sábado, 11 de junio de 2022

Que veinte años no es nada...

 

Que veinte años no es nada...

Ayer te hacían el test de Apgar, hoy cumples veinte años.

Ayer decías tu primera palabra, hoy cumples veinte años.

Ayer dabas tus primeros pasos, hoy cumples veinte años.

Ayer ponía tu nombre en el babi, hoy cumples veinte años.

Ayer empezabas primaria, hoy cumples veinte años.

Ayer eras una enana muy enana, hoy cumples veinte años.

Ayer jugabas con las Monster High y las Barbie, hoy cumpleas veinte años.

Ayer eras un bollito de nata, una princesa de mejillas de manzana, una Giochi Preziosi y hoy también, pero con veinte años.

Veinte años no es nada, pero da tiempo para mucho, espero que hayan estado más llenos de risas y alegría que de otras cosas. Hemos hecho (seguimos haciendo) lo mejor que podemos.

Veinte años no es nada... Ayer naciste y te quisimos al primer vistazo, hoy te queremos mucho más.

¡Feliz Cumpleaños!


jueves, 13 de enero de 2022

Pensadlo bien

 

Nichole es una amiga y compañera de mi hija. Padece lupus y ha decido escribir un libro sobre su vida y su enfermedad y necesita reunir 2.150 euros para que se lo publiquen. Os dejo aquí la web del crowdfunding, por si queréis (y podéis) echarle una mano en este sueño:

https://www.canariasebook.com/plataforma-de-crowdfunding/proyectos/a-traves-de-mis-ojos/?fbclid=IwAR0DB7SEIIOTHnSLR-jqsL5yQVjwb3e8LzeOXd9FXX_l8MZKagZ9zN_BIlM


Y ya, sin más, os dejo aquí el micro de hoy, un resto de Navidad que me quedó por ahí:


Pensadlo bien porque no lo habéis pensado.
Pensad, detenidamente, durante un minuto en Santa Claus, Papá Noel o cómo queráis llamarlo. 
Pensad bien en ello.
Un hombre con un saco que se cuela en vuestra casa de noche, cuando todos duermen.
Advertís a los niños de que no deben verlo bajo ninguna circunstancia... Y os quedáis tan tranquilos. 
Pensadlo detenidamente porque no sabéis lo que invocáis  e invitáis cada año a vuestros hogares.
No tenéis la menor idea de lo que pasa con esos niños que, curiosos, aguantan despiertos y dispuestos a ver a ese ser mítico y mágico. 
No os imagináis el horror de sus caritas cuando, en lugar de la sonrisa bonachona y la risa contagiosa, se encuentran ante un rostro de oscura maldad y un saco que no se abre para entregarles juguetes sino para engullirlos y llevarlos a lugares que no queréis conocer.
No tenéis la menor idea de lo que ocurre con ellos ni la tendréis jamás, porque, a la mañana siguiente, nadie, absolutamente nadie, les recuerda, ni les llora, ni les añora porque cuando la negrura de ese saco los devora y los envía  a sufrir torturas que no queréis imaginar, se borra cualquier rastro de su existencia.
A menos que un día, sin saber cómo, encontréis un pequeño jersey rosa con olor a colonia infantil y el corazón os dé un pinchazo de dolor y no sepáis por qué...
Pensad, detenidamente, durante un minuto en Santa Claus, Papá Noel o cómo queráis llamarlo. 
Pensad bien en ello y luego rezad para que vuestros hijos no sean demasiado curiosos.



jueves, 23 de diciembre de 2021

Santa

Santa Claus medio abrió un ojo el tiempo justo para sacar el brazo y detener el despertador rojo que trinaba el estribillo de Jingle Bells en modo bucle. Por muy 24 de diciembre que fuera no había ninguna prisa. Algún día recordaría quitar la dichosa alarma. Santa se giró en la cama e intentó seguir durmiendo, pero casi enseguida el despertador volvió a cantar la dichosa cancioncilla. 

Santa Claus volvió a pararlo y, al rato, el despertador volvió a sonar. Así estuvieron, el uno trinando y el otro parando, su buena media hora hasta que el señor Claus optó por rendirse y levantarse de la cama con arrastrar de pies, rascar de tripa y enormes bostezos.

Hacía tiempo que levantarse había perdido todo el sentido. Y trabajar esa noche tenía aún muchísimo menos. Concretamente perdió el sentido el día en que los últimos colonos abandonaron la Tierra huyendo a otros planetas. Lo podían haber llevado con ellos, como habían hecho con el Ratoncito Pérez o con el mismísimo Hombre del Saco, pero, claro, para los mayores, él era un mito en el que no creían y, para los pequeños sólo había un lugar en el que podía vivir: en el helado, blanco y vasto Polo Norte del planeta Tierra. Un Polo Norte muy sui géneris, pero Polo Norte al fin y al cabo. Y ahí estaba él, atado a un lugar y a unas costumbres absurdas, cada vez más ajado y transparente a medida que el tiempo y la distancia que le separaba de la humanidad iba en aumento.

Tarde o temprano acabarían por olvidarlo o sustituirlo y entonces él desaparecería, sin ruido, como un montón de nieve bajo la luz solar... y lo cierto es que lo iba a agradecer porque aquello, la verdad, no era vida.

Entretanto tenía que seguir cumpliendo con su obligación. Así que se coló dentro de su ahora demasiado holgado traje rojo. Se sacudió unas migas de galletas de su larga y descuidada barba. Ató sus nueve famélicos y tristes renos a su ajado trineo y se dispuso a dar vueltas alrededor del planeta repartiendo regalos en edificios en ruinas para niños que ya no existían.

En la fría noche de Navidad, Santa Claus lanzaba su risa solitaria y soñaba con desaparecer.



Preparativos navideños

 

Angustias prepara la Navidad. Sin prisas, a su ritmo, ese ritmo pausado, tembloroso e indeciso que dan los muchos años.

En cuanto llegó diciembre, Angustias comenzó a bajar al trastero y, poquito a poco, una cosa ahora, otra cosa más tarde, a ratitos sueltos, ha ido subiendo toda la decoración a su casa. El árbol es lo que más le ha costado, pero con algo de paciencia y mucho cuidado, ha logrado instalarlo en su sitio de siempre. Angustias recuerda haber soñado con tener un árbol enorme, como los de las películas americanas. Ahora se alegra de no haberlo conseguido. «Imagina tener que subir un armatoste así en ese mini ascensor», piensa,  «a mi edad y con lo bajita que soy, quién me viera. Un árbol con zapatillas...» Y se ríe por lo bajinis imaginando la escena.

Al fin, hoy, después de unos días y varias subidas y bajadas, ha terminado de subirlo todo y, tras prepararse un chocolate, se ha puesto manos a la obra.

Este año anda todo el mundo revuelto, otra vez, por culpa de ese bicho del demonio, que si celebran, que si no celebran, que si mascarillas, que si no mascarillas, que si más vacunas, que si se reúnen, que si no... Angustias, ya no presta atención. No va con ella. Se cansó de vivir angustiada y no quiere saber nada del tema. En cuanto en la tele o en la radio comienzan con lo del covid de las narices, ella cambia de canal y santas pascuas. Vive mucho más tranquila y, además, pase lo que pase, ella va a celebrar la Navidad como lleva haciéndolo desde hace años.

Pero lo primero es lo primero y lo primero es el árbol. Siempre empieza con él. A los niños, recuerda, les encantaba ayudarla mientras Eugenio leía porque, decía, él no tenía ni gusto ni ganas para esas cosas. Los niños y ella, ponían villancicos, cantaban a gritos y, al finalizar, se iban todos a merendar churros con chocolate.

Los recuerdos la hacen sonreír mientras comienza a instalar las luces, que es lo que hay que poner antes que nada, Con cuidado de no tropezar con el cable o acabar enredada en él, las va extendiendo, de arriba hacia abajo,  a lo ancho y a lo largo del abeto artificial. El árbol tiene muchos años, lo compraron cuando se mudaron a aquel piso y nunca se decidieron a cambiarlo, le falta alguna rama y hasta tiene alguna calva, pero lleva tanto tiempo con ella que no se siente capaz de deshacerse de él. 

Las luces antes parpadeaban, pero un día, como si se hubieran cansado, decidieron dejar de hacerlo. Angustias, en realidad, las prefiere así, porque tanto parpadeo acaba por resultar algo mareante.

Tras las luces, las viejas bolas y el raído espumillón. Angustias lleva décadas sin cambiar nada de su decoración navideña. ¿Por qué iba a hacerlo? Le gustan sus viejos adornos y su espumillón dorado, aunque ya no estén de moda y hayan perdido su brillo y su prestancia. Son como ella: viejos, caducos, anacronismos de otra época, ni mejor ni peor, sólo otra. 

A ella ya le valen así.

Acabado el árbol, se dedica al resto del salón: algunas guirnaldas, un centro de mesa al que le faltan velas, la corona de la puerta (algo deshojada), unas piñas desdentadas... Y, para rematar la agotadora y decorativa  tarde, un platito de golosinas navideñas con otro chocolate que consumirá sentada en su sillón, con una manta sobre sus cansadas piernas, rodeada de las fotografías de su difunto marido y sus hijos ausentes. Y de este modo, entre la nostalgia y la paz, irán transcurriendo, lánguidos y cálidos, los días navideños de Angustias mientras, allá afuera, el mundo gira para otros.



martes, 14 de diciembre de 2021

Navidad todos los días

 

Cada año la Navidad empezaba antes. Los ayuntamientos habían comenzado a competir por ser los primeros en iluminar las calles y las grandes superficies intentaban ganar más clientes adelantando el ornato y la venta de productos navideños. Así que, año tras año, la época navideña ganaba una semana más al calendario hasta que, finalmente, casi sin darnos cuenta, acabamos viviendo en una Navidad permanente. Los abetos, las estrellas, el espumillón, los polvorones, los turrones, los roscones, las luces cada vez más espectaculares y cada vez en más calles, los villancicos pasaron de ser cosas especiales y puntuales a formar parte de la vida cotidiana.

La gente estaba tan harta que comenzó a esperar los escasos días en que todo eso desaparecía con la misma ilusión que antes dedicaba a la Navidad... y entonces los centros comerciales descubrieron un nuevo filón.



martes, 7 de diciembre de 2021

Cena

 

El mantel de las grandes ocasiones resplandece de blancura extendido sobre la larga mesa. A la izquierda de los cubiertos, primorosas servilletas color melocotón. La mejor vajilla luce esta noche sus galas junto a la mejor cubertería, ambas, como mantel y servilletas sólo ven la luz en Navidad y en escasas, escasísimas ocasiones especiales. Un hermoso centro completa la decoración navideña. Toda la elegancia y el “lujo” que no pueden lucirse durante el año se extiende, con cuidado y primor, en la cena familiar. 

En un rincón, las luces encendidas, el árbol guiña sus luces, provocando alegres destellos en los adornos.

La familia con sus mejores galas ha reunido todas las sillas de la casa para poder juntarse, casi apiñarse, en torno a la mesa.

El silencio reina en la casa, en la calle y en toda la ciudad.

Las luces parpadean por toda la urbe.

La ciudad, aterida bajo el frío invernal, parece aguardar un estallido festivo que nunca llega.

En torno a la mesa, los comensales, algunos con las cabezas metidas en sus brillantes platos, otros echados hacia atrás con las bocas abiertas en muda carcajada, alguno hecho un ovillo a los pies de la silla.

En cada rincón del mundo se repite la misma escena, en hogares de ricos, de pobres, en las calles, en los hospitales, prisiones, cuarteles... En todas partes, ante mesas preparadas para la celebración, los muertos aguardan una cena que no podrán disfrutar.

El virus que ha ocasionado toda esa muerte de manera casi instantánea, no tardará en morir de éxito.

El primer animal salvaje posa su pata en el asfalto preparado, él sí, para celebrar su cena de Nochebuena.



viernes, 8 de octubre de 2021

Del derecho y del revés


Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Marisa lleva media vida tejiendo y las agujas se mueven a toda velocidad transformando la lana en tejido. 

Atravesar el punto, pasar el hilo, sacar el nuevo punto.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Así hasta finalizar la hilera y luego, vuelta a empezar.

El clic clic de las agujas y lo repetitivo del proceso siempre la han ayudado a relajarse y sabe Dios que ahora mismo necesita relajarse.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Marisa alza los ojos sin dejar de tejer, y mira a su marido que, sentado frente al televisor, contempla a unos tertulianos que gritan y gesticulan muy indignados por vete a saber qué. Esa gente siempre está muy indignada por algo, pero nunca por lo realmente importante, piensa Marisa. No sabe si el debate es sobre fútbol, cotilleos o política, son todos tan iguales que no es fácil distinguirlos a menos que les dediques algo de atención y ella, ahora mismo, tiene otras cosas a las que prestar atención.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Jaime, su marido, mira fijamente a la pantalla, el rostro inexpresivo iluminado por la enorme pantalla plana que se había empeñado en comprar, la más cara que encontró, a pesar de que era demasiado grande para el salón y demasiado cara para su economía. pero es que él, Jaime Sotomayor, no iba a ser menos que el memo de su hermano, que, por supuesto, sí que puede permitírselo.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.




Marisa se obliga a dejar de mirar a su marido e intenta concentrarse en su labor, en el sonido de las agujas, en el movimiento del hilo, en la secuencia de puntos. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. De vez en cuando Jaime se levanta de su butaca y comienza a dar vueltas por la casa. Silencioso, recorre todas las habitaciones abriendo cajones y armarios buscando y rebuscando. Al rato parece rendirse u olvidarse de la búsqueda y retorna a su butaca. Marisa, sin dejar de tejer, lo vigila. Callada, quieta, casi encogida en su asiento, intentando ser parte de la decoración, un mueble más, presente, pero ignorada. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. La tensión comienza a ser insoportable, se nota en las ojeras de Marisa, en el moño mal ajustado de Marisa, en los ojos asustados de Marisa, en las manos temblorosas de Marisa... Ya son muchas las noches que pasa así, sentada bajo su lámpara, tejiendo una bufanda infinita y vigilando a Jaime, cuya única ocupación es ver la tele y buscar, buscar y ver la tele. Y, de vez en cuando, acercarse donde ella está y quedarse allí, en pie, inmóvil, mientras Marisa, sin levantar los ojos, continúa tejiendo. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. Marisa comienza a sudar cuando ve que Jaime vuelve a levantarse. Toca otra ronda de infructuosa búsqueda. Las agujas resbalan entre sus dedos húmedos y lucha por no dejarlas caer. Jaime, entonces, se detiene ante ella una vez más. Quieto, mudo. Marisa siente su mirada como un peso, algo sólido que la aplasta y la ahoga. Respira, agitada, está perdiendo la concentración y la poca calma que aún le quedaba. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. Dos lágrimas de terror corren por sus mejillas, indistinguibles del sudor que empapa su cara. Jaime no se mueve, no habla, no hace otra cosa que estar ahí, parado frente a ella, esperando. Marisa intenta aguantar esa mirada, pero el cansancio y la tensión pueden con ella. Finalmente abandona la labor sobre su regazo y alza la vista hacia su marido. Se levanta, temblando, agujas y lana caen al suelo, se yergue todo lo que da de sí su metro sesenta y, casi susurrando, dice: —De acuerdo —dice—, tú ganas.


Jaime, como si hubiera escuchado unas palabras mágicas, se hace un lado, dejándola pasar.
Ella avanza despacio, las piernas le tiemblan tanto que teme caerse, pero con un poco de esfuerzo logra controlar los temblores lo bastante para poder seguir caminando, aunque sea con el andar indeciso de un borracho. Se dirige a la cocina donde coge una pequeña escalera de tres peldaños y, con ella a cuestas, se dirige a su dormitorio. Abre el armario, sube hasta el último peldaño y, poniéndose de puntillas, estira el brazo hasta el fondo del estante más alto. 
Cuando la mano vuelve a aparecer, trae en ella un bote de cristal.
Marisa baja y se acerca a su marido, que la ha seguido y aguarda  en la puerta.
Se para ante él, abre el bote y le ofrece su contenido: un par de ojos, los ojos de Jaime. Los ojos que ella, en un arrebato absurdamente sentimental, había guardado en formol tras matarlo y enterrar su cuerpo en el bosque cercano. Los ojos por los que Jaime abandona cada noche su tumba y vuelve a casa desde hace meses.
El muerto coloca los ojos en sus vacías cuencas y ahí quedan, mirando uno hacia arriba y otro hacia abajo, dándole un aspecto cómico que Marisa, por supuesto, no es capaz de ver. A continuación, gruñe, se gira y vuelve al salón, pero, en lugar de seguir hacia la puerta de salida, como ella creía y ansiaba, Jaime vuelve a su butaca y a la ruidosa nada televisiva.
Marisa lo mira, entre asombrada y aliviada, hasta ese instante había estado convencida de que, una vez recuperado sus ojos, él la mataría con esas mismas agujas que ella había usado para acabar con él. Pero nada de eso había ocurrido y ella, ahora, no sabía muy bien si sentirse aliviada o aterrada.
Tras un minuto de indecisión, Marisa se sacude el aturdimiento, se encoge de hombros, recoge su labor y vuelve, ella también, a su butaca y a su inacabada e inacabable labor.
La monotonía cotidiana retorna.
Un punto al derecho.Un punto al revés.
Un punto al derecho. Un punto al revés...




Que veinte años no es nada...

  Que veinte años no es nada... Ayer te hacían el test de Apgar, hoy cumples veinte años. Ayer decías tu primera palabra, hoy cumples veinte...