Llegó al trabajo lleno de entusiasmo; llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad y esta sustitución, sin duda, lo era... o eso pensaba.
La emoción duró lo que tardó en sentarse y abrir su ordenador. La incredulidad creció al hablar con su secretaria y, tras reunirse con sus subordinados, se sintió completamente desbordado y agotado antes de tan siquiera comenzar. Aquello era un desastre: había toneladas de trabajo pendiente, peticiones sin atender y quejas sin escuchar.
Una auténtica calamidad.
Un caos que iba a llevarle eones arreglar.
Con la de dioses que había y le fue a tocar sustituir al más inútil de todos.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...