martes, 27 de octubre de 2009

El dios

El dios se deslizaba suavemente en el vacío espacial dejándose mecer por vientos solares y permitiendo que las fuerzas gravitacionales le acercaran o alejaran de planetas, planetoides, estrellas y demás cuerpos celestes. Dormitaba una siesta milenaria e indolente debido más al aburrimiento que al cansancio.


Como dios no es que fuera gran cosa. Siendo sincero consigo mismo debía admitir que, en realidad, como dios era un completo desastre.


El dios se revolvió, resoplando, en su cama de éter. El polvo y el gas de una nebulosa cercana salieron despedidos a varios años luz de distancia.


Un par de galaxias habían nacido y habían muerto desde que perdió su único planeta en una partida de dados contra otro dios.


Podía haber intentado crear otro pero es que, vaya, eso de crear no se le daba demasiado bien. En el planeta que perdió había invertido millones de años. Moldearlo y crear la base geológica le costó un esfuerzo sobre-divino; sudó tanto que los primeros océanos le quedaron algo salados, algo ácidos y... bueno, algo “olorosos”. Y esa fue la parte sencilla. Lo peor vino con la creación de animales y plantas. Puf. Ahí sí que se las vio y se las deseó. La de bosquejos, croquis y maquetas que llegó a hacer para luego deshacerlos. Cuando perdió el planeta aún estaba trabajando en ello; incluso recordaba con cariño su último proyecto: un animal enorme, de tres cabezas, con enormes colmillos, varias patas y miembros superiores tentaculares. Francamente tenía que reconocer que no parecía muy funcional pero era, sin la menor duda, lo más original que había creado.


Pero, bueno, todo eso ya daba igual porque había perdido su planeta contra ese otro dios. Luego ya no le habían quedado ganas de dedicarse a crear otro.


Había decidido tomarse varios millones de años sabáticos y viajar por todos los universos que pudiera. Ya tendría tiempo de crear otro mundo. De momento prefería seguir meciéndose entre planetas, nebulosas, galaxias y estrellas.


Disfrutaba enormemente de la languidez que le ofrecía la pereza.


El dios bostezó y casi se atraganta con una lluvia de meteoritos que se le coló en la boca. Se estiró varios miles de años luz. Tomó un cúmulo estelar próximo para usarlo como almohada y continuó deslizándose en el vacío espacial, durmiendo su siesta milenaria, dulcemente arrullado por la música de las esferas y sacudiéndose, de vez en cuando, algún cuerpo celeste que le hacía cosquillas en la nariz.