miércoles, 29 de mayo de 2019

DECISIONES


1 de junio de 3215 



Sentados ante una brillante mesa de una espaciosa oficina cuyos amplios ventanales se asoman a un plácido jardín bañado por el sol, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Consejo Mundial está a punto de claudicar ante los Djorgs y ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de mañana los humanos pasaremos a ser, de facto, otra especie esclava de los alienígenas —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre dije que volvernos tan extremadamente pacifistas no podía traer nada bueno. Cierto que ya no hay guerras, pero nos hemos quedado indefensos ante seres de otros planetas, tal como ha quedado más que probado —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara al momento en que las ideas pacifistas triunfaron y encontrara el modo de darles un ligero frenazo, lo justo para no quedar por completo inermes, podríamos salvar el planeta.  

Los cuatro discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 

Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 



1 de junio de 3215 


Sentados ante una severa mesa de una austera oficina, cuyos ventanales enrejados se asoman a un patio de cemento en el que decenas de reclutas realizan sus ejercicios matinales, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Líder Supremo está descontrolado, no atiende ni a las razones de los más cercanos y ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ahora las purgas serán aún más exhaustivas, que habrá nuevas levas y reclutas aún más jóvenes, que todos nuestros ya escasos recursos se irán a una nueva y estúpida guerra —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he creído que, si en lugar de un ser humano, nos guiará una IA, las cosas nos irían mejor, puestos a vivir bajo una tiranía, prefiero la de un ente sin pasiones —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara al pasado y esparciera ciertas ideas entre los científicos adecuados... 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 


Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 




1 de junio de 3215 


Sentados ante una mesa de una fría oficina, cuyos ventanales se asoman a unas amplias avenidas donde robots de diferentes tamaños y formas se afanan en sus tareas, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—OC sigue convencido de que lo mejor para todos es parecernos más a él y ha decidido que a cada uno de los humanos le debe ser implantado un chip intracerebral. Ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ese momento seremos como máquinas controladas por el Ordenador Central, llenos de lógica y vacíos de sentimientos y personalidad —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he pensado que fue una lástima que los luditas no lograran tener éxito en su lucha contra las máquinas, no digo yo parar el avance científico, pero creo que dirigirlo un poco no habría estado mal —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara en al pasado y echara una mano a esos luditas... 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 


Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 




1 de junio de 3215 


Sentados ante la gran mesa de madera de una oscura oficina, cuyos ventanales se asoman a un claustro por el que unos pocos monjes pasean en silenciosa meditación, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Santo Padre ha decidido prohibir cualquier tipo de enseñanza, ni tan siquiera un mínimo de lectura y escritura, nada. Ya sabéis lo que eso significa —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ahora perderemos los escasos avances que hemos logrado, que la ignorancia campará por el mundo y que el conocimiento quedará en manos de los más poderosos —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he pensado que lo peor que nos pudo ocurrir fue no poder librarnos de la religión cuando tuvimos la oportunidad —se explaya un tercero. 

—Si no se hubiera declarado a la ciencia como herética, quizás no nos estaríamos iluminando aún con velas —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Quizás hasta habríamos podido viajar en el tiempo y cambiar nuestra historia, ¿quién sabe? 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  


—Por desgracia eso es algo que nunca sabremos. 


10 de diciembre

Embutido en su EVA el astronauta trabajaba fuera de la estación espacial cuando lo vio. ―¡No puede ser! ―murmuró para sí, sacudiendo la cabe...