jueves, 25 de diciembre de 2008

Cuentos de Navidad... o algo así

Esta primera historia me la inspiró un comentario de Peterpsych en mi anterior post (aprovecho y pido disculpas a todos aquellos a quienes no pude responder por -otra vez- falta de tiempo).


Mr. Scrooge

Una vez pasada la Navidad, Mr. Scrooge volvió a ser el de siempre. Una vez pasada la euforia inicial no le costó nada convencerse de que su encuentro con los espíritus no había sido más que una extraña -y aterradora- pesadilla. A los pocos días volvía a ser el mismo “tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso, incorregible, duro y esquinado como el pedernal” que había sido antes de su revelación navideña.

Por tanto volvió a ignorar a su sobrino, volvió a tiranizar a sus empleados y se olvidó por completo del pequeño Tim.

Eso sí, dejó de odiar la Navidad puesto que, durante su período de “fiebre navideña” se dio cuenta de que esa época del año podía ser un gran, gran negocio y en sacarle provecho puso todo su empeño.

Evidentemente, Mr. Scrooge fue todo un visionario...


De cómo nació un mito...


En cuanto entró en su cubículo se deshizo de la chaqueta de su uniforme -cada vez le quedaba más ajustado pero aún no se animaba a ponerse a dieta- y de las pesadas botas.

Cada vez que el planeta laboratorio completaba su órbita alrededor de su minúscula estrella, él tenía que enfundarse -embutirse- su uniforme, coger su pequeña nave y salir de la nave nodriza a tomar notas sobre cómo iba evolucionando la vida en él.

Era un trabajo la mar de aburrido pero alguien tenía que hacerlo y, hasta que llegara su relevo, ese alguien era él. Se miró en el espejo para atusarse la larga barba característica de su pueblo y, suspirando profundamente, cogió su saco de muestras y se dispuso a clasificar lo que había recogido en su último viaje exploratorio.

Su bajada al planeta laboratorio solía coincidir con una celebración muy peculiar que llevaba a los especímenes que controlaba a cubrir todo todo de lucecitas y curiosos adornos, a escuchar extrañas canciones una y otra vez y a reunirse en manadas para comer y beber sin control.

Esto, al menos, lograba amenizar un poco el viaje. Cierta vez estaba tan entretenido con este espectáculo que fue descubierto por una pequeña cría. Ante aquella mirada asombrada no supo cómo reaccionar y, sin saber muy bien por qué, le regaló un pequeño muñeco de madera que había encontrado en su exploración.

Los gerifaltes se pusieron hechos una furia cuando se enteraron: que si iban a ser descubiertos, que si no se debía interferir en el devenir del planeta laboratorio, que si eso sería catastrófico, que si bla, bla, bla. Como, finalmente, no había ocurrido nada de lo que temían, salvó el puesto. Claro que se vio obligado a ocultar que, a partir de entonces, había pasado a formar parte de la mitología de las pequeñas criaturas del planeta laboratorio y su imagen llenaba casas y calles durante las fiestas que coincidían con su bajada al planeta.

Algún día se enterarían allá, en casa y no quería ni pensar cómo reaccionaría los grandes jefazos...