Eran las cuatro de la madrugada y como el insomnio había decidido que aquella noche no dormiría, decidió levantarse.
Al pasar por el salón, miró por la ventana. Todo estaba a oscuras. ¿Un apagón? Imposible, la luz del pasillo funcionaba.
Al acercarse quedó boquiabierta. No había calle, ni cielo... nada, excepto unas figuras que desenrollaban el asfalto, alzaban fachadas, instalaban nubes y arrastraban una esfera amarilla.
Uno de los operarios se percató de su presencia tras el cristal y se acercó agitando los brazos con enfado.
—¡Señora, haga el favor de bajar la persiana! —gritó, señalando su reloj de muñeca—. Vamos con retraso y si sigue mirando, no tendremos listo el martes a tiempo.
