Si Anselmo hubiera sido un poco más listo y un poco menos «chulo», no habría entrado en esa cueva.
Y si hubiera sido un poco más prudente y menos impulsivo, tampoco habría entrado en esa cueva.
En fin, que si Anselmo no hubiera sido Anselmo, jamás habría entrado en esa cueva.
Pero Anselmo era Anselmo: más chulo que listo y más impulsivo que prudente y, por tanto, entró.
A pelo.
Sin equipo especial, sin mochila, sin cuerdas, sin nada más que su móvil —útil como linterna e inútil para nada más— y una botella de agua de medio litro.
En principio todo parecía ir bien, pero cuando llevaba algo así como media hora, Anselmo comenzó a sentirse confundido y, por vez primera, pensó que podía llegar a perderse allí dentro. En ese instante, de haber dado media vuelta, habría llegado a la entrada sin el menor problema, pero ya hemos dicho que Anselmo no brillaba por su prudente inteligencia, de modo que decidió seguir un poco más.
—Sólo un poco más —murmuró para sí y, silbando la tonada de Indiana Jones, continuó con su paseo.
Anselmo, en su extrema confianza, había optado por usar el viejo truco para orientarse en laberintos, consistente en girar siempre hacia el mismo lado, cosa que, efectivamente, suele funcionar muy bien incluso en cuevas... hasta que llegas a una enorme sala cubierta de estalactitas, estalagmitas y derrubios donde la cosa se vuelve algo más complicada y donde Anselmo, de golpe, olvidó cómo se silbaba.
Al llegar allí, Anselmo descubrió varias cosas: que la linterna apenas iluminaba dos o tres metros, que la batería comenzaba a agotarse, que, quizás, perderse era más fácil de lo que pensaba, que no era tan valiente ni tan listo como se creía y que no estaba solo.
Algo se arrastraba por las paredes, no sabía qué era, pero sabía que estaba allí. Sonaba viscoso, grande e intentaba ser silencioso.
Y entonces Anselmo hizo lo único inteligente que había hecho ese día: darse media vuelta e intentar volver.
El camino de vuelta no debería haber sido difícil... si Anselmo hubiera estado tranquilo. Pero no lo estaba. En cuanto se había dado cuenta de que tenía compañía y que no era algo que quisiera ver ni de cerca ni de lejos, su calma estilo Clint Eastwood se había esfumado y había dejado su lugar a su nerviosismo estilo Woody Allen.
Los nervios, todos lo sabemos, nunca son buenos, y en una situación de peligro y urgencia, son aún peores.
Anselmo no lograba atinar con el camino de regreso, la batería del móvil no estaba lejos de fenecer, y el siseo viscoso, ahora acompañado de un extraño ronroneo y un olor fétido, parecía estar más próximo y en todas partes.
Nuestro ya no tan aguerrido explorador decidió buscar refugio en un estrecho cubículo. Fuera lo que fuera lo que estaba tras él, pensó Anselmo, no podría entrar allí.
El chapoteo gelatinoso se aproximó, el olor a putrefacción abofeteó a Anselmo y le provocó arcadas. La linterna, aún viva, le permitió atisbar un ojo furioso, una especie de garras o tentáculos y unos terroríficos colmillos.
El monstruoso ser estuvo un rato forcejeando en su intento por alcanzar a Anselmo. Y Anselmo, aterrorizado, húmedo el pantalón, se metía más en el cubículo en su intento de huir de la muerte.
Pasaron los minutos, o tal vez horas. La linterna, al fin, lanzó su último rayo de luz y el monstruo, cansado y hambriento, decidió ir en busca de alguna presa más asequible.
Tras asegurarse de que aquella cosa, de verdad, se había ido, Anselmo suspiró aliviado y decidió moverse... Y entonces descubrió que no podía. En su intento de alejarse de aquella cosa, Anselmo había quedado totalmente atascado, ni podía avanzar, ni podía retroceder. Por no poder, no podía ni bajar los brazos que tenía pegados al pecho.
Anselmo, solo y a oscuras, lloró de terror y desesperación. Le aguardaba una muerte tan larga y horrible que deseó que el monstruo regresara a buscar su cena.
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