sábado, 21 de mayo de 2016

Demasiado viejos para esto


Bruñían sus armas con desgana y preparaban los pertrechos entre bostezos. No había furia en sus ojos ni eran briosos sus ademanes. El silencio entre ellos sólo era roto por algún gruñido o algún murmullo apenas perceptible.
Se sentían cansados y se sabían viejos, muy viejos. Demasiadas batallas a sus espaldas, demasiadas muertes, demasiado trabajo.
Arrastraron los pies y los años rumbo al establo. Era hora de limpiar y alimentar a los caballos, unos caballos tan viejos y cansados como ellos que relinchaban con desgana y bufaban con fastidio.
Cepillaron sus monturas sumidos, cada uno, en sus propios pensamientos y recuerdos, deseando todos estar en otro sitio, preferiblemente en casa, descansando y olvidando o, como mínimo, dedicados a sus tareas cotidianas.
Ninguno quería estar allí.
Ninguno quería estar en el ataque.
Ninguno quería formar parte de aquello.


Ellos no eran el enemigo. No ahora. No después de tantos años viéndolos vivir y morir tan de cerca.
Si los hubieran llamado antes, cuando eran aún jóvenes, cuando la rabia aún bullía en sus entrañas, cuando la sed de sangre era fuerte e irresistible, cuando aquellos que tenían que aniquilar no eran para ellos más que pulgas molestas... Entonces habrían matado, desgarrado, destrozado y consumido. Sin pesar y sin pensar.
Pero ahora no. Ahora su ira se había evaporado, el deseo de lucha se había diluido, la juventud se había marchado.
Cierto, ellos habían seguido ejerciendo su trabajo y habían continuado matando. Era su trabajo, su deber, su obligación. Mataban unos pocos aquí y otros pocos allá y llevaban tanto tiempo haciéndolo que sus ataques habían pasado a formar parte de la vida cotidiana. Pero esto de ahora... esto era muy distinto.
 
Los habían llamado para ser instrumentos de la completa aniquilación de aquellos seres que ellos habían aprendido sino a amar (pues amar no estaba en su naturaleza) sí, al menos, a respetar. Y se habían vuelto demasiado viejos y demasiado sentimentales, estaban demasiado cansados y demasiado involucrados.
En el establo sólo se oían los cepillos pasando una y otra vez sobre los cuerpos de los caballos. Los guerreros no hablaban entre ellos, no lo necesitaban para saber qué pensaba cada uno.
El amanecer se acercaba. Pronto sonarían las trompetas y ellos tendrían que lanzarse al ataque.
Colocaron los arreos a los caballos.
Tomaron sus armas.
Montaron en silencio.
Esperaron.
-Hace frío -dijo Muerte-. Mis huesos ya no resisten tanto frío.
-Y llueve -dijo Guerra-. Eso le sienta fatal a mi reúma.
-Estas armas pesan demasiado -añadió Peste-. Mis músculos ya no son lo que eran.
-Ni siquiera hemos desayunado -se quejó Hambre-. Si no desayuno luego no soy... lo que quiera que sea.
Y callaron de nuevo.
El campamento bullía a su alrededor. El nerviosismo se olía. La tensión se palpaba. El ataque estaba a punto de comenzar. Todo y todos estaban listos para el Apocalipsis.
Las trompetas sonaron. El ejército celestial se puso en marcha.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se miraron y, sin mediar palabra, dieron media vuelta y, espoleando a los viejos caballos, se alejaron del campo de batalla.




domingo, 1 de mayo de 2016

Y comieron perdices



Llegó al pie de la torre, sudoroso, casi agotado, pero eufórico tras la lucha contra el gigantesco dragón que custodiaba el castillo. La adrenalina corría a raudales por sus venas y los latidos de su corazón aún no se habían apaciguado. Había sido la mejor lucha en la que se había visto implicado y se sentía feliz.
Había disfrutado con cada mandoble, con cada finta y con cada salto. ¿Cómo no disfrutar enfrentándose a un ser tan magnífico? ¿Còmo no sentirse vivo ante el espectáculo de aquellos enormes y poderosos músculos que se flexionaban y estiraban con una potencia pasmosa, de aquellas enormes alas que se extendían hasta tapar el sol y se agitaban hasta formar un pequeño vendaval? Había comenzado la lucha convencido de perderla. Un solo zarpazo, un solo golpe de ala, una sola vaharada de ardiente aliento, y todo habría acabado para él. Pero no podía sustraerse a la maravilla de aquel despliegue de fuerza y poder, no podía no retar a aquella máquina poderosa y probarse a sí mismo... y, además, estaba la princesa encerrada en la torre, claro.


Así que luchó. Y lo hizo con alegría. Sintiéndose lleno de vida, como le ocurría siempre que se veía embarcado en alguna aventura o batalla. Ese era su medio: la lucha, el lance inesperado, el desconocimiento de lo que, no ya el mañana, sino el segundo siguiente, podía deparar. El encuentro con situaciones peligrosas, divertidas, terroríficas o excitantes, esa era la vida que le gustaba: adrenalina, miedo, correrías, incertidumbre...
Fue más la suerte que la habilidad lo que le dio la victoria frente al colosal dragón. Sintió sincera pena al pensar que aquellas alas no volverían a desbaratar nubes y que aquellos potentes músculos no volverían a tensarse pero entre la vida de la bestia o la suya propia no había dudas. El dragón tampoco las tenía pero no tuvo, obviamente, tanta suerte.
Y allí estaba, sudoroso, casi agotado, pero eufórico tras la lucha.
Feliz, se plantó ante la puerta de la torre con los brazos en jarras, mirando hacia lo alto con ojos brillantes.
Allá arriba estaba la princesa.
Y aquí estaba él.
Había que cambiar eso.
 
Feliz, abrió la robusta puerta a fuerza de mandobles, patadas y, finalmente, empellones. El oscuro interior olía a fría humedad y,  frente a él, apenas iluminada, la estrecha escalera ascendía, enroscada sobre sí misma, hasta la habitación donde la princesa aguardaba su libertad.
Feliz, el príncipe comenzó la ascensión saltando los escalones de dos en dos mientras pensaba en todas las apasionantes aventuras que había vivido hasta llegar a aquel momento. Tantas luchas, tantas intrigas, tantas maravillas... Hasta el mismo instante en que se había embarcado en este viaje, su vida había sido igual a la vida de cualquier anodino príncipe de cualquier anodino reino, sin nada que remarcar, sin nada que alterara sus días y sus noches, Pero en cuanto sus reales posaderas se asentaron sobre el caballo para partir al rescate de la princesa, todo había cambiado. El anodino príncipe se había diluido en las aguas de la aventura y de ellas había surgido un guerrero fuerte, seguro y lleno de vida.
Ahora, por fin, sentía que la vida merecía ser vivida y disfrutada.
Y todo gracias a lo que había vivido entre aquel momento y este.
La princesa aguardaba.
La princesa...
La euforia decayó un tanto. El brío disminuyó otro tanto. El ascenso se ralentizó varios tantos.
Mientras continuaba el ascenso los recuerdos desfilaban por su mente: la hechicera a la que tuvo que engañar, el hada que lo ayudó, los enanos que quisieron engañarlo, el elfo borracho en la taberna del bosque que le contó su triste historia, los trolls que intentaron robar su caballo, el dragón... Y, allá arriba, esperando, la princesa.
La princesa... El matrimonio, los hijos, los deberes reales...
Sus pies dejaron de volar sobre los peldaños. Ya no corría, ya no saltaba los peldaños de dos en dos.
El viaje había sido una sucesión de extraordinarias sorpresas, un rosario de maravillosos sucesos, un tobogán de sensaciones, una inyección continua de adrenalina. La vida al límite se saboreaba mucho más
Pero la misión estaba a punto de acabar. Tras aquella puerta aguardaban su futuro y la princesa.
La princesa....
Los últimos peldaños los subió casi con reticencia, desaparecido el brío y perdida la mente en profundas cavilaciones.
Al llegar al final, se quedó plantado ante la puerta.
Tras ella, la princesa aguardaba.


El príncipe apoyó la oreja sobre la madera y escuchó. ¿Le parecía oír una respiración? No podía estar seguro. Se alejó un paso y se quedó contemplando, sin verlos realmente, los relieves esculpidos en la puerta. Si la traspasaba su vida cambiaría para siempre.
Pensó en el dragón que ahora yacía muerto, pensó en la libertad de ir y venir a su antojo, pensó en la emoción de la aventura, pensó en la princesa.
La princesa...
Lentamente, se dio media vuelta.
Lentamente, bajó las escaleras.
Lentamente, caminó hacia su caballo, subió a él y salió a toda velocidad del castillo, dejando atrás al dragón muerto y a la princesa esperando.
Tras la puerta de la torre, la joven princesa escuchó, tensa, como el príncipe se alejaba.
Sólo cuando dejó de escuchar el sonido de los cascos, abrió la puerta, lentamente.
Lentamente, bajó las escaleras.
Lentamente, se dirigió hacia la salida.
Aspiró el aire fresco y, sintiéndose feliz y libre de dragón y príncipe, emprendió el camino hacia su futuro.

miércoles, 6 de abril de 2016

Retales


La loca

La loca ignoró las órdenes y continuó avanzando. La loca no estaba loca aunque el resto así lo creyera, la loca sólo parecía loca porque tenía una manera muy particular de ver las cosas. La suya, la de la loca.
Así que, sí, la loca ignoró las órdenes y continuó avanzando, porque en su mente de loca obedecer no formaba parte del plan, no computaba, no era algo que la loca hiciera, nunca.
Ellos, los que se llamaban cuerdos sólo porque creían que su forma de pensar era la correcta y porque eran muchos más que la loca, gritaron y bufaron, riñeron y aullaron, intentando que la loca obedeciera unas órdenes que la loca no estaba programada para obedecer.
Y la loca continuó avanzando, imperturbable, siguiendo un ritmo y una música que sólo ella conocía. Cada vez más lejos de los cuerdos que la llaman y le dan órdenes. Serena. Feliz. Loca y libre, loca y alegre, loca y en paz con todo. Mientras que ellos, los cuerdos, los que la llamaban loca porque tenía esa manera suya tan particular de ver las cosas, los que se creían sensatos porque actuaban como todos actuaban y como todos esperaban que actuaran, se ponían cada vez más nerviosos, más desquiciados, más furiosos porque la loca, sin hacerles caso, ignoró sus órdenes y continuó avanzando...
 
El fin del principio


Hicimos lo único que podíamos hacer: huimos. No a otro planeta. No a otra galaxia. No en busca de otra estrella. Decidimos huir a nuestro pasado. Corríamos el riesgo de acabar siendo nuestros propios tatarabuelos pero teniendo como alternativa la muerte, la decisión no fue difícil.
Decidimos reducir la tecnología al mínimo, intentamos reducir el impacto de nuestra presencia todo cuanto pudimos, fue una vuelta a la vida natural y salvaje de nuestros antepasados.
Logramos sobrevivir y hasta extendernos por todo el planeta. En aquel estado salvaje habíamos logrado la paz y el equilibrio que la civilización nos había negado. Éramos  estoicamente felices.
Parecía que todo iba a ir bien, que nuestra especie había encontrado, al fin, el camino correcto. Nos habíamos vuelto, incluso, más grandes y fuertes.
Y entonces cayó el meteorito.
La tierra tembló, el mar se enfureció, el cielo se oscureció, los volcanes vomitaron fuego... Fuimos muriendo uno tras otro, violentamente los más afortunados, de hambre y sed el resto.
Soy el último que queda de los míos y pronto moriré.
El reinado de los grandes saurios ha acabado, me pregunto qué otra especie vendrá a ocupar nuestro lugar, ojalá sean más sabios...



miércoles, 9 de marzo de 2016

Viaje al paraíso



No había nada que gustara más a Abu que acudir al puerto a ver la llegada de los cruceros. Sentado en donde pudiera (una caja, un noray, el mismo suelo), el joven contemplaba cómo aquella inmensa mole metálica se deslizaba, solemne, hasta el muelle de atraque para, a continuación, vomitar ríos de pálidos turistas que, en parejas o en grupos, gorjeaban su ingenuo entusiasmo. Aquellos hombres y mujeres le causaban diversión y admiración a partes iguales. Le resultaban fascinantes, tan llenos de salud, tan risueños, tan aparentemente ajenos a los problemas terrenales... Abu los observaba con detenimiento, admiraba sus blancas sonrisas, se asombraba con sus maravillas electrónicas, envidiaba esa suave paz que emana de quienes saben que tienen un plato caliente esperando en la mesa, un techo bajo el que refugiarse, una blanda cama en la que descansar.

Al rato, cansado de ser mero espectador, se levantaba, se acicalaba y se mezclaba con ellos. Andaba a su lado, un poco mareado por los intensos olores de perfumes, geles y champús diversos, muy atento a la extraña música de sus palabras, intentando comprender las diversas lenguas, jugando a ser uno de esos ricos visitantes y ofreciéndose como cicerone a cambio de unas monedas. Algunos se negaban con desconfianza, otros se detenían un rato a su lado, se hacían fotos con él y, por fin, algunos pocos, los más aventureros, se animaban a pagarle por su guía y consejo.

 
Abu tenía un sueño. Un sueño que se afianzaba con cada crucero que llegaba, con cada crucerista con el que hablaba, con cada fotografía que arrancaba de las revistas que los turistas dejaban abandonadas, con cada fantástico aparatito que veía en sus manos.
Abu soñaba realizar el mismo viaje que aquellos rubicundos cruceristas aunque en sentido contrario, cruzar el océano  rumbo a esos países llenos de maravillas.
Moneda a moneda, Abu ahorró parte del dinero exigido para el viaje y su familia puso el resto, cada uno lo poco que podía´. No sólo por ayudarle con su sueño, sino porque mejorar su vida, la de Abu, sería también mejorar la propia, la de toda la familia. Era, pues, en parte regalo y en parte inversión para un futuro, si no brillante, al menos no tan oscuro como el presente.
Y llegó el día.

Y Abu subió a la destartalada barquichuela, en nada parecida a los colosos que acudía a recibir al puerto. Con su mochila pegada al pecho, Abu, se apretujó junto a otras decenas de corazones llenos de sueños, de esperanzas, de deseos. El viaje sería rápido y seguro, les habían dicho. Antes de darse cuenta estarían a metros de su tierra prometida, esa rica Europa tan llena de posibilidades, les habían contado. Allí, apiñados, piel contra piel, obligados a una intimidad asfixiante, se contaron sus miedos, sus penas y sus anhelos. Hablaron sobre sus planes, compartieron sus dudas. Se dieron calor, se consolaron, compartieron comida, lágrimas y hasta alguna risa.


La inmensidad de aquel mar los angustiaba, el frío nocturno les entumecía, la oscuridad les aterraba, los cuerpos dolían por falta de espacio y movilidad.
El viaje sería rápido, les habían dicho pero. o el tiempo pasaba demasiado lento o aquel viaje se alargaba demasiado. La comida ya comenzaba a escasear, faltaba agua, el sueño no acudía. Y cuando ya parecía que nada podía ser peor, los dioses lanzaron los dados y enviaron una tormenta.
El viento sacudió la desvencijada embarcación, las olas jugaban con ella como un niño con una pelota, el agua se acumulaba en su fondo. El terror se adueñó de todos ellos.
Abu se encogió, intentando, inútilmente, ofrecer la menor cantidad de cuerpo al golpeteo de la lluvia  y rezó, rezó como nunca había rezado, uniendo sus súplicas a las de sus compañeros.
Pero no había nadie escuchando.
Ni dioses ni humanos.
Estaban solos.
Una potente ráfaga de viento, una inmensa ola y la patera volcó, ahogando sueños, planes y deseos.
El último pensamiento de Abu fue para su familia.
Su última palabra fue mamá.
Lo último que vieron sus ojos fue a sus compañeros morir junto a él.
Muchos días más tarde, su cuerpo apareció, hinchado y comido por los peces, en una playa.
Al fin había llegado al paraíso.
 

viernes, 5 de febrero de 2016

San Valentín


Si su cerebro hubiera sido capaz de retener más de una idea, Edmumdo habría sacudido la tierra que se acumulaba sobre él, especialmente en hombros, cabeza y zapatos, pero su atrofiado órgano de pensar sólo permitía espacio para una única y fija idea. Justo la idea que lo había hecho moverse.
Igualmente, si su cerebro hubiera sido capaz de soportar otra idea, sólo una más, Edmundo se habría dado cuenta de que olía a jardín recién abonado, que sus ropas no eran precisamente un dechado de elegancia y que su aspecto, en general y siendo muy amable, era lastimoso. Pero, como ya se ha dicho no hace mucho, Edmundo sólo tenía capacidad para retener una única idea. Justo la que lo mantenía en movimiento.
Y esta única, intensa y fija idea era que tenía que llegar a casa lo antes posible para celebrar San Valentín con su esposa y cumplir la promesa que le había hecho tantos años antes, cuando aún se ahogaban en el brillante mar del enamoramiento reciente y podía soltar esas grandilocuencias sin morir de risa:

-No volverás a pasar ningún San Valentín sola, te lo prometo -le dijo, mirándola con intensidad de miope.
Y así había sido desde entonces y así iba a seguir siendo, porque Edmundo, hombre de palabra, no iba a permitir que aquel estúpido e inoportuno incidente le impidiera estar con su esposa en fecha tan señalada.
Por eso avanzaba, flores en mano y mirada al frente, decidido y firme a pesar de que las piernas no le respondían como debieran, a pesar de que fuera tan lento que hasta los caracoles le adelantaban, a pesar de los coches que se veían obligados a frenar a escasos metros de su cuerpo porque Edmundo no frenaba ni ante los semáforos en rojo, y a pesar de las miradas de susto de los transeúntes que con él se cruzaban y que se apartaban de su camino con una mirada mitad asombro, mitad miedo, sentimiento este último que Edmundo, de no tener su cerebro ocupado por una solitaria idea, habría encontrado divertido e incomprensible ya que siempre se había considerado como un ser pacífico e incapaz de matar ni tan siquiera a una de las moscas que hacía rato zangaloteaban en torno a él. 



Tras haberse caído cinco veces, haber perdido el rumbo otras tantas, ser casi atropellado por dos motos, cinco coches, tres camiones, una bicicleta y un cochecito de bebé, Edmundo llegó a su edificio y subió lenta, muy lentamente, los seis pisos que lo separaban de su hogar. Sí, ya sabemos que habría sido mucho más cómodo y más rápido utilizar el ascensor pero ya hemos dicho que el cerebro de Edmundo no tenía espacio más que para un único y escuálido pensamiento, de modo que ni tan siquiera dirigió una mirada al hueco donde el aparato bostezaba.

Quedó Edmundo perplejo ante las escaleras durante unos instantes, sin saber cómo iniciar la escalada pues sus rodillas parecían haber olvidado cómo doblarse. Cuando, finalmente, sus piernas y su cerebro se pusieron de acuerdo y Edmundo inició el ascenso, la noche ya había empezado a caer. Ya era hora de cenar cuando logró llegar a la sexta planta, cosa que Edmundo sabía por los rugidos de su vacío estómago aunque hasta ese momento, inmerso como estaba en su idea fija, no había sido consciente de ello.
Durante unos confusos instantes, igual que había ocurrido en la escalera, Edmundo no tuvo claro cómo llamar a la puerta pero tras una pequeña discusión con su brazo derecho, consiguió que este se alzara y diera tres sonoros golpes.
Instantes después unos rápidos pasos le indicaron que su esposa se aproximaba por el pasillo,nerviosa, como siempre que alguien tocaba a horas intempestivas. 



La puerta se abrió unos centímetros. Los justos para dejar ver media cara y un ojo que, en pocos segundos pasó de la inquisición a la sorpresa y de la sorpresa al pánico para, por fin, quedarse en blanco y desaparecer junto con la cara y el resto del cuerpo que cayó pesadamente al suelo.
Edmundo empujó la puerta con suavidad, dejó a un lado la corona de flores muertas que llevaba entre las manos e, inclinando su rígido cuerpo, recogió del suelo a su inconsciente esposa. Al pasar junto al espejo del recibidor el hombre se detuvo a contemplar su imagen: ojos saltones, cabello escaso cubriendo un cráneo descarnado, medio rostro desaparecido, media sonrisa perenne, la nariz brillando por su ausencia, decenas de moscas zumbando a su alrededor... Había estado tan ensimismado en cumplir su promesa que no había pensado en lo que el maldito incidente de su muerte había hecho con su cuerpo. Normal que su mujer se hubiera desmayado.
Dejó suavemente a su mujer en el sofá, hizo un leve e inútil intento de mejorar su imagen sacudiendo sus ropas con movimientos torpes y alisando los cuatro mechones de pelo que aún le quedaban y se sentó intentando lanzar un hondo suspiro pese a su escasez pulmonar.
Edmundo se sentía satisfecho. Había cumplido su promesa. Era San Valentín y allí estaba, como cada año. 


Esa única y fija idea le había llevado hasta aquel salón. pero ahora que lo había logrado otra, insidiosa, comenzaba a insinuarse más que en su casi inexistente cerebro, en su casi desaparecido estómago. Un hambre punzante, apremiante. insistente comenzaba a nublar los gramos de razón que aún lo ataban a la humanidad.

Edmundo contemplaba a su esposa, la olía.,. Si hubiera tenido saliva, habría babeado como un bebé.
Su estómago rugía.
San Valentín llegaba a su fin.
Una diminuta voz le empujaba a levantarse y salir de aquel piso pero el hambre gritaba mucho más.
Edmundo contemplaba a la mujer del sofá... Si hubiera tenido saliva, habría babeado como un bebé.
Su estómago exigía comida.
Edmundo se puso en pie, comenzó a girar hacia la puerta, un vago resto de amor y humanidad lo empujaban a irse de allí, pero un movimiento le hizo girarse de nuevo hacia el sofá.
Edmundo contempló a su presa...
Cualquier idea desapareció.
Su estómago le dio una orden... y Edmundo obedeció.



sábado, 9 de enero de 2016

El esclavo



Se  lo suplico, amo, no me dé la libertad. No la quiero. No me sirve. Por favor, se lo ruego, permítame quedarme aquí, a su lado. Aquí nací, aquí crecí, aquí he vivido y le he servido fielmente durante toda mi vida, no me lance ahora a la libertad, solo, ignorante e indefenso.
No quiero la libertad, amo, de verdad, no la quiero. ¿Para qué va usted a dármela si no sé qué hacer con ella?
Dicen que ahora, siendo libre, podré ir dónde quiera, trabajar para quien me apetezca, vestir como desee, hablar sin pedir permiso, que no tendré que arrodillarme, que no sufriré castigos, que no hay nada como el sabor de la libertad. Eso dicen pero yo les digo: ¿y qué me importa? Yo no quiero ir a ningún sitio que no sea este, ni trabajar para nadie más que para usted, amo. Para vestir no necesito más que lo que usted me da y, en cuanto a hablar, ya sabe usted que me enredo con las palabras. No me importa arrodillarme ante usted y sufro los castigos sin rechistar porque son siempre merecidos. 

Además... ¿quién es realmente libre? Ni siquiera usted, amo y, si me apura, ni siquiera el emperador. Todos los hombres tienen obligaciones, responsabilidades, restricciones, leyes que los controlan, familia que los necesitan, amos a los que servir...
Dicen que no hay nada como la libertad, amo, pero yo no la deseo, de verdad, amo, no la quiero. Y si se empeña usted, deje que mi primer acto como hombre libre sea romper esta carta de libertad y que siga siendo su esclavo.
No me dé la libertad, amo, no me la dé, no la quiero, no me sirve, no sé qué hacer con ella...





Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...