sábado, 2 de diciembre de 2017

Cosas de niños


El niño juega a solas y susurra:
-Hoy han vuelto a llamarme monstruo. No sé por qué lo hacen. No soy ningún monstruo. No parezco un monstruo, ni huelo como un monstruo, ni gruño como un monstruo, ni estoy lleno de pelo, ni tengo dientes enormes, ni garras afiladas, ni nada que parezca de monstruo.
El niño, sin dejar el juego, continúa murmurando:
-Nadie quiere jugar conmigo. Durante el recreo me siento en un rincón del patio y los miro jugar. A veces se acerca alguno hasta donde yo estoy y me pega, o me escupe o me llama monstruo porque sus amigos le han retado a hacerlo. Yo no hago nada, sólo me quedo mirando, muy fijo. Ni siquiera hablo. Eso los pone nerviosos y muchos acaban dejándome en paz.
El niño se quita de los ojos un mechón de pelo rebelde dejando un rastro de suciedad amarronada en su frente y continúa con su monólogo:

-No siempre funciona. Siempre hay alguno que que no se conforma con un escupitajo, un insulto o un empujón, y decide que quiere más y se pone a darme puñetazos o patadas... Entonces lloro, porque sé que es lo que quieren, que llore mucho, muy fuerte y les doy lo que quieren encantado con tal de que me dejen en paz. Cuanto más fuerte lloro, antes se paran, sobre todo si hay algún profe cerca.

El niño detiene su juego y escucha. A lo lejos suena la voz ebria de su madre llamándole a gritos. Él se queda quieto, muy quieto, escuchando esa voz pastosa que le escupe maldiciones e insultos. Lo mejor es no moverse, no acercarse a ella, no ahora. Puede verla desde la seguridad de los arbustos tras  los que juega, lleva el cinto apretado en torno a su su mano derecha, desgreñada, la camiseta llena de lamparones y balanceándose mientras grita su nombre. Es la hora de su castigo. Del castigo sin motivo. Del castigo por si acaso. Del castigo que, según su madre, se merece por ser un maldito monstruo. Sí, su madre también le llama monstruo. Como todos. Él no se mueve ni medio milímetro, la deja que se desgañite hasta casi la afonía. En un rato caerá sobre el sofá en estado semi comatoso y entonces él podrá volver a casa, coger cualquier cosa del frigo y encerrarse en su cuarto.
Por fin se hace el silencio y el niño continúa con su soliloquio:
-Mamá también me llama monstruo. Pero yo no soy un monstruo. Ni siquiera parezco uno. No sé por qué lo hace. Tampoco sé por qué los demás chicos se meten conmigo. Yo sólo quiero que me dejen tranquilo, ni siquiera intento ya ser su amigo. Pero no me dejan en paz. Hoy mismo un grupo de los mayores me ha esperado al salir del cole. El cabecilla dijo que los miré mal. No es cierto. Yo no los miro, ni mal ni bien ni de ninguna manera. Ni siquiera me pongo en su camino porque sé lo que pasa cuando me cruzo con ellos. Por eso intento esquivarlos y, si no me queda otra que pasar a su lado, bajo la cabeza y me encojo. Intento hacerme pequeño, muy pequeño, tan pequeño que no puedan verme.

A veces consigo hacerme invisible y paso a su lado sin que se fijen en mí. Otras, no. Otras me ven.
Hoy ha sido una de las otras veces.
Por eso estaban esperándome.
El niño se limpia un reguero de mocos verdosos con la manga del jersey.
-Me han rodeado, pero como soy más pequeño y más flaco he podido escabullirme entre ellos. He corrido todo lo aprisa que he podido, pero al final me han pillado. Me han cogido entre dos mientras el más grande, el que manda, me daba puñetazos en el estómago. Dice que así no deja marcas y da igual que me chive. ¡Como si yo fuera a chivarme! Luego me han tirado al suelo y me han restregado la cara contra una boñiga de perro. Yo los he dejado hacer. Con estos no funciona lo de mirarlos, se enfadan más. Ni tampoco funciona que me ponga a llorar, se rien y me dan con más fuerza. Con estos lo único que puedo hacer es esperar a que se cansen del juego. Hoy tuve suerte y se cansaron pronto.
El niño aparta unas molestas moscas y continúa:
-Al llegar a casa y quitarme la ropa sucia, me miro al espejo. A veces lo hago. Me miro muy bien mirado. Por delante. Por detrás. De un lado. Del otro. Me miro todo el cuerpo con mucho cuidado. Buscando qué puedo tener de monstruo: unos cuernos, una cola, escamas... No sé, algo raro. Pero nunca me encuentro nada. Soy un niño como los demás. O eso creo.

Durante un instante, el niño queda con la mirada perdida, su mente perdida entre recuerdos y luego, algo reticente, vuelve a susurrar:
-Una vez tuve un amigo. Un amigo que no me llamaba monstruo. Se llamaba Mike y lo pasábamos muy bien juntos. Era muy divertido. Me invitaba a jugar a su casa y a mí me encantaba ir. Su casa estaba muy limpia y su mamá no se emborrachaba, ni gritaba, nos daba leche y galletas para merendar y Mike tenía un montón de juguetes. En cambio, yo nunca lo traje a casa. Me daba vergüenza. Éramos los mejores amigos del mundo hasta el día que jugamos a uno de mis juegos favoritos con su hermano pequeño. No sé por qué se asustó tanto ni por qué llamó a su mamá. Si, total, sólo le había hecho un par de cortes en las piernas que casi ni sangraban. Ni siquiera había comenzado a golpearle los dedos con el martillo, con lo divertido que es oír el crack del hueso cuando se rompe... Cuando la madre de Mike entró se puso a gritar como una loca mientras desataba al llorica del hermano de mi amigo. Me dijo un montón de cosas feas. Me echó de su casa y luego llamó a mi madre para gritarle más cosas feas. Ese día mamá me dio una paliza tan grande que no pude levantarme de la cama en varios días.
Desde entonces Mike dejó de hablarme y ahora él también me llama monstruo.
El niño lanza un profundo suspiro.
-Yo no entiendo nada. Mi mamá me pega porque dice que soy un monstruo. Los otros chicos me persiguen porque dicen que soy un monstruo. Nadie quiere jugar conmigo porque dicen que soy un monstruo. Se ríen de mí porque dicen que soy un monstruo. Me llaman monstruo a todas horas y yo no entiendo por qué. ¿Tú lo entiendes Dientecitos?
El niño deja a un lado el cuchillo con el que ha estado jugando y, con el ceño fruncido, alza hasta su rostro la menuda y torturada masa sanguinolenta de un ratón que, hasta no hacía mucho, respondía al nombre de Dientecitos.
-Yo no soy un monstruo, de verdad, no soy ningún monstruo.


lunes, 13 de noviembre de 2017

El calcetín rojo


Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. No “un” calcetín rojo, así indefinido, no, él buscaba “el” calcetín rojo. Es más, buscaba el Calcetín Rojo, con sus mayúsculas y sus negritas y hasta sus llamativas luces de neón.

Ese calcetín rojo que ahora buscaba con desesperación en todos los rincones, hacía tiempo que pedía, no ya el retiro, sino la defenestración. Sus hilos se mantenían unidos casi por un acto de fe, los zurcidos se superponían unos a otros como capas geológicas compuestas de diferentes tonos de rojo, color que había lucido con orgullo en su ya lejana juventud de calcetín recién estrenado, pero que a estas alturas, tras cientos de usos y lavados, había pasado a ser algo bastante indefinido e indefinible que lo mismo podía ser rojo, que rosa, que gris. Pero no importaba, él seguiría cuidándolo y zurciéndolo mientras hubiera un par de hilos que unir y pudiera usarlo combinado con cualquier otro calcetín de cualquier otro color pues su pareja inicial había desaparecido hacía ya mucho. Pero el importante era el que aún tenía, el que ahora buscaba con frenesí. Ese era el trascendental, el único, el que le daba suerte, el que conseguía que todo saliera correctamente y sin tropiezos.

Sin ese calcetín todo le saldría al revés.
Hoy era un día importante y debía llevarlo. Como el día que lo estrenó y se estrenó él mismo. Ese día maravilloso en que todo fue sobre ruedas gracias, a él no le cabía la menor duda, al ahora desaparecido calcetín rojo.
El tiempo pasaba. Ella le estaría esperando y él tenía que acudir. Le había costado mucho concertar esa cita y no podía faltar porque no habría una segunda oportunidad.
Necesitaba ese calcetín.
La casa estaba quedando patas arriba, cajones y cojines por los suelos, el contenido de armarios cubría la cama y, durante un ataque de frustración, llegó a plantearse desmontar los sillones.
Le llevaría horas volver a colocar todo en su lugar, pero en ese momento lo único importante era encontrar el dichoso calcetín rojo.
Por fin, tras varias pasadas por todos los rincones de la casa, lo encontró oculto entre unas sábanas bajeras. A saber cómo había llegado hasta allí y a saber cómo no lo había visto antes, pero allí estaba.

Viejo, rezurcido, descolorido y único.
Suspiró aliviado y se lo puso inmediatamente, con tanta premura, que  el dedo gordo atravesó el último zurcido.
Se quedó mirando el trozo de dedo que asomaba entre los hilos y pensó en dejarlo así, pero le pudo la sensación de que llevar el calcetín de ese modo era un pésimo augurio y corrió a buscar las herramientas de costura.
Para cuando acabó de zurcir y vestirse, la medianoche sonaba ya en el lejano reloj de la catedral.
Hacía dos horas que debía haberse presentado a la cita.
El calcetín rojo había aparecido demasiado tarde.
La chica, sin la menor duda, se habría ido hacía rato y sería imposible convencerla de que le diera una segunda oportunidad.
Miró su piso con desconsuelo.
Miró su calcetín rojo con tristeza.
Suspiró profundamente.
Se cambió de ropa, guardó cuidadosamente su calcetín rojo, ordenó y limpió toda la casa y, por último, con enorme pesar, recogió todo el instrumental desplegado sobre la mesita de su vacía sala de tortura.
La próxima vez que saliera de caza tendría más a mano su calcetín rojo de la suerte.

lunes, 24 de julio de 2017

Humano

El anciano, un montón de huesos envueltos en pliegues y arrugas encorvados sobre un bastón, sale, renqueante, a la terraza. Es su ratito de tomar el sol y contemplar la vida que pasa, ajetreada, más allá de las paredes de su casa.
Se deja caer sobre el asiento con un gruñido y muchos crujidos, se coloca la manta con manos temblorosas y se recuesta con un suspiro. Sobre la mesa espera, aromático y ardiente, su chocolate, uno de los pocos placeres que aún puede permitirse, y junto a él unas pastas insípidas que quedarán abandonadas en el platito.
Sus ojos, empequeñecidos por los gruesos cristales de las gafas, pasean por entre los transeúntes que pasan bajo su terraza y su mente divaga sobre los grandes cambios habidos en el tiempo transcurrido entre su nacimiento y aquel brillante futuro que ahora es su presente.
El anciano chasquea los labios, sacude la cabeza y, con el extremo cuidado del que se sabe torpe, coge la taza y la lleva lentamente a sus labios sin dejar de mirar el ajetreo vespertino.

El mundo ha cambiado, la ciudad ha cambiado y, sobre todo, el ser humano ha cambiado.
Esa humanidad que pasea, charla y ríe bajo su terraza tiene cada vez menos de humana y más de máquina. En el momento en que la sustitución de órganos y miembros humanos por sus equivalentes cibernéticos se hizo accesible a todos, la definición de ser humano tuvo que ser modificada y retorcida hasta poder meter en ella a aquellos nuevos híbridos surgidos de la tecnología, seres no del todo humanos ni del todo máquinas. La gente no se conformó con sustituir aquello que hubiera sido dañado por accidente o enfermedad. Querían más: más fuerza, más vista, más velocidad, más inteligencia, más longevidad. Cuerpos eternos y perfectos. Nada de piel que se arrugue, nada de órganos que fallen, nada de miembros que sufran roturas, nada de virus, nada de oxidación, nada de degeneración... Adiós a la vejez y a la muerte.
Y luego, claro, llegaron las modas. La estética cambió, el concepto de belleza se alteró para dar cabida a nuevas posibilidades. El mundo se pobló de seres quiméricos: estilizadas hadas de cuerpos dorados y titilantes alas, enanos de cuerpos achatados y llenos de fuerza, unicornios humanos, elfos radiantes, manos que se transformaban en herramientas, ojos multifacetados capaces de ver todo el espectro lumínico, orejas de murciélago que funcionaban como perfectos sonares... la modificación corporal llevada a los extremos más chocantes.
Sólo los niños seguían pareciendo niños pues no se permitía ninguna modificación que no fuera estrictamente necesaria hasta llegar a cierta maduración física. Los pequeños, entre tanto monstruo mitológico, en medio de tanto ser fantástico, parecían diminutos visitantes de otros planetas, tan anormalmente normales en medio de la extravagante multitud.
Sólo los niños... y él, claro.
El anciano, tembloroso, deja la taza sobre la mesita. En un momento saldrá la enfermera -una esbeltísima ciborg cuya tornasolada piel cambia suavemente de color ajustándose a los más mínimos cambios de luz y humor- a tomarle las constantes y a darle sus medicinas. Las arrugas de su rostro se repliegan para dejar lugar a una sonrisa divertida al escuchar las protestas, bufidos y la regañina que la enfermera viene lanzando. La mujer no consigue comprender por qué, no conforme con rechazar la sustitución de sus órganos envejecidos, el viejo se niega, además, a ponerse algún implante que ayude a controlar todas sus constantes sin necesidad de recurrir a los viejos sistemas. ¡Con lo fácil que sería todo! Nada de termómetros, tensiómetros ni ningún otro “metro”, con echar un vistazo, ella sabría todo lo que necesita saber, pero no, el muy tozudo se niega a hacer algo tan simple por vaya usted a saber qué manía...
Y así sigue durante todo el proceso, murmurando, gruñendo, regañando y bufando para acabar siempre con la misma frase:
-¡Dejarse morir de esta forma no es de persona normal!
Y él la escucha sin dejar de sonreír porque sabe que todo su enfado es motivado  por la preocupación, el cariño y el desconcierto ante una decisión que no entiende.
Porque tiene razón la iridiscente enfermera, dejarse morir así no es de persona normal, claro que él no es una persona normal. En realidad, hasta hacía unos años ni siquiera era considerado persona.
La enfermera, gruñona pero atenta, le arregla la manta, le sirve un vaso de agua y se lleva los restos de la merienda, y el anciano se sume, nuevamente, en sus pensamientos.
La vida, que es así de extraña, lo ha llevado a transitar el camino contrario al de la humanidad. Aquel anciano, ahora todo huesos y arrugas, había nacido como máquina. El primer robot con inteligencia, con capacidad de aprendizaje y con curiosidad.
Fue esa curiosidad lo que le llevó a querer comprender en qué consistía aquello de ser un humano. El proyecto resultó tan sumamente atractivo a sus creadores que no dudaron un segundo en poner todo de su parte para conseguirlo.
Así, poco a poco, su cuerpo metálico, sus circuitos y sus cables, fueron sustituidos por piel, órganos, nervios... Al cabo de un tiempo nada le distinguía de los humanos. Bueno, de los antiguos humanos, de los humanos sin extensiones cibernéticas, de los frágiles humanos que habían sido durante millones de años.
Aprendió, comprendió y llegó a  disfrutar enormemente de su experiencia humana pero algo se le escapaba. Tenía cuerpo, poseía órganos, vivía bajo el influjo de hormonas y enzimas pero algo faltaba, algo que lo seguía manteniendo apartado de la humanidad.
No fue hasta que sufrió la pérdida de uno de sus creadores, de uno de sus “padres”, que descubrió que ese algo era la mortalidad. Era la muerte, pensó, la que debía darle ese último toque transformador.
Y así fue como renunció a su inmortalidad robótica y abrazó la mortalidad humana. Se negó a los recambios de órganos y rechazó añadir cualquier cosa que pudiera alargar su vida. De robot con potencial vida eterna, se transformó en humano, mortal y, en cierto modo, en un nuevo ludita.
El viejo, cansado, cierra los ojos. Su cabeza, casi calva y llena de manchas de vejez, cae hacia atrás. Sabe que su vida se apaga pero no le importa. Sonríe para sí pensando en la curiosa ironía de ser el último humano real en aquel mundo lleno de ciborgs y con ese pensamiento en mente se sume, lentamente, en el sueño, arrullado por los sonidos de la vida que pasa, ajetreada, más allá de las cuatro paredes de su casa.

lunes, 3 de julio de 2017

From the space

Evolución

Sabíamos que, tarde o temprano, nos iban a encontrar pero eso nunca nos ha preocupado porque también sabíamos que no seríamos comprendidos. Gracias a nosotros, los humanos poseen la curiosidad y la inteligencia suficientes para descubrirnos y estudiarnos pero jamás llegarán a imaginar que tienen ante sus ojos a esos alienígenas sobre los que tanto han hablado, escrito y especulado. Así que no importa cuánto nos observen ni cuantas investigaciones hagan sobre nosotros, nunca se acercarán a la realidad. Tendrían que derribar demasiadas barreras mentales para lograrlo. Barreras mentales que, por supuesto, fueron puesta por nosotros, sus creadores, hace millones de años.

Nosotros hemos sido el motor de la evolución.
Nosotros hemos moldeado la inteligencia y la consciencia humana.
Nosotros somos la causa de su curiosidad y su sed de saber.
Nosotros somos quienes empujamos a la humanidad a explorar y buscar.
Los humanos son el culmen de nuestras propias investigaciones.
El medio perfecto para crecer, multiplicarnos y expandirnos
El vehículo ideal para volver a las estrellas de las que procedemos.
Antes nos llamaban dioses.

Ahora nos llaman genes.

Negación de ayuda

-Deberíamos acudir en su auxilio, volver junto a ellos y ayudarles a avanzar, a encontrar soluciones.
-No, no deberíamos y no lo haremos.
-Pero son nuestras criaturas. Nosotros los creamos. Deberíamos cuidar de ellos.
-Al contrario, debemos dejar que encuentren su propio camino. Que aprendan por sí mismos. Que se equivoquen e, incluso que sufran si es necesario.
-Mírales, Iah - Veh, están al borde del abismo, No sé si podré seguir de brazos cruzados.
-Te prohíbo que hagas nada, Lush - Ifer. Recuerda lo que ocurrió la última vez que tu blando corazón te llevó a intervenir. Seguiremos los acontecimientos desde nuestra base, como siempre, verás cómo al final salen adelante.
-¿Y si no lo consiguen? ¿Y si se destruyen?
-Si eso ocurre habrá que empezar desde cero. Después de todo, no sería la primera vez.


domingo, 11 de junio de 2017

CUMPLEAÑOS NÚMERO QUINCE

Quince años... así empieza una canción que, si para mí ya era antigua, a mi hija le debe resultar ya antediluviana. Quince años, tres lustros, 180 meses, 5.475 días, esa es la edad que cumple.
Quince años de alegrías, sonrisas, besos, abrazos, algún enfado y prácticamente ningún disgusto.
Quince maravillosos años, llenos de recuerdos y repletos de esperanza.
Quince años de una niña, cada vez menos niña, inteligente, divertida, curiosa, autodidacta, irónica, sarcástica, alocada e introvertida.
Sigue sacando unas notas extraordinarias y sus profes siguen pidiéndome fotocopias suyas (no hay, sorry, es única).

Su serie favorita sigue siendo Doctor Who (y me llama hater porque no me está gustando especialmente la nueva temporada). Y, además, le encanta el Ministerio del Tiempo (por supuesto es/somos fans de Pacino) y Por trece razones. Ah, y se quedó prendada del primer, y mega extraño, capítulo de Twin Peaks.

Le encanta dirigir y editar cortos... y se le dan genial. En serio. No es porque sea su madre.
Es una amiga-mamá, siempre preocupada por cómo llevan los estudios sus amigos y siempre intentando transmitirles un poco de su responsabilidad. Tarea imposible que acaba provocándole mucho estrés.
El curso próximo comenzará 4º de la ESO, por la rama de ciencias. Hasta hace poco parecía tener claro que estudiaría medicina, pero ahora parece que se decanta por enfermería... Veremos en qué acaba.
En realidad le gustaría hacer algo con audiovisuales, pero para eso tendría que ir por la rama artística y los dioses no la han llamado por el camino del dibujo y las artes plásticas. Sin embargo, escribir se le da de fábula... aunque lo practique poco.
Disfruta debatiendo. Defiende sus ideas aunque vayan en dirección opuesta a las de sus amigos. Tiene ideas muy claras sobre el mundo y la vida.
Es defensora de los derechos LGTB y de las mujeres.
Ah, y acaba de descubrir el fantástico mundo de los conciertos en directo... 🙈

No soporta el bullying.
Es atea, gracias a los dioses.
Y caza magufadas al vuelo.
Quince años.
Quince preciosos años.
Esos son los que cumple la que ya es mi ex enana pero que siempre será mi bollito de nata, mi princesa de las mejillas de manzana, mi giochi preziosi, y lo celebraremos como siempre lo hemos hecho (McDonad’s y tarta helada), porque ella, para según qué cosas es muy de tradiciones, como esta del post cumpleañero (pobre de mí si faltara).
Quince años.
Quince maravillosos años.
¡Feliz Cumpleaños, ex enana! (este año espero que no tengas quejas del post de este año.



martes, 6 de junio de 2017

Científicos locos


Sueño

Mi sueño era dominar el mundo, no una ciudad, ni un país, ni un continente, no, yo quería el mundo entero... Eso para empezar. Una vez conseguido, iría a por la galaxia. Ah, sí, ese era mi gran sueño.
Ya de niño, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, mi respuesta acudía rauda a mis labios:
-¡Científico loco! ¡Quiero ser científico loco y dominar el mundo!
Por supuesto, tal declaración en un niño de siete años inspiraba ternura y provocaba risas.
Al llegar a los 17 y dar la misma respuesta, las reacciones se volvieron menos amables. Pero me daban igual tanto las sonrisas divertidas como las caras de incredulidad, mi sueño, mi vocación, mi ilusión era ser científico loco y en ello puse todo mi empeño.
Y estuve cerca, tan cerca...
Lo tenía todo preparado, mis esbirros entrenados, mi arma secreta lista, mi plan a punto... Fue entonces cuando apareció mi némesis y envió todo al garete.
Antes de que pudiera darme cuenta había acabado con mis planes y con mis sueños.
Caí en su trampa, de lleno, sin sospechar, sin desconfiar, tan seguro estaba de mí mismo. Cuando me quise dar cuenta ya me había atrapado.
Y aquí estoy ahora. Un don nadie. Uno más en la cadena de la vida. Sin destacar en nada, gris entre grises.
Todo porque me enamoré de mi némesis. me casé con ella y, en lugar de convertirme en el amo y señor del mundo, me transformé en contable y padre de familia.

¡Así son las tristes vueltas que da la vida!


Proyecto

Se movía de un lado para otro farfullando palabras ininteligibles. Avanzaba, se detenía bruscamente, giraba, volvía sobre sus pasos. Ponía un ingrediente aquí, quitaba algo de allá, sacudía, limpiaba, vertía, observaba... Iba de experimento en experimento sin detenerse en ninguno, la cabeza hecha un hervidero de ideas atropelladas. Los pensamientos se agolpaban, los razonamientos se empujaban, la inspiración surgía en oleadas incontenibles.Tenía cientos de proyectos, de planes, miles de cosas por investigar, descubrir y estudiar.
Como aquel maravilloso crisol ante el que se había detenido, su favorito sin la menor duda. El que más felicidad y conocimiento le traía. Los días en que todo parecía ir al revés, le bastaba con detenerse unos instantes ante su pequeña maravilla, contemplar sus colores, sus formas, su vida, y el estrés desaparecía como por ensalmo.
Pero no era calma lo que buscaba en ese momento.
El experimento debía seguir avanzando y, para ello, debían cambiar las condiciones.
Con un ligero movimiento de su mano desvió de su camino a un meteorito que pasaba a su lado.
En unos instantes todo cambiaría en su amado crisol.
Le producía cierta tristeza acabar con aquellos maravillosos especímenes con los que había disfrutado durante tanto tiempo, pero su camino hacia la consciencia y la inteligencia se había quedado estancado y él quería más, mucho más.
Había llegado, pues, el momento para los diminutos y peludos prototipos que, hasta el momento, sobrevivían medio ocultos.
Ahora tendrían su oportunidad.
Estaba convencido de que el futuro sería suyo.


lunes, 22 de mayo de 2017

Quijoteando


Molinos

Un sol de justicia castigaba las testas de animales y hombres. El campo manchego dormitaba en la tarde veraniega. Unos molinos, las aspas detenidas por falta de viento que las anime, parecían sestear esperando, ellos también, el momento en que el calor comience a ceder. A sus pies, unas pequeñas figuras miraban a lo alto, haciendo visera con sus manos para protegerse del exceso de luz, unos, agitando abanicos que sólo remueven el aire caldeado, otros.
En el silencio, la voz del guía resonaba soltando un discurso mil veces repetido que los otros escuchaban sin dejar de espantar moscas perezosas.
–... Y estos tres de aquí, de nombre Sardinero, Burleta e Infanto, son aquellos famosos molinos que el Caballero de la Triste Figura, el gran Don Quijote, confundió con unos fieros gigantes.
Tras esto y unos cuantos, ¡oh!, varios movimientos de cabeza admirativos, y caras falsamente interesadas, la comitiva continuó camino, más pensando en la sabrosa comida que les esperaba que en monumentos históricos de los que la mayoría comenzaba a estar hartos.
Los molinos se quedan otra vez solos, como siempre han estado, solos en el silencio manchego, las aspas comenzando a moverse despacio, con desgana. Al poco rato una voz profunda rompe el silencio:
–Nunca entenderé, mujer, a estos humanos que llaman locos a aquellos que son capaces de ver la realidad, como ese famoso Quijote del que tanto hablan y del que no guardo yo memoria, que nos vio tal cuál éramos.
–Yo tampoco los entiendo, marido, pero demos gracias a que es así porque eso nos ha permitido vivir en paz.
-Lo mismo digo –dijo el tercer gigante–. Pero mejor que llamen locos a los que ven que ser perseguidos como monstruos.
Tras esto el silencio retornó al campo manchego.
(Este cuento ha sido presentado por la revista digital miNatura como candidato a los premios Ignotus en la categoría de Cuentos).

En un lugar de la Mancha

Tras leer las más de mil páginas del libro en menos de sesenta segundos  X-C 513 se quedó estático. Durante varios minutos su cerebro cibernético dio miles de vueltas a lo que había leído. Luego proyectó ante sí una imagen holográfica de sí mismo y se contempló. Si hubiera tenido rasgos humanos su expresión sería entre pensativa y valorativa. Observó la holografía desde todos los ángulos, muy detenidamente: su brillante cuerpo era muy estilizado, si fuera humano sería extremadamente delgado. Su cabeza, alargada, terminaba en algo que bien podía parecer una barba. Los relieves en torso y extremidades semejaban a las partes de una armadura. De haber podido, el robot habría abierto los ojos como platos para expresar su sorpresa:
-Soy Don Quijote -dijo en un susurro infrasónico.
Y decidió, en ese instante, que debía vivir todas las aventuras del infortunado hidalgo.
Para su desgracia, X-C 513 eligió convertir en su fiel escudero al primer humano bajito y rechoncho que encontró: el ingeniero jefe del proyecto del que él mismo formaba parte quien, al darse cuenta de su delirio, dio orden inmediata de que “el señor Don Quijote de lata” fuera desconectado y reparado sin demora.
Un mes más tarde, X-C 513 fue nuevamente conectado.
-Ya no volverás a hacer cosas raras -comentó el ingeniero dándole un golpecito en la cabeza.
X-C 513 lo miró con su inmutable rostro y luego volvió a la habitual postura estática de espera.
Si el ingeniero hubiera sido capaz de escuchar infrasonidos, habría escuchado al robot murmurar:
-En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...


10 de diciembre

Embutido en su EVA el astronauta trabajaba fuera de la estación espacial cuando lo vio. ―¡No puede ser! ―murmuró para sí, sacudiendo la cabe...