A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexistente cogote. Avanzan, a veces en solitario, a veces en pequeñas manadas, arrastrándose y deshilachándose. En alguna ocasión he decidido seguirlas hasta ese excesivamente pacífico lugar, donde sus blanquecinos huesos relucen bajo el imaginario sol, y paseo entre ellas sin ningún propósito en concreto. Ocasionalmente encuentro algunas que aún respiran y me las llevo para intentar insuflarles nueva vida. Unas pocas consiguen revivir. La mayoría las devuelvo yo misma a su lugar de descanso, incapaz de sanarlas. Las dejo suavemente entre las suyas y permanezco a su lado, viéndolas deshilvanarse hasta que exhalan su último suspiro.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...