Sentidos IV

Gusto

Hubo, hace millones y millones de años, una pequeña especie animal de existencia tan efímera que por no tener, no tiene ni nombre pero a la que podríamos denominar Ignotus (por llamarle algo y que quede bien…). Estos pequeños animales no nos han dejado ni fósiles, ni transmitieron su ADN a especies posteriores. No hay la menor noticia biológica de su existencia porque desaparecieron por completo (1).

Estas extrañas criaturas, de brillante color verde con toques de luminoso naranja (2), eran sociales, frugívoras y bastante tímidas (3). Vivían en grupos de entre diez y doce individuos, eran ovíparos y monógamos, siendo el cuidado y alimentación de las crías una tarea compartida entre todos sus miembros.


Y usted se preguntará por qué desaparecieron estas encantadoras y hermosas criaturas (4). Pues yo se lo explicaré. Esta singular especie carecía de cierto sentido que, aunque a primera vista pueda parecer insignificante, resulta de vital importancia si se vive en plena naturaleza: el sentido del gusto. Para estos animalillos, gustativamente hablando, lo mismo daba una piedra que un melón porque, en lo que a su paladar se refiere, no existía diferencia entre amargo, salado, dulce, ácido y umami (5).


Sí, parece poco importante pero piense, piense un poco y se dará cuenta de que, evolutivamente, suponía un desastre. Y es que estos bichitos, al carecer del sentido del gusto se comían cualquier planta que pillaran… cualquiera… incluidas las venenosas. Imagínese un montón de bichitos verde-anaranjados comiendo toda la fruta que se le pusiera por delante (6), absolutamente toda, verde, madura, fermentada, comestible, podrida o… venenosa.


Por supuesto, no fue cosa de una sola generación. La Evolución fue salvando a aquellos que tuvieron un poco más de suerte en eso de elegir la fruta. Un par de ellos, tres a lo sumo, por grupo. En realidad la Evolución podía haber sido un poco más generosa con estos Ignotus y aceptarles suerte como cualidad válida para la supervivencia pero, claro, la señora Evolución es que es así de puñetera y dice que eso de la suerte no tiene la validez científica suficiente y que no se puede imprimir en los genes y que si todo fuera sólo cuestión de suerte, tendría que admitir un montón de especies imposibles y que… bueno, y que no le daba la real gana y sanseacabó. Si hubieran tenido algo más que suerte para sobrevivir, algo así como un ligero sentido del gusto que luego ella hubiera podido usar para evolucionarlos… pero sólo con suerte pues no, oiga, que si no luego esto es un cachondeo…


En fin, que poquito a poquito, los Ignotus fueron extinguiéndose. Lenta pero inexorablemente. Hasta que este mundo nuestro perdió al último de su especie, eso sí, la criaturita se fue bien contenta porque la fruta que lo llevó a la extinción definitiva, aparte de venenosa estaba en su punto exacto de fermentación; de modo que el último Ignotus se fue al otro barrio entre las hermosas brumas de una borrachera de campeonato, mientras entonaba el equivalente antediluviano al Asturias patria querida…



Es una lástima que nunca hayamos podido ver una de esas hermosas criaturas de color verde-anaranjado dando saltos por las sabanas o las selvas o las montañas o… bueno, por donde quiera que fuera su hábitat… y todo, por no tener sentido del gusto.


¡Qué mundo tan injusto! Snif…






(1) Ya, ya sé qué va a decirme: ¿Y si no hay ningún rastro de su presencia en este nuestro planeta cómo sé que realmente existieron? Pues… verá… lo sé y punto ¿Vale? ¿No conoce usted eso de la “suspensión de la credulidad”? Pues eso. Usted se lo cree porque yo se lo digo y santas pascuas. Hay que ver, a todo le quieren encontrar una explicación racional… ¡Homo sapiens! ¡Bah!


(2) Para cualquier pregunta del tipo ¿Y cómo lo sabe usted sino queda el menor registro bla, bla, bla…? Véase la nota nº 1.


(3) Bueno, excepto cuando se tomaban más de tres piezas de frutas en plena fermentación. Entonces toda su timidez desaparecía transformada en… mmm… bueno, mejor se pasan por algún botellón este fin de semana y se podrán hacerse una idea de su comportamiento.


(4) Vale, está bien. No tengo ni idea de si eran hermosas o no pero puestos a imaginar…


(5) Palabra japonesa que significa sabroso, es el quinto gusto básico junto al dulce, salado, amargo y agrio.


El ácido glutámico o los glutamatos comúnmente encontrados en carnes, quesos, sopas, u otras proteínas en forma libre estimula receptores específicos en la lengua resultando en el gusto umami. En china umami se conoce como xianwei.


El glutamato es utilizado históricamente en numerosas culturas para aumentar la palatabilidad de los alimentos: en Asia como salsa de soja y salsas de pescado, en Italia con el queso parmesano y anchoas, en España con el jamón serrano. El gusto umami corresponde al gusto de Marmite en el Reino Unido, la salsa Golden Mountain en Tailandia, Maggi, Goya sazón en América Latina y las islas caribeñas, salsa Lizano en Costa Rica y la mayonesa Kewpie en Japón (Fuente: Wikipedia).


(6) Ahora es cuando el “listo de la clase” (o la lista) va y suelta aquello de: ¿Y si no tienen sentido del gusto por qué comían frutas y no cualquier clase de alimento? Pues… oiga… eso se lo pregunta usted a la Evolución (sita en la O.C.P.A., 4º piso, junto a las oficinas de “Madre Naturaleza”; ah, cuidado con los enseres que vuelan entre oficina y oficina, cosa de estas señoras que siempre andan a la gresca) y a mí me deja tranquila de una vez…




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