Era un príncipe de cuento, el príncipe de cuento más típico en los cuentos: encantador, guapo, valiente... Era un tópico andante. Y, como típico tópico que era, estaba empeñado en cumplir la trillada historia del príncipe azul que salva a la dulce princesa. Y tanta turra dio con lo de encontrar a la afortunada doncella que iba a salvar que su padre, el rey, envió mensajeros a todos los reinos circundantes y algunos no tan circundantes en busca de princesas amenazadas por madrastras o secuestradas por dragones o raptadas por brujas, pero como era algo pasado de moda, no encontraban ninguna.
Pero como el príncipe seguía con la perra, el rey volvió a enviar mensajeros, esta vez a reinos aún menos circundantes. Y, por fin, en un reino lejano y diminuto, se enteraron de que había un bosque tenebroso y, en el centro mismo de ese tupido y tenebroso bosque, había una tétrica, lúgubre y oscura torre, y en lo más alto de la alta torre, una princesa vivía prisionera.
El príncipe, entusiasmado, en cuanto le comunicaron el hallazgo, cogió su mejor corcel, su mejor daga y su mejor espada, y, silbando, se puso en camino.
El viaje fue tranquilo, pues fue esquivando cualquier cosa que oliera a problema ya que, como buen príncipe encantador, todas sus aventuras debían ocurrir al intentar llegar a la princesa.
Al llegar al bosque sonrió de oreja a oreja... Era justo el tipo de bosque que merecía: oscuro, tenebroso, un poco demasiado silencioso. El príncipe entró en la foresta y pronto tuvo que sacar la espada para enfrentarse a los enormes árboles y enredaderas que guardaban la torre.
Y luego... ah, sí, ahí estaba: la bruja malvada, justo en la puerta.
La bruja miró ceñuda al príncipe.
El príncipe miró ceñudo a la bruja.
Durante varios minutos ninguno habló ni se movió.
Hasta que la bruja gruñó:
—Vienes por la princesa.
—Por supuesto.
—Pues ya puedes volver por donde has venido.
—¿Y si no?
—Tendrás que atenerte a las consecuencias.
Y la bruja comenzó a transformarse en un gigantesco drag... Zas... Con un rápido movimiento el príncipe hundió su espada en el pecho de la bruja/dragón a un cuarto de metamorfosis.
—No subas... déjala... —gorgoteó la bruja con su último aliento.
El príncipe limpió su espada en el cuerpo de la bruja, pasó sobre ella sonriendo con suficiencia y atravesó la puerta de la torre.
Una mínima habitación daba paso a la tétrica escalera. Su alteza real miró hacia arriba sonriente.
Ya casi estaba.
Su destino le aguardaba.
Subió despacio, medio a tientas. Subió saboreando cada segundo. Su aventura ya casi había llegado a su fin.
Al llegar, por fin, al último escalón, una gran puerta de madera hermosamente labrada se alzaba ante él.
La llave estaba en la cerradura.
El príncipe entró.
La habitación estaba bañada en la dorada luz de un anochecer perpetuo, paralizada justo en el instante en que la luz es más suave, cálida y difusa.
Los dorados rayos caían directamente sobre un hermoso lecho y sacaban hermosos reflejos al vestido níveo y a los rubios cabellos de una hermosísima doncella.
—Ah, una princesa durmiente —dijo el príncipe—. Me gusta. Es lo mejor para empezar.
Silbando y sonriendo se acercó al lecho, disfrutando de la hermosa visión.
Cuando llegó a la cabecera, contempló largamente a la princesa, acarició sus suaves cabellos, llevó la mano a su daga y comenzó a cortar...
Lo primero y último que vio la princesa, después de siglos dormida, fue al sonriente príncipe cubierto con su sangre.
.png)
.png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...