Llovía. Las ruedas de la maleta traqueteaban sobre la acera mojada y el hombre, encogido y empapado, se arrimaba a los soportales intentando protegerse de la lluvia que el viento empujaba hacia él. Yo, como tantas otras veces, lo observaba desde mi ventana. El pequeño hombre solía pasar por allí cada cierto tiempo, siempre arrastrando su maleta y siempre coincidiendo con días de lluvia. Cuando giró la esquina, el sol volvió a brillar. Entonces bajé a la calle, fui hasta la esquina y, al doblarla, recogí la maleta. Las ruedas comenzaron a traquetear sobre la acera aún mojada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...