—Sujétame esto un segundo, jefe —dijo el legionario, y Simón, por no hacer el feo, cargó con la madera que le entregaba. —Te dije que este tenía cara de pánfilo —comentó el romano a su compañero y, mirando a Simón, añadió: —¿Ves a ese tipo de ahí? Síguelo. —¿Y qué hago con esto? —preguntó Simón. —Llevarla —respondió el soldado. Y Simón, que era incapaz de decir que no a nadie, y menos aún a un legionario, colocó bien el madero sobre el hombro, miró al tipo al que tenía que seguir y allá que fue, pasito a pasito hasta donde fuera que lo llevaran, pensando en la bronca que le iba a echar su mujer y murmurando bajito: —¡Qué cruz!

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...