aquella pareja sonriente en su día de bodas eran la prima Vera (¡qué de bromas le gastaba con eso!) y su marido, Toño, lástima que acabaran separados; aquellos niños que posaban junto al Rey Baltasar en unos grandes almacenes eran Juanín, Mariquita y Pablín, sus sobrinos predilectos que ahora eran, respectivamente, ingeniero, arquitecta y médico... Y allí estaban abuelos, bisabuelos, primos, sobrinos, amigos de la infancia y la juventud y, finalmente, su mujer y sus propios hijos.
A base de fotografías ajenas, de recuerdos apropiados, de vidas vividas por otros, Mauricio se fue fabricando una vida inventada pero que llegó a sentir real y si hubiera habido alguien dispuesto a escucharle, Mauricio le habría hablado de lo feliz que había sido junto a su difunta esposa, esa que ve en este retrato con ese vestido azul, su favorito o le habría contado lo orgulloso que estaba de su hija, una gran abogada y de sus dos preciosos nietos, inteligentísimos, ahí los tiene a los tres, sonrientes, en la primera comunión del pequeño o de su hijo menor, recién licenciado en ciencias del mar que andaba investigando por esos mares que me acaba de enviar esa fotografía desde el barco en el que navegaba...
Tanto se repitió a sí mismo esas historias que nadie habría logrado convencerle de que eran ficciones. 
Mauricio, una vez libre de su cadena maternal podía haber construido su propia vida pero, asustado, solitario, gris, prefirió apropiarse de las vidas de otros y vivirlas a través de sus viejas fotografías.


jueves, 17 de abril de 2014

Vegan zombie


A Salustio Olortegui -Salus para los amigos- no le disgusta ser zombi. No se puede negar que tiene sus desventajas: los rígidos andares, el babear de imbécil, la manía de ir perdiendo miembros a diestro y siniestro, la forma de hablar tan minimalista..., pero también es cierto que tiene grandes ventajas: ya no debe preocuparse por su aspecto, siempre tiene compañía porque los zombis van juntos a todas partes, no tiene que dar conversación a nadie porque no existen los zombis habladores, no  ha de preocuparse por mantenerse sano porque, total, ya está muerto...
Sólo una cosa empaña la felicidad de la maravillosa no-vida de Salus: la dieta.
¡Ay esa manía zombi de comer carne a todas horas y sin parar!
¡Ay, ese hambre cárnica que se le agarra a las no-tripas y no lo deja en paz!
Salustio Olortegui, vegano practicante y evangelizante, azote de congéneres carnívoros y amante de las frescas verduras de su huerto ecológico sufre a todas horas de unas desesperadas y desesperantes ansias de meterle el diente a la carne fresca y sangrante de algún vivo despistado.
Salus resiste como puede su insufrible deseo de carne humana y trata de apagar su hambre insaciable con las pocas verduras y frutas que puede encontrar en aquella ciudad muerta. Así, mientras los otros zombis se reunen en manadas descerebradas en cuanto les llega el más leve olor a ser humano vivo, Salus busca algún supermercado o frutería y se zampa todo lo zampable, que es cada vez menos y mayormente putrefacto cosa que, siendo él mismo un ser en constante proceso de putrefacción, no es algo que le preocupe en demasía. 

Pero por mucha legumbre, fruta y verdura que coma, el hambre no abandona a Salus, sus pútridas tripas rugen cada vez que hasta su cuarto y mitad de nariz llega el dulce aroma de la carne fresca, cálida y palpitante de los humanos cercanos y su boca saliva sin saliva ante la visión de los banquetes sangrientos de sus compañeros no-muertos. La tentación es grande pero como zombi de principios que es, Salus resiste con valor y una increíble voluntad, sobre todo teniendo en cuenta lo muy poco de humano que queda en su licuado cerebro.
Y así podría haber seguido Salus, con este plan de contención y abstención durante todo lo que le durara su no-vida, sino hubiera sido por el cerdo.
De haber sido otra época menos extraña, y de haber tenido los sesos menos licuados, Salus se habría preguntado qué narices hacía un cerdo de aquella envergadura en plena ciudad pero dadas las circunstancias tanto del mundo como de su cerebro, sólo dijo:
-¡UUUUARRGH! -o algo por el estilo.
Iba a continuar su renqueante camino cuando, en un cambio del viento, llega hasta su cuarto y mitad de nariz el inconfundible aroma a ser humano, a ser humano vivo, se entiende. Y después de olerlos, los ve y lo que ve no le gusta nada a Salus.
Los humanos, pendientes del cerdo, no ven al zombi que los mira con la cara de incomprensión típica de cualquier zombi y continuan lo que ellos consideran un sigiloso avance hacia el gorrino que, descuidado, hoza entre un montón de basura. 


Los humanos rodean al animal, lo acosan, lo acorralan y, finalmente, lo matan a palos.
Salustio Olortegui, el zombi vegano y pacifista, se espanta primero, luego se horroriza y, por fin, se indigna, se encocora y hasta llega a enfurecerse.
-¡Eso no! -piensa con su cuarto y mitad de licuado cerebro-. ¡Malditos carnívoros asesinos!
Pero por su desgarrada garganta lo único que sale es:
-¡AAAAOOORRRGGG! ¡GGGGGRRRAAARGH! -o algo parecido.
Los cazadores lo oyen antes de verlo: un zombi escuálido, con cuarto y mitad de nariz, patizambo y de ojos saltones que, agitando los brazos, gruñe y avanza hacia ellos tropezando con sus propios pies, y huyen espantados, no porque teman a ese enclenque no-muerto sino porque saben que los gruñidos de este atraerán a otros. Y esos otros no tardan en aparecer, olisqueando el aire, arrastrando extremidades, gruñendo su monótona cantinela, aproximándose lentos pero inexorables.
Y al frente de todos, con furiosa determinación, no dirigiendo pues los zombis sólo son dirigidos por su hambre voraz, pero sí marcando el paso, se encuentra Salus, mostrando sus amarillos dientes, las manos convertidas en garras, la furia brillando en sus apagados ojos.
Al fin, después de tanto tiempo, Salustio Olortegui ha encontrado el modo de conjugar su veganismo y su condición de zombi. La muerte de ese incongruente cerdo le ha dado la justificación necesaria para dar rienda suelta a su naturaleza zombi.
Los zombis salen de los edificios cercanos, se acercan desde las calles próximas, rodean a los atrevidos cazadores. Salus es el primero en darles alcance, por primera vez un zombi entre zombis. Su desleído cerebro, ofuscado por el olor a carne, sus instintos a flor de piel, sus manos hechas zarpas. 

Uno de los cazadores tropieza, y ese fatídico tropiezo le concede el indeseado e indeseable honor de convertirse en la primera presa de Salus.
Las papilas gustativas del zombi, acostumbradas a décadas de verdura y fruta, explotan de placer al primer bocado de jugosa carne que cae sobre ellas y su garganta se abre para absorber hasta la última gota de sangre fresca. Salustio se ve inmerso en un éxtasis de placer carnívoro. Arranca, desgarra, destripa, deshuesa, descuartiza, muerde, mastica y traga envuelto en una nube de furia vengadora.
Cuando la orgía carnívora concluye, Salus, ahíto, mira a sus compañeros sintiéndose, por fin, parte del grupo, miembro de la manada, compañero de cuadrilla. Sabe que no hay vuelta hacia el veganismo pero no le importa. Alimentarse de humanos será una extensión de su defensa animalista. Acosará a sus ex-congéneres, les dará caza, les torturará y se alimentará de su carne tal como ellos llevan siglos haciendo con otros animales.
En su atrofiado cerebro, Salus se ve como el cadavérico vengador de todas las especies animales.
En la parte más primitiva de su atrofiado cerebro, el reptil se relame pensando en la carne aún por comer.

 

 

sábado, 5 de abril de 2014

Micros



De cobardes y de héroes

El muchacho, casi un niño, miraba a Martínez con ojos de cachorro asustado.
Martínez, con el arma apuntando al muchacho, lo miraba fijamente pensando en su propio hijo, apenas algo menor, y no le costó nada verlo en el terror de aquellos ojos casi infantiles.
-¡Vamos Martínez! ¡Dispara de una puta vez! -le azuzaba el teniente Bermúdez.
Martínez seguía mirando al muchacho aterrorizado y pensando en la familia, angustiada, esperaba su regreso.
Bajó su fusil y, cabizbajo, comenzó a girarse.
El muchacho, liberado del embrujo del miedo, se levantó, tomó su arma, disparó sobre Martínez y salió huyendo.
Martínez fue enterrado como un cobarde.
El muchacho fue vitoreado como un héroe.




Esperanza


Luzmila había tenido un triste pasado, vivía un presente doloroso y poseía una fe inquebrantable en el futuro.
Por eso, cada día, esperanzada, se sentaba a la puerta de casa y, con cara sonriente, esperaba la llegada de su brillante mañana.
Y cada noche, con la misma sonrisa, se iba a la cama pensando:
-¡Mañana! ¡Será mañana!
Y pasaron semanas, meses, años y Luzmila, confiada, seguía esperando su feliz futuro.
Su piel se arrugó, sus ojos perdieron brillo, sus cabellos encanecieron, la muerte, inexorable, llamó a su puerta y sólo entonces admitió Luzmila que aquel radiante porvenir que ansiaba había pasado, silencioso e invisible, a su lado, sin que ella lo notara y la había dejado allí, olvidada. 


 Acrofobia

-Oiga, jefe -le dije yo al jefe-. ¿No podría ayudarme con este problema mío con las alturas? Me paso el día así, encogido de miedo, con sudores fríos, con mareos... Lo paso fatal. Así no se puede trabajar, ni vivir, ni ná...
Y el jefe me miró con esa cara tan seria que pone él, ya sabes, esa en que no mueve ni un músculo. Y me miró así como mira él, muy fijo, sin pestañear, hasta que uno baja la mirada avergonzado de no se sabe qué.
Lo debí pillar en un mal día porque cuando habló con esa voz tan suya va y me dice muy sonriente:
-Claro, por supuesto, sin problemas...
Y luego me envió al Infierno.



domingo, 30 de marzo de 2014

Despido



El borracho, como todo borracho que se precie, anda haciendo eses. Unas eses enormes, sinuosas, continuas. Cruza de un lado al otro de la carretera sin mirar más que a sus pies: quince pasos vacilantes a la izquierda, quince vacilantes pasos a la derecha, así una y otra vez, trazando curvas invisibles en el asfalto.
El borracho, como todo borracho que se precie, canta aunque, a diferencia de la mayoría de borrachos canta bajito:
I'm on the highway to hell
On the Highway to hell
Highway to hell
I'm on the highway to hell...
De vez en vez, el borracho deja de cantar, da un largo trago a su botella y murmura para sí:
-Es mejor una chica, Edgardo. Nos traerá más clientes, Edgardo. Los hombres no se resisten a unas buenas curvas, Edgardo. Tu producción ha bajado mucho, Edgardo. No hagas enfadar al jefe, Edgardo... ¡Bah, tonterías!
Y luego continua con su sinuoso camino: quince vacilante pasos a la derecha, quince pasos vacilantes a la izquierda, trazando curvas y más curvas, tragando kilómetro tras kilómetro con su serpenteante andar y vuelve a cantar:


I'm on the highway to hell
On the Highway to hell
Highway to hell
I'm on the highway to hell...
El calor va en aumento aunque el borracho no parece notarlo. El paisaje cambia, se hace más agreste, menos humano, más tenebroso, menos natural.
El borrachín vuelve a murmurar entre dientes:
-Las cosas están mal, Edgardo. La crisis también nos afecta, Edgardo. Hay que modernizar el negocio, Edgardo... ¡A la porra el negocio! ¡Esa era mi curva! ¡Años trabajando en ella para que me robe el puesto esa... esa...!
Da otro tiento a la botella y continúa su inestable zigzag. Quince pasos a la derecha, ligero balanceo para no perder el equilibrio, quince pasos a la izquierda, ligero balanceo para no perder el equilibrio, quince pasos a la derecha...
Por fin, tras varios cientos de eses, el borracho se detiene, ante él se cierne una ciclópea puerta de piedra con horripilantes bajorrelieves y una gigantesca aldaba en su centro. Basculante, se pone las manos en jarras, da un paso atrás, dos adelante, recupera el precario equilibrio y lloriquea:

-Me encantaba mi trabajo... Me encantaba llevarlos hasta esa curva borrachos, drogados, furiosos o deprimidos y acompañarlos hasta que tomaban la curva a toda velocidad y salían volando para estrellarse contra las rocas... ¡Hice grandes amigos! ¡Y lo peor es que usted... usted, jefe... usted me ha sustituido por la foto de una chica en bikini!
El borracho trastabilla, se balancea y, finalmente, cae al suelo cuan largo es.
Las puertas del Infierno se abren, y el lastimoso y borracho diablo es arrastrado a la asfixiante oscuridad por dos de sus compañeros.


viernes, 21 de marzo de 2014

Promesa de amor


Era mayo, lo recuerdo muy bien. Un mayo cálido y soleado. Tumbados en la cama, exhaustos y felices, disfrutábamos de la pasión de los primeros días de casados. Charlábamos, reíamos y, de tontería romántica en tontería romántica, acabamos hablando de la muerte. Fue entonces cuando, tomándome de las manos y mirándome fijamente a los ojos, me hiciste prometer solemnemente que no te dejaría morir sufriendo y que, llegado el caso, incluso te ayudaría a dar el paso definitivo.
Y yo lo prometí. Sin pensarlo. Sin dudarlo un instante. Sin creer realmente que algo así pudiera llegar a suceder. En aquel entonces, la muerte era algo lejano, el sufrimiento sólo afectaba a los demás y hacer esa promesa me pareció -en mi inconsciente felicidad- un acto lleno de romanticismo.
Pasaron los años a velocidad de vértigo. Cumplimos algunos sueños y abandonamos otros. La vida nos dio y nos quitó. Penas y alegrías dejaron huella en nuestros rostros. La promesa quedó oculta bajo otras promesas y otras preocupaciones más inmediatas. No volvimos a pensar en ello,  ni volvimos a hablar del tema. Vivir nos mantenía muy ocupados y no podíamos perder el tiempo pensando en el futuro.
Entonces apareció la tos. Una tos persistente e irritante. Una tos que no te abandonaba hicieras lo que hicieras. Una tos que sonaba a malos augurios. 

-Será un resfriado mal curado -nos decíamos-.
O una gripe persistente, o quizás una bronquitis... cualquier cosa manejable, cotidiana, algo que pudiéramos dominar fácil y rápidamente. Quisimos creer que nada pasaba y casi nos habíamos convencido de ello cuando llegó el diagnóstico y nos puso ante la oscura realidad que no queríamos contemplar.
Animosos, decididos, llenos de ciega confianza comenzamos la lucha contra la enfermedad y la muerte. La antigua promesa flotaba entre nosotros, callada, pero presente. Aún teníamos esperanza.
Los meses pasaban y la enfermedad avanzaba imparable. Parecía alimentarse de ti, insaciable, voraz, inmisericorde. Los años caían sobre tu cuerpo de diez en diez. Te reducías, te encogías, desaparecías ante mis propios ojos sin que yo pudiera hacer nada.
Y una noche, tumbados en la cama, exhaustos y tristes, disfrutando de cada minuto que la muerte nos concedía, tomaste mis manos como aquel día de mayo, me miraste a los ojos y me pediste que renovara aquella lejana promesa.
Esta vez me negué a escucharte. Ya no le veía el romanticismo a semejante compromiso. Te ibas a curar. Te ibas a poner bien. Todo sería como antes. No había más que hablar. Tú insististe en ello, lo pediste, lo rogaste, lo suplicaste con lágrimas en los ojos y yo, con lágrimas en los míos, me sentí incapaz de imaginar que algo así llegara a suceder.

Pero la muerte venía, y venía a toda velocidad. En poco tiempo ya casi no quedaba nada del hombre que siempre habías sido. Consumido, apagado, sin fuerzas, decidiste abandonar una guerra que estaba perdida desde el principio. Tu cuerpo ya no te pertenecía y sólo soñabas con abandonarlo.
Yo he tardado más en aceptarlo...
Aquí traigo, al fin,  tu descanso. En esta pequeña jeringuilla. No tengo más que inyectar este veneno en tu cuerpo agostado y todo acabará para ti...  Y para mí. Aquí traigo, mi amor, la paz que sueñas. Voy a cumplir, por fin, la promesa que te hice hace toda una vida.
El hombre susurra un gracias que suena como un suspiro y toma con fuerza la mano de la mujer. Ambos se miran durante unos momentos. No hay nada que hablar, nada que decir que no sepan ambos. La mujer da un beso en la frente al hombre y, a continuación, inyecta el contenido del frasco en el gotero que cuelga sobre su cabeza. Luego se acurruca junto a él y, abrazados y exhaustos, desgranan sus últimos momentos juntos. 



 

 

Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...