Nadie recordaba el origen de aquella curiosa tradición, pero todos la seguían. Año tras año, en la noche de Difuntos, la familia se reunía en torno a la mesa: cenaban, comían frutos secos, tomaban anís, recordaban a quienes se habían ido y se dejaba, indefectiblemente, una silla y un servicio vacíos.
Nadie se sentaba ahí.
Ese lugar estaba reservado.
Cierta noche, estando la mesa ya puesta y la familia sentada, alguien llamó a la puerta.
Todos guardaron silencio y se miraron sorprendidos.
Pero nadie se levantó.
Tampoco fue necesario.
Oyeron la puerta abrirse.
Luego unos pasos lentos y calmos.
Finalmente una oscura figura se recortó ante la mesa.
Entonces la Muerte dio las buenas noches y ocupó el asiento reservado.

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