Cada noche, el viejo Eustaquio sacaba su silla y su mesa, su orujo y su queso, su escopeta y su perro y, en las noches frías, su abrigo y su manta más gruesa. Y se instalaba a la puerta de su casa, dispuesto a pasar la noche montando guardia, tal y como llevaba haciendo prácticamente toda su vida. Cuando comenzó con este particular ritual nocturno, aún soltero y con sus padres vivos, todos le creyeron loco y, durante semanas, fue la comidilla del pueblo. No había mujer que no se compadeciera de su madre, ni hombre que no lo convirtiera en motivo de burlas, ni hubo hombre ni mujer que dejara de vaticinar un mal futuro al muchacho. Algunos de su quinta se atrevieron a preguntar al entonces joven Eustaquio a qué venía toda esa tontuna nocturna. Su respuesta no ayudó a acallar las murmuraciones: —La frontera se está moviendo, tenemos que estar preparados. Un día llegarán y tendremos que defendernos. Nadie entendió a qué frontera se refería. Pero, hombre, si la frontera queda a miles de kilómetros, mucho más lejos que la capital. El bar del pueblo tuvo cachondeo y risas para semanas y hasta el señor cura quiso meter baza en el asunto, aunque nunca llegó a hacerlo. Pero, como ocurre con todas las cosas de este mundo, aunque no lo parezca, el tiempo convirtió la noticia en rutina y, dado que Eustaquio no mostró más signos de locura, se dedicó a sus campos e incluso se casó y tuvo hijos, los vecinos no olvidaron, pero sí que obviaron esa curiosa extravagancia y esa extraña idea. Allá cada uno con sus manías. La vida, en fin, transcurría tan monótona y plácida como transcurre la vida en cualquier pueblo... Hasta la noche que Eustaquio llevaba esperando y temiendo desde hacía tantas décadas. Dormitaba nuestro hombre, la cabeza contra el pecho, cuando Sombra, su perro, comenzó a aullar. Eustaquio, sobresaltado, alzó la cabeza al tiempo que sujetaba con fuerza su escopeta. El cielo había adquirido una extraña tonalidad rojiza. Un rojo extraño, enfermizo, siniestro. La frontera estaba ya allí, mirándole a los ojos. Eustaquio se echó la escopeta al hombro, esperando algo a lo que disparar, algo que su cerebro pudiera comprender y atacar. Pero lo único que surgió de aquel brillo malsano fue un hedor desconocido y ancestral, un sonido que había recorrido eones y el aplastante conocimiento de su insignificancia y de la inutilidad de su resistencia. Lo que fuera que iba a atravesar la frontera no necesitaba cruzarla para vencer. Eustaquio cayó de rodillas mirando al rojo cielo, sintió lástima por su familia y sus vecinos e hizo lo único que iba a librarlo de lo que fuera que estuviera por llegar: giró la escopeta, la introdujo en su boca y disparó.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...