martes, 27 de octubre de 2026

El sicario

 

Un puñal brilla en la noche oscura y un arco plateado baja hasta la espalda de la descuidada víctima que, sin tan siquiera un gruñido, cae muerta a los pies del asesino. En un instante la ropa comienza a tornarse carmesí y el suelo se va oscureciendo con la sangre vertida.

El asesino se pone en cuclillas, gira el cadáver, saca una fotografía del bolsillo y exclama:

—¡Mierda! Este no era el tipo que tenía que matar. El jefe se va a poner hecho una fiera.

El sicario vuelve a comparar la foto con el muerto.

—Joder, es que ni se parecen.

—Ya te digo —dice una voz a su lado—. No me parezco en nada.

El asesino da un respingo y un gritito.

Junto a él, con cara de fastidio, el fantasma del recién muerto sigue  protestando:

—Tío, de verdad, ¿cómo me has confundido con un tipo que pesa como treinta kilos más que yo? ¿Y no ves que yo soy pelirrojo y ese es rubio? ¿Eres daltónico o qué?

El homicida despistado, con los ojos como platos y el corazón corriendo los cien metros lisos atina a tartamudear:

—Y... bu... bu... bueno, es... es... de no... no...  noche...

—Es de noche, es de noche... Y estás rodeado de unas hermosas farolas que nos ha costado una buena pasta en impuestos. Y encima, mira cómo me has dejado la chaqueta de cuero... Joer, macho, me acababa de gastar casi un sueldo en ella.


El asesino, que empezaba a pasar de sentirse asustado a sentirse ofendido, intentó defenderse:

—A ver, tampoco es para tanto. Seguro que te timaron. Tampoco es para ponerse así.

—Pero tío, que me has matado.

—Bueno, no fue aposta.

—Ah, genial, y con eso ya está todo solucionado, ¿no?

El sicario se encoge de hombros y mira, avergonzado, hacia el cadáver, que sigue allí tirado, callado y perdiendo sangre, ajeno por completo a la discusión.

El espíritu recién desencarnado suspira y luego pregunta:

—Entonces... ¿qué hacemos ahora?

—¿Hacemos? ¿Cómo que hacemos?

—Hombre, tú me has matado y, por tanto, ahora soy tu responsabilidad.

—Ni de coña. Tú ahora te vas a... donde se vayan los fantasmas. Y yo voy a buscar al tipo que tenía que matar.

—Ah, pues te acompaño. Siempre he tenido curiosidad por ver cómo trabajáis los criminales. Además, así evitaré que vuelvas a meter la pata.

—No, ni  se te ocurra —dice el criminal—, déjame en paz. No necesito compañía.

Y sin dejar de hablar comienza a andar.

El fantasma, sin atender a sus negativas, se pone a su lado.

Poco a poco, sin dejar de discutir, se van alejando del cuerpo que, olvidado en las sombras, sigue con lo que se supone que hace un cuerpo muerto.

—Y te digo una cosa: al próximo que mates, le pides el DNI antes.

—No voy pidiendo DNIs por ahí. Ni que fuera un guardia.

—Pues mira cómo hemos acabado.

—Hemos acabado tú y yo. El otro sigue vivo.




domingo, 25 de octubre de 2026

Treinta años

 

Treinta años viviendo en un piso compartido, se dice pronto y pasan igual de pronto. Treinta años acostumbrado al sonido, el olor y el calor de otros. Treinta años de vivir acompañado por la fuerza. Treinta años sin poder permitirse otra cosa.

Y, de repente, la muerte.

La soledad eterna.

No podía soportarlo.

Abandonó su ataúd y se buscó un mausoleo compartido.


viernes, 23 de octubre de 2026

Metamorfosis

 

Eras una pequeña larva que sólo pensaba en comer, engordar y crecer.

Eres un capullo oculto en la oscuridad, inmóvil mientras tu cuerpo se deshace para construirse de nuevo.

Pronto serás algo hermoso.

La voz la arrullaba con dulzura mientras ella soñaba.

Pronto saldría de su crisálida.

Extendería sus alas, tan delicadas y tan fuertes.

Unas horas después estaría lista para cazar a su primer humano.

La voz seguía con su arrullo:

Eras una larva glotona.

Eres una hermosa crisálida.

Serás un bello depredador.


miércoles, 21 de octubre de 2026

El asiento reservado


 

Nadie recordaba el origen de aquella curiosa tradición, pero todos la seguían. Año tras año, en la noche de Difuntos, la familia se reunía en torno a la mesa: cenaban, comían frutos secos, tomaban anís, recordaban a quienes se habían ido y se dejaba, indefectiblemente, una silla y un servicio vacíos.

Nadie se sentaba  ahí. 

Ese lugar estaba reservado.

Cierta noche, estando la mesa ya puesta y la familia sentada, alguien llamó a la puerta.

Todos guardaron silencio y se miraron sorprendidos.

Pero nadie se levantó.

Tampoco fue necesario.

Oyeron la puerta abrirse.

Luego unos pasos lentos y calmos.

Finalmente una oscura figura se recortó ante la mesa.

Entonces la Muerte dio las buenas noches y ocupó el asiento reservado.


lunes, 19 de octubre de 2026

¿Cuento de hadas?


 Era un príncipe de cuento, el príncipe de cuento más típico en los cuentos: encantador, guapo, valiente... Era un tópico andante. Y, como típico tópico que era, estaba empeñado en cumplir la trillada historia del príncipe azul que salva a la dulce princesa. Y tanta turra dio con lo de encontrar a la afortunada doncella que iba a salvar que su padre, el rey, envió mensajeros a todos los reinos circundantes y algunos no tan circundantes en busca de princesas amenazadas por madrastras o secuestradas por dragones o raptadas por brujas, pero como era algo pasado de moda, no encontraban ninguna.

Pero como el príncipe seguía con la perra, el rey volvió a enviar mensajeros, esta vez a reinos aún menos circundantes. Y, por fin, en un reino lejano y diminuto, se enteraron de que había un bosque tenebroso  y, en el centro mismo de ese tupido y tenebroso bosque, había una tétrica, lúgubre y oscura torre, y en lo más alto de la alta torre, una princesa vivía prisionera.

El príncipe, entusiasmado, en cuanto le comunicaron el hallazgo, cogió su mejor corcel, su mejor daga y su mejor espada, y, silbando, se puso en camino.

El viaje fue tranquilo, pues fue esquivando cualquier cosa que oliera a problema ya que, como buen príncipe encantador, todas sus aventuras debían ocurrir al intentar llegar a la princesa.

Al llegar al bosque sonrió de oreja a oreja... Era justo el tipo de bosque que merecía: oscuro, tenebroso, un poco demasiado silencioso. El príncipe entró en la foresta y pronto tuvo que sacar la espada para enfrentarse a los enormes árboles y enredaderas que guardaban la torre.


Y luego... ah, sí, ahí estaba: la bruja malvada,  justo en la puerta.

La bruja miró ceñuda al príncipe.

El príncipe miró ceñudo a la bruja.

Durante varios minutos ninguno habló ni se movió.

Hasta que la bruja gruñó:

—Vienes por la princesa.

—Por supuesto.

—Pues ya puedes volver por donde has venido.

—¿Y si no?

—Tendrás que atenerte a las consecuencias.

Y la bruja comenzó a transformarse en un gigantesco drag... Zas... Con un rápido movimiento el príncipe hundió su espada en el pecho de la bruja/dragón a un cuarto de metamorfosis.

—No subas... déjala... —gorgoteó la bruja con su último aliento.

El príncipe limpió su espada en el cuerpo de la bruja, pasó sobre ella sonriendo con suficiencia y atravesó la puerta de la torre.

Una mínima habitación daba paso a la tétrica escalera. Su alteza real miró hacia arriba sonriente.

Ya casi estaba. 

Su destino le aguardaba.

Subió despacio, medio a tientas. Subió saboreando cada segundo. Su aventura ya casi había llegado a su fin.

Al llegar, por fin, al último escalón, una gran puerta de madera hermosamente labrada se alzaba ante él.

La llave estaba en la cerradura.

El príncipe entró.

La habitación estaba bañada en la dorada luz de un anochecer perpetuo, paralizada justo en el instante en que la luz es más suave, cálida y difusa.

Los dorados rayos caían directamente sobre un hermoso lecho y sacaban hermosos reflejos al vestido níveo y a los rubios cabellos de una hermosísima doncella.

—Ah, una princesa durmiente —dijo el príncipe—. Me gusta. Es lo mejor para empezar.

Silbando y sonriendo se acercó al lecho, disfrutando de la hermosa visión. 

Cuando llegó a la cabecera, contempló largamente a la princesa, acarició sus suaves cabellos, llevó la mano a su daga y comenzó a cortar...

Lo primero y último que vio la princesa, después de siglos dormida, fue al sonriente príncipe cubierto con su sangre.




viernes, 16 de octubre de 2026

El santo al cielo

 

Se me fue el santo al cielo. Me despisté un momento y el santo... puf... se largó, sin más.

Ya lo tenía pillado, ¿sabes? Ya me había colado dentro e iba a ser el mayor éxito de mi milenaria vida, pero en un momento despiste, ya te digo... puf... y el santo voló.

Con lo que me había costado porque el santo, era santo, santo, ¿eh? Y  no veas el jodío qué rectitud y qué manera de seguir todo a rajatabla. Un coñazo... pero muy santo.

Así y todo, conseguí colarme por una rendija así de mínima y cuando yo ya había empezado con todo eso de los arañazos, hematomas, mordidas, quemaduras, retorcimiento de miembros y demás y estaba a puntito de pasar a lo de hablar en lenguas (que a mí me encanta) va y me llama el jefe. Sí, nada más y nada menos que el jefe.

Y claro, cuando el jefe llama, tú respondes. A ver quién es el guapo que le hace esperar, con esa mala leche que gasta.

Resulta que quería saber quién había dejado abierta la Puerta Este del Infierno. ¿Te lo puedes creer? ¡Qué narices voy a saber yo quién dejó abierta la dichosa Puerta! Que pregunte al portero, digo yo.

Pues ahí estaba yo intentando estar atento al jefe y vigilar al santo sin perder de vista a ninguno. Pero cuando al jefe le entra una perra, se pone muy pesado. Y venga a insistir, y que mirase en mi móvil los cuadrantes a ver a quién le correspondía vigilar esa puerta, y que hay qué ver que menuda panda de inútiles tiene en el infierno y que patatín y que patatán...

Y, de repente, va el santo y me pregunta que si iba a tener para mucho, que se estaba aburriendo.

Yo no me le quedé mirando porque estaba dentro, que si no le habría echado una de esas miradas asesinas que se me dan tan bien.

Iba a contestarle (muy mal contestado), pero el jefe seguía ahí, pegado a mi oreja, erre que erre con la dichosa puerta y tenía que prestarle atención.

Así que volví al jefe, al móvil y a la puerta. 

Una hora me tuvo al teléfono con la dichosa puerta, una hora.

Sesenta minutos en los que, en algún momento, dejé de vigilar al poseído.

¿Y qué me encontré cuando volví con mi santo? Pues que no estaba. Se había ido, largado, esfumado, volado... Fiu... directo al cielo el muy...

¿La puerta? ¿A quién le importa la dichosa puerta? Hace milenios que nadie entra ni sale por ahí.

Puñetera puerta...

Iba a ser el mayor éxito de mi demoníaca vida y me quedé con cuerpo y sin alma... Hay que joderse...

Ponme otra copa, anda.


jueves, 15 de octubre de 2026

Piezas sueltas

 

De niño, Damián vivió en el pueblo, un pueblo perdido entre montañas y sin apenas niños. Los calurosos veranos eran largos y solitarios y los inviernos eran aún más solitarios y largos. En realidad, todas las estaciones eran largas y solitarias. Durante los cálidos días de primavera y verano, Damián pasaba largas horas en el exterior, ayudaba en las tareas del campo, se bañaba en la alberca, perseguía lagartos y saltamontes y, además, como al llegar el estío venía gente de la ciudad, la población infantil aumentaba y Damián tenía más amigos con los que jugar aparte de los del pueblo. El otoño y el invierno eran más claustrofóbicos y pesados. El frío, el viento, la lluvia y la nieve obligaban a pasar muchas horas en el interior y si tales días se hacían muy largos, no sé si podéis imaginar la eternidad que eran para un niño.

Cierta tarde en que la nieve no dejaba de caer y Damián se encontraba en su dormitorio construyendo una pequeña torre con piezas de madera, una voz detrás de él dijo:

—Se te va a caer.

Damián dio un pequeño respingo y se volvió.

Un niño estaba sentado sobre su cama.

—No se va a caer.

—Sí se va a caer.

Y se cayó.

—Pues era verdad —dijo Damián—, se iba a caer.

Y los dos niños se echaron a reír.

—Me llamo Damián —dijo Damián.

—Yo me llamo Fermín —respondió Fermín.

Y ese fue el comienzo de una gran amistad.

A partir de entonces los días fríos y lentos ya no le parecieron a Damián ni tan lentos ni tan fríos.

Los veranos se volvieron más divertidos aún y, aunque Fermín siempre iba con él, Damián aprendió pronto a no hablar de él ni con él en presencia del resto de niños.

Los años fueron pasando y Damián y Fermín fueron creciendo juntos. Sus juegos crecieron con ellos y las conversaciones, lentamente, comenzaban a hacerse menos infantiles.

Se juraron amistad eterna... Y, entonces, los padres de Damián decidieron mudarse a la ciudad y buscar una vida mejor.


Damián contó las mil maravillas que les aguardaban en la ciudad y le pidió que viniera con la familia. Pero mientras hablaba, Fermín negaba tristemente con la cabeza: él no podía moverse del pueblo. Damián le prometió que volvería cada verano, que seguirían siendo amigos y que, cuando fuera mayor, incluso volvería a vivir en el pueblo, con él.

El día de la mudanza, Damián lo pasó inmerso en una aplastante tristeza, pero la tristeza de Fermín fue aún mayor.

Los días fueron pasando. Damián se iba aclimatando a su nuevo hogar y a sus nuevos amigos, mientras Fermín seguía en aquella casa vacía. Al llegar el verano, Damián regresó; ahora era uno de esos niños que llegaban en verano de visita. Regresó, también, al siguiente y al otro.

Al tercero no volvió.

Al Damián adolescente no le interesaba la vida del pueblo.

Pasaron los años y pasó la vida. Damián estudió, encontró trabajo, se casó, tuvo sus propios hijos y, cuando ya contaba con más de cincuenta años, perdió a sus padres.

Era hora de regresar al pueblo, a la vieja casa, a decidir qué se hacía con ella y las tierras colindantes.

Al llegar se detuvo un instante al salir del coche, inspiró profundamente el aroma de su niñez, miró los campos abandonados y luego se giró hacia la casa que ahora lucía ajada, deslucida y triste. Los años de abandono y olvido se podían ver en cada ladrillo y cada madera.

Allí parado, casi le pareció sentir que la casa le miraba con sus ojos ciegos y un escalofrío recorrió su espalda.

—Menuda tontería —se dijo.

Se dirigió a la destartalada puerta, introdujo la herrumbrosa llave y, después de tantísimas décadas, regresó a casa.

El interior había quedado congelado en el tiempo, destartalado y sucio, pero igual a su recuerdo: los mismos muebles, el mismo hogar, los mismos cuadros, la misma escalera, incluso la antigua vajilla estaba allí, acumulando polvo y pisadas de insectos.

Subió lentamente a su dormitorio: su vieja cama, sus viejos libros amarillos y manchados de moho, sus juguetes en las estanterías... Incluso aquellas piezas de madera...

Damián, distraído, comenzó a construir  una torre con ellas.

Una voz, grave y cascada, sonó a sus espaldas:

—Se te va a caer.




El sicario

  Un puñal brilla en la noche oscura y un arco plateado baja hasta la espalda de la descuidada víctima que, sin tan siquiera un gruñido, cae...