Treinta años viviendo en un piso compartido, se dice pronto y pasan igual de pronto. Treinta años acostumbrado al sonido, el olor y el calor de otros. Treinta años de vivir acompañado por la fuerza. Treinta años sin poder permitirse otra cosa.
Y, de repente, la muerte.
La soledad eterna.
No podía soportarlo.
Abandonó su ataúd y se buscó un mausoleo compartido.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...