Juego de espejos

A principios de agosto Santiago Solano propuso una historia (Tres días tristes) y pidió (a quien quisiera hacerlo) ayuda para salvar a Elvirita. Participé encantada en esa salvación con el relato "¿Eterna maldad?". Concluida esta parte, Santiago Solano, nos propone continuar con la historia, tomando como partida "El retorno del Yedi" y, otra vez, participo encantada en esta historia construida en colaboración. Pongo en antecedentes de todo esto a mis amigos (y sufridos lectores) habituales quienes, de otra manera, no acabarían de entender el siguiente relato :) Invito, a quien tenga tiempo y ganas a pasarse por el blog de Santiago Solano y enterarse bien de la historia (quizás alguien se anime a participar). En fin, aquí va mi participación en esta historia.



Elvira, anciana y cansada, se mira al espejo y se ve, en el lejano pasado, vestida con hopa, cotardía y chapines, peinada con dorada redecilla y mirándose en un espejo donde se contempla, en un lejano futuro, anciana y cansada sentada ante el espejo.


Elvira, anciana y cansada, se mira al espejo y ve una niña envuelta en tinieblas, una joven de futuro incierto, una anciana cansada que se mira al espejo.


Elvira, agostada y gastada, se mira al espejo y se busca, intenta reconocerse o, más bien, conocerse porque Elvira, esta niña en peligro y anciana consumida, ya no sabe muy bien quién o qué es.


Se sabe -eso sí- personaje ficticio y se siente -eso también- juguete de escritores/aprendices de dioses. Y nos busca en el espejo, sí, a nosotros que hemos jugado, que seguimos jugando, con su infancia y pretendemos jugar con el resto de su vida. A nosotros, que la hemos creado y recreamos a nuestro antojo, que la hemos llevado y traído sin orden ni concierto, que la hacemos viajar del presente al pasado, del pasado al futuro, del futuro al presente.


Y ella, buscando a través del espejo -sin la magia de Alicia, sin la diversión de Alicia, sin la inocencia de Alicia- nos busca, nos encuentra, nos mira y nos acusa de jugar con ella, de utilizarla para elevar nuestros egos y sentirnos salvadores, minidioses dadores de vida, creadores omnipotentes.


Y ella se pregunta, me pregunta, nos pregunta si ha crecido, vivido y envejecido en apenas unos días o si, tal vez, nació hace casi setecientos años. Si estamos creando y contando su historia o si, tal vez, su historia comenzó a crearse y a contarse hace ya siete siglos. Si realmente somos nosotros quienes creamos o si somos -también nosotros- meras creaciones de otros que juegan con nuestras vidas y nuestros sueños.


Y a través del espejo Elvira -niña en peligro, joven esperanzada, anciana fatigada- nos sigue mirando y acusando y preguntando y nos obliga a mirarla y darle una respuesta, alguna respuesta, cualquier respuesta.


Elvira, anciana y cansada, nos apunta con su dedo acusador a través del espejo.


Elvira, niña inocente envuelta en el terror, nos mira con tristeza a través del espejo.


Elvira, mujer con un futuro aún por hacer, nos mira con resignación a través del espejo.


Elvira, juguete, creación, sueño, arquetipo, personaje, mujer triste, se mira al espejo y se ve, en el lejano pasado, vestida con hopa, cotardía y chapines, peinada con dorada redecilla y mirándose en un espejo donde se contempla, en un lejano futuro, anciana y cansada sentada ante el espejo mientras nos observa y, desde la profundidad de sus ojos, nos pide respuestas, paz y descanso.






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