miércoles, 22 de junio de 2016

Superpoblación



Punto final

Imagino que era el momento adecuado para que la idea calara. La población había llegado a un punto insostenible. El mundo se había instalado en la desesperanza, la humanidad parecía incapaz de encontrar nada amable y respetable en ella misma. El género humano se había transformado en un enfermo de depresión. El mensaje de que éramos la especie más vil, egoísta y destructiva que jamás hubiera evolucionado sobre la faz del planeta había arraigado de tal forma que no nos quedaba ni brizna de amor hacia nosotros mismos y a nuestras obras. Ni amor, ni orgullo.
Y entonces alguien propuso nuestra extinción.
La idea fue tomando forma poco a poco y arraigando, lenta pero sin pausa, en la mente de todos. El mensaje de que se debía acabar con la humanidad dejó de ser visto como algo horrible y pasó a ser algo aceptable e, incluso, apetecible. Se aceptó como un hecho irrefutable e inevitable que nuestro destino como especie era el suicidio colectivo y terapéutico.
Se transformó entonces en propuesta política. Se llevó a los parlamentos. Se debatió en la O.N.U. y, finalmente, tras largas deliberaciones, se decretó la esterilización inmediata, obligatoria y masiva en todo el mundo.
La civilización ha ido muriendo  de inanición: sin ciudades, sin tecnología, sin cultura, sin niños, sin futuro, todo se fue convirtiendo en escombros y ruinas. La naturaleza va recuperando lo que le habíamos robado. Los animales campan a sus anchas en las grandes avenidas y han convertido los edificios en guaridas y campos de caza.
Ahora que no hay remedio yo, el último homo sapiens, maldigo la estupidez de quienes nos hicieron creer que éramos sólo inmundicia y nos cegaron a lo bueno y bello de nosotros mismos.
Agonizo, y la humanidad entera agoniza conmigo.
Y ambos, la humanidad y yo, moriremos maldiciendo a quienes creyeron esa estúpida mentira y añorando el futuro que nos negaron. 


Sustitución

Tomó a su nieto en brazos y aspiró su maravilloso olor a vida recién iniciada. Se llenó los ojos con sus rasgos, memorizando al milímetro aquella diminuta y arrugada carita, sus labios fruncidos, sus ojos cerrados, sus diminutas orejas, aquellas finas hebras negras que formaban su cabello. El pequeño se agitó un poco, soñando, quizá, con el líquido paraíso del que acababa de surgir. Tocó su mano y el recién nacido la cerró en torno a sus dedos. Ella sabía que aquel gesto era puro instinto pero eso no hizo que su emoción (seguramente igual de instintiva)  fuera menor. Era su nieto, sangre de su sangre, sus propios genes avanzando hacia el futuro.
Pasó mucho rato con el niño en brazos, disfrutando de su peso y su tacto, cantándole bajito, hablándole, meciéndole al ritmo de antiguas nanas, hasta que, con renuencia, volvió a dejar al niño en su nido, junto a su hija que dormía, agotada tras el parto. La arropó como cuando era una niña, le apartó el cabello que le caía sobre los ojos, intentando no despertarla. Prefería marcharse así, sin escenas ni lágrimas, su hija era demasiado joven para saber que esto era lo mejor y haría un drama innecesario.
Finalmente, besó a ambos, cogió su bolso y salió de la habitación. Fuera la esperaban unos amables enfermeros que la condujeron, con toda amabilidad, hacia las Salas de Tránsito, bonito eufemismo para el lugar en el que iban a morir aquellos cuyos hijos habían sido seleccionados para procrear, como la ley ordenaba: una vida por otra. Así se mantenía el equilibrio y se evitaba la superpoblación.
Con toda amabilidad los enfermeros la ayudaron a recostarse en una cómoda butaca, abrieron la ventana hacia el jardín como ella había solicitado, le entregaron unos auriculares para que escuchara su música favorita y, con igual amabilidad,, inyectaron la muerte en sus venas.