sábado, 3 de octubre de 2026

El refugio perfecto


 Si Anselmo hubiera sido un poco más listo y un poco menos «chulo», no habría entrado en esa cueva.

Y si hubiera sido un poco más prudente y menos impulsivo, tampoco habría entrado en esa cueva.

En fin, que si Anselmo no hubiera sido Anselmo, jamás habría entrado en esa cueva.

Pero Anselmo era Anselmo: más chulo que listo y más impulsivo que prudente y, por tanto, entró.

A pelo.

Sin equipo especial, sin mochila, sin cuerdas, sin nada más que su móvil —útil como linterna e inútil para nada más—  y una botella de agua de medio litro.

En principio todo parecía ir bien, pero cuando llevaba algo así como media hora, Anselmo comenzó a sentirse confundido y, por vez primera, pensó que podía llegar a perderse allí dentro. En ese instante, de haber dado media vuelta, habría llegado a la entrada sin el menor problema, pero ya hemos dicho que Anselmo no brillaba por su prudente inteligencia, de modo que decidió seguir un poco más.

—Sólo un poco más —murmuró para sí y, silbando la tonada de Indiana Jones, continuó con su paseo.

Anselmo, en su extrema confianza, había optado por usar el viejo truco para orientarse en laberintos, consistente en girar siempre hacia el mismo lado, cosa que, efectivamente, suele funcionar muy bien incluso en cuevas... hasta que llegas a una enorme sala cubierta de estalactitas, estalagmitas y derrubios donde la cosa se vuelve algo más complicada y donde Anselmo, de golpe, olvidó cómo se silbaba.



Al llegar allí, Anselmo descubrió varias cosas: que la linterna apenas iluminaba dos o tres metros, que la batería comenzaba a agotarse, que, quizás, perderse era más fácil de lo que pensaba, que no era tan valiente ni tan listo como se creía y que no estaba solo.

Algo se arrastraba por las paredes, no sabía qué era, pero sabía que  estaba allí. Sonaba viscoso, grande e intentaba ser silencioso.

Y entonces Anselmo  hizo lo único inteligente que había hecho ese día: darse media vuelta e intentar volver.

El camino de vuelta no debería haber sido difícil... si Anselmo hubiera estado tranquilo. Pero no lo estaba. En cuanto se había dado cuenta de que tenía compañía y que no era algo que quisiera ver ni de cerca ni de lejos, su calma estilo Clint Eastwood se había esfumado y había dejado su lugar a su nerviosismo estilo Woody Allen.

Los nervios, todos lo sabemos, nunca son buenos, y en una situación de peligro y urgencia, son aún peores. 

Anselmo no lograba atinar con el camino de regreso, la batería del móvil no estaba lejos de fenecer, y el siseo viscoso, ahora acompañado de un extraño ronroneo y un olor fétido, parecía estar más próximo y en todas partes.

Nuestro ya no tan aguerrido explorador decidió buscar refugio en un estrecho cubículo. Fuera lo que fuera lo que estaba tras él, pensó Anselmo, no podría entrar allí.

El chapoteo gelatinoso se aproximó, el olor a putrefacción abofeteó a Anselmo y le provocó arcadas. La linterna, aún viva, le permitió atisbar un ojo furioso, una especie de garras o tentáculos y unos terroríficos colmillos.

El monstruoso ser estuvo un rato forcejeando en su intento por alcanzar a Anselmo. Y Anselmo, aterrorizado, húmedo el pantalón, se metía más en el cubículo en su intento de huir de la muerte.

Pasaron los minutos, o tal vez horas. La linterna, al fin, lanzó su último rayo de luz y el monstruo, cansado y hambriento, decidió ir en busca de alguna presa más asequible. 

Tras asegurarse de que aquella cosa, de verdad, se había ido, Anselmo suspiró aliviado y decidió moverse... Y entonces descubrió que no podía. En su intento de alejarse de aquella cosa, Anselmo había quedado totalmente atascado, ni podía avanzar, ni podía retroceder. Por no poder, no podía ni bajar los brazos que tenía pegados al pecho.

Anselmo, solo y a oscuras, lloró de terror y desesperación. Le aguardaba una muerte tan larga y horrible que deseó que el monstruo regresara a buscar su cena.




jueves, 1 de octubre de 2026

Miedo

 

Era un edificio viejo y las escaleras, de madera, crujían, por eso supe que alguien subía, despacio, sin prisa. También escuchaba su pesada respiración aunque no entiendo cómo era eso posible. Yo iba a salir, pero cuando escuché los pasos un escalofrío recorrió mi espalda y me quedé quieto, mirando fijamente la puerta, como un animal asustado. Un extraño peso oprimía mi pecho. Los pasos, lentos, pesados, continuaban acercándose. Gracias a los crujidos podía contar los escalones que lo separaban de mi puerta. Finalmente, lo que fuera que subía, llegó a mi rellano y se detuvo ante mi puerta. Podía escuchar como respiraba agitadamente. Yo di un par de pasos hacia atrás, asustado no sabía de qué. Al cabo de un minuto o así, los pasos comenzaron a alejarse y escuché los crujidos de los escalones que llevaban a un piso superior que no existía.


(Disculpad que moleste un momento, veréis, Allá por el año 2021, en mi tradicional cuenta atrás para Halloween, compartí una serie de rimas/notas brujilles e infantiles. Desde entonces he estado dándole vueltas a la idea de que esas notas y su protagonista, Gunilda Matilda Brunilda, se merecían vivir reunidas en un libro, incluso añadí muchas más rimas a posteriori porque me encantó el personaje, pero yo no soy ilustradora ni quería embarcar a ningún ilustrador en esto de gratis, así que ahí fue quedando, en el cajón de las cosas que podrían ser... Luego apareció la IA, esa que muchos odiáis a muerte, pero que, ya veis, a mi me ha servido para dar vida a Gunilda y hacer lo que quería. Y aquí está el resultado: el Cuaderno de notas de Gunilda Matilda Brunilda, en Amazon. Dudo que llegue a vender ni tan siquiera uno, pero da igual. La cosa es que tenía una idea y la he podido hacer realidad. No es el mejor libro del mundo, no son las ilustraciones más maravillosas, pero es lo que tengo. Ah, también está en papel).



martes, 29 de septiembre de 2026

Síndrome del impostor

 

El espantapájaros y los gorriones se miraban fijamente. Era su ritual diario. Durante varias horas, los gorriones se posaban en los árboles que rodeaban el campo y observaban, casi sin pestañear, al monigote esperando, ilusamente, que se fuera. Mientras, el espantapájaros intentaba dar a su cara de tela un aire terrorífico deseando, él también, que las aves se largaran, temiendo el día en que los pequeños ladrones se dieran cuenta del miedo que le provocaban y de que, si se acercaban, él no podría hacer absolutamente nada.



miércoles, 16 de septiembre de 2026

El señor de la tierra

El dragón nació con el mundo y del mundo. Surgió, colosal, de su ardiente corazón y ascendió hacia el negro cielo, con las fauces abiertas en un glorioso bramido de placer. Sus poderosos músculos se movían con gracia, sus escamas brillaban como pulido ónix, sus gigantescas alas creaban huracanes, tornados, tifones... Durante muchos eones fue amo y señor absoluto del planeta que le dio la vida. Vio la tierra convulsionada por terremotos, nadó en ríos de lava ardiente, sobrevoló montañas recién nacidas, fue testigo del nacimiento de nuevos animales, del hundimiento de tierras. Y, entonces, un horrísono estruendo y un temblor de tierra sacudieron su madriguera acabando con el sueño del pequeño lagarto. 


 

jueves, 10 de septiembre de 2026

El nuevo


 Llegó al trabajo lleno de entusiasmo; llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad y esta sustitución, sin duda, lo era... o eso pensaba. 

La emoción duró lo que tardó en sentarse y abrir su ordenador. La incredulidad creció al hablar con su secretaria y, tras reunirse con sus subordinados, se sintió completamente desbordado y agotado antes de tan siquiera comenzar. Aquello era un desastre: había toneladas de trabajo pendiente, peticiones sin atender y quejas sin escuchar. 

Una auténtica calamidad.

Un caos que iba a llevarle eones arreglar.

Con la de dioses que había y le fue a tocar sustituir al más inútil de todos.


viernes, 28 de agosto de 2026

El Coco

 

—Que viene el Coco —le decía su madre si no quería comer.

—Que viene el Coco —le insistía si desobedecía. 

—Que viene el Coco —repetía si no quería ir a dormir.

—Que viene el Coco —todos los días y a todas horas.

Un día Juanillo se hartó y decidió enfrentarse al dichoso Coco.

Esa noche abandonó su cama y, sin hacer ruido, fue en busca de la escopeta de su padre. Luego, con todo sigilo, regresó a su habitación y se sentó a esperar.

—Se va a enterar ese —murmuró.

La suerte quiso que su arrebato de valentía coincidiera con la noche en que el novio de su hermana mayor se equivocó de ventana.


jueves, 20 de agosto de 2026

Llovía

 

Llovía. Las ruedas de la maleta traqueteaban sobre la acera mojada y el hombre, encogido y empapado, se arrimaba a los soportales intentando protegerse de la lluvia que el viento empujaba hacia él. Yo, como tantas otras veces, lo observaba desde mi ventana. El pequeño hombre solía pasar por allí cada cierto tiempo, siempre arrastrando su maleta y siempre coincidiendo con días de lluvia. Cuando giró la esquina, el sol volvió a brillar. Entonces bajé a la calle, fui hasta la esquina y, al doblarla, recogí la maleta. Las ruedas comenzaron a traquetear sobre la acera aún mojada.


El refugio perfecto

  Si Anselmo hubiera sido un poco más listo y un poco menos «chulo», no habría entrado en esa cueva. Y si hubiera sido un poco más prudente ...