jueves, 24 de noviembre de 2022

El Destripador

 


No había universo que no tuviera su historia sobre Jack el Destripador. Ni uno sólo que escapara al terror de sus crímenes. A lo largo y ancho del multiverso la historia se repetía una y otra vez, casi de manera exacta. Variaba mínimamente el número de víctimas y, a veces, la época en la que transcurrían los horripilantes hechos, pero el modus operandi del asesino era el mismo.
Y el misterio, también.
Nadie sabía quién era el asesino. En ningún universo había sido posible darle caza. Dado que en todos los casos los crímenes ocurrieron antes del descubrimiento del viaje interuniversal, a nadie se le había ocurrido la solución más simple: que su autor se movía entre mundos paralelos y tenía infinitos lugares donde esconderse y donde asesinar.

viernes, 7 de octubre de 2022

BÚSQUEDA


Indalecio había sido siempre un ser solitario. Le resultaba muy difícil hacer amigos, y lo de conseguir novia resultaba una utopía digna de novela. No era su soledad la soledad de quien carece de habilidades sociales y atractivos, sino algo distinto, más profundo. 

Siempre se había sentido un extraño, un forastero, un invitado en la gran fiesta de la humanidad, como si no formara parte de ella. De modo que cuando llegaron los viajes entre universos paralelos, Indalecio pensó que habiendo infinitos yoes en infinitos mundos, malo sería que no hubiera un lugar del que sentirse parte y algún otro yo que lo acogiera con los brazos abiertos. Así que, decidido a encontrar su propio lugar en los universos, Indalecio dejó atrás su vida y marchó a la búsqueda de sí mismo.



La búsqueda era un trabajo arduo e inacabable, explorar infinitos universos, no era cosa que se resolviera en un fin de semana. En los universos con una tecnología avanzada la cosa era bastante simple y rápida, pero en aquellos que estaban en el equivalente terrestre al siglo XIX e inferiores, la tarea se tornaba realmente complicada. Y entonces encontró un universo digno de las más felices novelas de ciencia ficción en el que científicos e ingenieros habían hallado el modo de localizar rápidamente a los otros yoes en todos los universos paralelos sin necesidad de poner un pie en ellos. Bastaba con un poco de ADN del yo buscador para que, en una pequeña pantalla, aparecieran todos y cada uno de sus otros alternativos.
Indalecio, sin pensárselo dos veces, gastó con gusto los ahorros que le quedaban a cambio de recibir tan valiosa información. Un frotis bucal y 24 horas más tarde, se encontraba ante la pantalla de un ordenador preparado para recibir el extenso listado de sus yoes paralelos.
Estaba hecho un manojo de tensos nervios, sentía las manos sudorosas y le temblaba hasta la raíz del pelo. Su búsqueda estaba a punto de dar un enorme paso adelante.


Dio al enter, en la pantalla parpadeaba el mensaje “esperando resultados”.
El mensaje desapareció.
Apareció un nuevo mensaje:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

—Debe de ser un error—, dijo Indalecio a la nada que lo acompañaba y comenzó de nuevo.
El resultado fue el mismo:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

—Imposible—, insistió Indalecio para nadie y volvió a repetir el proceso.
Y repitió.
Y repitió.
Y repitió.
Y cada vez el resultado era el mismo:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

Al fin comprendía por qué esa sensación de soledad y extrañeza. 
No había otro yo, Indalecio era una probabilidad casi imposible.
Indalecio era el único Indalecio existente en todos los infinitos universos paralelos.



sábado, 11 de junio de 2022

Que veinte años no es nada...

 

Que veinte años no es nada...

Ayer te hacían el test de Apgar, hoy cumples veinte años.

Ayer decías tu primera palabra, hoy cumples veinte años.

Ayer dabas tus primeros pasos, hoy cumples veinte años.

Ayer ponía tu nombre en el babi, hoy cumples veinte años.

Ayer empezabas primaria, hoy cumples veinte años.

Ayer eras una enana muy enana, hoy cumples veinte años.

Ayer jugabas con las Monster High y las Barbie, hoy cumpleas veinte años.

Ayer eras un bollito de nata, una princesa de mejillas de manzana, una Giochi Preziosi y hoy también, pero con veinte años.

Veinte años no es nada, pero da tiempo para mucho, espero que hayan estado más llenos de risas y alegría que de otras cosas. Hemos hecho (seguimos haciendo) lo mejor que podemos.

Veinte años no es nada... Ayer naciste y te quisimos al primer vistazo, hoy te queremos mucho más.

¡Feliz Cumpleaños!


jueves, 13 de enero de 2022

Pensadlo bien

 

Nichole es una amiga y compañera de mi hija. Padece lupus y ha decido escribir un libro sobre su vida y su enfermedad y necesita reunir 2.150 euros para que se lo publiquen. Os dejo aquí la web del crowdfunding, por si queréis (y podéis) echarle una mano en este sueño:

https://www.canariasebook.com/plataforma-de-crowdfunding/proyectos/a-traves-de-mis-ojos/?fbclid=IwAR0DB7SEIIOTHnSLR-jqsL5yQVjwb3e8LzeOXd9FXX_l8MZKagZ9zN_BIlM


Y ya, sin más, os dejo aquí el micro de hoy, un resto de Navidad que me quedó por ahí:


Pensadlo bien porque no lo habéis pensado.
Pensad, detenidamente, durante un minuto en Santa Claus, Papá Noel o cómo queráis llamarlo. 
Pensad bien en ello.
Un hombre con un saco que se cuela en vuestra casa de noche, cuando todos duermen.
Advertís a los niños de que no deben verlo bajo ninguna circunstancia... Y os quedáis tan tranquilos. 
Pensadlo detenidamente porque no sabéis lo que invocáis  e invitáis cada año a vuestros hogares.
No tenéis la menor idea de lo que pasa con esos niños que, curiosos, aguantan despiertos y dispuestos a ver a ese ser mítico y mágico. 
No os imagináis el horror de sus caritas cuando, en lugar de la sonrisa bonachona y la risa contagiosa, se encuentran ante un rostro de oscura maldad y un saco que no se abre para entregarles juguetes sino para engullirlos y llevarlos a lugares que no queréis conocer.
No tenéis la menor idea de lo que ocurre con ellos ni la tendréis jamás, porque, a la mañana siguiente, nadie, absolutamente nadie, les recuerda, ni les llora, ni les añora porque cuando la negrura de ese saco los devora y los envía  a sufrir torturas que no queréis imaginar, se borra cualquier rastro de su existencia.
A menos que un día, sin saber cómo, encontréis un pequeño jersey rosa con olor a colonia infantil y el corazón os dé un pinchazo de dolor y no sepáis por qué...
Pensad, detenidamente, durante un minuto en Santa Claus, Papá Noel o cómo queráis llamarlo. 
Pensad bien en ello y luego rezad para que vuestros hijos no sean demasiado curiosos.



jueves, 23 de diciembre de 2021

Santa

Santa Claus medio abrió un ojo el tiempo justo para sacar el brazo y detener el despertador rojo que trinaba el estribillo de Jingle Bells en modo bucle. Por muy 24 de diciembre que fuera no había ninguna prisa. Algún día recordaría quitar la dichosa alarma. Santa se giró en la cama e intentó seguir durmiendo, pero casi enseguida el despertador volvió a cantar la dichosa cancioncilla. 

Santa Claus volvió a pararlo y, al rato, el despertador volvió a sonar. Así estuvieron, el uno trinando y el otro parando, su buena media hora hasta que el señor Claus optó por rendirse y levantarse de la cama con arrastrar de pies, rascar de tripa y enormes bostezos.

Hacía tiempo que levantarse había perdido todo el sentido. Y trabajar esa noche tenía aún muchísimo menos. Concretamente perdió el sentido el día en que los últimos colonos abandonaron la Tierra huyendo a otros planetas. Lo podían haber llevado con ellos, como habían hecho con el Ratoncito Pérez o con el mismísimo Hombre del Saco, pero, claro, para los mayores, él era un mito en el que no creían y, para los pequeños sólo había un lugar en el que podía vivir: en el helado, blanco y vasto Polo Norte del planeta Tierra. Un Polo Norte muy sui géneris, pero Polo Norte al fin y al cabo. Y ahí estaba él, atado a un lugar y a unas costumbres absurdas, cada vez más ajado y transparente a medida que el tiempo y la distancia que le separaba de la humanidad iba en aumento.

Tarde o temprano acabarían por olvidarlo o sustituirlo y entonces él desaparecería, sin ruido, como un montón de nieve bajo la luz solar... y lo cierto es que lo iba a agradecer porque aquello, la verdad, no era vida.

Entretanto tenía que seguir cumpliendo con su obligación. Así que se coló dentro de su ahora demasiado holgado traje rojo. Se sacudió unas migas de galletas de su larga y descuidada barba. Ató sus nueve famélicos y tristes renos a su ajado trineo y se dispuso a dar vueltas alrededor del planeta repartiendo regalos en edificios en ruinas para niños que ya no existían.

En la fría noche de Navidad, Santa Claus lanzaba su risa solitaria y soñaba con desaparecer.



Preparativos navideños

 

Angustias prepara la Navidad. Sin prisas, a su ritmo, ese ritmo pausado, tembloroso e indeciso que dan los muchos años.

En cuanto llegó diciembre, Angustias comenzó a bajar al trastero y, poquito a poco, una cosa ahora, otra cosa más tarde, a ratitos sueltos, ha ido subiendo toda la decoración a su casa. El árbol es lo que más le ha costado, pero con algo de paciencia y mucho cuidado, ha logrado instalarlo en su sitio de siempre. Angustias recuerda haber soñado con tener un árbol enorme, como los de las películas americanas. Ahora se alegra de no haberlo conseguido. «Imagina tener que subir un armatoste así en ese mini ascensor», piensa,  «a mi edad y con lo bajita que soy, quién me viera. Un árbol con zapatillas...» Y se ríe por lo bajinis imaginando la escena.

Al fin, hoy, después de unos días y varias subidas y bajadas, ha terminado de subirlo todo y, tras prepararse un chocolate, se ha puesto manos a la obra.

Este año anda todo el mundo revuelto, otra vez, por culpa de ese bicho del demonio, que si celebran, que si no celebran, que si mascarillas, que si no mascarillas, que si más vacunas, que si se reúnen, que si no... Angustias, ya no presta atención. No va con ella. Se cansó de vivir angustiada y no quiere saber nada del tema. En cuanto en la tele o en la radio comienzan con lo del covid de las narices, ella cambia de canal y santas pascuas. Vive mucho más tranquila y, además, pase lo que pase, ella va a celebrar la Navidad como lleva haciéndolo desde hace años.

Pero lo primero es lo primero y lo primero es el árbol. Siempre empieza con él. A los niños, recuerda, les encantaba ayudarla mientras Eugenio leía porque, decía, él no tenía ni gusto ni ganas para esas cosas. Los niños y ella, ponían villancicos, cantaban a gritos y, al finalizar, se iban todos a merendar churros con chocolate.

Los recuerdos la hacen sonreír mientras comienza a instalar las luces, que es lo que hay que poner antes que nada, Con cuidado de no tropezar con el cable o acabar enredada en él, las va extendiendo, de arriba hacia abajo,  a lo ancho y a lo largo del abeto artificial. El árbol tiene muchos años, lo compraron cuando se mudaron a aquel piso y nunca se decidieron a cambiarlo, le falta alguna rama y hasta tiene alguna calva, pero lleva tanto tiempo con ella que no se siente capaz de deshacerse de él. 

Las luces antes parpadeaban, pero un día, como si se hubieran cansado, decidieron dejar de hacerlo. Angustias, en realidad, las prefiere así, porque tanto parpadeo acaba por resultar algo mareante.

Tras las luces, las viejas bolas y el raído espumillón. Angustias lleva décadas sin cambiar nada de su decoración navideña. ¿Por qué iba a hacerlo? Le gustan sus viejos adornos y su espumillón dorado, aunque ya no estén de moda y hayan perdido su brillo y su prestancia. Son como ella: viejos, caducos, anacronismos de otra época, ni mejor ni peor, sólo otra. 

A ella ya le valen así.

Acabado el árbol, se dedica al resto del salón: algunas guirnaldas, un centro de mesa al que le faltan velas, la corona de la puerta (algo deshojada), unas piñas desdentadas... Y, para rematar la agotadora y decorativa  tarde, un platito de golosinas navideñas con otro chocolate que consumirá sentada en su sillón, con una manta sobre sus cansadas piernas, rodeada de las fotografías de su difunto marido y sus hijos ausentes. Y de este modo, entre la nostalgia y la paz, irán transcurriendo, lánguidos y cálidos, los días navideños de Angustias mientras, allá afuera, el mundo gira para otros.



martes, 14 de diciembre de 2021

Navidad todos los días

 

Cada año la Navidad empezaba antes. Los ayuntamientos habían comenzado a competir por ser los primeros en iluminar las calles y las grandes superficies intentaban ganar más clientes adelantando el ornato y la venta de productos navideños. Así que, año tras año, la época navideña ganaba una semana más al calendario hasta que, finalmente, casi sin darnos cuenta, acabamos viviendo en una Navidad permanente. Los abetos, las estrellas, el espumillón, los polvorones, los turrones, los roscones, las luces cada vez más espectaculares y cada vez en más calles, los villancicos pasaron de ser cosas especiales y puntuales a formar parte de la vida cotidiana.

La gente estaba tan harta que comenzó a esperar los escasos días en que todo eso desaparecía con la misma ilusión que antes dedicaba a la Navidad... y entonces los centros comerciales descubrieron un nuevo filón.



El Destripador

  No había universo que no tuviera su historia sobre Jack el Destripador. Ni uno sólo que escapara al terror de sus crímenes. A lo largo y a...