jueves, 15 de octubre de 2026

Piezas sueltas

 

De niño, Damián vivió en el pueblo, un pueblo perdido entre montañas y sin apenas niños. Los calurosos veranos eran largos y solitarios y los inviernos eran aún más solitarios y largos. En realidad, todas las estaciones eran largas y solitarias. Durante los cálidos días de primavera y verano, Damián pasaba largas horas en el exterior, ayudaba en las tareas del campo, se bañaba en la alberca, perseguía lagartos y saltamontes y, además, como al llegar el estío venía gente de la ciudad, la población infantil aumentaba y Damián tenía más amigos con los que jugar aparte de los del pueblo. El otoño y el invierno eran más claustrofóbicos y pesados. El frío, el viento, la lluvia y la nieve obligaban a pasar muchas horas en el interior y si tales días se hacían muy largos, no sé si podéis imaginar la eternidad que eran para un niño.

Cierta tarde en que la nieve no dejaba de caer y Damián se encontraba en su dormitorio construyendo una pequeña torre con piezas de madera, una voz detrás de él dijo:

—Se te va a caer.

Damián dio un pequeño respingo y se volvió.

Un niño estaba sentado sobre su cama.

—No se va a caer.

—Sí se va a caer.

Y se cayó.

—Pues era verdad —dijo Damián—, se iba a caer.

Y los dos niños se echaron a reír.

—Me llamo Damián —dijo Damián.

—Yo me llamo Fermín —respondió Fermín.

Y ese fue el comienzo de una gran amistad.

A partir de entonces los días fríos y lentos ya no le parecieron a Damián ni tan lentos ni tan fríos.

Los veranos se volvieron más divertidos aún y, aunque Fermín siempre iba con él, Damián aprendió pronto a no hablar de él ni con él en presencia del resto de niños.

Los años fueron pasando y Damián y Fermín fueron creciendo juntos. Sus juegos crecieron con ellos y las conversaciones, lentamente, comenzaban a hacerse menos infantiles.

Se juraron amistad eterna... Y, entonces, los padres de Damián decidieron mudarse a la ciudad y buscar una vida mejor.


Damián contó las mil maravillas que les aguardaban en la ciudad y le pidió que viniera con la familia. Pero mientras hablaba, Fermín negaba tristemente con la cabeza: él no podía moverse del pueblo. Damián le prometió que volvería cada verano, que seguirían siendo amigos y que, cuando fuera mayor, incluso volvería a vivir en el pueblo, con él.

El día de la mudanza, Damián lo pasó inmerso en una aplastante tristeza, pero la tristeza de Fermín fue aún mayor.

Los días fueron pasando. Damián se iba aclimatando a su nuevo hogar y a sus nuevos amigos, mientras Fermín seguía en aquella casa vacía. Al llegar el verano, Damián regresó; ahora era uno de esos niños que llegaban en verano de visita. Regresó, también, al siguiente y al otro.

Al tercero no volvió.

Al Damián adolescente no le interesaba la vida del pueblo.

Pasaron los años y pasó la vida. Damián estudió, encontró trabajo, se casó, tuvo sus propios hijos y, cuando ya contaba con más de cincuenta años, perdió a sus padres.

Era hora de regresar al pueblo, a la vieja casa, a decidir qué se hacía con ella y las tierras colindantes.

Al llegar se detuvo un instante al salir del coche, inspiró profundamente el aroma de su niñez, miró los campos abandonados y luego se giró hacia la casa que ahora lucía ajada, deslucida y triste. Los años de abandono y olvido se podían ver en cada ladrillo y cada madera.

Allí parado, casi le pareció sentir que la casa le miraba con sus ojos ciegos y un escalofrío recorrió su espalda.

—Menuda tontería —se dijo.

Se dirigió a la destartalada puerta, introdujo la herrumbrosa llave y, después de tantísimas décadas, regresó a casa.

El interior había quedado congelado en el tiempo, destartalado y sucio, pero igual a su recuerdo: los mismos muebles, el mismo hogar, los mismos cuadros, la misma escalera, incluso la antigua vajilla estaba allí, acumulando polvo y pisadas de insectos.

Subió lentamente a su dormitorio: su vieja cama, sus viejos libros amarillos y manchados de moho, sus juguetes en las estanterías... Incluso aquellas piezas de madera...

Damián, distraído, comenzó a construir  una torre con ellas.

Una voz, grave y cascada, sonó a sus espaldas:

—Se te va a caer.




martes, 13 de octubre de 2026

Autobiografía

 

Es su biografía, su vida contada desde el principio hasta el final y tiene derecho a terminarla como le dé la gana... pero no hay manera de lograrlo.

«Debería ser fácil —piensa—, sólo tengo que contar mi vida actual: mi matrimonio, mis hijos, mi éxito como escritor, la paz de este hogar mío...».

Se sienta cada noche ante el ordenador, con las ideas bien claras y ordenadas en su cabeza, las palabras fluyendo con inusitada facilidad, pero, cuando acaba de teclear y se para a leer lo escrito, todas las palabras llenas de serenidad y felicidad han desaparecido y han sido reemplazadas por:

El final de este libro y también el de mi vida. Detrás de mí noto una presencia. Algo me provoca escalofríos y me pone los vellos de punta. Siento una insana curiosidad, pero me da miedo girarme. Es mi muerte, no sé en qué forma, pero mi muerte, sin duda... Y está a punto de alcanzarme.

Y, efectivamente, un extraño cosquilleo en la nuca le hace saber que esa cosa, sea lo que sea, está a su espalda.

Entonces corre a borrar el párrafo y, a medida que las palabras desaparecen, el ente parece alejarse.

Lleva así varios días y comienza a estar desquiciado. Su empeño en acabar esa biografía y la terrorífica presencia están destrozando sus nervios y, paradójicamente, ese hogar tranquilo y feliz que siempre ha querido como final.

Decide dejar el libro, olvidar su biografía, no permitir ni a esas páginas ni a esa cosa acabar con su vida.

Van pasando las semanas, poco a poco recupera la calma, la paz vuelve a su familia, todo parece ir sobre ruedas. Hasta que una noche, desvelado, piensa que, quizás, aquella “presencia” no era tal presencia, sino simplemente sus propios nervios y que, tal vez, aquellos párrafos los escribía él mismo (no sabe cómo). Que todo, en fin, había sido producto del estrés y de su imaginación. Podría probar... Pero aún no se anima a ello. No es el momento.

Pero la idea, como una semilla insidiosa, se queda instalada en su cerebro y, como una semilla, va creciendo día a día, interfiriendo continuamente con su obsesivo afán por mantener su supuesta idílica vida, el maravilloso final de su libro.

Cosa que, a pesar de lo que creía, no estaba consiguiendo.

El ambiente familiar se ha enrarecido. En su afán por mantener la perfección, se ha vuelto obsesivo, controlador, inflexible, obstinado. Todo debe ser como él cree que debe ser, nada puede salirse del guión que él tiene en su cabeza. Y todo eso va erosionando la convivencia, poco a poco, como el viento desgastando el punto donde una roca se une al resto de la montaña. Y, como esa roca que cae cuando el desgaste es suficiente, su vida acaba desmoronándose sin que pueda hacer nada.

Comienzan las discusiones diarias, los golpes sobre la mesa, los gritos, los llantos. Los niños le rehúyen. El alcohol hace su entrada y las inhibiciones desaparecen.

 La idea de retomar su biografía adquiere cada vez más fuerza. 

Su familia se va alejando al ritmo de sus borracheras.

Su vida colapsa sobre sí misma como un castillo de arena.

Un día despierta y descubre que está solo.

Aquel día lo pasa en la cama acompañado por sus botellas.

Al caer la noche ya ha tomado su decisión.

Ahora lo ve todo claro.

Entra en su despacho.

Se sienta en su escritorio.

Enciende el ordenador.

Comienza a teclear:

El final de este libro y también el de mi vida. Detrás de mí noto una presencia. Algo me provoca escalofríos y me pone los vellos de punta. Siento una insana curiosidad, pero me da miedo girarme. Es mi muerte, no sé en qué forma, pero mi muerte, sin duda... Y está a punto de alcanzarme.

Y esta vez no borra nada.



domingo, 11 de octubre de 2026

El hombre de paja

 

Cuando el otoño comenzaba, el viejo preparaba el nuevo espantapájaros: uno de sus viejos trajes, un sombrero, una peluca y hasta una vieja pipa desportillada colgando de su boca pintada, uno de sus pañuelos empapado en su colonia en el bolsillo, una gota de sangre y un par de cabellos auténticos en la peluca. Luego lo subía a su carretilla y lo conducía hasta el inicio del camino que  llevaba a la casa.

Dieciocho años llevaba haciendo lo mismo, sin faltar uno desde el segundo aniversario de la muerte de su difunta, después de que en el primero ella lo visitara e intentara llevárselo con ella. Su suerte fue verla llegar con el tiempo suficiente para encerrarse a cal y canto. Pasó aquella noche aterrado y rezando todas las oraciones que había dejado de rezar desde su Primera Comunión. Al día siguiente a esa temible noche, el viejo corrió a casa de la bruja/partera/curandera del pueblo a pedir una solución.

Y eso es lo que está haciendo nuestro buen viejo: la solución.

Una vez terminado, repasa cien veces cada detalle  no vaya a ser que se le olvide alguno. 

Luego sólo queda instalarlo en su lugar.

Lo saca de la carretilla, lo planta bien plantado, arregla, alisa y atusa y se gira para volver por donde ha venido... y entonces un chasquido y un latigazo de dolor que lo atraviesa como un rayo. El lumbago, siempre traicionero, decide atacar, como siempre, en el momento menos oportuno. El viejo se tira al suelo, adolorido e incapaz de moverse.

Durante un rato se esfuerza por levantarse, pero es inútil, su columna se ha convertido en un doloroso bloque de cemento. No tiene otra opción que rendirse al dolor y al destino que le espera.

La luz desaparece y la noche se hace reina del mundo.

Las horas pasan.

El viejo, muerto de dolor, frío y miedo, aguarda lo inevitable.

Entonces oye el susurro de unos pies arrastrándose sobre las hojas secas y siente el fétido olor de la muerte vieja.

Su mujer y su fin se acercan.

Más rápido de lo que él hubiera deseado, su difunta se alza sobre él. El viejo agradece la noche sin luna que le ahorra casi toda la horrible visión.

Su mujer lo mira fijamente, ladea la cabeza con curiosidad. Se inclina sobre él y, tomando su barbilla, le alza la cara como para verla mejor.

Luego se acerca al espantapájaros, lo huele, acaricia la peluca con ternura, lo abraza, lo alza y se lo lleva.

Él, entonces, se da cuenta de que su mujer no ha reconocido al viejo caído en el suelo.


viernes, 9 de octubre de 2026


 —BUM... BUM... BUM...

La puerta resuena como golpeada por un gigante.

—¡Esa maldita puerta! —gruñe Amancio.

Nunca debió aceptar la condición de sus tíos para dejarle la casa durante las vacaciones. Esa puerta lo iba a volver loco.

—La puerta del Norte está condenada. No la toques, no intentes arreglarla, mejor ni te acerques a ella. Olvida que existe.

«Olvidar que existe... ¡Ja!», piensa Amancio. Como si la maldita puerta le permitiera olvidarla.

—BUM... BUM... BUM...

—BUM... BUM... BUM...

—BUM... BUM... BUM...

Cada noche igual. En cuanto dan las dos, empieza el concierto.

—BUM... BUM... BUM...

Una semana lleva así, aguantando por respetar lo que le pidieron sus tíos. Ha intentado ignorarla (algo imposible), ha usado unos (inútiles) tapones, ha intentado ponerse ruido blanco y hasta hacer meditación. Pero no hay quien ignore ese maldito:

—BUM... BUM... BUM...

Y ahí es cuando Amancio decide levantarse. Tiene que arreglar esa maldita puerta, parar esos golpes y descansar, sobre todo, descansar. De un manotazo, aparta las mantas, busca las zapatillas y, sin detenerse a ponerse la bata, sale a toda velocidad, lleno de furia, rumbo a la dichosa puerta norte.

La casa está fría y silenciosa a excepción del:

—BUM... BUM... BUM...


Amancio avanza, cada vez menos furioso y más preocupado. 

Al poco nota que su corazón ha comenzado a latir al ritmo de la puerta:

—BUM... BUM... BUM... —hace la puerta.

Y el corazón de Amancio replica:

—BUM... BUM... BUM...

«¡Menudas tonterías nos hacen creer los nervios!», piensa.

Y sigue adelante.

Mientras avanza por la casa, silenciosa, a excepción del golpeteo exasperante de la puerta, Amancio se va percatando de que el estado del edificio no es el más adecuado. Aunque él recordaba una casa agradable y acogedora a su estilo un tanto antiguo, lo que ahora se ofrece a su vista son paredes negras de moho, desconchones, suelos levantados, ventanas condenadas con tablones...

—Esta casa es una ruina —murmura para sí— ¿Cómo es posible que lleve así una semana?

Amancio, entonces, se para en seco. Mira a su alrededor, confundido, y piensa: «¿Seguro que sólo llevo una semana?». Ahora que se para a pensar sobre ello, no recuerda cómo había llegado hasta allí... Ni a sus tíos... 

—¿Qué tíos? —pregunta a la casa.

Y la casa responde:

—BUM... BUM... BUM...

A pesar de su confusión, Amancio continúa su camino hacia la puerta. Al menos eso le ofrecía un destino.

Aterrado, Amancio llega al fin frente a la puerta. Una puerta gruesa, pero desvencijada. El viento y el frío se cuelan por las múltiples grietas de la madera. 

Amancio se detiene y mira a la puerta que, tras un último: 

—BUM... BUM... BUM...

Se calla.

Amancio pega la oreja a la madera.

Oye una voz.

Una voz que le llama.

Su propia voz.

Se da la vuelta e intenta irse, pero cuando comienza a andar, la puerta comienza de nuevo: 

—BUM... BUM... BUM...

Y Amancio se detiene. Se gira. Mira de nuevo a la oscura  madera que parece devolverle la mirada.

Se acerca.

La puerta calla, pero su corazón continúa:

—BUM... BUM... BUM...

Oye su voz llamando.

Rodea el helado pomo con su mano.

Abre la puerta con un chirrido que parece grito.

El frío lo envuelve.

Da un paso dentro de la habitación.

Allí, en el centro, bosteza un ataúd abierto.

Dentro algo. Algo en descomposición.

Algo que tiene su rostro.

Y, entonces, el

—BUM... BUM... BUM...

se calla.





miércoles, 7 de octubre de 2026

Y, sin embargo, se mueve

 

Cada noche, el viejo Eustaquio sacaba su silla y su mesa, su orujo y su queso, su escopeta y su perro y, en las noches frías, su abrigo y su manta más gruesa. Y se instalaba a la puerta de su casa, dispuesto a pasar la noche montando guardia, tal y como llevaba haciendo prácticamente toda su vida. Cuando comenzó con este particular ritual nocturno, aún soltero y con sus padres vivos, todos le creyeron loco y, durante semanas, fue la comidilla del pueblo. No había mujer que no se compadeciera de su madre, ni hombre que no lo convirtiera en motivo de burlas, ni hubo hombre ni mujer que dejara de vaticinar un mal futuro al muchacho. Algunos de su quinta se atrevieron a preguntar al entonces joven Eustaquio a qué venía toda esa tontuna nocturna. Su respuesta no ayudó a acallar las murmuraciones: —La frontera se está moviendo, tenemos que estar preparados. Un día llegarán y tendremos que defendernos. Nadie entendió a qué frontera se refería. Pero, hombre, si la frontera queda a miles de kilómetros, mucho más lejos que la capital. El bar del pueblo tuvo cachondeo y risas para semanas y hasta el señor cura quiso meter baza en el asunto, aunque nunca llegó a hacerlo. Pero, como ocurre con todas las cosas de este mundo, aunque no lo parezca, el tiempo convirtió la noticia en rutina y, dado que Eustaquio no mostró más signos de locura, se dedicó a sus campos e incluso se casó y tuvo hijos, los vecinos no olvidaron, pero sí que obviaron esa curiosa extravagancia y esa extraña idea. Allá cada uno con sus manías. La vida, en fin, transcurría tan monótona y plácida como transcurre la vida en cualquier pueblo... Hasta la noche que Eustaquio llevaba esperando y temiendo desde hacía tantas décadas. Dormitaba nuestro hombre, la cabeza contra el pecho, cuando Sombra, su perro, comenzó a aullar. Eustaquio, sobresaltado, alzó la cabeza al tiempo que sujetaba con fuerza su escopeta. El cielo había adquirido una extraña tonalidad rojiza. Un rojo extraño, enfermizo, siniestro. La frontera estaba ya allí, mirándole a los ojos. Eustaquio se echó la escopeta al hombro, esperando algo a lo que disparar, algo que su cerebro pudiera comprender y atacar. Pero lo único que surgió de aquel brillo malsano fue un hedor desconocido y ancestral, un sonido que había recorrido eones y el aplastante conocimiento de su insignificancia y de la inutilidad de su resistencia. Lo que fuera que iba a atravesar la frontera no necesitaba cruzarla para vencer. Eustaquio cayó de rodillas mirando al rojo cielo, sintió lástima por su familia y sus vecinos e hizo lo único que iba a librarlo de lo que fuera que estuviera por llegar: giró la escopeta, la introdujo en su boca y disparó.


lunes, 5 de octubre de 2026

Pero la lluvia no llega

Abro los ojos, tengo la vista alzada al cielo. Unas nubes, gordas como cerdos bien cebados, se aproximan, su negrura va cubriendo el cielo. Huelo la lluvia que aún no ha caído. Están tan cerca... Pero la lluvia no llega. Me remuevo intentando encontrar una postura algo más cómoda, algo imposible estando fuertemente atada. Mi vista sigue fija en esas nubes. Nunca me parecieron tan hermosas unas nubes tan amenazantes como esas... Pero la lluvia no llega. Me retuerzo, no para intentar librarme de las ligaduras, ya que eso es imposible, sino en un vano intento de aliviar el dolor de mis muñecas, de mis hombros, de mi espalda. Todos mis músculos están cansados y agarrotados debido a las cuerdas y, sobre todo, al miedo. ¿He sentido una gota caer sobre mi cabeza o lo he imaginado?



Vuelvo a mirar, el viento hace que el pelo me azote la cara. Las nubes, negras, repletas de lluvia, están ahí, prácticamente sobre nuestras cabezas... Pero la lluvia no llega. Oigo a la gente gritar y reír a mi alrededor. Oigo al sacerdote murmurar sus letanías. Una piedra da contra mi sien y casi pierdo el sentido, pero yo sigo pendiente del cielo. De ese cielo oscuro, de ese cielo que presagia raudales de lluvia... Pero la lluvia no llega. Ya huelo el humo de la antorcha. Ya oigo al verdugo aproximarse con ella. Ya escucho el fuego prendiendo en la leña. Ya siento a la Muerte aproximarse... Pero la lluvia no llega. El fuego trepa por la madera, llega a mis piernas, mi ropa... muerde mi carne sin piedad. Entonces, al fin, llega la lluvia. Primero una gota. Luego otra. Luego varias más. Cierro los ojos al gritar mi dolor. Cuando los abro, tengo la vista alzada al cielo. Unas nubes, gordas como cerdos bien cebados, se aproximan...



 

sábado, 3 de octubre de 2026

El refugio perfecto


 Si Anselmo hubiera sido un poco más listo y un poco menos «chulo», no habría entrado en esa cueva.

Y si hubiera sido un poco más prudente y menos impulsivo, tampoco habría entrado en esa cueva.

En fin, que si Anselmo no hubiera sido Anselmo, jamás habría entrado en esa cueva.

Pero Anselmo era Anselmo: más chulo que listo y más impulsivo que prudente y, por tanto, entró.

A pelo.

Sin equipo especial, sin mochila, sin cuerdas, sin nada más que su móvil —útil como linterna e inútil para nada más—  y una botella de agua de medio litro.

En principio todo parecía ir bien, pero cuando llevaba algo así como media hora, Anselmo comenzó a sentirse confundido y, por vez primera, pensó que podía llegar a perderse allí dentro. En ese instante, de haber dado media vuelta, habría llegado a la entrada sin el menor problema, pero ya hemos dicho que Anselmo no brillaba por su prudente inteligencia, de modo que decidió seguir un poco más.

—Sólo un poco más —murmuró para sí y, silbando la tonada de Indiana Jones, continuó con su paseo.

Anselmo, en su extrema confianza, había optado por usar el viejo truco para orientarse en laberintos, consistente en girar siempre hacia el mismo lado, cosa que, efectivamente, suele funcionar muy bien incluso en cuevas... hasta que llegas a una enorme sala cubierta de estalactitas, estalagmitas y derrubios donde la cosa se vuelve algo más complicada y donde Anselmo, de golpe, olvidó cómo se silbaba.



Al llegar allí, Anselmo descubrió varias cosas: que la linterna apenas iluminaba dos o tres metros, que la batería comenzaba a agotarse, que, quizás, perderse era más fácil de lo que pensaba, que no era tan valiente ni tan listo como se creía y que no estaba solo.

Algo se arrastraba por las paredes, no sabía qué era, pero sabía que  estaba allí. Sonaba viscoso, grande e intentaba ser silencioso.

Y entonces Anselmo  hizo lo único inteligente que había hecho ese día: darse media vuelta e intentar volver.

El camino de vuelta no debería haber sido difícil... si Anselmo hubiera estado tranquilo. Pero no lo estaba. En cuanto se había dado cuenta de que tenía compañía y que no era algo que quisiera ver ni de cerca ni de lejos, su calma estilo Clint Eastwood se había esfumado y había dejado su lugar a su nerviosismo estilo Woody Allen.

Los nervios, todos lo sabemos, nunca son buenos, y en una situación de peligro y urgencia, son aún peores. 

Anselmo no lograba atinar con el camino de regreso, la batería del móvil no estaba lejos de fenecer, y el siseo viscoso, ahora acompañado de un extraño ronroneo y un olor fétido, parecía estar más próximo y en todas partes.

Nuestro ya no tan aguerrido explorador decidió buscar refugio en un estrecho cubículo. Fuera lo que fuera lo que estaba tras él, pensó Anselmo, no podría entrar allí.

El chapoteo gelatinoso se aproximó, el olor a putrefacción abofeteó a Anselmo y le provocó arcadas. La linterna, aún viva, le permitió atisbar un ojo furioso, una especie de garras o tentáculos y unos terroríficos colmillos.

El monstruoso ser estuvo un rato forcejeando en su intento por alcanzar a Anselmo. Y Anselmo, aterrorizado, húmedo el pantalón, se metía más en el cubículo en su intento de huir de la muerte.

Pasaron los minutos, o tal vez horas. La linterna, al fin, lanzó su último rayo de luz y el monstruo, cansado y hambriento, decidió ir en busca de alguna presa más asequible. 

Tras asegurarse de que aquella cosa, de verdad, se había ido, Anselmo suspiró aliviado y decidió moverse... Y entonces descubrió que no podía. En su intento de alejarse de aquella cosa, Anselmo había quedado totalmente atascado, ni podía avanzar, ni podía retroceder. Por no poder, no podía ni bajar los brazos que tenía pegados al pecho.

Anselmo, solo y a oscuras, lloró de terror y desesperación. Le aguardaba una muerte tan larga y horrible que deseó que el monstruo regresara a buscar su cena.




Piezas sueltas

  De niño, Damián vivió en el pueblo, un pueblo perdido entre montañas y sin apenas niños. Los calurosos veranos eran largos y solitarios y ...