De niño, Damián vivió en el pueblo, un pueblo perdido entre montañas y sin apenas niños. Los calurosos veranos eran largos y solitarios y los inviernos eran aún más solitarios y largos. En realidad, todas las estaciones eran largas y solitarias. Durante los cálidos días de primavera y verano, Damián pasaba largas horas en el exterior, ayudaba en las tareas del campo, se bañaba en la alberca, perseguía lagartos y saltamontes y, además, como al llegar el estío venía gente de la ciudad, la población infantil aumentaba y Damián tenía más amigos con los que jugar aparte de los del pueblo. El otoño y el invierno eran más claustrofóbicos y pesados. El frío, el viento, la lluvia y la nieve obligaban a pasar muchas horas en el interior y si tales días se hacían muy largos, no sé si podéis imaginar la eternidad que eran para un niño.
Cierta tarde en que la nieve no dejaba de caer y Damián se encontraba en su dormitorio construyendo una pequeña torre con piezas de madera, una voz detrás de él dijo:
—Se te va a caer.
Damián dio un pequeño respingo y se volvió.
Un niño estaba sentado sobre su cama.
—No se va a caer.
—Sí se va a caer.
Y se cayó.
—Pues era verdad —dijo Damián—, se iba a caer.
Y los dos niños se echaron a reír.
—Me llamo Damián —dijo Damián.
—Yo me llamo Fermín —respondió Fermín.
Y ese fue el comienzo de una gran amistad.
A partir de entonces los días fríos y lentos ya no le parecieron a Damián ni tan lentos ni tan fríos.
Los veranos se volvieron más divertidos aún y, aunque Fermín siempre iba con él, Damián aprendió pronto a no hablar de él ni con él en presencia del resto de niños.
Los años fueron pasando y Damián y Fermín fueron creciendo juntos. Sus juegos crecieron con ellos y las conversaciones, lentamente, comenzaban a hacerse menos infantiles.
Se juraron amistad eterna... Y, entonces, los padres de Damián decidieron mudarse a la ciudad y buscar una vida mejor.
Damián contó las mil maravillas que les aguardaban en la ciudad y le pidió que viniera con la familia. Pero mientras hablaba, Fermín negaba tristemente con la cabeza: él no podía moverse del pueblo. Damián le prometió que volvería cada verano, que seguirían siendo amigos y que, cuando fuera mayor, incluso volvería a vivir en el pueblo, con él.
El día de la mudanza, Damián lo pasó inmerso en una aplastante tristeza, pero la tristeza de Fermín fue aún mayor.
Los días fueron pasando. Damián se iba aclimatando a su nuevo hogar y a sus nuevos amigos, mientras Fermín seguía en aquella casa vacía. Al llegar el verano, Damián regresó; ahora era uno de esos niños que llegaban en verano de visita. Regresó, también, al siguiente y al otro.
Al tercero no volvió.
Al Damián adolescente no le interesaba la vida del pueblo.
Pasaron los años y pasó la vida. Damián estudió, encontró trabajo, se casó, tuvo sus propios hijos y, cuando ya contaba con más de cincuenta años, perdió a sus padres.
Era hora de regresar al pueblo, a la vieja casa, a decidir qué se hacía con ella y las tierras colindantes.
Al llegar se detuvo un instante al salir del coche, inspiró profundamente el aroma de su niñez, miró los campos abandonados y luego se giró hacia la casa que ahora lucía ajada, deslucida y triste. Los años de abandono y olvido se podían ver en cada ladrillo y cada madera.
Allí parado, casi le pareció sentir que la casa le miraba con sus ojos ciegos y un escalofrío recorrió su espalda.
—Menuda tontería —se dijo.
Se dirigió a la destartalada puerta, introdujo la herrumbrosa llave y, después de tantísimas décadas, regresó a casa.
El interior había quedado congelado en el tiempo, destartalado y sucio, pero igual a su recuerdo: los mismos muebles, el mismo hogar, los mismos cuadros, la misma escalera, incluso la antigua vajilla estaba allí, acumulando polvo y pisadas de insectos.
Subió lentamente a su dormitorio: su vieja cama, sus viejos libros amarillos y manchados de moho, sus juguetes en las estanterías... Incluso aquellas piezas de madera...
Damián, distraído, comenzó a construir una torre con ellas.
Una voz, grave y cascada, sonó a sus espaldas:
—Se te va a caer.
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