Doña Escolástica acudió a la iglesia como cada día, pañuelo bien apretado y rosario en mano, se santiguó, y dando las buenas tardes al resto de beatas, se dirigió sin dilación al rincón donde se encontraba San Cucufato, con el que hablaba y al que se quejaba día sí y día también. Aquel día se arrodilló ante el santo y ya abría la boca cuando una voz desde lo alto dijo: —Perdona, hija, pero esto ya es insoportable. Dicho esto el santo alzó el vuelo y despareció por una ventana rota, dejando a la beata, entre asombrada, acongojada y avergonzada, murmurando: —A ver cómo le cuento yo al padre Sebastián que se me ha ido el santo al cielo.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...