martes, 8 de abril de 2008

Un trato es un trato


La figura encapuchada se acercó a la anciana sentada en la mecedora y, poniéndole la mano sobre el hombro, le espetó:

- Vamos, llegó la hora.

La anciana lo miró de hito en hito y, dejando sobre la mesa el vasito de chinchón que se estaba bebiendo. Le preguntó:

- ¿La hora de qué?

La negra figura, un tanto perpleja, respondió:

- Bueno… ya sabe… la hora…

- Ya, ya le he oído… la hora… Pero ¿Qué hora? ¿La de la merienda? ¿La de mi programa favorito? ¿La de ir a la compra?

El oscuro personaje dio un hondo suspiro de impotencia. Odiaba encontrarse con estas “dulces ancianitas”; a primera vista parecen muy frágiles: suelen ser pequeñas, delgadas, extremadamente pulcras y coquetas. Todas usan preciosos vestiditos floreados, todas llevan apretados moños y todas tienen el cabello inusualmente blanco (ni gris, ni amarillento, ni entrecano, no, ellas tienen el pelo blanco como la nieve). Pueden llegar a ser dulces hasta el empalago y encantadoras hasta el agobio. Pero toda esa frágil y amable apariencia esconde una voluntad férrea y un carácter de acero. Oh, sí, créanme, estas “dulces ancianitas” son unas auténticas arpías. Es de lo más normal que estas mujeres acaben por sobrevivir a todos sus compañeros de generación, pues llegan a sobrepasar el siglo de vida; y suelen conseguirlo con bastante facilidad y buena salud, no porque cuiden especialmente de ésta, no - beben chinchón, ron o vodka; fuman cigarrillos, puros o pipa e, incluso, algunas, mascan tabaco - sino porque están hechas de puro acero; porque son tozudas como mulas y porque, lamentablemente para la Muerte, disfrutan poniéndole las cosas difíciles.

La Parca se movió inquieta y, por fin, respondió con un suspiro:

- Vamos, señora, ya sabe: ha llegado la hora, su hora, su última hora. Sabe perfectamente de qué hablo y quién soy, así que no me haga perder el tiempo.

La señora puso su mejor carita de anciana desvalida. Se ajustó las gafas, juntó sus manos sobre su regazo y, sonriendo apaciblemente, respondió:

- Ay, hijo, pues igual debería saber quién eres pero… no caigo…. Tcs… esta cabeza mía ya no es lo que era ¿sabes? ¿Eres el nieto de la señora Nati? No, no, ese está mucho más gordo, no puede ser…

- Vamos, fíjese bien… La túnica, la capucha…. La guadaña… Los huesos… Hablo en negrita… Vamos, señora, deje ya de fingir, haga el favor que tengo mucho trabajo pendiente.


La diminuta abuelita frunció el ceño, abandonó su amable sonrisa y se enderezó en su mecedora, lo cual logró hacerla crecer varios centímetros. Cualquier rastro de cordialidad senil había desaparecido y ahora la Muerte tenía ante sí la esencia misma de la terquedad. La señora se cruzó de brazos, apretó los dientes postizos y, acabándose su copita de chinchón le dijo a la Señora de la Guadaña:

- Vale, está bien. Sé quién eres y, por supuesto, sé lo que quieres pero te aseguro que no me voy a mover de aquí hasta que yo quiera… si es que quiero. – Y, dicho esto, se sirvió otra copita y miró a la Muerte desafiante.

De nada le valían a la pobre Parca sus siglos de experiencia, cada vez que se topaba con una de éstas la historia se repetía.

La Encapuchada se pasó la huesuda mano por los oj… bueno, se pasó la mano por las “órbitas-vacías-donde-debían-estar-los-ojos”, volvió a suspirar, se sirvió un buen trago de chinchón y, dando un gran suspiro, se sentó en una butaca resignada a perder media tarde en lo que debería haber sido una sencilla tarea: llevarse una débil viejita al Más Allá. Podía hacerlo a la fuerza, por supuesto, por muy de acero inoxidable que fuera no dejaba de ser una anciana y él/ella era la Muerte pero ¿tienen ustedes alguna idea de lo que cuesta volver a poner en su sitio todos los huesos de una mano? No, era mejor pactar… aunque llevara más tiempo.

- A ver, señora, vamos a ahorrarnos tiempo ¿de acuerdo? Usted me va a proponer ahora algún tipo de trato para que no me la lleve, jugarnos su vida al ajedrez (no imagina que manía le tengo a esa película, señora…), al parchís o al twister pero le advierto desde ya que eso no funciona. Juguemos a lo que juguemos Yo voy a ganar así que no va a servirle de nada ¿Está claro? Tampoco puede ofrecerme intercambios de ningún tipo, va contra las reglas: cada uno a su tiempo. Se ponga como se ponga, no tiene escapatoria; su destino, como el de todos, es dejar este mundo así que ¿Por qué no hacemos esto de la forma más sencilla posible?

- No se preocupe, hijo (o hija), no pretendo librarme de mi destino, digamos que sólo quiero… retrasarlo un poco. Aún tengo muchos a quienes molestar. Ni imagina lo divertido que resulta sacar de quicio a mis nueras, yernos, hijos, nietos, etc… sólo le pido que me deje disfrutar un poco más y luego me iré con usted tranquilamente.

La Muerte miró detenidamente a la anciana de acero que tenía delante. Qué narices, en el fondo, le caían bien estas “dulces ancianitas”, resultaban la mar de interesantes. Estuvo meditando (y tomando chinchón) durante unos minutos; sopesó el trabajo que le daría llevársela a la fuerza, lo desagradable que resultaría, la de huesos que tendría que recomponerse… finalmente, le preguntó:

- ¿Y cuánto tiempo se supone que debo “prestarle”?

La abuela sonrió con satisfacción.

- Oh, poco, lo que tarde en tejer unos jerseys para mi familia…

- ¿Sólo? ¿Me lo promete?

- Se lo prometo… y yo siempre cumplo mis promesas.

- De acuerdo. Trato hecho.

Ambas alzaron sus vasos de chinchón y sellaron el trato con un brindis.

La Muerte se fue bastante satisfecha, pensando que, total, no podía tardarse mucho en tricotar unos jerseys y Él/Ella disponía de toda la eternidad.

Cuando la “dulce ancianita” se quedó sola, tomó su pipa, se echó hacia atrás en su mecedora y sonrió con aire muy ufano.

Al poco murmuró con una risita:

- Oh, vaya, me parece que olvidé comentarle que tengo diez hijos, unos treinta nietos y que he perdido la cuenta de los biznietos… Tchs… qué cabeza la mía. Pero, en fin, un trato es un trato ¿no?