Pues verá usted, jefe, yo venía a dimitir porque esto ya no es vida, el trabajo ya no me motiva. Ya me da igual si me pone en oficinas, a atormentar almas o a poseer a algún creyente desprevenido (si es que aún quedan), pero renuncio a ser demonio del espejo, se acabó, the end, finito, kaputt...
No me mire así, jefe, que usted no sabe lo que es eso de aparecerse en espejos de humanos. Dejando a un lado las cosas que se llegan a ver (y no sé si puede imaginar qué cosas se llegan a ver...), es que no hay manera ni de atormentar ni de asustar ni de na.
Verá usted, están los pirados que te invocan y luego se ponen de choteo o, directamente, niegan que me ven y lo atribuyen a la cogorza o al colocón de turno. O los que se creen que soy un genio de esos de Las mil y una noches y empiezan a pedirme imposibles, pero imposibles, imposibles, créame, jefe. Luego están esos que andan continuamente mirándose al espejo, maquillándose, probándose ropa, haciéndose selfies de esos o simplemente contemplándose (no sabe usted cuánto narcisista hay en ese mundo terrenal) que es que, directamente, ni se enteran de que estoy ahí. Y los peores, jefe, los que me han hecho decidirme, son los que me ven, pero ni se impresionan porque tienen tanto agobio en su vida, tanto tormento cotidiano que yo... No se lo va a creer... Yo casi les causo risa.
Por eso, jefe, porque me están hundiendo en la más triste de las miserias y estoy en un trabajo totalmente inútil, le pido, le solicito, le suplico y le ruego que me permita dimitir y me traslade a cualquier otro lugar. Nada puede ser peor que esto.
Eso le dije al jefe y por eso estoy aquí, en las redes sociales, tocando las narices a los humanos.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...