miércoles, 26 de marzo de 2008

El olvido de la memoria

Este relato es un "remake" de un relato del "husband". Me pidió/retó a hacerlo a mi manera y aquí está. No he puesto el original pensando en lo extenso que se haría el post pero si a alguien le apetece conocer las dos versiones pues ya sabe qué tiene que hacer: pedirlo y lo pondré. Él aún no ha leído mi "remake" así que ni idea de cuál es su opinión al respecto. Ya nos enteraremos. Bueno, aquí va el relato.


El olvido de la memoria



¿Por qué tan terca, tan fiel memoria me ha dado el cielo?


Rosalía De Castro




Jonás había decidido mudarse.


La nueva casa de madera estaba alejada de todo cuanto había conocido. Estaba convencido de que eso le permitiría escapar a sus recuerdos.


Pero, de momento, Jonás aún recordaba…


Hay quien se pasa la vida suspirando por tener una buena memoria. Hay quien se queja continuamente de su incapacidad de recordar datos, fechas, nombres, rostros o acontecimientos. La mayoría de la gente opina que no hay nada más horrible que perder la memoria. En cambio Jonás… Jonás suspiraba por el olvido.


Porque Jonás no olvidaba. Nunca. Nada.


Podía, como mucho, intentar ocultar un recuerdo bajo otros recuerdos, como quien oculta el polvo que barre bajo la alfombra, pero, ante el menor estímulo (un leve olor, un atisbo de color, el eco de un sonido lejano…) la memoria se ponía en marcha y Jonás recordaba.


Oh, sí, cuando era un niño, Jonás hacía las delicias de sus padres, abuelos y tías. Era el centro de atención de cada reunión familiar. Todos se maravillaban ante sus proezas memorísticas y Jonás se sentía especial.


Lástima que, entre los niños, el especial se suele transformar en el “bicho raro”.


De modo que el destino de Jonás en el colegio estuvo claro desde el preciso instante en que los demás se dieron cuenta de su don: se convirtió en el blanco de todas las burlas y pasó de las amables risas de su familia a la risa cruel de sus compañeros. Los niños no perdonan el pecado de la diferencia.


Con sus profesores las cosas no fueron mucho mejor. No les resultaba fácil aceptar que aquel mocoso los corrigiera y los atrapara en contradicciones.


Así las cosas, Jonás buscó refugio en los animales… y descubrió que, a su pesar, la naturaleza le había concedido otro “maravilloso don”: convertirse en el Testigo de la Muerte. Y la primera muerte a la que tuvo que asistir fue a la de su propio gato atropellado por un conductor distraído.

Luego siguieron más animales. Otros gatos, perros, pájaros de diversos tamaños, ratones, ratas...


Su madre (creyente ferviente) le repetía que Dios, que amaba incluso a la más pequeña de sus criaturas, le había concedido ese don para que hasta los animales más insignificantes tuvieran a alguien que nunca olvidara su despedida del mundo. Jonás fingía aceptar esta explicación por contentar a su madre y no disgustarla haciendo profesión de su ateísmo.


Siguió viendo morir animales: culebras, lagartos, lagartijas…


Y luego, a medida que iba creciendo, animales mayores: caballos, vacas, cerdos…


Y un día llegó el momento de ver morir a un ser humano.


El primero de una extensa lista.


La muerte llenaba la memoria de Jonás, lo acompañaba en la vigilia y lo perseguía hasta sus sueños.


Quería parar todo ese horror. Dejar de recordar. Dejar de ver.


Intentó tomar drogas pero no sirvió de nada. En cuanto pasaba el efecto, el recuerdo regresaba. No podía pasarse el día entero inmerso en el limbo de los estupefacientes.


Por eso Jonás decidió mudarse. Abandonar todo cuanto conocía.


Su nueva casa de madera estaba lejos de todo y de todos. Sin duda, allí podría olvidarlo todo.


Miró el cielo y las nubes que pasaban, sonrió al sol y aspiró con deleite el aroma de los pinos. Y se sintió feliz.


Al fin dejaría atrás los recuerdos.


Al fin olvidaría el día en que lanzó a su gato contra aquel coche. Olvidaría el rostro de su primera víctima humana, y el de todas las demás. Olvidaría el miedo que vio en sus ojos.


Olvidaría la culpabilidad que lo perseguía hasta sus sueños.


Olvidaría cómo las mataba y cómo disfrutaba con su dolor.


Por fin.


Jonás entró en su nueva casa y cerró la puerta.


Bajó sus ojos preparándose para el sueño, dando la bienvenida al olvido, dejándose arrullar por el rumor de la tierra que el volquete que había dejado preparado vertía sobre él, sepultándolo a dos metros bajo tierra.


Y, por fin, por vez primera en años, Jonás pudo descansar y olvidar.