domingo, 5 de octubre de 2008

Gusto II

Mientras escribía la serie de relatos sobre los sentidos me resultó relativamente fácil encontrar ideas para todos ellos... excepto para el gusto. Con este sentido me quedé atascada y sin inspiración alguna. Hasta se me iluminó el cerebro con la idea de los Ignotus pero la inspiración (que es así de caprichosa) no se conformó con ofrecerme una historia, no, me regaló con dos y, como me daba pena dejar una a un lado en favor de la otra, decidí que lo mejor sería postear las dos. De modo que aquí está la historia que doña Inspiración me dejo de regalo...

El deseo de probar todo lo que tuviera a su alcance era irresistible. Ya fueran personas o cosas, si Elisa quería tener una idea exacta de algo, tenía que “catarlo”. Era una necesidad irreprimible. Si algo no pasaba por su boca era como si no existiera. No confiaba en su tacto, no creía a su vista, no se fiaba demasiado de su olfato pero, en cambio, su boca nunca la engañaba. A través de ella el mundo le abría sus misterios y le mostraba sorpresas que ella “devoraba” con fruición y placer casi infinitos.

 

Es obvio que esta costumbre le causaba algún que otro problema en su relación con las personas de su entorno. Al fin y al cabo, que alguien llene tu nuevo reloj de babas no es algo aceptable para todo el mundo. Cierto que sus parientes y conocidos estaban tan habituados a su manía que les resultaba de lo más normal pero, evidentemente, los desconocidos la encontraban de lo más chocante aunque, en contra de lo que pueda creerse, la mayoría acababa reaccionando con comprensión y cierta tolerancia. Incluso había a quien le parecía realmente divertido.


 Si alguna persona reaccionaba con enfado, Elisa se limitaba a mirarlo con asombro e incomprensión; ella no veía nada de malo en llevarse a la boca aquello que llamara su atención. No concebía que se pudiera conocer la realidad circundante de otra forma. Cualquier cosa que Elisa lamiera, chupara, sorbiera y degustara le transmitía una enorme cantidad de información a través de su sabor y su tacto, información que otros sentidos eran incapaces de transmitirle. Le parecía absurdo que los demás no hicieran exactamente lo mismo que ella.

 

Justo en ese momento, por ejemplo, Elisa se encontraba saboreando un maravilloso móvil de última generación que había encontrado sobre una mesita. Lo que más le gustaba era la pantalla, tan lisa, con ese sabor frío del cristal y ese tacto tan suave… estaba realmente delicioso. Le gustaba ese aparato, sabía a nuevo y tenía formas muy agradables


- ¡Elisa! ¡Suelta eso ahora mismo! ¡Caca! ¡Eso no se come! ¡Vamos, dáselo a papá!

 

Y a pesar de sus pucheros, el papá de Elisa le quitó el sabroso teléfono que, hasta hacía unos segundos, estaba disfrutando.  ¡Dichosa fase! ¿Qué día dejaría de llevarse todo a la boca?