Se me fue el santo al cielo. Me despisté un momento y el santo... puf... se largó, sin más.
Ya lo tenía pillado, ¿sabes? Ya me había colado dentro e iba a ser el mayor éxito de mi milenaria vida, pero en un momento despiste, ya te digo... puf... y el santo voló.
Con lo que me había costado porque el santo, era santo, santo, ¿eh? Y no veas el jodío qué rectitud y qué manera de seguir todo a rajatabla. Un coñazo... pero muy santo.
Así y todo, conseguí colarme por una rendija así de mínima y cuando yo ya había empezado con todo eso de los arañazos, hematomas, mordidas, quemaduras, retorcimiento de miembros y demás y estaba a puntito de pasar a lo de hablar en lenguas (que a mí me encanta) va y me llama el jefe. Sí, nada más y nada menos que el jefe.
Y claro, cuando el jefe llama, tú respondes. A ver quién es el guapo que le hace esperar, con esa mala leche que gasta.
Resulta que quería saber quién había dejado abierta la Puerta Este del Infierno. ¿Te lo puedes creer? ¡Qué narices voy a saber yo quién dejó abierta la dichosa Puerta! Que pregunte al portero, digo yo.
Pues ahí estaba yo intentando estar atento al jefe y vigilar al santo sin perder de vista a ninguno. Pero cuando al jefe le entra una perra, se pone muy pesado. Y venga a insistir, y que mirase en mi móvil los cuadrantes a ver a quién le correspondía vigilar esa puerta, y que hay qué ver que menuda panda de inútiles tiene en el infierno y que patatín y que patatán...
Y, de repente, va el santo y me pregunta que si iba a tener para mucho, que se estaba aburriendo.
Yo no me le quedé mirando porque estaba dentro, que si no le habría echado una de esas miradas asesinas que se me dan tan bien.
Iba a contestarle (muy mal contestado), pero el jefe seguía ahí, pegado a mi oreja, erre que erre con la dichosa puerta y tenía que prestarle atención.
Así que volví al jefe, al móvil y a la puerta.
Una hora me tuvo al teléfono con la dichosa puerta, una hora.
Sesenta minutos en los que, en algún momento, dejé de vigilar al poseído.
¿Y qué me encontré cuando volví con mi santo? Pues que no estaba. Se había ido, largado, esfumado, volado... Fiu... directo al cielo el muy...
¿La puerta? ¿A quién le importa la dichosa puerta? Hace milenios que nadie entra ni sale por ahí.
Puñetera puerta...
Iba a ser el mayor éxito de mi demoníaca vida y me quedé con cuerpo y sin alma... Hay que joderse...
Ponme otra copa, anda.
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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...