Es su biografía, su vida contada desde el principio hasta el final y tiene derecho a terminarla como le dé la gana... pero no hay manera de lograrlo.
«Debería ser fácil —piensa—, sólo tengo que contar mi vida actual: mi matrimonio, mis hijos, mi éxito como escritor, la paz de este hogar mío...».
Se sienta cada noche ante el ordenador, con las ideas bien claras y ordenadas en su cabeza, las palabras fluyendo con inusitada facilidad, pero, cuando acaba de teclear y se para a leer lo escrito, todas las palabras llenas de serenidad y felicidad han desaparecido y han sido reemplazadas por:
El final de este libro y también el de mi vida. Detrás de mí noto una presencia. Algo me provoca escalofríos y me pone los vellos de punta. Siento una insana curiosidad, pero me da miedo girarme. Es mi muerte, no sé en qué forma, pero mi muerte, sin duda... Y está a punto de alcanzarme.
Y, efectivamente, un extraño cosquilleo en la nuca le hace saber que esa cosa, sea lo que sea, está a su espalda.
Entonces corre a borrar el párrafo y, a medida que las palabras desaparecen, el ente parece alejarse.
Lleva así varios días y comienza a estar desquiciado. Su empeño en acabar esa biografía y la terrorífica presencia están destrozando sus nervios y, paradójicamente, ese hogar tranquilo y feliz que siempre ha querido como final.
Decide dejar el libro, olvidar su biografía, no permitir ni a esas páginas ni a esa cosa acabar con su vida.
Van pasando las semanas, poco a poco recupera la calma, la paz vuelve a su familia, todo parece ir sobre ruedas. Hasta que una noche, desvelado, piensa que, quizás, aquella “presencia” no era tal presencia, sino simplemente sus propios nervios y que, tal vez, aquellos párrafos los escribía él mismo (no sabe cómo). Que todo, en fin, había sido producto del estrés y de su imaginación. Podría probar... Pero aún no se anima a ello. No es el momento.
Pero la idea, como una semilla insidiosa, se queda instalada en su cerebro y, como una semilla, va creciendo día a día, interfiriendo continuamente con su obsesivo afán por mantener su supuesta idílica vida, el maravilloso final de su libro.
Cosa que, a pesar de lo que creía, no estaba consiguiendo.
El ambiente familiar se ha enrarecido. En su afán por mantener la perfección, se ha vuelto obsesivo, controlador, inflexible, obstinado. Todo debe ser como él cree que debe ser, nada puede salirse del guión que él tiene en su cabeza. Y todo eso va erosionando la convivencia, poco a poco, como el viento desgastando el punto donde una roca se une al resto de la montaña. Y, como esa roca que cae cuando el desgaste es suficiente, su vida acaba desmoronándose sin que pueda hacer nada.
Comienzan las discusiones diarias, los golpes sobre la mesa, los gritos, los llantos. Los niños le rehúyen. El alcohol hace su entrada y las inhibiciones desaparecen.
La idea de retomar su biografía adquiere cada vez más fuerza.
Su familia se va alejando al ritmo de sus borracheras.
Su vida colapsa sobre sí misma como un castillo de arena.
Un día despierta y descubre que está solo.
Aquel día lo pasa en la cama acompañado por sus botellas.
Al caer la noche ya ha tomado su decisión.
Ahora lo ve todo claro.
Entra en su despacho.
Se sienta en su escritorio.
Enciende el ordenador.
Comienza a teclear:
El final de este libro y también el de mi vida. Detrás de mí noto una presencia. Algo me provoca escalofríos y me pone los vellos de punta. Siento una insana curiosidad, pero me da miedo girarme. Es mi muerte, no sé en qué forma, pero mi muerte, sin duda... Y está a punto de alcanzarme.
Y esta vez no borra nada.

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