viernes, 8 de octubre de 2021

Del derecho y del revés


Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Marisa lleva media vida tejiendo y las agujas se mueven a toda velocidad transformando la lana en tejido. 

Atravesar el punto, pasar el hilo, sacar el nuevo punto.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Así hasta finalizar la hilera y luego, vuelta a empezar.

El clic clic de las agujas y lo repetitivo del proceso siempre la han ayudado a relajarse y sabe Dios que ahora mismo necesita relajarse.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Marisa alza los ojos sin dejar de tejer, y mira a su marido que, sentado frente al televisor, contempla a unos tertulianos que gritan y gesticulan muy indignados por vete a saber qué. Esa gente siempre está muy indignada por algo, pero nunca por lo realmente importante, piensa Marisa. No sabe si el debate es sobre fútbol, cotilleos o política, son todos tan iguales que no es fácil distinguirlos a menos que les dediques algo de atención y ella, ahora mismo, tiene otras cosas a las que prestar atención.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Jaime, su marido, mira fijamente a la pantalla, el rostro inexpresivo iluminado por la enorme pantalla plana que se había empeñado en comprar, la más cara que encontró, a pesar de que era demasiado grande para el salón y demasiado cara para su economía. pero es que él, Jaime Sotomayor, no iba a ser menos que el memo de su hermano, que, por supuesto, sí que puede permitírselo.

Un punto al derecho. Un punto al revés.

Un punto al derecho. Un punto al revés.




Marisa se obliga a dejar de mirar a su marido e intenta concentrarse en su labor, en el sonido de las agujas, en el movimiento del hilo, en la secuencia de puntos. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. De vez en cuando Jaime se levanta de su butaca y comienza a dar vueltas por la casa. Silencioso, recorre todas las habitaciones abriendo cajones y armarios buscando y rebuscando. Al rato parece rendirse u olvidarse de la búsqueda y retorna a su butaca. Marisa, sin dejar de tejer, lo vigila. Callada, quieta, casi encogida en su asiento, intentando ser parte de la decoración, un mueble más, presente, pero ignorada. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. La tensión comienza a ser insoportable, se nota en las ojeras de Marisa, en el moño mal ajustado de Marisa, en los ojos asustados de Marisa, en las manos temblorosas de Marisa... Ya son muchas las noches que pasa así, sentada bajo su lámpara, tejiendo una bufanda infinita y vigilando a Jaime, cuya única ocupación es ver la tele y buscar, buscar y ver la tele. Y, de vez en cuando, acercarse donde ella está y quedarse allí, en pie, inmóvil, mientras Marisa, sin levantar los ojos, continúa tejiendo. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. Marisa comienza a sudar cuando ve que Jaime vuelve a levantarse. Toca otra ronda de infructuosa búsqueda. Las agujas resbalan entre sus dedos húmedos y lucha por no dejarlas caer. Jaime, entonces, se detiene ante ella una vez más. Quieto, mudo. Marisa siente su mirada como un peso, algo sólido que la aplasta y la ahoga. Respira, agitada, está perdiendo la concentración y la poca calma que aún le quedaba. Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. Dos lágrimas de terror corren por sus mejillas, indistinguibles del sudor que empapa su cara. Jaime no se mueve, no habla, no hace otra cosa que estar ahí, parado frente a ella, esperando. Marisa intenta aguantar esa mirada, pero el cansancio y la tensión pueden con ella. Finalmente abandona la labor sobre su regazo y alza la vista hacia su marido. Se levanta, temblando, agujas y lana caen al suelo, se yergue todo lo que da de sí su metro sesenta y, casi susurrando, dice: —De acuerdo —dice—, tú ganas.


Jaime, como si hubiera escuchado unas palabras mágicas, se hace un lado, dejándola pasar.
Ella avanza despacio, las piernas le tiemblan tanto que teme caerse, pero con un poco de esfuerzo logra controlar los temblores lo bastante para poder seguir caminando, aunque sea con el andar indeciso de un borracho. Se dirige a la cocina donde coge una pequeña escalera de tres peldaños y, con ella a cuestas, se dirige a su dormitorio. Abre el armario, sube hasta el último peldaño y, poniéndose de puntillas, estira el brazo hasta el fondo del estante más alto. 
Cuando la mano vuelve a aparecer, trae en ella un bote de cristal.
Marisa baja y se acerca a su marido, que la ha seguido y aguarda  en la puerta.
Se para ante él, abre el bote y le ofrece su contenido: un par de ojos, los ojos de Jaime. Los ojos que ella, en un arrebato absurdamente sentimental, había guardado en formol tras matarlo y enterrar su cuerpo en el bosque cercano. Los ojos por los que Jaime abandona cada noche su tumba y vuelve a casa desde hace meses.
El muerto coloca los ojos en sus vacías cuencas y ahí quedan, mirando uno hacia arriba y otro hacia abajo, dándole un aspecto cómico que Marisa, por supuesto, no es capaz de ver. A continuación, gruñe, se gira y vuelve al salón, pero, en lugar de seguir hacia la puerta de salida, como ella creía y ansiaba, Jaime vuelve a su butaca y a la ruidosa nada televisiva.
Marisa lo mira, entre asombrada y aliviada, hasta ese instante había estado convencida de que, una vez recuperado sus ojos, él la mataría con esas mismas agujas que ella había usado para acabar con él. Pero nada de eso había ocurrido y ella, ahora, no sabía muy bien si sentirse aliviada o aterrada.
Tras un minuto de indecisión, Marisa se sacude el aturdimiento, se encoge de hombros, recoge su labor y vuelve, ella también, a su butaca y a su inacabada e inacabable labor.
La monotonía cotidiana retorna.
Un punto al derecho.Un punto al revés.
Un punto al derecho. Un punto al revés...




viernes, 11 de junio de 2021

Cumpleaños número 19

 

A estas altura de la historia, creo que ya he dicho todo lo que podía decir sobre mi ya-no-enana y mucho más. Ya he dicho hasta la saciedad lo orgullosos que estamos de ella y lo mucho que la queremos y ser algo original en esta felicitación cumpleañera  ya se va haciendo muy complicado. Pero aquí estoy, porque si no estoy, me amenazan con boicots terribles. Aquí estoy porque la tradición manda mucho y el cariño manda aún más. Así que, nada, listos para felicitar a mi ya-no-enana como llevo años haciendo: con su correspondiente post bloguero.
Este atípico y distópico año pandémico ha sido el primero de carrera para mi futura médica.. Ha estrenado su primera bata, ha recibido sus primeras clases, no ha visto su primer cadáver (este año no se permitió por lo del bicho), ha sufrido un pequeño bajón de moral por las primeras notas, un bache que, creo, ya ha superado y ahí sigue, en la lucha. 
También en plena pandemia ha hecho sus primeros viajes sola... es lo que tiene que el novio viva en otra isla.

Anda “sufriendo” ahora con su ortodoncia y su disyuntor y parece que se librará de la máscara facial... fiu... por los pelos. Tenía que haberse hecho antes, ya, ya, pero las cosas se hacen cuando se pueden y no cuando se quiere y, oye, más vale tarde que nunca.
Lo que más ha extrañado este año son los festivales y las actuaciones en directo y en julio, por fin, disfrutará de un par de conciertos en directo, justo antes de recibir su vacuna contra el jodío bicho y a pocos días de irse a disfrutar unos días de vacaciones..
Cumplió los 18 en plena pandemia, cumple 19 cuando la pandemia comienza a pasar a mejor vida. Lo celebraremos, como siempre, los tres solos y juntos.
Intentaremos, como siempre, que lo pase genial... y ya no se me ocurre nada más.
Un post cumpleañero el de este año, pero que sepas que te quiero mucho, bollito de nata.
Que tengas un muy FELIZ CUMPLEAÑOS.



sábado, 10 de abril de 2021

Microdivinidades

 

Purificación

La iglesia arde. Las mujeres observan el incendio desde lejos. A pesar de la distancia pueden oír los gritos de quienes intentan apagar el fuego. Hace rato que no oyen los otros, los de los sacerdotes que en ella se encontraban reunidos. Sus cuerpos, convertidos en cenizas, sobrevuelan la ciudad.
—El fuego purifica, nos repetían una y otra vez, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo, lo recuerdo. Ayer mismo me lo volvió a repetir el obispo.
—Deben de haberse sentido muy afortunados por tener esta oportunidad de purificación.
Las mujeres ríen a carcajadas libres y felices. 
Al fin, tras tantos años de sufrimiento, han logrado acabar con sus opresores y torturadores.



Liberación

El dios aullaba de dolor.
Su mano extendida buscaba al diminuto humano, una parte de él queriendo aplastarle, otra parte suplicando por su vida.
El hombre lo contemplaba, impasible, disfrutando de su sencilla venganza.
—¡Los dioses no existen! —, gritó.
Y el dios volvió a aullar.
—¡Los dioses no existen! —, insistía el humano.
El dios se retorcía de dolor, cada vez más débil, cada vez más cerca de la muerte.
—¡Los dioses no existen! —, continuó repitiendo el diminuto humano una y otra vez, hasta que, al fin, con un último suspiro, el dios murió.








lunes, 29 de marzo de 2021

El monstruo camina entre nosotros

 

Relato publicado en la revista Infernaliana, especial Demencia de la editorial Pandemonium.


El viejo, tembloroso, coge su viejo diario, pasa a una página en blanco y comienza a escribir:

El monstruo camina entre nosotros, pero sólo yo lo puedo ver. Sus arácnidas manos palpan rostros y toquetean cabezas buscando, ávido, una entrada a la mente que en ella habita. Él sabe que yo sé, más de una vez se han cruzado nuestras miradas: la mía, aterrorizada, la suya un profundo pozo de nada.

La primera vez que lo vi fue en la cola del super, junto a una pobre mujer que, con mano temblorosa, intentaba contar las monedas para pagar su escasa compra. El monstruo, con sus largos dedos, escamoteaba monedas y las hacía reaparecer, de tal manera que la anciana, cada vez más confusa, no acertaba a contar el dinero necesario. 

Me quedé aterrorizado ante la imagen de aquel ser enteco y retorcido como un sarmiento seco que, entre risillas, jugaba a confundir a la cada vez más nerviosa mujer. Una breve mirada a quienes me rodeaban me bastó para comprobar que nadie lo veía y preocuparme por mi salud mental. En ese momento el monstruo alzó la cabeza, olisqueó el aire, se giró hacia mí con una babeante sonrisa llena de curiosidad y me miró a los ojos. Entonces supe que no era una alucinación. Os aseguro que ninguna alucinación puede tener semejante mirada. Ninguna.


La cosa siseó más que dijo:
—Aún no es tu tiempo— y al hacerlo escupió su espesa baba sobre mi cara y mi pecho, donde dejó un reguero de ardiente frío. Luego se giró de nuevo y, lanzando un gruñido mitad risa mitad amenaza, fue corcoveando tras la anciana que, al fin, había conseguido pagar y empujaba lentamente su carrito hacia la puerta.
He vuelto a ver al monstruo varias veces tras este primer encuentro, siempre junto a algún anciano, distrayéndolo, enfadándolo, confundiéndolo, engordando con sus recuerdos, alimentándose de su memoria hasta dejarlo convertido en una carcasa vacía. 
Desde aquella primera vez, mi vida ha sido una continua y paranoica espera. 
Llevo años preguntándome cuándo será mi turno. 
Esperando, cada noche, escuchar el susurro de los pasos del monstruo en el pasillo, sus alargados dedos arañar la puerta de mi dormitorio, el peso de su enteco cuerpo caer sobre mi cama. 
Son muchos años de espera, de vivir con este terror, demasiados, tantos que casi deseo que llegue y me deje vacío de mí. 
Así, al menos, descansaría...

El viejo se detiene, algo entre un susurro y un roce le ha distraído. Alza la vista para averiguar de qué se trata y, durante un par de segundos, su corazón se detiene para, a continuación, lanzarse en una carrera tan alocada que pareciera querer huir del pecho.
Allí, junto a él, está el monstruo, su boca abierta en algo parecido a una sonrisa, sus sarmentosos dedos agitándose, su nariz, o lo que parece ser su nariz, temblando de placer. El viejo, aterrorizado, se queda inmóvil, como un animal deslumbrado. Balbucea unas palabras ininteligibles, grita incongruencias, se agita y finalmente se hunde, sin remedio, en los oscuros ojos del monstruo hasta ahogarse en el infinito vacío de su mirada y atravesar la fría nada durante una oscura eternidad. Cuando finalmente surge del otro lado, el viejo, tembloroso, coge su viejo diario, pasa a una página en blanco y comienza a escribir:
El monstruo camina entre nosotros, pero sólo yo lo puedo ver. Sus arácnidas manos palpan rostros y toquetean cabezas buscando, ávido, una entrada a la mente que en ella habita. Él sabe que yo sé, más de una vez se han cruzado nuestras miradas: la mía, aterrorizada, la suya un profundo pozo a la nada...





sábado, 20 de marzo de 2021

Vidas...

 

Sacó del armario un libro, reunió unos cojines, se sentó en el suelo, se cubrió de la cabeza a los pies con una manta y comenzó a leer. A los pocos minutos ya se encontraba totalmente ensimismado y viviendo la historia como si fuera la suya propia. En el salón sus padres llevaban rato inmersos en el habitual y ritual intercambio de improperios, gritos y golpes. La pelea estaba siendo de las peores que podía recordar... y recordaba muchas, demasiadas. Cuanto más duramente discutían sus padres, más empeño ponía él en abstraerse y más sentía que su hogar era aquel libro... Cuando su madre, varias horas más tarde, fue en su busca, tan sólo encontró una manta y, bajo ella, un montón de cojines y un libro que guardó cuidadosamente en el armario.





Era su último instante juntos. El final de todo. Ella lloraba a raudales, desconsolada y descontrolada, las lágrimas corrían a raudales por su cara y empapaban su blusa. Él la sujetaba e intentaba calmarla. La despedida estaba resultando demasiado dura para ambos. Él también lloraba, aunque de manera más sosegada y sólo acertaba a repetirle que todo iba a ir bien.
Pero ella no atendía a palabras y, entre sollozos e hipidos, no dejaba de repetir:
—Han sido tantos años juntos... No estoy preparada. No me siento capaz. No quiero. Ha sido nuestro primer coche. Lo voy a echar tanto de menos...







viernes, 12 de marzo de 2021

La noche sonámbula

 Estos dos textos los escribí ya hace unos añitos para el programa de radio "La noche sonámbula" (https://www.facebook.com/la.nochesonambula), a petición de mi amigo Álvaro "el Caifa".


Brujas sonámbulas

Brujas sonámbulas montadas en escobas,
viajan sin brújula en la noche oscura.
Sin mapas, sin planos, sin cosas que estorban, 
con los ojos cerrados, soñando con volar.

Brujas románticas, lunáticas y plásticas, 
que cantan a la noche y hablan por hablar.
Brujas noctámbulas, beodas y errabundas.
Brujas que deambulan, gesticulan y pululan.

Brujas funámbulas, rectángulas y octógonas.
Brujas ambulantes, circulantes y hasta andantes.
Brujas grandes, chicas, medianas, 
gordas, flacas y hasta alguna enana.

Brujas sonámbulas montadas en escobas
llenan con sus risas la noche oscura
ocultando la luna, allá sobre la una,
cantando al cielo hasta que salga el sol.

Brujas sonámbulas funámbulas del alba.
Brujas minúsculas, párvulas y esdrújulas.
Brujas de las ínsulas, con ínfulas mayúsculas
Brujas sin destino soñando con volar.


La noche sonámbula

La Noche sueña y en sueños ambula, deambula, vaga y callejea.
La Noche sueña y en sueños habla, charla, dialoga y debate. 
La Noche sueña y en sueños imagina, fantasea, idealiza y crea.
La Noche sueña y en sueños canta, entona, afina y canturrea. 
La Noche sonambulea entre dos soles y acoge en sus aterciopelados brazos, a románticos incurables, locos irrecuperables, idealistas insaciables, soñadores incorregibles, borrachos de sueños, adictos a la melancolía, poetas impíos, irreverentes herejes, insomnes dormidos y sonámbulos despiertos.
Todos la siguen, la persiguen, la consiguen y la viven.
Danzan con ella, aman con ella, viven con ella, sonambulean con ella.
La Noche sueña y en sueños ambula, deambula, vaga y callejea.
La Noche sueña y en sueños habla, charla, dialoga y debate. 
La Noche sueña y en sueños imagina, fantasea, idealiza y crea.
La Noche sueña y en sueños canta, entona, afina y canturrea. 
La Noche, sonámbula, sueña y sonambulea...






sábado, 6 de marzo de 2021

Del pasado al futuro

 

El pueblo

Durante décadas, casi tantas como las que ha vivido, ha trabajado para ellos. Ha sido partera, curandera, veterinaria... Ha visto nacer al pueblo entero, ha acompañado en el momento de la muerte a sus padres, y a los padres de sus padres. Ha curado sus heridas, los ha atendido en sus enfermedades, ha cuidado de sus hijos y de sus animales, les ha aconsejado y protegido. Y entonces llegó ese monje, ese dominico perro de Dios, olisqueando y buscando una presa... y me encontró. Nuestra diminuta iglesia se llenó y allí, apretujados, lo oyeron hablar, durante días, del diablo, de herejes, de brujas y, sin decir su nombre, la señaló ante todos. Ahora, casi a un paso de la muerte, el pueblo, su pueblo, le ha dado la espalda. La llaman bruja, la insultan y alguno, incluso, la apedrea cuando baja al pueblo. Su pequeña y solitaria casa, hacia la que ahora se dirige, cargada y renqueante, es su último refugio. Si tiene suerte, irán olvidando todo lo que el monje contó y la vida volverá a la normalidad. Si no, su vida acabará con la llegada del próximo inquisidor.



Amor robótico

En el año 5467 se decidió conceder a los robots el estatus de humanos. Este hecho no coincidió con la llegada de la inteligencia, que hacía siglos que poseían, ni tampoco con la aparición de la conciencia, cosa que había sucedido casi a la par. A pesar de la lucha por sus derechos, los jueces sólo aceptaron concederles la condición de seres humanos cuando apareció el primer robot capaz de enamorarse.



Del derecho y del revés

Un punto al derecho. Un punto al revés. Un punto al derecho. Un punto al revés. Marisa lleva media vida tejiendo y las agujas se mueven a to...