viernes 6 de noviembre de 2009

Tres historias, diez palabras...

Hace unos días, saltando de blog en blog tropecé con un listado de diez palabras y se me ocurrió retarme a mí misma a escribir un pequeño relato usando esas diez palabras. Y, para mi sorpresa, conseguí escribir no uno sino tres pequeños relatos. Aquí está el resultado de mi pequeño experimento. Me resultó tan divertido que amenazo con volver a repetirlo. ¿Alguien más se atreve a intentarlo? Las palabras son las siguientes: mariposa, reverberante, laguna, almohada, alféizar, barroco, cascada, albores, girasol y cerúleo.


El resultado podéis verlo a continuación:


Ensoñación


El lento y reverberante tañido de la campana sobrevuela la cerúlea laguna. Una delicada mariposa revolotea en un rayo de sol que ilumina el alféizar de una de las ventanas más altas del barroco palacio. Sobre la blanca almohada una melena rubia se esparce en dorada cascada ocultando a medias una dulce y sonriente carita que, al sonido de la puerta al abrirse, se gira como un radiante girasol hacia el padre que lleva meses sin ver.


Baja corriendo de la cama, salta hacia sus brazos... y se despierta justo en el momento en que iba a sentir sus brazos alzándola.


Su felicidad se apaga cuando apenas estaba en sus albores mientras le llega el lento tañido de la campana y la delicada mariposa, indiferente, revolotea en un rayo de sol.



Comienzo


La mariposa volaba sobre la reverberante laguna. Mientras, la mujer, con la almohada apoyada sobre el alféizar barroco, contemplaba la cascada de luz que, en los albores del nuevo día, caía sobre el girasol plantado en el cerúleo tiesto.


Comenzaba un nuevo día.


Él se había alejado de su vida.


Ella era, por fin, feliz.


Despedida


La pequeña mariposa, posada sobre un brillante girasol, parece contemplar ensimismada la reverberante luz que, en estos primeros albores del día, es reflejada por las quietas aguas de la laguna.


Unas pequeñas flores rojas caen en cascada desde el alféizar de una ventana cercana. El pequeño jardín barroco parecía brillar bajo el cerúleo cielo.



Desde su almohada, la anciana gira trabajosamente su cabeza hacia la brillante luz que comienza a iluminar su oscura habitación. Sonríe levemente y, lanzando un último suspiro, cierra sus ojos para siempre.





martes 3 de noviembre de 2009

Huelga

Tras muchos meses de amargura y desconsuelo decidió montarle una huelga a la Tristeza. No una huelga a la japonesa, no era cuestión de llorar más horas de las que ya había llorado ni de dar más suspiros de los ya dados ni de sentir el corazón más oprimido de lo que ya lo había sentido. Ni tampoco una huelga de celo, por el mismo motivo. Ni pensar en una huelga de brazos caídos puesto que lo que quería era poner distancia -mucha- entre la Tristeza y ella. Menos aún una huelga de hambre que eso a Tristeza le encanta.


Sería una huelga salvaje, sin darle ningún tipo de notificación que la pusiera en guardia y le permitiera defenderse. De modo que, según lo pensó, lo hizo. Se plantó frente a la Tristeza y, poniéndole en las manos su última caja de pañuelos de papel, le informó de su decisión: ya no habría más lágrimas, ya no habría más nostalgia, ya no habría más apatía, ya no más desesperanza, ni reproches, ni pesimismo.


Me pongo en huelga, le dijo, desde ahora mismo cambiaré llanto por sonrisas, añoranza por esperanza, apatía por determinación, pesimismo por optimismo.


Me pongo en huelga, le dijo, y no abandonaré mi lucha hasta que desaparezcas de mi vida y la felicidad se mude definitivamente conmigo.


Luego, dejando a Tristeza con la boca abierta, se dio media vuelta y traspasó la puerta dispuesta a salir a disfrutar la belleza del otoño. Pero antes de cerrarla tras de sí, se giró y, sonriendo, añadió:


- Casi lo olvidaba. Avisa a Soledad. Que se vaya preparando. Luego va ella. Lo primero que pienso hacer es convocar una manifestación. Multitudinaria. Después... después ya veremos.


Agitó los dedos en señal de despedida, cerró la puerta con suavidad y se alejó canturreando.






jueves 29 de octubre de 2009

Cosas de casa...

Mi cama


Mi cama no es sólo una cama.


Mi cama, aunque suene raro, es más que una cama.


En realidad mi cama puede ser casi cualquier cosa.


Puede transformarse, por ejemplo, en lugar de estudios donde la niña, usando una pequeña pizarra a modo de mesa, hace sus deberes.


En otras ocasiones se transmuta en sala de juegos en la que jugar a navegar en un barco o a usar a papá como caballito o a “hacer el sandwich” (mamá una tapa del pan, papá el embutido, la niña la tapa superior) o mantener durísimas “peleas familiares”.


Mi cama, otras veces, es el sofá de un salón donde nos reunimos todos a ver la tele (especialmente en verano ya que mi dormitorio es la habitación más fresca).


Por supuesto, es inevitable su transformación en biblioteca: en ella lee la niña, leo yo, lee mi “husband”...


Mi cama, ya lo he dicho, no es sólo una cama. Es un lugar de encuentro, un sitio de vida familiar.




Ah, también sirve para dormir.






Mis libros


Mis libros son desordenados y desorganizados.


Conste que yo intenté imponer algo de método en su caos pero el trabajo que tuve fue en vano pues en cuanto me descuidé un poco la confusión comenzó a instalarse nuevamente entre ellos.


Mis libros son ya tan abundantes que es imposible retenerlos en una sola habitación o en un solo mueble. No. Ellos recorren toda la casa desbordándonos y llenándolo todo. Donde más se acumulan es en la que podría ser una habitación de invitados pero que nosotros denominamos “la nevera” (tenemos el radiador de esa habitación cerrado y en invierno hace un frío que pela) y que, a todos los efectos, funciona como trastero o agujero negro al que van gravitando todas aquellas cosas que no sabemos donde poner. Ahí habita la mayor parte de nuestra biblioteca, pero no toda. Otra parte se encuentra en el salón ocupando lugares que, en casas más normales, se supone destinado a vajillas o cristalerías. Y, por último, otra parte habita en mi dormitorio, concretamente sobre la cómoda y sobre mi mesilla de noche.


Hay, entre mis libros, algunos que sólo han sido leídos una vez -la mayoría-; los hay que jamás han sido leídos -los menos- y, entre éstos, los hay a los que me he intentado acercar más de una vez sin ningún éxito (por ejemplo: La vida instrucciones de uso). Y hay, por último, unos cuantos que han sido leídos en múltiples ocasiones y que, probablemente, volverán a ser leídos: Cien años de soledad, La historia interminable, La Regenta, Fortunata y Jacinta, El amor en los tiempos del cólera, varios de la serie Mundodisco, Ivanhoe, Los tres mosqueteros... y no sé si me dejo alguno más.


Mis libros, ya lo he dicho, son abundantes, variados, desordenados y pobladores de los más variados hábitats.


Sinceramente, no sé qué haría yo sin mis libros.





martes 27 de octubre de 2009

El dios

El dios se deslizaba suavemente en el vacío espacial dejándose mecer por vientos solares y permitiendo que las fuerzas gravitacionales le acercaran o alejaran de planetas, planetoides, estrellas y demás cuerpos celestes. Dormitaba una siesta milenaria e indolente debido más al aburrimiento que al cansancio.


Como dios no es que fuera gran cosa. Siendo sincero consigo mismo debía admitir que, en realidad, como dios era un completo desastre.


El dios se revolvió, resoplando, en su cama de éter. El polvo y el gas de una nebulosa cercana salieron despedidos a varios años luz de distancia.


Un par de galaxias habían nacido y habían muerto desde que perdió su único planeta en una partida de dados contra otro dios.


Podía haber intentado crear otro pero es que, vaya, eso de crear no se le daba demasiado bien. En el planeta que perdió había invertido millones de años. Moldearlo y crear la base geológica le costó un esfuerzo sobre-divino; sudó tanto que los primeros océanos le quedaron algo salados, algo ácidos y... bueno, algo “olorosos”. Y esa fue la parte sencilla. Lo peor vino con la creación de animales y plantas. Puf. Ahí sí que se las vio y se las deseó. La de bosquejos, croquis y maquetas que llegó a hacer para luego deshacerlos. Cuando perdió el planeta aún estaba trabajando en ello; incluso recordaba con cariño su último proyecto: un animal enorme, de tres cabezas, con enormes colmillos, varias patas y miembros superiores tentaculares. Francamente tenía que reconocer que no parecía muy funcional pero era, sin la menor duda, lo más original que había creado.


Pero, bueno, todo eso ya daba igual porque había perdido su planeta contra ese otro dios. Luego ya no le habían quedado ganas de dedicarse a crear otro.


Había decidido tomarse varios millones de años sabáticos y viajar por todos los universos que pudiera. Ya tendría tiempo de crear otro mundo. De momento prefería seguir meciéndose entre planetas, nebulosas, galaxias y estrellas.


Disfrutaba enormemente de la languidez que le ofrecía la pereza.


El dios bostezó y casi se atraganta con una lluvia de meteoritos que se le coló en la boca. Se estiró varios miles de años luz. Tomó un cúmulo estelar próximo para usarlo como almohada y continuó deslizándose en el vacío espacial, durmiendo su siesta milenaria, dulcemente arrullado por la música de las esferas y sacudiéndose, de vez en cuando, algún cuerpo celeste que le hacía cosquillas en la nariz.





jueves 22 de octubre de 2009

Aura no puede dormir (Infantil)


Aquella noche de luna llena Aura no podía dormir.


Se volvió a la derecha... y nada.


Se volvió a la izquierda... y nada.


Se volvió boca abajo... y nada.


Se volvió boca arriba... y nada.


Dio vuelta a su almohada.


Se destapó.


Se volvió a tapar.


Se cubrió los ojos con las manos.


Se abrazó a su osito.


Se cantó una nana.


Y nada.


Aura recordó que su mamá siempre le decía que contara ovejas y a ello se puso:


-Una oveja... Dos ovejas... Tres ovejas... ¡Eh, eh! - Aura gritaba a la tercera oveja que había decidido dar media vuelta y echar correr - ¡Eh, tú! ¿Dónde crees que vas?


La niña la siguió, la persiguió, corrió, casi galopó tras la oveja fugitiva.


Hasta que Aura se cansó y se sentó al borde de un camino de color rojo.


-Pues así no hay quien se duerma -pensó- tendré que contar otra cosa. Pero ¿qué?


Miró a la derecha, miró a la izquierda y, de pronto, a lo lejos, vio que se acercaba un curioso desfile. Aura contó:


- Un koala, dos ornitorrincos, tres wombats, cuatro canguros... ¡Eh, eh! - Aura gritaba a los cuatro canguros que habían decidido dar media vuelta y largarse saltando - ¡Eh, volved! ¡Así no os puedo contar bien!


La niña los siguió, los persiguió, corrió, casi galopó tras los canguros fugitivos.


Hasta que se dio cuenta de que no tenía por qué ir tras ellos y se sentó al borde de un camino de color azul.


-Nada, que esta noche no voy a dormir -pensó- ¿Qué otra cosa podré contar?


Miró a la izquierda, miró a la derecha, miró al frente y vio acercarse un curioso cortejo. Aura contó:


-Un duende, dos gnomos, tres hadas, cuatro brujas, cinco elfos, seis ogros, siete princesas, ocho príncipes, nueve magos, diez elfos... Esto de contar es muy aburrido – dijo Aura con un bostezo.


Siguió contemplando el fantástico desfile hasta que alguien la tomó de la mano y la animó a unirse a ellos.


Y entre risas, saltos y bailes se fue, siguiendo sus pasos, por el camino azul.


En el dormitorio de Aura, a la luz de la luna, el Hada del Sueño arropó a la niña, acarició sus párpados cerrados, sonrió ante su sonrisa y, silenciosamente, se marchó dejándola a solas con sus ovejas, sus wombats, sus hadas y sus elfos...



Babys First Lullaby - Schubert