Un puñal brilla en la noche oscura y un arco plateado baja hasta la espalda de la descuidada víctima que, sin tan siquiera un gruñido, cae muerta a los pies del asesino. En un instante la ropa comienza a tornarse carmesí y el suelo se va oscureciendo con la sangre vertida.
El asesino se pone en cuclillas, gira el cadáver, saca una fotografía del bolsillo y exclama:
—¡Mierda! Este no era el tipo que tenía que matar. El jefe se va a poner hecho una fiera.
El sicario vuelve a comparar la foto con el muerto.
—Joder, es que ni se parecen.
—Ya te digo —dice una voz a su lado—. No me parezco en nada.
El asesino da un respingo y un gritito.
Junto a él, con cara de fastidio, el fantasma del recién muerto sigue protestando:
—Tío, de verdad, ¿cómo me has confundido con un tipo que pesa como treinta kilos más que yo? ¿Y no ves que yo soy pelirrojo y ese es rubio? ¿Eres daltónico o qué?
El homicida despistado, con los ojos como platos y el corazón corriendo los cien metros lisos atina a tartamudear:
—Y... bu... bu... bueno, es... es... de no... no... noche...
—Es de noche, es de noche... Y estás rodeado de unas hermosas farolas que nos ha costado una buena pasta en impuestos. Y encima, mira cómo me has dejado la chaqueta de cuero... Joer, macho, me acababa de gastar casi un sueldo en ella.
El asesino, que empezaba a pasar de sentirse asustado a sentirse ofendido, intentó defenderse:
—A ver, tampoco es para tanto. Seguro que te timaron. Tampoco es para ponerse así.
—Pero tío, que me has matado.
—Bueno, no fue aposta.
—Ah, genial, y con eso ya está todo solucionado, ¿no?
El sicario se encoge de hombros y mira, avergonzado, hacia el cadáver, que sigue allí tirado, callado y perdiendo sangre, ajeno por completo a la discusión.
El espíritu recién desencarnado suspira y luego pregunta:
—Entonces... ¿qué hacemos ahora?
—¿Hacemos? ¿Cómo que hacemos?
—Hombre, tú me has matado y, por tanto, ahora soy tu responsabilidad.
—Ni de coña. Tú ahora te vas a... donde se vayan los fantasmas. Y yo voy a buscar al tipo que tenía que matar.
—Ah, pues te acompaño. Siempre he tenido curiosidad por ver cómo trabajáis los criminales. Además, así evitaré que vuelvas a meter la pata.
—No, ni se te ocurra —dice el criminal—, déjame en paz. No necesito compañía.
Y sin dejar de hablar comienza a andar.
El fantasma, sin atender a sus negativas, se pone a su lado.
Poco a poco, sin dejar de discutir, se van alejando del cuerpo que, olvidado en las sombras, sigue con lo que se supone que hace un cuerpo muerto.
—Y te digo una cosa: al próximo que mates, le pides el DNI antes.
—No voy pidiendo DNIs por ahí. Ni que fuera un guardia.
—Pues mira cómo hemos acabado.
—Hemos acabado tú y yo. El otro sigue vivo.


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