viernes, 30 de mayo de 2008

Punto final

No sé de dónde salió la idea.


Desconozco si fue algún grupo ecologista o algún líder ideológico o algún grupo político. No, no sé de quién o de dónde surgió la idea; sólo sé que se propagó como un reguero de pólvora.


Supongo que era el momento adecuado para que calara. El mundo se había instalado en la desesperanza, la humanidad parecía incapaz de encontrar nada amable y respetable en ella misma. El género humano se había transformado en un enfermo de depresión. El mensaje de que éramos la especie más vil, egoísta y destructiva que jamás hubiera evolucionado sobre la faz del planeta había arraigado de tal forma que no nos quedaba ni brizna de amor hacia nosotros mismos y a nuestras obras. Ni amor, ni orgullo.


Nos sentíamos como el peor cáncer que jamás hubiera existido.


Así que cuando alguien dijo:


- ­ Si queremos arreglar lo que nuestra especie estropeó. Si queremos que el planeta vuelva a ser un lugar limpio. Si queremos salvar a las especies que estamos extinguiendo. Si, de verdad, queremos salvar la Tierra, el ser humano debe desaparecer.


Nadie lo puso en duda. Absolutamente nadie.


Primero fue una idea de moda. Una pose de algunos esnobs.


Luego la idea fue tomando forma y arraigando en la mente de todos.


Tras un tiempo, pasó a convertirse en una propuesta política e ideológica. Se llevó a los parlamentos. Se debatió en la O.N.U. La idea de acabar con todos los seres humanos dejó de ser vista como algo horrible y pasó a ser una idea aceptable y hasta apetecible.


Se aceptó como un hecho que nuestro destino como especie era el suicidio colectivo y terapéutico.


El último paso era discutir la forma en que ese suicidio debía ser llevado a cabo. Se descartaron las soluciones violentas - bombas ya fueran atómicas o de otro tipo - porque resultaban perjudiciales para el medio ambiente y porque, además, siempre quedaba la posibilidad de que alguien sobreviviera. También se descartaron las soluciones químicas o la propagación de enfermedades porque podían acabar afectando al mundo animal o vegetal.


Finalmente, y tras largas deliberaciones, ganó la opción de la esterilización inmediata, obligatoria y masiva.


Y así se hizo. Hombres, mujeres y niños fueron esterilizados. Sin excepción.


Yo fui de los últimos en nacer y puede que sea el último en morir, aunque eso es difícil de saber en un mundo sin comunicaciones.


He visto a la civilización morir de inanición: sin ciudades, sin tecnología, sin cultura, sin niños, todo se iba convirtiendo en escombros y ruinas. Los pocos humanos que, hasta hace poco, me acompañaban - unos cuantos ancianos decrépitos y desesperanzados - han ido muriendo uno tras otro.


La naturaleza va recuperando lo que le habíamos robado. Los animales campan a sus anchas en las grandes avenidas y han convertido los edificios en guaridas y campos de caza.


Y ahora que todo está a punto de acabar.


Ahora que el ser humano va a desaparecer para siempre.


Ahora que todo está cumplido, me pregunto si de verdad éramos tan malos. Me pregunto si otra especie, en nuestro lugar, habría actuado de forma diferente.


Ahora que no hay remedio yo, el último homo sapiens, maldigo la estupidez de quienes nos hicieron creer que éramos sólo inmundicia y nos cegaron a la bueno y bello de nosotros mismos.


Estoy agonizando, y la humanidad entera agoniza conmigo. Y ambos, la humanidad y yo, moriremos maldiciendo a quienes creyeron esa estúpida mentira y añorando el futuro que nos negaron.



martes, 27 de mayo de 2008

Time machine


“Si Ud. retrocediera en el tiempo para matar a su padre, llegaría después de él que hubiera salido de su habitación, o no lo podría localizar, o cambiaría de idea”, dijo el profesor Greenberger. “Sería imposible matarlo porque el mero hecho de que esté vivo hoy en día conspirará contra Ud., de modo que nunca podrá tomar por el sendero que lleve a su crimen”.


Muchos han sido los que, a lo largo de los años, han fantaseado con la idea de encontrar la forma de trasladarse a épocas pasadas o futuras, pero sólo un hombre ha logrado hacer realidad la máquina del tiempo: el doctor en Física, y distinguido habitante del universo friki, Amadeo Briones.


Se preguntarán ustedes, y con razón, por qué, habiendo logrado tal proeza, el doctor Briones no es famoso, millonario y flamante ganador del Premio Nobel de Física.


La respuesta es bien sencilla: porque la máquina del tiempo que había inventado sólo le trasladaba hasta el jueves 25 de Mayo del año 2006, ni un día más atrás ni uno más adelante. Por más vueltas que le dio (y le dio vueltas durante un lustro…) no logró encontrar ningún fallo en su diseño, ni el más ligero error de cálculo, ni un circuito puesto del revés, ni un chip defectuoso, ni un cable mal ajustado, nada de nada. La máquina funcionaba a la perfección y no había ningún motivo lógico por el cual no pudiera viajar a otras fechas tanto pasadas como futuras. Sencillamente, no lo hacía.


El doctor Briones (Amadeo para los amigos, “Doctor No” para sus alumnos, currunchuncito para su amantísima esposa, “pequeñín” para su mamá…) no sabía muy bien qué hacer con una máquina del tiempo que, al parecer, no servía para nada. Oh, bueno, sí, quizás dentro de cien o doscientos años pudiera servir para la investigación histórica, aunque dudaba mucho de que hubiera historiadores interesados en los “usos y costumbres del jueves 25 de mayo del año 2006”. Vale, tal vez hubiera algún historiador loco dispuesto a pasarse años de su vida en el siglo veintiuno para lograr datos de primera mano de los años posteriores al 2006 (ya se sabe que hay gente para todo y científicos para mucho más…). O puede que algún romántico del futuro quisiera viajar a ver cómo se vivía a principios del XXI pero, siendo realista, a Amadeo le parecía que su invento tenía poca utilidad tirando a ninguna.



Pensó en destruirla pero le daba pena tirar a la basura el trabajo de su vida. Así que la tuvo arrinconada, pensando en qué hacer con ella, hasta el día en que le encontró, por fin, utilidad: hacerse rico comunicándose a sí mismo la combinación ganadora de la Lotería Primitiva de la última semana (con un bote acumulado de 30 millones de euros). Sin pensar en paradojas ni en gaitas por el estilo, Amadeo cogió su máquina y se largó al ya mencionado día del año 2006 para comunicarle a su Yo de ese año la buena nueva de que esos numeritos iban a hacerle millonario.


Uno pensaría que encontrarse a sí mismo en una fecha pasada debería ser muy sencillo, sobre todo alguien como el doctor Briones, persona de rutina momificada, pero… quia… no hubo modo. Siempre ocurría algo que se lo impedía: tropezó con todo aquel que se cruzó en su camino, resbaló sobre todas las pieles de plátano y excrementos habidas y por haber, estuvieron a punto de atropellarle dos o tres veces (cuatro si contamos el cochecito de niño que arremetió contra él al doblar una esquina), llegaba a un sitio cuando su otro Yo acababa de marcharse; en fin, que no hubo manera de coincidir consigo mismo. De modo que, cansado de perseguirse, decidió enviarse un e-mail contándoselo todo, combinación ganadora incluida, por supuesto.



Luego, ya de vuelta en casa recordó un par de detalles sin importancia: una, que aquel día en particular había denunciado a la policía que un extraño personaje había estado siguiéndole durante horas y dos, que había recibido un mail que consideró un phishing bastante original y que había ido a parar a la papelera sin darle más importancia.


Realizó algún intento más de hacerse rico comunicándose algo en el pasado, pero sin éxito. También intentó quitarse de en medio a algún colega trepa, arreglar algún error cometido durante aquellos años… Pero lo único que logró Amadeo (aparte de varias contusiones, denuncias y dolores de cabeza) fue descubrir que, hiciera lo que hiciera, el pasado era inmutable y que su máquina del tiempo, definitivamente, no servía para absolutamente nada.


Finalmente, tomó la decisión lógica e hizo lo que se suele hacer con las cosas inútiles que, sin embargo, da lástima tirar: llevó la máquina del tiempo al trastero y allí la dejó junto a otros acumuladores de polvo como el aparato teletransportador que sólo teletransportaba hasta la Luna (el bar de la esquina, no el satélite); el lector telepático que sólo leía mentes británicas; el robot con I.A. (Inteligencia Artificial) tirando a tonto, varios vinilos de Mocedades, un radiocasete del año del catapún, tres monitores desportillados, una cuna, unos cuantos libros de texto y algunas cuantas cosas más que sería largo de enumerar.


Y allí sigue la única máquina del tiempo jamás inventada, llenándose de polvo, mientras el gran doctor en física y extravagante inventor Amadeo Briones, en lugar de recibir el Premio Nobel que, en puridad, merecería, vive la existencia gris del profesor universitario junto a su querida esposa, su amantísima madre e Ithorm, el extraterrestre (y gran amigo) que Amadeo conoció durante el viaje de prueba de su nave espacial con combustible ecológico.


Pero esa historia, como diría el gran Ende, deberá ser contada en otra ocasión.





P.S.: Y toca hoy nuevo agradecimiento ante el premio recibido desde B.E. (Búsqueda Enredada) : "Premio a las Bellas Artes" que me ha concedido Anna. Muchísimas gracias de nuevo.


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viernes, 23 de mayo de 2008

Nébulafobia*



Marisa odiaba la niebla. No había fuerza humana que la obligara a poner un pie fuera de casa cuando aparecía el primer indicio de bruma. Cuando eso ocurría, Marisa comprobaba que las puertas y ventanas estuvieran perfectamente cerradas, bajaba todas las persianas, se encerraba en nuestro dormitorio y, aterrorizada, permanecía en él hasta que le aseguraba que la niebla se había levantado y no quedaba ni un jirón de nube arrastrándose por las calles. Entonces, y sólo entonces, volvía a ser la Marisa de siempre.

Yo no acababa de comprender esa extraña fobia, me parecía absurda e infantil. En lugar de animarla a buscar ayuda profesional, le insistía en que era algo que debía superar por sí misma. Me enfadaba con ella y la acusaba de inmadura. Tenía que haber sido más tolerante y comprensivo, pero me podía mi carácter impaciente y autoritario.


No sabe cuánto lo lamento ahora.


Si yo lo hubiera sabido…


Aquella tarde regresábamos de celebrar nuestro decimoquinto aniversario con un delicioso fin de semana en un maravilloso hotel rural. Habían sido tres días de románticos paseos, amenas cenas, noches deliciosas… Volvíamos felices y con fuerzas renovadas. Después de tantos años, y a pesar de todos nuestros problemas, seguíamos amándonos y disfrutando de la mutua compañía. No nos podía ir mejor.


Cuando llevábamos una hora de viaje llegaron los problemas. Una espesa niebla comenzaba a bajar de las montañas. Marisa se removía inquieta en su asiento. Miraba con nerviosismo como las nubes iban bajando hasta llegar a la carretera por la que transitábamos. La respiración se le iba volviendo más agitada por momentos. Intenté calmarla, distraerla, pero era imposible.


Mientras el automóvil avanzaba, Marisa pudo controlar (aunque a duras penas) su miedo pero, como las desgracias nunca llegan solas, cuando más espesa era la niebla, nuestro todo terreno decidió que era el momento apropiado para estropearse. No sé qué le pasó y sigo sin saberlo. Se detuvo, sin más y, cuando todo hubo acabado, volvió a ponerse en marcha, también sin más.


Marisa no pudo resistir verse allí, sentada en mitad de una niebla tan espesa que era imposible ver algo a más dos palmos. La respiración se le alteró aún más, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Estaba cada vez más fuera de sí. Me pedía que arrancara el coche como fuera; me pedía que saliera a ver qué había pasado y, en la misma frase, me rogaba que no la dejara sola. Lloraba y gritaba. Parecía estar volviéndose loca por momentos.


Nunca la había visto en tal estado de pánico… y reaccioné enfadándome, gritándole, incluso la abofeteé pensando que así dejaría de gritar. Lo sé, no es la mejor manera de tratar a una mujer en pleno ataque de terror pero póngase en mi situación. En mitad de la nada, rodeados de niebla, con un coche inmovilizado y una mujer histérica que me gritaba incoherencias sobre la niebla y no sé quién que la llamaba.


El caso es que, el bofetón pareció surtir efecto y, Marisa, repentinamente, dejó de gritar. Dejó de llorar y comenzó a gemir como un animal herido. Aparte de eso, el silencio era tan espeso como la niebla que nos envolvía; sin embargo, Marisa seguía murmurando:


- Me llaman, Javier, me llaman. ¿No los oyes? Quieren que vaya con ellos.


Mi mujer se había vuelto loca. Eso es lo que pensé. Que mi pobre Marisa se había vuelto loca de terror. Yo no podía decir nada, no sabía cómo reaccionar. Y ella seguía:


- Me llaman. Escucha. Me están llamando y ya no me quedan fuerzas para seguir luchando, Javier. Si no nos vamos ahora, tendré que irme con ellos. Por favor, arranca el coche, por favor, por favor…


Pero yo no podía hacer nada ¿me entiende? Absolutamente nada. No sabía qué le ocurría al puñetero coche. El móvil no tenía cobertura y, por tanto, no podía pedir ayuda. Si no fuera por la niebla podía haber regresado andando al hotel pero en aquellas circunstancias no podía ni pensar en salir del coche, me perdería con sólo alejarme dos pasos.


De pronto, Marisa pareció cambiar. Dejó de llorar y su cara de angustia dejó paso a un gesto más que plácido, resignado.


Murmuró un:


- Ahora es la hora.


Se giró hacia mí aún con las mejillas húmedas, rozó mis labios con los suyos, me dijo que lo sentía y, a continuación, hizo lo último que hubiera esperado: abrió la puerta y salió a la niebla.


Sorprendido, salí tras ella. La vi dar uno, dos pasos hacia el interior de la bruma, que comenzó a rodearla. No, no, a rodearla no, más bien a abrazarla. La niebla la acogía, la recogía, la reconocía y la aceptaba como algo suyo. Sé que parece una locura pero sólo le cuento lo que vi y lo que sentí.


La llamé, llamé a mi Marisa. Le pedí que regresara al coche.


Ella me miró con tristeza y susurró:


- Te quiero, perdóname.


Y, mientras pronunciaba estas palabras, Marisa, me crea o no, se iba difuminando, se iba volviendo transparente, sutil como un retal de leve gasa blanca. Se deshacía en tenues jirones de niebla.


Nunca me creerán pero no me importa. Yo sé lo que pasó. Sé lo que vi.


Marisa, mi dulce Marisa, se fundió con la niebla.


Se volvió bruma y aire.


Se fue con ellos.


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* Nebulafobia:Miedo a la niebla.

Definición ampliada: Se define como un persistente, anormal e injustificado miedo a la niebla. También se conoce como homiclofobia





lunes, 19 de mayo de 2008

Pesimismo

Gil Arteaga estaba convencido de que todo profeta es un gran pesimista y de que, a su vez, todo pesimista es un gran profeta. Y como él quería ser el mayor profeta de la historia, había pasado gran parte de su vida perfeccionando su pesimismo y transformándolo en todo un arte.

Gil Arteaga, como todo buen profeta, sólo profetizaba catástrofes. Y solía acertar… lo justo. Vamos, ni más ni menos que si profetizara sucesos agradables pero es que, claro, un profeta que haga tal cosa nunca sería tomado en serio. No, Gil, como cualquier profeta que se precie sólo pronosticaba desgracias: terremotos, guerras, inundaciones, crisis económicas, asesinatos, plagas… En fin, toda la parafernalia.


El pesimismo de Gil no se limitaba a sus profecías. No. Su pesimismo se extendía a todas las facetas de su vida y de las vidas ajenas. No había vaso que Gil pudiera ver medio lleno (aunque en realidad lo estuviera) y, ni poniéndole gafas de cristales rosas sería capaz de ver la vida de ese color. El amigo Arteaga había trabajado tan bien su pesimismo que hasta su voz y su apariencia exhalaban desaliento y desesperanza. Cuando él aparecía hasta la luz parecía lucir menos, las voces se transformaban en susurros, las risas se acallaban y la gente, sin saber muy bien por qué, perdía la alegría.


A base de perfeccionar su triste visión de la vida, Gil se había convertido en la encarnación del pesimismo y la aflicción… y su vida reflejaba justamente aquello en lo que creía, esto es: que nada podía salir nunca bien. Así, su deseo de ser el mayor profeta de la historia del mundo no se había hecho realidad pero, por supuesto, “eso él ya lo sabía”; también sabía que los amigos de verdad no existían y que le sería imposible encontrar una mujer que le amara. Y así con todo.



Ya lo había dicho el gran Murphy: todo lo que podía salir mal, saldría mal y Gil era la prueba viviente de tan excelsa ley.


Poco a poco Gil fue dándose cuenta de que, quizás, eso de ser pesimista y profeta o profeta pesimista, no era tan maravilloso como había pensado. A fin de cuentas nunca había tenido una revelación divina y lo más parecido a una zarza ardiendo que había visto eran los matojos que quemaban en su pueblo; nunca había escuchado más voces misteriosas que las que le llegaban desde las casas de sus vecinos, no había visto ballenas más allá de las que salían en los documentales de National Geographic y lo más cerca que se había encontrado de un león fue aquella vez, siendo niño, que su padre lo llevó a visitar el zoológico. En fin, que la vida de los profetas actuales no era tan maravillosa ni llena de aventuras como él la había imaginado.


Cierto, eso de ser pesimista le había dado cierto aire de hombre sabio (1). Cierto también que gracias a su pesimismo Gil había conseguido dedicarse al oficio de profeta que tanto había deseado (aunque luego descubriera que era de lo más aburrido). Pero también es cierto que ser pesimista no le estaba reportando ninguna satisfacción sino más bien al contrario. Por no tener, Gil no tenía ni amigos porque no había quien aguantara a su lado más de dos minutos sin acabar deprimido.


Y entonces, Gil decidió combatir su pesimismo y alejar la tristeza de su vida. Por supuesto, no lo logró a la primera: los hábitos de años no se abandonan de un día para otro. Gil tuvo que trabajar duro para cambiar.


Los pocos conocidos que Gil tenía, ponían en duda que lograra dejar de ser un pesimista a ultranza y pasara a ser una persona, sino optimista, sí al menos con una visión algo más positiva de la vida. Y es que, lastimosamente, la mayoría de la gente tiene la firme creencia de que es imposible que una persona cambie (2).


Pero Gil, cambió, poco a poco. Lentamente. No fue algo drástico ni sorprendente sino paulatino. Un ligero cambio en la forma de vestir. Una dura lucha contra sus pensamientos negativos. Semanas y semanas practicando la sonrisa. Un combate cuerpo a cuerpo contra su triste visión del mundo…


Gil Arteaga no llegó a transformarse de Don Pésimo en Don Óptimo pero, desde luego, logró llegar al equilibrio justo que le permitiera disfrutar de la vida. Dejó de ser profeta y se sacó una oposición. Logró hacer más de un amigo y hasta se echó novia.


Dejó de tener fama de sabio y pasó a ser tomado por un iluso cuando se atrevía a pronosticar desenlaces afortunados. Pero a Gil lo único que le importaba era que, por fin, había aprendido a ser feliz.


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(1) (1) Incomprensiblemente, el ser humano parece creer que cuanto más oscura es tu visión del mundo más realista e inteligente eres. Dato un poco absurdo, si se me permite tal intromisión en el relato, ya que es evidente que en este mundo nuestro también pasan cosas buenas, agradables, bellas y felices; y que tener una mirada positiva no disminuye nuestro nivel intelectual.


(2) (2) Nunca he entendido muy bien esto puesto que, en realidad, los seres humanos estamos cambiando continuamente, queramos o no queramos, ya que, tanto las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida como las circunstancias que vivimos influyen en nuestra forma de pensar y de ser. Yo creo que tanto el cambio involuntario como el voluntario existen, lo único es que cambiar voluntariamente es mucho más cansado y costoso y no todo el mundo está dispuesto a trabajar en ello… ¡Qué seria que me he puesto! Ejem…




Chau Pesimismo


Mario Benedetti

Ya sos mayor de edad
tengo que despedirte
pesimismo

años que te preparo el desayuno
que vigilo tu tos de mal agüero
y te tomo la fiebre
que trato de narrarte pormenores
del pasado mediato
convencerte de que en el fondo somos
gallardos y leales
y también que al mal tiempo buena cara

pero como si nada
seguís malhumorado arisco e insociable
y te repantigás en la avería
como si fuese una butaca pullman

se te ve la fruición por el malogro
tu viejo idilio con la mala sombra
tu manía de orar junto a las ruinas
tu goce ante el desastre inesperado

claro que voy a despedirte
no sé por qué no lo hice antes
será porque tenés tu propio método
de hacerte necesario
y a uno lo deja triste tu tristeza
amargo tu amargura
alarmista tu alarma

ya sé vas a decirme no hay motivos
para la euforia y las celebraciones
y claro cuandonó tenés razón

pero es tan boba tu razón tan obvia
tan remendada y remedada
tan igualita al pálpito
que enseguida se vuelve sinrazón

ya sos mayor de edad
chau pesimismo

y por favor andate despacito
sin despertar al monstruo.



P.S.: A ver… por donde comienzo. Ejem… Por el principio dice alguien…. Mira que es original… Ja… En fin, allá vamos. El principio es: dar las gracias a TNF25 (Yo prefiero llamarte Antonio ¿te importa?) por haberme concedido los siguientes premios que están a punto de tirarme abajo la repisa que me regaló Mario: El Premio Arte y Pico, Premio Nos Une la Amistad y el más importante de todos los que me entrega, el más especial para mí: TNF MÁXIMA AWARD 2008.


En segundo lugar, agradecer al equipo que realiza la revista “La Tregua” que se haya “atrevido” a publicar uno de mis relatos. Si no me equivoco es Tradición que publiqué en este blog el 22/02/08.


Y, por último, notificar que han seleccionado mi relato Círculo para ser publicado en el libro “A contrarreloj II” de la Editorial Hipálage (junto con muchísimos más, entre ellos Nani gracias a la cual me enteré del hecho que si no, sigo en las nubes…). Hace un tiempo me presenté al concurso de microrrelatos que convocaba esta editorial y, si bien no gané, al menos me han tenido en cuenta para esto lo cual supone una pequeña (¿gran?) satisfacción.


Y… y… ya vale… :D


miércoles, 14 de mayo de 2008

Algo más que una cara bonita

Amelia era guapa e inteligente, una combinación que a mucha gente parecía sorprender. Hay todavía quien no cree compatible unas medidas 90-60-90 con un doctorado en bioquímicas y, sin embargo, Amelia era la prueba evidente de que esto era más que posible.

Amelia era muy guapa y, en contra de lo que muchos opinaban, esto más que una ventaja era un hándicap porque la obligaba a demostrar continuamente que era mucho más que “una cara bonita y unas curvas de infarto”. Tras mucho trabajo había logrado obtener el respeto de sus colegas y su vida profesional iba viento en popa pero en su vida personal las cosas no le iban tan bien como hubiera querido.


Amelia no había logrado encontrar a un hombre capaz de valorarla por su cerebro. Su cuerpo parecía ejercer el mismo efecto que una luz tan intensa, que los hombres acababan cegados por ella y no eran capaces de mirar en su interior. Había sido así desde su primer novio hasta su último amante. Ellos veían un cuerpo al que poseer y una mujer a la que lucir y ella se esforzaba en que se fijaran en su cerebro sin lograrlo… hasta que conoció a Silas y todo cambió.


Porque a Silas le interesaba Amelia, no su cuerpo.


A Silas le interesaba saber lo que Amelia pensaba, lo que Amelia sentía, lo que Amelia guardaba en su cerebro.


Silas la miraba arrobado pero no porque fuera bella sino porque amaba su cerebro.



Amelia era feliz; al fin había encontrado un hombre que amaba su interior. Silas siempre estaba diciendo cosas como:


- Ojalá pudiera ver todo lo que esconde tu cerebro.


O


- Lo que tienes dentro de esa cabecita es un hermoso cofre del tesoro listo para ser abierto por mí.


Silas parecía poder pasarse horas y horas escuchándola y charlando con ella sin intentar siquiera ponerle la mano encima. Y no es que no tuvieran sexo, claro que lo tenían pero, al contrario que con sus anteriores parejas, no era la parte central de su relación.


Amelia pensaba en todo esto mientras la invadía el sopor. Había pasado una agradable velada con Silas: una cena estupenda, una charla inteligente, un buen vino. Demasiado vino quizás. Tras la última copa el sueño había comenzado a adueñarse de ella. Le costaba mucho mantenerse despierta pero daba igual, seguro que a Silas no le importaría que durmiera en su piso esa noche. A fin de cuentas ya casi se había mudado a él.


Amelia dejó de luchar contra el sueño y se dejó caer en él dulcemente, mientras Silas, el único hombre que la quería por lo que era, la acunaba y acariciaba su cabeza con suavidad. Le susurraba algo, pero tenía tanto sueño y Silas hablaba tan bajo que no lograba entender las palabras. Tampoco le importaba. Mañana le preguntaría. Sí, mañana sabría lo que Silas le murmuraba mientras ella se dormía...


… Silas acunaba a la mujer con suavidad y ternura. Acariciando su cabello, besándole los ojos, era la viva imagen del hombre enamorado. Mientras la acunaba no dejaba de susurrarle:


- ¡Qué hermoso cerebro! ¡Cómo deseo sumergirme en sus misterios!


Cogiéndola en brazos, la trasladó a otra habitación. La tumbó sobre una fría mesa de operaciones. Sujetó fuertemente su cabeza con una correa y, sin dejar de murmurar, cogió una sierra mecánica, se aproximó a Amelia y comenzó a trabajar sin dejar de susurrar:


- Por fin, mi amor, por fin, podré llegar hasta tu interior y hacerlo mío.






domingo, 11 de mayo de 2008

Lo cotidiano

Lo maravilloso de lo cotidiano es que es eso, cotidiano. Pasa a diario. Cada día.

Lo maravilloso de lo cotidiano es justamente eso que a muchos asusta: lo esperado, lo sabido, la tranquilidad de lo inmutable.


Están bien las sorpresas, claro que sí.


Se disfruta de lo inesperado, por supuesto.


Se agradece salir de la rutina, nadie lo pone en duda.


Pero discúlpenme si les digo que es tan descansado volver a lo cotidiano…


Dicen que la rutina es aburrida y que la monotonía acaba con todo, puede que sea cierto pero… aunque les parezca extraño, a mí me gusta mi cotidianidad.


Soy así de rara.


Me gusta lo cotidiano porque me huele a café recién hecho y me sabe a pan.


Me gusta lo cotidiano porque es cálido y protector como una manta en invierno.


Me gusta saber que cada día al levantarme las personas que amo estarán ahí.


Me gusta mi gris rutina diaria, me hace sentir bien, feliz y segura.


Me gusta lo cotidiano porque me sabe a paz.


Está bien salir de la monotonía de vez en cuando, es cierto.


Está bien no tener claro todo lo que te depara el futuro, es verdad.


No está mal encontrarse con sorpresas de vez en cuando, por supuesto.


Pero, discúlpenme si pienso que es tan descansado volver a lo cotidiano…


Hay quien busca sorpresas continúas en el amor y yo, sin embargo, que debo ser muy mediocre, me quedo con mi amor seguro de todos los días.


Hay quien disfruta viviendo en una continua montaña rusa amorosa y yo, sin embargo, que soy así de aburrida, me quedo con mi amor tranquilo de cada día.


Hay quien adora vivir en un torbellino, en un huracán, en medio de una tormenta y yo, sin embargo, que soy así de sosa, me quedo con la serenidad de un día con calma chicha.


No está mal tener sorpresas, no tengo nada en contra de lo inesperado, se puede disfrutar de lo extraordinario, claro que sí.


Pero, discúlpenme si les digo que es tan descansado volver a lo cotidiano…