miércoles, 22 de diciembre de 2010

Aura y la Navidad (Infantil)


Ya llega la Navidad, días llenos de magia, y Aura salta llena de alegría. Son días muy felices, días repletos de ilusión y Aura los disfruta un montón sin dejarse nada en el tintero.


Primero, Adviento. En su calendario Aura comienza a desgranar los días que faltan para las fiestas celebrar. Tras cada ventanita se esconde una sorpresa y a Aura le encanta descubrirla: hoy una chocolatina, mañana una golosina, ayer fue una pegatina. Son cosas pequeñitas, minúsculas sorpresitas que a la niña hacen disfrutar.


Ya llega la Navidad y Aura quiere reír porque en estos días se siente muy feliz.


Segundo, adornar el árbol, algo muy divertido: que si una bola por aquí, que si espumillón por allá, que si luces, que si angelitos, que si lacitos, que si una gran estrella para el final. Luego, con un chocolate bien caliente, Aura frente se sentará frente a él para contemplarlo, disfrutarlo y mil cosas imaginar.


Esas bolas de colores, piensa Aura, son planetas diminutos donde vive gente microscópica. Y el espumillón, sigue pensando, son autopistas doradas y plateadas que conectan unos planetas con otros y por él viajan, deslizándose, las pequeñas personillas. Y esas luces amarillas, rojas, verde o azules, son estrellas luminosas que charlan con parpadeos; ahora hablan las rojas y callan las demás, luego callan todas y hablan las verdes y así sin parar.


Ya llega la Navidad y Aura llena su cabecita de ilusión y felicidad.


En tercer lugar, el Nacimiento que Aura prepara con mucho cuidado junto a sus papás. Aquí un pastor, la lavandera por allá, ese ángel va más acá. Algo de musgo, un par de piedras, papel de plata para el río figurar; un cielo azul y una gran estrella para los Reyes guiar.


Luego,al acabar, se queda observándolo, haciendo algún cambio final y, cómo no, poniendo su imaginación a trabajar. Aura imagina que las figuritas de noche, mientras todos duermen, seguro se moverán. Y los Reyes avanzarán un poco y el Niño llorará, y María cantará una nana y los pastores bailarán. Y los ángeles jugarán al corro y las pastoras reirán y los animales harán mucho ruido y todos se divertirán. Ufff... menudo jolgorio, piensa, el que se debe montar.


Ya llega la Navidad y Aura se siente feliz de poderla celebrar.


Y piensa Aura en Papá Noel y en lo gordote que está y en que ella no tiene chimenea... hey, mamá, ¿por dónde va a entrar? Y le deja unas galletas y leche para cenar, y piensa que, si en cada casa, le ponen así de comer es normal que no pare de engordar.


Y, por supuesto, los Reyes, esos no pueden faltar, que Papá Noel está muy bien pero los Reyes, como son tres, pueden más regalos cargar. Y limpia bien sus zapatos y los deja bajo la ventana aunque duda que con esos camellos puedan entrar por ahí. Un vaso por cabeza, galletas para tres, agua para los animales... ¿Ya los pajes, mamá, que les podemos poner?


Ya está aquí la Navidad, unos días de ilusiones y Aura disfruta a montones.


Ya está aquí la Navidad, Aura se siente feliz y cruza mucho los dedos para que nunca se acabe, jamás.


Ya llegó la Navidad, qué bien que lo va a pasar, ojalá que todo el mundo las pueda disfrutar en paz y tranquilidad.





Un cuentito infantil para felicitar la Navidad a todos los que por aquí pasa y comentan o pasan y no comentan, a los que llevan años aguantándome y a los recién llegados. Últimamente tardo en actualizar y tardo en visitar vuestros blogs pero se ve que soy muy mala administrando mi tiempo porque nunca parece que tenga suficiente para hacer todo, así que intentaré enmendarme aunque no prometo conseguirlo :D

Y, como último regalo, un vídeo de Tim Minchin sobre la Navidad. Ya sé que parece un poco largo pero puedo asegurar que merece la pena verlo :)

Feliz Navidad y a no comer mucho que luego nos quejamos de que no entramos en los pantalones :D








lunes, 13 de diciembre de 2010

Amantes


Le fascinaba aquella curva de su cuerpo, justo aquella. Le gustaban todas, por supuesto, pero aquella en particular lo sumía en un estado de embeleso casi infantil. Cuando la contemplaba desnuda, tumbada de lado, mano y ojos se dirigían automáticamente hacia la profunda y delicada depresión formada por su cintura y en ella se extasiaban y deleitaban sin cansarse de tan deliciosa tarea.


Cualquier día, le susurraba pegando sus labios a la cálida curva, cualquier día voy a darte un mordisco aquí, en este delicioso trozo de piel blanca y delicada. Y, mientras lo decía, rozaba suavemente con sus dientes el lugar que decía querer morder haciendo que ella se estremeciera y se estirara con la sensualidad de un gato adormilado.


Ella sonreía con coquetería y se dejaba hacer, mientras él hundía su cara lamiendo, besando y acariciando el jugoso y dulce arco que tanta fascinación le provocaba.


A medida que pasaban los días, él se sentía cada vez más atraído por aquella suave curva formada por cintura y cadera aunque se habría reído con ganas si alguien le hubiera dicho que era un fetichista. No es fetichismo, hubiera dicho, me limito a rendir honores a la belleza y delicadeza del cuerpo femenino resumida toda en esa delicada curvatura en la que me gusta perderme. A ese lugar iban dedicadas las primeras caricias y besos de sus actos sexuales y también los últimos. Y siempre, siempre, repetía las mismas palabras casi con exactitud. Cualquier día, repetía con los labios pegados a la piel de ella, cualquier día morderé justo aquí, en este apetitoso rincón de sedosa piel.


Hasta que llegó el día en que ella decidió concederle el capricho de ese -esperaba- sensual mordisco. Adelante, le dijo, vamos, muerde ahí, justo donde siempre has dicho que querías morder. Y reía entre provocadora y divertida, acariciando su cintura, incitándolo a tomar lo que -según él repetía- tanto deseaba. De espaldas a él, maliciosamente sonriente, con su cabeza apoyada en la mano y mirándolo sobre su hombro, le repitió la invitación una y otra vez. Muerde, susurraba, muerde ese lugar que tanto te gusta.


Él casi no podía creerse la suerte que tenía, sonreía como un bobo ante su invitación y se la hizo repetir varias veces para estar bien seguro de ello.


Ella, cerrando los ojos, se tumbó lánguidamente esperando el -imaginaba- agradable y sensual bocado. Su amante aproximó la boca hacia el ansiado hueco, pasó dulcemente sus labios por toda su superficie, lamió con suavidad la piel erizada de ella y, lentamente, deleitándose con el placer por venir, abrió la boca.


Si ella hubiera visto aquellos monstruosos caninos y espeluznantes muelas tal vez hubiera gritado hasta romperse las cuerdas vocales. No llegó a verlos pero sus gritos resonaron durante lo que parecieron siglos cuando él por fin, hincó sus dientes en la carne tierna y cálida y, con una violenta sacudida arrancó un pedazo de jugosa y sanguinolenta carne.


Y siguieron resonando mientras él continuaba adentrándose en su cuerpo, comiéndola con el deleite de un gran gourmet en el mejor restaurante del mundo.


Mientras masticaba y tragaba él no dejó de darle las gracias por esa invitación sin la cual él no estaría disfrutando de una cena tan voluptuosa y exquisita.



viernes, 3 de diciembre de 2010

Retales


Él y ella

Él era tan mediocremente gris que la gente le olvidaba en cuanto dejaban de verlo.

Ella, en cambio, era tan intensamente real y brillante que resultaba imposible olvidarla aunque sólo la hubieras visto durante un segundo.

Él, por supuesto, se enamoró de ella al instante y jamás pudo olvidarla.

Ella también se enamoró de él al instante pero al instante siguiente ya le había olvidado.


Él volvió a presentarse ante ella con la esperanza de que el milagro amoroso se repitiera.


Ella, en esa ocasión, ni siquiera le dedicó una segunda mirada.


Los milagros, ya se sabe, nunca ocurren dos veces seguidas.


El asesino


Había prometido a su cliente que mataría a aquel tipo con un tiro entre ceja y ceja pero cuando se encontró frente a frente con las hiper pobladas y unidas cejas de su víctima, pensó que sería mejor acabar con él de un disparo en el corazón.



El vegetariano


El muchacho, reuniendo todo su valor, decidió comunicar al resto de la tribu que no pensaba comer carne nunca más y que, a partir de entonces, sólo se alimentaría de vegetales.


Desde ese día puso tanto empeño en convencer a su antropófago clan de las virtudes del vegetarianismo que, finalmente, decidieron comérselo para comprobar si en verdad las verduras tenían tan buen sabor.


No se ha vuelto a tener noticia de la existencia de ningún otro vegetariano en la tribu.






El puente


En aquel curioso país se tomaban muy en serio las frases hechas, tan en serio que cuando ganaron la guerra contra el país vecino no dejaron marchar a sus enemigos hasta no tener completo un puente de plata.




viernes, 26 de noviembre de 2010

Nube

Este relato, en principio, lo hice pensando en un concurso pero se me ha quedado corto de extensión así que mejor lo dejo aquí, ya veré si se me ocurre algo más para el concurso ese :)


Sobre cada populosa ciudad, sobre cada pequeño pueblo, sobre cualquier lugar del planeta donde se reúna un cierto número de seres humanos flota una invisible nube de pensamientos, sentimientos y emociones. Y aquella ciudad, por supuesto, no era ninguna excepción.


Sobre ella nadaban densos nimbos de odio, oscuros cúmulos de tristeza, brillantes cirros de pura felicidad, grandes estratos de esperanza. Los pensamientos volaban como pájaros en el cielo azul. Los de la joven embarazada sobre su futuro hijo, los de los novios ilusionados en su próxima boda, los de unos niños planeando travesuras, la nostalgia de los ancianos,los del hombre que acaba de conseguir un nuevo empleo, la esperanza de los desesperados, los recuerdos de los melacónlicos, la felicidad de los bendecidos por la suerte, el dolor de los enfermos, la alegría de la vida, la pena de lo perdido...


Esta ciudad, como todas las ciudades, bullía de vida y la nube, como todas las nubes de todas las ciudades, brillaba con los mil colores de los miles de planes, ideas, esperanzas, reflexiones, decisiones y sentimientos que en ella se acumulaban engrosándola.


Aquella mañana de agosto, a las 8:15, una flecha plateada cruzó la nube. La muerte surgió de su vientre y cayó pesadamente rumbo a la ciudad borboteante de vida. Pocos segundos después la invisible nube de emociones, sentimientos y vida fue dispersada y sustituida por una brillante y ardiente nube blanca.


Luego, el silencio de la muerte y, un poco más allá, una negra nube de intenso dolor.


Aquel 6 de agosto, Hiroshima moría y sus asesinos, orgullosos y arrogantes, repitieron su hazaña tres días después en la ciudad de Nagasaki.


La vida volvió, como siempre vuelve, la invisible nube de emociones volvió a formarse, como siempre lo hace, pero desde aquel día lleva pegado a ella, como una sombría excrecencia, el blanco destello del día en que el mundo acabó, repentinamente, para muchos y cambió, definitivamente, para cientos más.







viernes, 19 de noviembre de 2010

La montaña


Desde hacía milenios, allí, justo allí, ni un metro más allá ni un metro más acá, se alzaba una inmensa montaña. La montaña más alta de aquel país, la montaña más fotografiada, visitada y escalada de todas las montañas fotografiadas, visitadas y escaladas de aquella nación.


Cierto día, al pie de aquella famosa montaña, se instalaron unos curiosos monjes de no se sabía qué exótico y lejano país. Unos monjes de esos que pasan horas meditando y haciendo cosas graciosas con un sonajero en la mano y otras cosas imposibles con sus cuerpos. Y la montaña, claro, siguió allí, justo donde siempre había estado. El único cambio que produjo la instalación del monasterio fue un ligero aumento en el número de turistas que ahora, aparte de la montaña, tenían el singular atractivo de los pacíficos monjes.


Los sonrientes monjes pasaban el día arando, limpiando, cuidando sus jardines, practicando sus acrobáticas luchas y siendo amables y hospitalarios con los turistas, escaladores, buscadores de experiencias espirituales y demás fauna que a ellos se aproximaba. Se pasaban el día de acá para allá, sin detenerse nunca, siempre atareados como pequeñas hormigas color zanahoria. Pero, poco antes del crepúsculo, todo se detenía en el monasterio; los monjes, emparejados y portando cada uno una vela entre sus manos, se dirigían en silencio hacia el exterior para reunirse al pie de la inmensa y hermosa montaña a orar y meditar durante varias horas, para placer de los turistas que no abandonaban el lugar hasta que, uno por uno, los monjes se levantaban y retornaban al monasterio.


Y así día tras día, mes tras mes, año tras año.


El día que nuestra historia ocurrió, los monjes se hallaban -como siempre- sumidos en sus rezos y meditaciones. Al poco de iniciar el ritual, la tierra comenzó a temblar suavemente y al sereno susurrar de las voces, se superpuso un sonido como el rumor de cien camiones en marcha. Los turistas se asustaron y muchos decidieron abandonar el lugar por si acaso, pero la mayoría prefirió quedarse donde estaba y ver qué ocurriría a continuación demostrando cuán poderoso es el poder que la curiosidad ejerce sobre los humanos.


Los monjes, por su parte, continuaron repitiendo sus mantras sin tan siquiera levantar los ojos para ver qué ocurría.


El rumor fue en aumento, el movimiento de la tierra también y la inmensa, hermosa e impresionante montaña, aquella montaña que llevaba allí, justamente allí, desde hacía milenios, comenzó a elevarse lentamente. Centímetro a centímetro la enorme mole se elevaba ante los atónitos ojos de los turistas y la impasibilidad de los monjes que continuaban inmersos en sus meditaciones.


La montaña subió aún más, el temblor de tierra hizo caer a muchos, un extraño viento recorrió los campos. Las túnicas de los monjes aletearon, las melenas de los turistas se alborotaron, la montaña comenzó a moverse un centímetro, un metro, cuatro metros, cien, doscientos... Y aquella inmensa elevación de tierra y rocas que siempre había estado allí, justo allí, ni un metro más acá ni un metro más allá, cambió de lugar. Donde antes había habido una montaña ahora había un llano y donde antes había un llano ahora había una inmensa montaña.


El día después de tan extraordinario suceso, los monjes recogieron sus pertenencias y abandonaron el monasterio rumbo a su lugar de origen a cobrar la apuesta que habían ganado a un monasterio rival. Habían tenido que venir a un lugar lejano y les había tomado años pero, finalmente, habían logrado mover una montaña tan sólo con la fe... y tenían muchos testigos para confirmarlo.


Claro que si le hubieran preguntado a la montaña los sonrientes y pacíficos monjes se habrían enterado que el movimiento de la imponente mole se debía, efectivamente, a sus cantos y oraciones pero no a su fe. La montaña, harta de soportar a diario el mismo sonsonete durante horas y horas, había decidido darse a la fuga. Afortunadamente para los felices monjes, las montañas no hablan aunque, cualquiera sabe, quizás con un poco de fe...





miércoles, 10 de noviembre de 2010

Identidad


Ernesto no le dio mucha importancia a la pérdida de un par de minutos al día. Luego pasaron a ser dos o tres horas diarias y empezó a preocuparse, pero no lo suficiente. Pasado un tiempo las pérdidas aumentaron a varios días y entonces quiso investigar por dónde y h acia dónde se le estaba escapando el tiempo. Cuando pasó a perder semanas, la preocupación se volvió terror. El día que descubrió que ese tiempo que él creía perder era vivido por otro, el terror se volvió rabia y frustración.


El otro”, como él lo llamó, había decidido escribir un diario y dejarlo donde Ernesto pudiera encontrarlo con la idea de que saber qué ocurría con su tiempo perdido le seriviría de consuelo. Pero el efecto que tuvo en Ernesto, siempre posesivo y celoso de lo suyo fue justamente el opuesto. Sin lugar a dudas la vida de “el otro” era mucho más intensa, interesante y feliz que la suya pero eso no justificaba el robo de su tiempo, pensó Ernesto. Esos minutos, días y años eran suyos y nadie tenía derecho a robárselos.



En el mismo diario que “el otro” le había dejado decidió conminarle a devolverle cada uno de los segundos de los que le había despojado.


“El otro”, por supuesto, hizo caso omiso a su petición.


De modo que Ernesto decidió acabar con esa historia de la única forma que podía. Tras leer en el diario la negativa del “otro” a devolverle lo que era suyo, Ernesto tomó una pistola, apuntó a la cabeza y disparó.


Días después el otro” despertó en el hospital con el cráneo vendado, una leve sonrisa y toda una vida por delante.

martes, 2 de noviembre de 2010

Dulce adolescencia


Odia su peso excesivo.


Odia sus ridículas gafas.


Odia su pelo fosco.


Odia su pálida cara.


Odia su vida triste y absurda.


Odia su timidez.


Odia ser ella y odia odiarse.


Odia y teme el instituto y a sus compañeros y a cualquier extraño que la mire más de dos segundos seguidos.


Anda siempre deprisa, la cabeza inclinada hacia el suelo, el cabello ocultando su rostro como un muro por donde intentar ver sin ser vista. La carpeta pegada a su pecho como un escudo. Los ojos fijos en el trozo de suelo que queda justo ante sus pies para no darse por enterada de quién pasa a su lado. Apenas levanta la cabeza lo necesario para echar un vistazo rápido a su a alrededor y evitar tropiezos o atropellos.


Odia andar así, odia esconderse pero aún odia más sus miradas, sus sonrisas condescendientes y, sobre todo, sus insultos. Gorda le dicen, hipopótamo, vaca, mira que eres fea, le dicen. Y a ella le gustaría ser capaz de encogerse hasta desaparecer, ser invisible, no existir y, por encima de todo, le gustaría no ser ella.


No quiere volver a verlos, ni a escucharlos, ni a sentirlos. No quiere más risas burlonas, ni más palabras hirientes, ni más silencios excluyentes, ni más condescendencia ni más lástima. Tiene el vaso colmado y no quiere más de esa vida. Pero no sabe salir de ella.



A veces sueña que, una mañana, mágicamente, despertará y todo será distinto. Será delgada y no usará gafas, y no será tímida y podrá andar con la cabeza bien alta y sin miedo a nada.


Otras veces sus sueños son más siniestros y sueña que algo -cualquier cosa- terrible y terrorífica acabará con todos quienes han sido crueles con ella.


Sueña, también que un día, comenzará a andar, con la vista fija sólo en los centímetros que quedan justo ante sus pies, y paso a paso, se irá alejando de su instituto, de su familia, de su ciudad. Será muy sencillo irse alejando, paso a paso, sin pensar ni a dónde irá ni cuando parará. Andará y andará y andará hasta perderlo todo de vista y sus ojos se alzarán y, en lugar de ver sólo el sucio suelo ante sus pies, podrá mirar el límpido cielo sobre su cabeza...


Y fantasea hasta que un empujón, una risa, una palabra despectiva, la devuelve a la realidad y, aferrándose con más fuerza a su carpeta, hunde la cabeza aún más, aprieta los dientes, reprime una lágrima y continúa su lento avance hacia el último pupitre de la clase.




Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...