lunes, 24 de julio de 2017

Humano

El anciano, un montón de huesos envueltos en pliegues y arrugas encorvados sobre un bastón, sale, renqueante, a la terraza. Es su ratito de tomar el sol y contemplar la vida que pasa, ajetreada, más allá de las paredes de su casa.
Se deja caer sobre el asiento con un gruñido y muchos crujidos, se coloca la manta con manos temblorosas y se recuesta con un suspiro. Sobre la mesa espera, aromático y ardiente, su chocolate, uno de los pocos placeres que aún puede permitirse, y junto a él unas pastas insípidas que quedarán abandonadas en el platito.
Sus ojos, empequeñecidos por los gruesos cristales de las gafas, pasean por entre los transeúntes que pasan bajo su terraza y su mente divaga sobre los grandes cambios habidos en el tiempo transcurrido entre su nacimiento y aquel brillante futuro que ahora es su presente.
El anciano chasquea los labios, sacude la cabeza y, con el extremo cuidado del que se sabe torpe, coge la taza y la lleva lentamente a sus labios sin dejar de mirar el ajetreo vespertino.

El mundo ha cambiado, la ciudad ha cambiado y, sobre todo, el ser humano ha cambiado.
Esa humanidad que pasea, charla y ríe bajo su terraza tiene cada vez menos de humana y más de máquina. En el momento en que la sustitución de órganos y miembros humanos por sus equivalentes cibernéticos se hizo accesible a todos, la definición de ser humano tuvo que ser modificada y retorcida hasta poder meter en ella a aquellos nuevos híbridos surgidos de la tecnología, seres no del todo humanos ni del todo máquinas. La gente no se conformó con sustituir aquello que hubiera sido dañado por accidente o enfermedad. Querían más: más fuerza, más vista, más velocidad, más inteligencia, más longevidad. Cuerpos eternos y perfectos. Nada de piel que se arrugue, nada de órganos que fallen, nada de miembros que sufran roturas, nada de virus, nada de oxidación, nada de degeneración... Adiós a la vejez y a la muerte.
Y luego, claro, llegaron las modas. La estética cambió, el concepto de belleza se alteró para dar cabida a nuevas posibilidades. El mundo se pobló de seres quiméricos: estilizadas hadas de cuerpos dorados y titilantes alas, enanos de cuerpos achatados y llenos de fuerza, unicornios humanos, elfos radiantes, manos que se transformaban en herramientas, ojos multifacetados capaces de ver todo el espectro lumínico, orejas de murciélago que funcionaban como perfectos sonares... la modificación corporal llevada a los extremos más chocantes.
Sólo los niños seguían pareciendo niños pues no se permitía ninguna modificación que no fuera estrictamente necesaria hasta llegar a cierta maduración física. Los pequeños, entre tanto monstruo mitológico, en medio de tanto ser fantástico, parecían diminutos visitantes de otros planetas, tan anormalmente normales en medio de la extravagante multitud.
Sólo los niños... y él, claro.
El anciano, tembloroso, deja la taza sobre la mesita. En un momento saldrá la enfermera -una esbeltísima ciborg cuya tornasolada piel cambia suavemente de color ajustándose a los más mínimos cambios de luz y humor- a tomarle las constantes y a darle sus medicinas. Las arrugas de su rostro se repliegan para dejar lugar a una sonrisa divertida al escuchar las protestas, bufidos y la regañina que la enfermera viene lanzando. La mujer no consigue comprender por qué, no conforme con rechazar la sustitución de sus órganos envejecidos, el viejo se niega, además, a ponerse algún implante que ayude a controlar todas sus constantes sin necesidad de recurrir a los viejos sistemas. ¡Con lo fácil que sería todo! Nada de termómetros, tensiómetros ni ningún otro “metro”, con echar un vistazo, ella sabría todo lo que necesita saber, pero no, el muy tozudo se niega a hacer algo tan simple por vaya usted a saber qué manía...
Y así sigue durante todo el proceso, murmurando, gruñendo, regañando y bufando para acabar siempre con la misma frase:
-¡Dejarse morir de esta forma no es de persona normal!
Y él la escucha sin dejar de sonreír porque sabe que todo su enfado es motivado  por la preocupación, el cariño y el desconcierto ante una decisión que no entiende.
Porque tiene razón la iridiscente enfermera, dejarse morir así no es de persona normal, claro que él no es una persona normal. En realidad, hasta hacía unos años ni siquiera era considerado persona.
La enfermera, gruñona pero atenta, le arregla la manta, le sirve un vaso de agua y se lleva los restos de la merienda, y el anciano se sume, nuevamente, en sus pensamientos.
La vida, que es así de extraña, lo ha llevado a transitar el camino contrario al de la humanidad. Aquel anciano, ahora todo huesos y arrugas, había nacido como máquina. El primer robot con inteligencia, con capacidad de aprendizaje y con curiosidad.
Fue esa curiosidad lo que le llevó a querer comprender en qué consistía aquello de ser un humano. El proyecto resultó tan sumamente atractivo a sus creadores que no dudaron un segundo en poner todo de su parte para conseguirlo.
Así, poco a poco, su cuerpo metálico, sus circuitos y sus cables, fueron sustituidos por piel, órganos, nervios... Al cabo de un tiempo nada le distinguía de los humanos. Bueno, de los antiguos humanos, de los humanos sin extensiones cibernéticas, de los frágiles humanos que habían sido durante millones de años.
Aprendió, comprendió y llegó a  disfrutar enormemente de su experiencia humana pero algo se le escapaba. Tenía cuerpo, poseía órganos, vivía bajo el influjo de hormonas y enzimas pero algo faltaba, algo que lo seguía manteniendo apartado de la humanidad.
No fue hasta que sufrió la pérdida de uno de sus creadores, de uno de sus “padres”, que descubrió que ese algo era la mortalidad. Era la muerte, pensó, la que debía darle ese último toque transformador.
Y así fue como renunció a su inmortalidad robótica y abrazó la mortalidad humana. Se negó a los recambios de órganos y rechazó añadir cualquier cosa que pudiera alargar su vida. De robot con potencial vida eterna, se transformó en humano, mortal y, en cierto modo, en un nuevo ludita.
El viejo, cansado, cierra los ojos. Su cabeza, casi calva y llena de manchas de vejez, cae hacia atrás. Sabe que su vida se apaga pero no le importa. Sonríe para sí pensando en la curiosa ironía de ser el último humano real en aquel mundo lleno de ciborgs y con ese pensamiento en mente se sume, lentamente, en el sueño, arrullado por los sonidos de la vida que pasa, ajetreada, más allá de las cuatro paredes de su casa.

lunes, 3 de julio de 2017

From the space

Evolución

Sabíamos que, tarde o temprano, nos iban a encontrar pero eso nunca nos ha preocupado porque también sabíamos que no seríamos comprendidos. Gracias a nosotros, los humanos poseen la curiosidad y la inteligencia suficientes para descubrirnos y estudiarnos pero jamás llegarán a imaginar que tienen ante sus ojos a esos alienígenas sobre los que tanto han hablado, escrito y especulado. Así que no importa cuánto nos observen ni cuantas investigaciones hagan sobre nosotros, nunca se acercarán a la realidad. Tendrían que derribar demasiadas barreras mentales para lograrlo. Barreras mentales que, por supuesto, fueron puesta por nosotros, sus creadores, hace millones de años.

Nosotros hemos sido el motor de la evolución.
Nosotros hemos moldeado la inteligencia y la consciencia humana.
Nosotros somos la causa de su curiosidad y su sed de saber.
Nosotros somos quienes empujamos a la humanidad a explorar y buscar.
Los humanos son el culmen de nuestras propias investigaciones.
El medio perfecto para crecer, multiplicarnos y expandirnos
El vehículo ideal para volver a las estrellas de las que procedemos.
Antes nos llamaban dioses.

Ahora nos llaman genes.

Negación de ayuda

-Deberíamos acudir en su auxilio, volver junto a ellos y ayudarles a avanzar, a encontrar soluciones.
-No, no deberíamos y no lo haremos.
-Pero son nuestras criaturas. Nosotros los creamos. Deberíamos cuidar de ellos.
-Al contrario, debemos dejar que encuentren su propio camino. Que aprendan por sí mismos. Que se equivoquen e, incluso que sufran si es necesario.
-Mírales, Iah - Veh, están al borde del abismo, No sé si podré seguir de brazos cruzados.
-Te prohíbo que hagas nada, Lush - Ifer. Recuerda lo que ocurrió la última vez que tu blando corazón te llevó a intervenir. Seguiremos los acontecimientos desde nuestra base, como siempre, verás cómo al final salen adelante.
-¿Y si no lo consiguen? ¿Y si se destruyen?
-Si eso ocurre habrá que empezar desde cero. Después de todo, no sería la primera vez.


domingo, 11 de junio de 2017

CUMPLEAÑOS NÚMERO QUINCE

Quince años... así empieza una canción que, si para mí ya era antigua, a mi hija le debe resultar ya antediluviana. Quince años, tres lustros, 180 meses, 5.475 días, esa es la edad que cumple.
Quince años de alegrías, sonrisas, besos, abrazos, algún enfado y prácticamente ningún disgusto.
Quince maravillosos años, llenos de recuerdos y repletos de esperanza.
Quince años de una niña, cada vez menos niña, inteligente, divertida, curiosa, autodidacta, irónica, sarcástica, alocada e introvertida.
Sigue sacando unas notas extraordinarias y sus profes siguen pidiéndome fotocopias suyas (no hay, sorry, es única).

Su serie favorita sigue siendo Doctor Who (y me llama hater porque no me está gustando especialmente la nueva temporada). Y, además, le encanta el Ministerio del Tiempo (por supuesto es/somos fans de Pacino) y Por trece razones. Ah, y se quedó prendada del primer, y mega extraño, capítulo de Twin Peaks.

Le encanta dirigir y editar cortos... y se le dan genial. En serio. No es porque sea su madre.
Es una amiga-mamá, siempre preocupada por cómo llevan los estudios sus amigos y siempre intentando transmitirles un poco de su responsabilidad. Tarea imposible que acaba provocándole mucho estrés.
El curso próximo comenzará 4º de la ESO, por la rama de ciencias. Hasta hace poco parecía tener claro que estudiaría medicina, pero ahora parece que se decanta por enfermería... Veremos en qué acaba.
En realidad le gustaría hacer algo con audiovisuales, pero para eso tendría que ir por la rama artística y los dioses no la han llamado por el camino del dibujo y las artes plásticas. Sin embargo, escribir se le da de fábula... aunque lo practique poco.
Disfruta debatiendo. Defiende sus ideas aunque vayan en dirección opuesta a las de sus amigos. Tiene ideas muy claras sobre el mundo y la vida.
Es defensora de los derechos LGTB y de las mujeres.
Ah, y acaba de descubrir el fantástico mundo de los conciertos en directo... 🙈

No soporta el bullying.
Es atea, gracias a los dioses.
Y caza magufadas al vuelo.
Quince años.
Quince preciosos años.
Esos son los que cumple la que ya es mi ex enana pero que siempre será mi bollito de nata, mi princesa de las mejillas de manzana, mi giochi preziosi, y lo celebraremos como siempre lo hemos hecho (McDonad’s y tarta helada), porque ella, para según qué cosas es muy de tradiciones, como esta del post cumpleañero (pobre de mí si faltara).
Quince años.
Quince maravillosos años.
¡Feliz Cumpleaños, ex enana! (este año espero que no tengas quejas del post de este año.



martes, 6 de junio de 2017

Científicos locos


Sueño

Mi sueño era dominar el mundo, no una ciudad, ni un país, ni un continente, no, yo quería el mundo entero... Eso para empezar. Una vez conseguido, iría a por la galaxia. Ah, sí, ese era mi gran sueño.
Ya de niño, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, mi respuesta acudía rauda a mis labios:
-¡Científico loco! ¡Quiero ser científico loco y dominar el mundo!
Por supuesto, tal declaración en un niño de siete años inspiraba ternura y provocaba risas.
Al llegar a los 17 y dar la misma respuesta, las reacciones se volvieron menos amables. Pero me daban igual tanto las sonrisas divertidas como las caras de incredulidad, mi sueño, mi vocación, mi ilusión era ser científico loco y en ello puse todo mi empeño.
Y estuve cerca, tan cerca...
Lo tenía todo preparado, mis esbirros entrenados, mi arma secreta lista, mi plan a punto... Fue entonces cuando apareció mi némesis y envió todo al garete.
Antes de que pudiera darme cuenta había acabado con mis planes y con mis sueños.
Caí en su trampa, de lleno, sin sospechar, sin desconfiar, tan seguro estaba de mí mismo. Cuando me quise dar cuenta ya me había atrapado.
Y aquí estoy ahora. Un don nadie. Uno más en la cadena de la vida. Sin destacar en nada, gris entre grises.
Todo porque me enamoré de mi némesis. me casé con ella y, en lugar de convertirme en el amo y señor del mundo, me transformé en contable y padre de familia.

¡Así son las tristes vueltas que da la vida!


Proyecto

Se movía de un lado para otro farfullando palabras ininteligibles. Avanzaba, se detenía bruscamente, giraba, volvía sobre sus pasos. Ponía un ingrediente aquí, quitaba algo de allá, sacudía, limpiaba, vertía, observaba... Iba de experimento en experimento sin detenerse en ninguno, la cabeza hecha un hervidero de ideas atropelladas. Los pensamientos se agolpaban, los razonamientos se empujaban, la inspiración surgía en oleadas incontenibles.Tenía cientos de proyectos, de planes, miles de cosas por investigar, descubrir y estudiar.
Como aquel maravilloso crisol ante el que se había detenido, su favorito sin la menor duda. El que más felicidad y conocimiento le traía. Los días en que todo parecía ir al revés, le bastaba con detenerse unos instantes ante su pequeña maravilla, contemplar sus colores, sus formas, su vida, y el estrés desaparecía como por ensalmo.
Pero no era calma lo que buscaba en ese momento.
El experimento debía seguir avanzando y, para ello, debían cambiar las condiciones.
Con un ligero movimiento de su mano desvió de su camino a un meteorito que pasaba a su lado.
En unos instantes todo cambiaría en su amado crisol.
Le producía cierta tristeza acabar con aquellos maravillosos especímenes con los que había disfrutado durante tanto tiempo, pero su camino hacia la consciencia y la inteligencia se había quedado estancado y él quería más, mucho más.
Había llegado, pues, el momento para los diminutos y peludos prototipos que, hasta el momento, sobrevivían medio ocultos.
Ahora tendrían su oportunidad.
Estaba convencido de que el futuro sería suyo.


lunes, 22 de mayo de 2017

Quijoteando


Molinos

Un sol de justicia castigaba las testas de animales y hombres. El campo manchego dormitaba en la tarde veraniega. Unos molinos, las aspas detenidas por falta de viento que las anime, parecían sestear esperando, ellos también, el momento en que el calor comience a ceder. A sus pies, unas pequeñas figuras miraban a lo alto, haciendo visera con sus manos para protegerse del exceso de luz, unos, agitando abanicos que sólo remueven el aire caldeado, otros.
En el silencio, la voz del guía resonaba soltando un discurso mil veces repetido que los otros escuchaban sin dejar de espantar moscas perezosas.
–... Y estos tres de aquí, de nombre Sardinero, Burleta e Infanto, son aquellos famosos molinos que el Caballero de la Triste Figura, el gran Don Quijote, confundió con unos fieros gigantes.
Tras esto y unos cuantos, ¡oh!, varios movimientos de cabeza admirativos, y caras falsamente interesadas, la comitiva continuó camino, más pensando en la sabrosa comida que les esperaba que en monumentos históricos de los que la mayoría comenzaba a estar hartos.
Los molinos se quedan otra vez solos, como siempre han estado, solos en el silencio manchego, las aspas comenzando a moverse despacio, con desgana. Al poco rato una voz profunda rompe el silencio:
–Nunca entenderé, mujer, a estos humanos que llaman locos a aquellos que son capaces de ver la realidad, como ese famoso Quijote del que tanto hablan y del que no guardo yo memoria, que nos vio tal cuál éramos.
–Yo tampoco los entiendo, marido, pero demos gracias a que es así porque eso nos ha permitido vivir en paz.
-Lo mismo digo –dijo el tercer gigante–. Pero mejor que llamen locos a los que ven que ser perseguidos como monstruos.
Tras esto el silencio retornó al campo manchego.
(Este cuento ha sido presentado por la revista digital miNatura como candidato a los premios Ignotus en la categoría de Cuentos).

En un lugar de la Mancha

Tras leer las más de mil páginas del libro en menos de sesenta segundos  X-C 513 se quedó estático. Durante varios minutos su cerebro cibernético dio miles de vueltas a lo que había leído. Luego proyectó ante sí una imagen holográfica de sí mismo y se contempló. Si hubiera tenido rasgos humanos su expresión sería entre pensativa y valorativa. Observó la holografía desde todos los ángulos, muy detenidamente: su brillante cuerpo era muy estilizado, si fuera humano sería extremadamente delgado. Su cabeza, alargada, terminaba en algo que bien podía parecer una barba. Los relieves en torso y extremidades semejaban a las partes de una armadura. De haber podido, el robot habría abierto los ojos como platos para expresar su sorpresa:
-Soy Don Quijote -dijo en un susurro infrasónico.
Y decidió, en ese instante, que debía vivir todas las aventuras del infortunado hidalgo.
Para su desgracia, X-C 513 eligió convertir en su fiel escudero al primer humano bajito y rechoncho que encontró: el ingeniero jefe del proyecto del que él mismo formaba parte quien, al darse cuenta de su delirio, dio orden inmediata de que “el señor Don Quijote de lata” fuera desconectado y reparado sin demora.
Un mes más tarde, X-C 513 fue nuevamente conectado.
-Ya no volverás a hacer cosas raras -comentó el ingeniero dándole un golpecito en la cabeza.
X-C 513 lo miró con su inmutable rostro y luego volvió a la habitual postura estática de espera.
Si el ingeniero hubiera sido capaz de escuchar infrasonidos, habría escuchado al robot murmurar:
-En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...


sábado, 4 de marzo de 2017

Micros

Cita a medianoche

El fantasma acudió a la cita antes de medianoche. Siempre había sido puntual y no iba a iniciar el sendero de la impuntualidad ahora que estaba muerto. Por muy espíritu desencarnado que uno sea, las buenas costumbres no deben perderse.
De modo que allí estaba, diez minutos exactos antes de medianoche.
Más puntual que un reloj suizo.
Esperando.
Dando vueltas y más vueltas entre las almenas del castillo que le había tocado en suerte encantar.
Esperando.
Su cuerpo translúcido atravesado por anillos de fría niebla.
Esperando.
Las doce llegan al fin, con más retraso que él, pero llegan, como siempre llegan.
Lo sabe porque oye las campanadas que el viento trae desde el cercano pueblo.
Sigue a la espera.
Sigue con esa acezante sensación de que algo está por llegar. Por eso espera.
Pero si alguien pudiera preguntarle qué espera, el fantasma no sabría responder.
Él se limita a llegar cada noche. siempre puntual. a la misteriosa cita.
Y espera pacientemente, dando vueltas en su torre.
Cuando el amanecer apenas asoma su figura se va transformando en retales de niebla y el fantasma desaparece con un suspiro desesperado.
A la noche, justo antes de las doce, volverá a acudir a una cita que nunca llega.


Mañana te traeré lirios

La última vez que entramos de noche en el cementerio íbamos algo más que alegres, ¿te acuerdas? Veníamos de cenar y nos habíamos pasado con el vino. A ti se te ocurrió que podíamos venir aquí a terminar la fiesta:
-Me da mucho morbo -me dijiste acercando tu boca a mi oreja.
Y, claro, siendo yo el enterrador y teniendo la llave del camposanto no iba a dejar pasar semejante invitación.
Fue una buena noche.
Pero el mundo gira y las cosas cambian, y aquí volvemos a estar de nuevo. En este rincón lleno de viejas tumbas cubiertas de polvo, ocupadas sólo por huesos largo tiempo olvidados. Después de tantos años recorriendo estas ciudad de muertos me conozco todas sus calles y sus rincones más escondidos.
Como este.
Si pudieras verlo te encantaría, en serio, lástima que no puedas.
Por aquí no pasa mucha gente, casi nadie en realidad. Yo mismo sólo paso muy de vez en cuando.
Por eso lo escogí para ti.
Para esta última cita.
Gimes, imagino que debes estar aterrorizada. Despertar y encontrarte encerrada en la oscuridad debe ser terrorífico. Por si sientes curiosidad, te diré que estás en un nicho. Yo mismo acabo de cerrarlo.
No te canses dando patadas a ese muro, no se va a caer.
Dejé un móvil a tus pies, así podré escucharte hasta el final. Ni te molestes en intentar cogerlo, no tienes espacio suficiente para maniobrar.
Relájate. Intenta guardar el poco aire que tienes. Aunque, si lo piensas bien, así sólo conseguirás alargar lo inevitable.
¿Gritas? Como prefieras. A mí no me molesta.Puedes gritar cuanto quieras. Nadie te oye.
Bueno, es hora de que me vaya, aunque seguiré escuchando atentamente hasta tu último suspiro.
No quiero perderme nada de tus últimos momentos.
Te prometo que mañana te traeré lirios.

viernes, 20 de enero de 2017

Gatos

Bruja

La vieja Agnes era una bruja, todos en el pueblo lo sabían y, como tal bruja, era visitada y consultada por todo el pueblo. No era querida, la verdad. Ni tampoco respetada. Pero sí que era, al menos, consentida y aceptada, aunque sólo fuera porque les era de cierta utilidad.
Entonces llegaron los problemas, esos que siempre llegan a un pueblo: sequía, animales enfermos, alguna muerte inesperada. Una serie de desdichas encadenadas que hicieron que, inmediatamente, la gente buscara culpables y no tardaron en decidir que esa culpable era Agnes.
Por eso estaban allí esa mañana fría y neblinosa, armados de horcas y antorchas, arrasando la destartalada cabaña de Agnes y sacando a rastras a la pobre vieja que, asustada y confusa, intentaba proteger su escuálido cuerpo.
En medio del alboroto, sólo había un punto de quietud: el gato de Agnes que, sentado, en el alféizar de la ventana, lo contemplaba todo con solemnidad de notario.
Agnes lo miró con ojos suplicantes.
El gato la miró a su vez sin perder su quietud.
Durante un segundo estuvo tentado de salvarla pero eso hubiera implicado descubrirse, cosa que no le parecía demasiado conveniente en aquel momento y lugar.
Había llegado el momento de buscar otra humana.
Mientras la turba preparaba la hoguera para Agnes, el gato negro se perdió en las sombras del bosque.

El vigilante

El gato lo mira, erguido sobre la mesa camilla, tan quieto, que en un primer momento lo confunde con una de las curiosas figuras con las que la vieja ha llenado la casa.  El gato bosteza y mueve perezoso la larga cola sin dejar de mirarle.
El hombre observa el reloj por enésima vez. Inquieto. Ansioso. El maldito gato comienza a ponerlo nervioso y la vieja no sale. Lo había planificado todo al milímetro pero nada está saliendo como él esperaba. Era sencillo, entrar fingiendo ser un cliente de la vieja bruja, golpearla, matarla y trocearla en su misma bañera.
Lo mismo que ya había hecho con otras viejas solitarias y estúpidas.
Pero hasta que no se fuera el estúpido cliente al que atendía no podría hacer nada.
Y el gato lo miraba. Sin parpadear. Sin maullar. Sin hacer otra cosa que observar.
Se levantó de la silla y, para calmarse, comenzó a pasear por la habitación, secándose las sudorosas manos en los vaqueros.
El gato, sin moverse de su sitio, lo siguió con la mirada.
Algo rozó sus piernas y, al mirar hacia abajo, vio que otro enorme gato se escurría entre ellas, a continuación un maullido le hizo alzar la cabeza: sobre uno de los muebles, cuatro ojos gatunos le miraban. De pronto, aquella salita se había llenado de felinos salidos de no sabía dónde. Sobre las  sillas, bajo la mesa, en el pequeño sofá en el que había estado sentado.
Gatos que lo observaban, lo seguían... y comenzaban a acorralarle.
Cuando por fin apareció la vieja, de su visitante apenas quedaba un montón de sangrante y temblorosa carne que gemía bajo una manta de mininos.
-¡Oh! -exclamó con tono alegre- ¡Veo  que habéis encontrado vuestra comida! ¡Disfrutad, mis pequeños, disfrutad!
Y los gatos, ronroneando, siguieron clavando sus afilados dientecillos en la sanguinolenta masa que gemía suplicando ayuda.

Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...