Abro los ojos, tengo la vista alzada al cielo. Unas nubes, gordas como cerdos bien cebados, se aproximan, su negrura va cubriendo el cielo. Huelo la lluvia que aún no ha caído. Están tan cerca... Pero la lluvia no llega. Me remuevo intentando encontrar una postura algo más cómoda, algo imposible estando fuertemente atada. Mi vista sigue fija en esas nubes. Nunca me parecieron tan hermosas unas nubes tan amenazantes como esas... Pero la lluvia no llega. Me retuerzo, no para intentar librarme de las ligaduras, ya que eso es imposible, sino en un vano intento de aliviar el dolor de mis muñecas, de mis hombros, de mi espalda. Todos mis músculos están cansados y agarrotados debido a las cuerdas y, sobre todo, al miedo. ¿He sentido una gota caer sobre mi cabeza o lo he imaginado?
Vuelvo a mirar, el viento hace que el pelo me azote la cara. Las nubes, negras, repletas de lluvia, están ahí, prácticamente sobre nuestras cabezas... Pero la lluvia no llega. Oigo a la gente gritar y reír a mi alrededor. Oigo al sacerdote murmurar sus letanías. Una piedra da contra mi sien y casi pierdo el sentido, pero yo sigo pendiente del cielo. De ese cielo oscuro, de ese cielo que presagia raudales de lluvia... Pero la lluvia no llega. Ya huelo el humo de la antorcha. Ya oigo al verdugo aproximarse con ella. Ya escucho el fuego prendiendo en la leña. Ya siento a la Muerte aproximarse... Pero la lluvia no llega. El fuego trepa por la madera, llega a mis piernas, mi ropa... muerde mi carne sin piedad. Entonces, al fin, llega la lluvia. Primero una gota. Luego otra. Luego varias más. Cierro los ojos al gritar mi dolor. Cuando los abro, tengo la vista alzada al cielo. Unas nubes, gordas como cerdos bien cebados, se aproximan...


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