La espera


La señora Catalina, se sentó junto al fuego como hacía cada tarde desde hacía años. Tomó la costura y se dispuso a esperar el regreso de su hombre.

En la habitación medio en penumbras de la solitaria casa campesina, la mecedora marcaba el paso de los minutos.


No debiste irte, Antonio, no debiste irte… mira que te lo dije: no te vayas, si te vas no volveré a verte, lo presiento. Pero tú, nada, tú erre que erre; empeñado en marcharte a esas tierras extranjeras a “buscar una vida mejor”, decías. A trabajar para que tus hijos y yo tuviéramos de todo lo que la vida de ciudad ofrece.


Pero yo no quería, a mí ya me parecía bien lo que teníamos; a mí, Antonio, me bastaba con tenerte a ti y a los niños, un plato sobre la mesa y una cama para compartirla contigo. El resto me daba igual, pero a ti no. No, tú querías mejorar, querías “tenerme como una reina”… ¡Cómo si no me hicieras sentir así ya!


Así que no hubo forma. Dijiste que te ibas y no hubo quien te hiciera cambiar de opinión: ni yo, ni los niños, ni tu madre y mira que lloro tu pobre madre. Siempre has sido un cabezota y, cuando algo se te mete en la cabeza... No te despediste de los niños porque aún dormían. Diste un beso en la frente a cada uno y los arropaste por última vez. Luego me abrazaste y yo te besé con toda la fuerza que me daba el miedo a perderte. Cogiste la maleta y te vi marchar.


A partir de ese día, al caer la tarde, me sentaba ahí, junto al fuego, frente a la ventana, en la vieja mecedora de mi madre. Cosiendo, y bordando, y mirando hacia el prado, esperando verte aparecer de un momento a otro. ¿Sabes? Siempre te dejaba algo preparado por si aparecías con hambre. Y tu pijama bajo la almohada, siempre limpio y planchado, él también esperando tu regreso.


Pero pasaban los días, las semanas y los meses y tú no volvías. Eso sí, el dinero llegaba puntualmente y también tus cartas: una a la semana, sin falta. Y nos contabas cómo era aquello y lo bien que te iba y lo mucho que nos extrañabas; me preguntabas por los niños, me mandabas besos, muchos besos, y flores secas. Me contabas cómo eran los vestidos que llevaban las mujeres y lo guapetona que iba a estar yo con uno de esos. Y, sobre todo, me prometías que pronto, muy pronto ibas a volver para llevarnos contigo.


Y yo seguía esperándote, como te prometí aquella última noche. Sentada en mi mecedora, viendo pasar los días. Los niños crecían y tú no regresabas. Un día dejaron de llegar el dinero y tus cartas. Pero yo seguí esperándote, Antonio, convencida de que no tardaría en saber de ti. Unas semanas más tarde me dijeron que habías muerto; me contaron que querías darme una sorpresa y habías decidido venir a buscarnos sin decirme nada, que el barco en el que regresabas se había hundido durante una tormenta. Me dijeron que sólo habían muerto dos personas: un marinero y tú…


Pero no me lo creí ¿sabes? Nunca me lo creí. Por eso he seguido esperándote. Aquí sentada, cada tarde; cosiendo y bordando, alzando la vista de vez en cuando, esperando verte aparecer en cualquier momento.


Nuestros hijos han crecido y se han ido del pueblo. Al final, ya ves, ellos han encontrado esa “vida mejor” que tú te fuiste a buscar. Me han pedido muchas veces que me vaya con ellos pero yo les digo que no, que tengo que quedarme aquí, a esperar a que tú vuelvas. Juana llora cuando lo digo, no sé por qué y Antón… Antón calla y me besa en la frente.


Hace tiempo que no vienen a verme. No les culpo, ellos tienen su vida allá en la ciudad, sus hijos, sus amigos… los viejos nos quedamos solos, es ley de vida. Da igual, me gusta estar sola.


Me gusta sentarme aquí, en la mecedora, junto al fuego y frente a la ventana. Bordando y esperándote. Siempre esperándote, Antonio, mi Antoñito.


Creí que nunca volvería a verte; así que puedes imaginarte mi sorpresa cuando te he visto ahí, en la puerta, mirándome con esa sonrisa de pícaro que siempre me ha encandilado.


Estás tan joven, Antonio, tan guapo… No lo entiendo pero no importa, no importa, ahora lo único que importa es que estás aquí, conmigo. Ya me contarás luego todo lo que ha pasado ahora… ¿sabes lo que me apetece ahora, Antonio? Ir a la orilla del río cómo hacíamos de novios, sentarnos al sol y disfrutar de saberte a mi lado.


¡Vamos, Antonio! Me siento tan joven, hoy… tan feliz… he esperado tanto tu regreso…


La señora Catalina sonreía.


La costura cayó de sus manos.


En la habitación medio en penumbras de la solitaria casa campesina, la mecedora marcaba el paso de los minutos.


Y, lentamente, se detuvo.





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