Cada día se acercaba al mismo restaurante y se paraba frente a la pizarra donde aparecían las diferentes opciones del menú del día: dos primeros, dos segundos, postre, pan y bebida.
Tras estudiarla durante un rato, entraba al local, buscaba su mesa de siempre, se sentaba, colocaba la servilleta sobre sus piernas y sacaba de la mochila lo que ese día hubiera conseguido para comer.
Aquel pequeño ritual era lo único que le permitía fingir que el mundo no había llegado a su fin y evadirse, por un instante, de su solitaria realidad.

Este breve relato, conciso pero profundamente sugerente, propone una escena casi minimalista que condensa una metáfora sobre la necesidad humana de pertenencia y de simulacro frente a la pérdida. El hombre que lleva su propia comida a un restaurante no lo hace por extravagancia o excentricidad, sino como un acto de resistencia íntima: la recreación de un rito social en medio del vacío.
ResponderEliminarEl gesto cotidiano —sentarse, desplegar la servilleta, mirar el menú— adquiere aquí un carácter ceremonial. El restaurante se convierte en una especie de escenario donde el protagonista representa la normalidad perdida. Fingir que el mundo no ha llegado a su fin sugiere una catástrofe exterior (quizá literal, quizá emocional), pero eso apenas importa: lo esencial es la necesidad de mantener una forma, una liturgia que sostenga el yo ante la desintegración del entorno.
Hay algo de Beckett en esta imagen: la persistencia absurda de los actos cotidianos en un mundo sin sentido. También algo de los personajes de Juan Rulfo o de los cuentos de Carver, seres suspendidos en la marginalidad, que encuentran consuelo en repeticiones rituales. El hombre no se alimenta solo de la comida que trae, sino del espejismo del orden, del rumor de platos y conversaciones ajenas que ya no le pertenecen.
El cuento habla, finalmente, del deseo de seguir como si nada, de sostener la ficción de una normalidad que ya no existe. Y en esa ficción se revela su humanidad más profunda: incluso al borde del colapso, el ser humano sigue buscando un lugar, un gesto, una costumbre que haga el mundo —aunque sea por unos minutos— soportable.
Saludos
Este es, sin duda, el comentario más extenso y exhaustivo que me hayan hecho jamás... Y es, sencillamente, espléndido y acertado. Muchísimas gracias no ya por leer mi micro, sino por dedicar tiempo a reflexionar sobre él y a escribir tu reflexión.
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