Torpeza divina

El protagonista de esta historia ya lo fue de un post anterior. Si alguien quiere conocer esos antecedentes puede leer El dios



El dios se deslizaba suavemente en el vacío espacial dejándose mecer por vientos solares y permitiendo que las fuerzas gravitacionales le acercaran o alejaran de planetas, planetoides, estrellas y demás cuerpos celestes. Nunca un tipo elegante pero, tras miles de años sesteando abúlicamente, su aspecto había pasado de ser levemente desaliñado a decididamente desastrado. Si a eso unimos que era un completo inútil en el tema creativo; un descuidado irredento; un despistado que llegó a crear un sol que no daba calor y un planeta plano; que sufría un “problemilla” de ludopatía y otro de fobia al trabajo -vamos, que era un holgazán- y que, además, andaba escaso de poderes divinos, podemos asegurar, sin ningún temor a equivocarnos, que era/es/será el peor dios que había existido/existe/existirá en toda la larga historia de los dioses.


Tras tantos milenios de inactividad el pequeño incompetente comenzaba a sentirse un tanto aburrido, no mucho, sólo un poco, lo suficiente para comenzar a echar vistazos apáticos a algunos planetas mientras jugueteaba con la cola de algún cometa. Esto, teniendo en cuenta su escala habitual de dinamismo, se podía calificar como “actividad desenfrenada”.



Estaba ya a punto de abandonar la galaxia en la que se encontraba y, aunque le daba una enorme pereza, meditaba sobre la posibilidad de dirigirse o no dirigirse hacia la más próxima cuando descubrió un sistema solar con un pequeño planeta que, debido a su color, llamó su atención... además, estaba muy cerca y la palabra “cerca” era una de sus favoritas.


En el minúsculo satélite cercano al planeta habían colgado el cartel de “HE SALIDO A HACER UNOS RECADOS. VUELVO ENSEGUIDA” lo cual indicaba claramente que el planeta ya tenía otro trabajando en él. Si el dios hubiera sido un dios como debe ser habría reprimido su curiosidad y se habría largado o se habría sentado a esperar pacientemente el regreso del artífice de aquel mundo pero, como ya debería haber quedado claro, este dios no era/es/será un dios como debe ser y, por tanto, pensó que, total, por echar un vistazo no iba a pasar nada ¿verdad? No era como si se fuera a poner a jugar con lo que allí hubiera, ni se le ocurriría hurgar en las creaciones ajenas, pero, bueno, echar una miradita no iba a perjudicar a nadie ¿no?



Y allá que se fue sin darle más vueltas.


Era bonito aquel planeta, con tanto verde por aquí y tanto azul por allá, un poco demasiado caluroso y húmedo para su gusto pero no estaba mal -pensaba el dios mientras curioseaba entre selvas, mares, desiertos y montañas-. La fauna era lo que más le fascinaba. A él se le daba realmente mal crear animales realmente funcionales. Imaginación le sobraba, sus animales eran realmente fantásticos, maravillosos, vistosos, fabulosos... y completamente inviables, inútiles para la vida, incapaces de crecer, de multiplicarse, de evolucionar y hasta de moverse.


Sin embargo, el artífice de ese planeta que ahora curioseaba con tanto placer, parecía ser un genio de la ingeniería animal -y también vegetal-. Aquellos enormes animales lucían espléndidos y, además, podían moverse y alimentarse y reproducirse sin el menor problema. Tenían miembros útiles y proporcionados, los había en todos los hábitats del mundo, eran una hermosa obra de arte y el indolente dios no podía menos que sentir una leve punzada de envidia y una honda sensación de maravilla.


¡Ay, si él pudiera hacer lo mismo!


Había tomado el diminuto y frágil planeta en la palma de su mano mientras contemplaba el prodigio de vida que lo habitaba, lo giraba lentamente para disfrutar de los suaves destellos que provocaban las nubes y el mar. Lo aproximaba a su cara para observar hasta el más mínimo detalle y luego estiraba el brazo para poder admirar el conjunto. Y tan concentrado estaba en lo que hacía que no se dio cuenta de que, al alejar el planeta, lo situaba justo en la trayectoria de un meteorito que se aproximaba a toda velocidad.


El dios acercaba el mundo a su rostro y luego lo alejaba. Lo acercaba y lo alejaba. El meteorito iba aproximándose y él no se percataba. Lo acercaba, lo alejaba. Lo acercaba, lo alejaba. El meteorito pasó rozando su oreja derecha y ni así advirtió su presencia. Lo acercaba, lo alejaba. Lo acercaba, lo alejaba. Lo aceraba, lo alej....la enorme roca se estrelló contra el mundo azul con tal fuerza que hasta le tembló la mano que lo sujetaba.


En poco tiempo una negra nube comenzó a extenderse sobre el planeta y los fantásticos animales que tanto admiraba comenzaron a morir.


El dios contempló aquello asombrado y se sintió algo más aturdido de lo habitual. Miró a todos lados asustado y esperando ver aparecer al legítimo propietario del hermoso mundo. Luego, lentamente, volvió a poner el planeta en su sitio, intentó quitarle un poco de polvo y hasta sacarle brillo.


Se obligó a alejarse lentamente, poniendo su mejor cara de “yosólopasabaporaquí” y cuando estuvo a una distancia que consideró prudente, el dios decidió que era hora de ir a hacerle una visita a uno de sus grandes amigos que vivía a un par de universos de distancia. Salió disparado a una velocidad que la mismísima luz consideraba excesiva.


Cuando se encontraba a un universo de distancia, su pereza logró darle alcance y convencerle de que ya era hora de echarse otra siestesita. Entonces bostezó y, suavemente, dejándose arrullar por la música de las esferas y mecido por los vientos estelares, el dios cerró los ojos dispuesto a dormir otra larga, tranquila y divina siesta.

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