sábado, 13 de julio de 2019

Inmutabilidad




Instaló el último chip, comprobó el último circuito, dio un último repaso a todo y, finalmente, con un suspiro de satisfacción, dio por concluida la máquina del tiempo. Tras un rato de mirarla con orgullo de padre, entró en la cabina. Acercó sus manos temblorosas al panel de control y lo acarició tiernamente antes de empezar a pulsar botones. Había llegado el momento de comprobar si, efectivamente, funcionaba. Escogió ir tan sólo unas décadas en el futuro, hizo unos breves cálculos para compensar los movimientos de rotación y traslación del planeta y no acabar en mitad del océano, introdujo los datos, pulsó el botón correspondiente y viajó al futuro.
Salió de la cabina, muy emocionado y algo preocupado por lo que podía encontrar y quedó sorprendido al ver que nada había cambiado. Aquello era su laboratorio de siempre, el que había construido en el sótano de su casa. Por si acaso, se animó a subir hacia la planta y alta y... Sí, allí todo seguía exactamente igual. O sea, que su máquina había fallado.
Volvió al sótano y entró de nuevo en la máquina del tiempo dispuesto a probar una vez más. Avanzaría otras cuantas décadas.... Nada.



Siguió probando durante toda la noche, pero cada vez que salía se encontraba con su laboratorio exactamente tal como lo había dejado, sin tan siquiera una mota de polvo más.
Pasó días revisando, desmontando y volviendo a montar, repasando cálculos, examinando hasta el más pequeño de los circuitos... Todo parecía correcto y, sin embargo, cada vez que intentaba viajar nada pasaba.
Al fin, un día, se rindió a la evidencia: la máquina del tiempo, su máquina del tiempo, no servía para nada. Subió por última vez las escaleras del sótano, cerró la puerta con llave y dejó allí olvidado el sueño de su vida.
Fue una lástima que en ningún momento se le ocurriera salir de su laboratorio. De haberlo hecho, habría descubierto que su máquina sí que funcionaba y que sería su hijo quien lo descubriría tras su muerte, y todo esto lo habría descubierto sólo con leer la placa instalada en la entrada a su casa-museo.
Claro que, de haberlo hecho, esta historia no habría podido escribirse.

lunes, 10 de junio de 2019

Cumpleaños número 17


“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.


Diecisiete años. El primer curso de bachillerato casi finalizado, las notas a punto de ser entregadas. En un par de días, el primer fin de semana fuera sin supervisión de adultos, ella ha buscado el apartamento, ella ha hecho la reserva, ella se ha estado tragando todo el estrés que organizar algo así conlleva.

“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.

Diecisiete años. El verano a las puertas. Planes con los amigos (cruzando dedos para que no se fastidien). Conciertos y festivales a la vista. La idea de buscar un trabajillo para esos meses apareció y se desvaneció sin materializarse. Ya habrá tiempo.


“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.

Diecisiete años y ya pensando en el último año de bachillerato, la futura EBAU, las becas y la universidad. Tan lejos. Tan cerca.


“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.

Diecisiete años. Amigos que se han ido. Amigos que se irán. Amigos recién hechos. Amigos por hacer. 

“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.

Diecisiete años. Comparte gustos musicales con sus padres. Caso extraño donde los haya. Aún se lo pasa bien con nosotros. Caso extrañísimo donde los haya. Cada día con más desparpajo y seguridad. Autoestima a prueba de bombas. La presión del grupo parece resbalar por su piel como aceite. La participación en clase sigue siendo su punto débil en su vida estudiantil.


“You are the dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Dancing queen
Feel the beat from the tambourine, oh yeah
You can dance
You can jive
Having the time of your life
Ooh, see that girl
Watch that scene
Dig in the dancing queen”.

Diecisiete años. Esos son los que cumple nuestra “Dancing Queen, young and sweet”. Para la mayoría de nosotros son pocos. Para ella son muchos. Todo es cuestión de perspectiva, ya se sabe.

Feliz cumpleaños, dancing queen :)

miércoles, 29 de mayo de 2019

DECISIONES


1 de junio de 3215 



Sentados ante una brillante mesa de una espaciosa oficina cuyos amplios ventanales se asoman a un plácido jardín bañado por el sol, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Consejo Mundial está a punto de claudicar ante los Djorgs y ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de mañana los humanos pasaremos a ser, de facto, otra especie esclava de los alienígenas —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre dije que volvernos tan extremadamente pacifistas no podía traer nada bueno. Cierto que ya no hay guerras, pero nos hemos quedado indefensos ante seres de otros planetas, tal como ha quedado más que probado —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara al momento en que las ideas pacifistas triunfaron y encontrara el modo de darles un ligero frenazo, lo justo para no quedar por completo inermes, podríamos salvar el planeta.  

Los cuatro discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 

Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 



1 de junio de 3215 


Sentados ante una severa mesa de una austera oficina, cuyos ventanales enrejados se asoman a un patio de cemento en el que decenas de reclutas realizan sus ejercicios matinales, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Líder Supremo está descontrolado, no atiende ni a las razones de los más cercanos y ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ahora las purgas serán aún más exhaustivas, que habrá nuevas levas y reclutas aún más jóvenes, que todos nuestros ya escasos recursos se irán a una nueva y estúpida guerra —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he creído que, si en lugar de un ser humano, nos guiará una IA, las cosas nos irían mejor, puestos a vivir bajo una tiranía, prefiero la de un ente sin pasiones —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara al pasado y esparciera ciertas ideas entre los científicos adecuados... 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 


Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 




1 de junio de 3215 


Sentados ante una mesa de una fría oficina, cuyos ventanales se asoman a unas amplias avenidas donde robots de diferentes tamaños y formas se afanan en sus tareas, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—OC sigue convencido de que lo mejor para todos es parecernos más a él y ha decidido que a cada uno de los humanos le debe ser implantado un chip intracerebral. Ya sabéis lo que eso supone —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ese momento seremos como máquinas controladas por el Ordenador Central, llenos de lógica y vacíos de sentimientos y personalidad —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he pensado que fue una lástima que los luditas no lograran tener éxito en su lucha contra las máquinas, no digo yo parar el avance científico, pero creo que dirigirlo un poco no habría estado mal —se explaya un tercero. 

—Bueno, disponemos de una máquina del tiempo... —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Y somos los únicos con acceso a ella. Quizás si alguien regresara en al pasado y echara una mano a esos luditas... 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  

—Bueno, tampoco hay nada que perder. 


Y, sin más, los cuatro se dirigen hacia la máquina del tiempo. 




1 de junio de 3215 


Sentados ante la gran mesa de madera de una oscura oficina, cuyos ventanales se asoman a un claustro por el que unos pocos monjes pasean en silenciosa meditación, cuatro personas conversan sobre la situación mundial: 

—El Santo Padre ha decidido prohibir cualquier tipo de enseñanza, ni tan siquiera un mínimo de lectura y escritura, nada. Ya sabéis lo que eso significa —dice el que parece de mayor edad. 

—Que a partir de ahora perderemos los escasos avances que hemos logrado, que la ignorancia campará por el mundo y que el conocimiento quedará en manos de los más poderosos —responde una mujer menuda sentada frente a él. 

—Siempre he pensado que lo peor que nos pudo ocurrir fue no poder librarnos de la religión cuando tuvimos la oportunidad —se explaya un tercero. 

—Si no se hubiera declarado a la ciencia como herética, quizás no nos estaríamos iluminando aún con velas —replica una mujer con aspecto de walkyria—  Quizás hasta habríamos podido viajar en el tiempo y cambiar nuestra historia, ¿quién sabe? 

Discuten durante unos minutos la posibilidad o imposibilidad del asunto y, finalmente, la cuestión se zanja con un:  


—Por desgracia eso es algo que nunca sabremos. 


domingo, 14 de abril de 2019

MIRADAS


Publicado en el libro de relatos "En el laberinto del laurel" editado por el Ayuntamiento de Murcia y la Asociación Yo Nemanílica.



Lo veo cada día en el parque, en su silla, con ese curioso aspecto de astronauta perdido en un mundo desconocido. Rodeado siempre de su familia. que orbita en torno a él, tres planetas perfectamente sincronizados, nunca demasiado lejos.
Llama la atención. Es inevitable.
Veo los ojos moverse a su paso, veo cejas que se alzan, ceños que se fruncen.
Veo miradas huidizas, miradas de reojo, pupilas escondidas tras las enormes y oscuras lentes de unas gafas de sol. Ojos que miran sin querer ver y fingiendo que no miran.
Veo miradas de pena, alguna de curiosidad y otras, las menos, de burla y desprecio. Veo tantos tipos de miradas como tipos de personas existen en este mundo nuestro.
Advierto los codazos que quieren ser disimulados, las llamadas de atención disfrazadas, los dedos que señalan con descaro, las cabezas que se giran con cuidada discreción. La mayoría de las personas intentan fingir que no observan, en cambio los niños carecen aún de filtros diplomáticos y miran sin reparos, los más pequeños se acercan, valientes, mientras sus madres corren azoradas a apartarlos pidiendo balbuceantes disculpas. Algunos otros, una minoría mal educada y de escasa empatía, curiosean sin el menor rastro de vergüenza.
Yo también miro, lo hago todos los días desde hace varios meses.

Lo miro a él, que parece tan frágil, sus brillantes ojos llenos de inteligencia y tan llenos de curiosidad como los míos, absorbiendo la vida que se mueve a su alrededor como una pequeña esponja. Miro a sus padres, sus miradas preocupadas y llenas de amor, sus rostros agotados, sus automatizados pero cariñosos cuidados cotidianos.
Mis ojos se mueven, se apartan de ellos, los observados, los vigilados, y vuelven a mirar a quienes les miran, los observadores, los vigilantes, sus caras de desconcierto, de pena o de curiosidad. En algunos rostros llego a ver, incluso, las tres miradas alternándose en rapidísima sucesión.
Observar, para mí, es un acto compulsivo, casi instintivo, necesito mirar, contemplar, diseccionar y luego plasmar por escrito todo cuanto veo y siento. Son mis ojos quienes me ayudan a entender el mundo, los que me ayudan a captar la esencia, las herramientas con las que intento indagar y aprehender. Por eso, mis ojos, espías e intrusos, les siguen y escrutan hasta sus menores movimientos. Sin maldad, pero con mucha curiosidad.

Ellos saben que les miro, que les miramos. Se saben observados, son conscientes de que nuestras pupilas se clavan en él, en su silla, en los cables que le rodean como tentáculos de plástico. Saben lo que pensamos, lo que sentimos, lo que callamos, lo que quisiéramos preguntar y no preguntamos, saben todo eso y lo soportan con estoica paciencia. ¿Qué otra cosa pueden hacer? ¿Enfrentarse a los mirones? ¿Recriminarles? ¿Ocultarse? No les queda otra que aguantar e intentar ignorar esas miradas. Duelen, por supuesto que duelen, pero cosas más dolorosas que esas soportan a diario y ahí siguen, luchando.
Pasé días y días mirando, contemplando, observando y anotando hasta el más mínimo detalle mientras en mi interior se libraba una durísima batalla entre mi curiosidad y mi pudor. Finalmente las ganas de saber más vencieron a mi vergüenza y me acerqué a ellos, despacio, con timidez de adolescente, avergonzado de invadir su intimidad pero arrastrado sin remedio por mi insaciable sed de saber.
Y entonces fueron ellos quienes me miraron, sus ojos sorprendidos, inquisitivos, intrigados. ¿Quién eres?, preguntaban sus miradas, ¿qué quieres?, ¿qué buscas?, ¿por qué quieres robar nuestro tiempo? Atravesado por esas miradas llegué hasta ellos con la sonrisa del que sabe que molesta y, con voz ronca, hice la pregunta que todos quieren hacer pero que no tienen la suficiente valentía para lanzarla al aire en alta voz.

 Y ellos, dirigiendo una mirada amorosa al pequeño y una mirada tentativa a este molesto intruso, dubitativos ante mis posibles intenciones, me respondieron con un nombre hasta ese momento desconocido para mí, un nombre que les hice repetir media docena de veces antes de poder entenderlo. Probé a decirlo y mi lengua se enredó, tropezó, se hizo un nudo con esas dos palabras y sus diecinueve letras.
Ellos me observaban, divertidos, con una pequeña chispa de guasa en sus ojos. Yo tampoco pude evitar una sonrisa ante mi torpeza.
Debí repetir la palabra varias veces hasta que mi boca logró decirla sin atascos ni tartamudeos.
-Miopatía ne-ma-lí-ni-ca -pronuncié la segunda palabra muy despacio para no volver a trastabillar entre sus letras. Nunca había oído hablar de esa enfermedad, así que seguí con mi impertinente interrogatorio. Tenía que saber. Quería aprehender todo cuanto pudiera en ese pequeño intervalo temporal que me estaban concediendo tan amablemente.
Ellos, con la mirada resignada y cansada de quien ha repetido la historia decenas de veces, me contaron todo. La ilusión de la espera, el dolor del descubrimiento, la confusión, el duro aprendizaje diario, la lucha cotidiana. Avanzando lentamente, paso a paso pero sin descanso.

Su historia me conmovió como pocas lo habían hecho, el corazón se me encogió un poquito de pena por lo sufrido y se me ensanchó otro poco de admiración por su lucha silenciosa, por su guerra sin épica, por sus batallas sin gloria, por el amor que entregan y el que reciben a raudales.
Esos desconocidos a los que invadí con mi impertinente curiosidad fueron creciendo ante mis ojos hasta transformarse en héroes. Sin medallas. Sin oropeles. Sin pompa. Sin fatuidad. Sin vacuos discursos ni grandes desfiles. Héroes de los de verdad. Héroes con el gran pequeño valor cotidiano, héroes de la lucha diaria y callada. Esos pequeños héroes que nadie ve ni quiere ver.
Desde ese día mi mirada cambió. Sigue siendo curiosa porque mi curiosidad nunca se sacia y siempre hay algo más que quiere saber, pero ahora mis ojos, además de mirar, comprenden y reconocen.
Miro a los que pasan a su lado. Busco sus ojos y miro sus miradas. Y pienso, porque además de mirar pienso, que no es malo el mirar, que lo malo es el no ver, el no reconocer, el no meditar sobre aquello que se ve y que no se conoce, el no inquirir y buscar y entender...
Lo malo es taparse los ojos por no ver.
Lo malo es ignorar lo que se ve.
Hacer visible es conocer, conocer es entender y entender puede ser el primer paso para ayudar.
Yo sigo mirando porque ya no puedo no mirar.
Sigo viendo porque ya no puedo no ver.
Sigo aprendiendo porque ya no puedo no aprender.
Sigo esperando el momento en que seamos muchos los que reconozcamos lo que vemos y que la lengua no se nos haga un nudo cuando intentemos pronunciar esa palabra tan difícil: ne-ma-lí-ni-ca.

domingo, 17 de marzo de 2019

La canción




Gilberto despierta y, aún desorientado, oye la desafinada voz:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!

Es Macarena cantando a voz en grito mientras se mueve por la casa arrastrando muebles, barriendo, pasando la fregona, trasladando el polvo de un lado a otro a base de golpes de plumero, limpiando ventanas y realizando, en fin, las miles de tareas grandes y pequeñas que requieren el cuidado del hogar.
Gilberto odia esa canción casi tanto como odia la voz chillona de Macarena, ambas cosas le taladran el tímpano, llegan hasta el centro de su cerebro y allí rebotan de un lado a otro como una pelota imposible de detener, atacando sus nervios hasta enfermarlo.
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover ¡ay mamá me estoy mojando!
La voz chirriante, procedente de la cocina, se clava con saña en los oídos de Gilberto, y este, furioso, va en busca de la mujer para pedirle que calle, pero al llegar a la cocina, Macarena ya no está y la canción suena desde otra habitación.
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Para más inri y mayor tortura, Macarena parece no conocer más versos de la maldita canción y repite los mismos machaconamente, una y otra vez.
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Gilberto, las manos en sus sufridos oídos en un vano intento de protección, corre de nuevo hacia la voz de Macarena que suena ahora en el piso superior, pero al llegar allí la canción se ha trasladado al salón:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Y allá va Gilberto, una vez más, en busca de la mortificante voz, para, otra vez, encontrarse con que Macarena ya no está donde creía que estaba.
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Esa o final alargada hasta el infinito, esa o oronda taladrando sus tímpanos, esa o vibrante le pone los nervios de punta.
Gilberto recorre la casa dos, diez, treinta veces persiguiendo la desquiciante voz. Pero Macarena, escurridiza cual anguila, parece estar siempre en otro lugar desde el que, a voz en grito, sigue entonando:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!

—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Gilberto, los nervios y los oídos destrozados, llama a gritos a la mujer, añadiendo a su nombre los epítetos más indecorosos e indignos que puede recordar y alguno inventado sobre la marcha. Siente que, si no consigue detener el horrísono cántico, la cabeza le va a reventar.
Cuando sus gritos cesan, el silencio reina en la casa, Gilberto ladea la cabeza esperando la canción que no llega, quizás se haya cansado de cantar, piensa. Una sonrisa, mínima y esperanzada, asoma con timidez a sus labios para morir casi antes de nacer cuando, desde la planta baja, suben hasta él las torturadas notas que huyen despavoridas de la boca de Macarena:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Un velo granate de pura ira nubla los ojos de Gilberto que, a toda velocidad, corre hasta la cocina, coge el cuchillo más grande que encuentra y vuelve a recorrer la casa siguiendo las inarmónicas notas:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Gilberto pierde el sentido del tiempo. Da vueltas y vueltas siguiendo la odiada voz, cuchillo en mano, llamando a voces a Macarena que, como única respuesta, continúa canturreando, incansable e inalcanzable:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
El paso del tiempo, en lugar de aplacarlo, lo enoja cada vez más. Gilberto ya no piensa, ya no razona, Gilberto se ha convertido en rabia y odio, un odio profundo y oscuro hacia esa canción y la garganta de la que sale.
Agotado de correr sin sentido ni rumbo, Gilberto cae de rodillas y grita, grita con todas sus fuerzas intentando acallar con sus gritos la irritante melodía:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Esa vez la oye en la misma habitación. Ronca, susurrante, enervante...
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Sin levantarse, Gilberto sujeta con fuerza el cuchillo y gira lentamente la cabeza.
Macarena está en la puerta, los brazos en jarras, en su cuello un collar sangriento, en sus labios una sonrisa malévola, en sus ojos un brillo demoníaco, en el aire la misma odiosa canción:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
Y Gilberto, de golpe, recuerda.

Recuerda llegar a casa enfadado y frustrado... como siempre.
Recuerda encontrar a Macarena enfrascada en sus tareas... como siempre.
La recuerda cantando esa maldita canción... como siempre.
Recuerda que, como ahora, el odio irracional había nublado su mente y sólo pensaba en callarla, que había cogido el cuchillo, había corrido hacia donde ella estaba y, de un tajo, había rebanado su garganta.
Recuerda el peso del cuerpo inerte y benditamente silencioso mientras lo arrastraba hacia el coche con idea de llevarla al borde del acantilado y, desde allí, lanzarla al mar.
Caía una lluvia torrencial y la visibilidad era mínima.
El odio feroz que, hasta hacía escasos  minutos, anulaba su razón había desaparecido borrado por el silencio y el miedo.
Y, entonces, surgiendo del portaequipajes, superponiéndose al sonido de la lluvia y el ronroneo del motor, Gilberto oyó la voz de Macarena:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!
El susto hizo que perdiera el control del coche, la carretera mojada hizo el resto.
Un fogonazo. Oscuridad y luego... Luego, esto, Macarena, la canción,  el infierno, su propio y personalizado infierno.
Macarena ríe a carcajadas con sus dos bocas. La risa, estridente y dolorosa, acompaña a su asesino mientras cae en la inconsciencia.
Cuando Gilberto despierta, aún desorientado, oye la desafinada voz de Macarena:
—Parece que va a llover, el cielo se está nublando, Parece que va a llover, ¡ay mamá me estoy mojando!

domingo, 23 de diciembre de 2018

LA NAVIDAD DE NOELIA



Noelia llevaba un mes corriendo más de lo que habitualmente corría, y eso era ya mucho correr. Se aproximaba Navidad y eso siempre multiplicaba las tareas y las carreras. Así que Noelia corría a todas partes y a todas horas intentando cumplir con la larga lista de obligaciones en la que, a estas alturas de su vida, se había convertido las dichosas fiestas: preparar disfraces para la fiesta navideña del colegio, comprar ingentes cantidades de alimentos en hipermercados abarrotados, sufrir los villancicos repetidos hasta el agotamiento auditivo, sacar la decoración navideña, poner la decoración navideña, reponer/renovar la decoración navideña, intentar hacer que la decoración navideña resulte lo menos kitsch posible, acudir a la fiesta del colegio, sacar fotos y sonreír como mema viendo a los retoños cantar un villancico vestidos de pastorcillo/oveja/angelito/arbolito... Acudir a la cena con los compañeros de trabajo donde tendrá que aguantar al baboso de Manolo y los lloriqueos de Mariola... o al revés, ir a una comida con las amigas, donde todas intentan demostrar lo muy felices y estupendas que son aunque la mayoría son unas amargadas insatisfechas, visitar jugueterías para comprar los regalos de Papá Noel y los de Reyes para los niños propios y varios ajenos, hacer cola para la lotería no vaya a ser que este año toque y a ver qué pasa si toca y ella no lleva un mísero décimo, comprar regalos para padres, suegros, cuñados, hermanos... Ah, y para el marido, claro, que siempre se olvida de él. El hombre de su vida. El padre de sus hijos. El compañero y amigo. El hijo de... que siempre encontraba el modo de estar súper ocupado cuando le pedía ayuda.

Noelia intentaba darse ánimos con aquello de la felicidad y la familia y las sonrisas y la cara de ilusión de los niños y todas esas cosas que nos decimos para llenar las fechas de lentejuelas y alegría, pero al final acababa reconociendo para sí misma, que la Navidad se había vuelto una festividad pesada, aburrida y agotadora llena de compromisos absurdos y que, si de ella dependiera, se saltaría todo el mes de diciembre (y gran parte de noviembre). Pero como no había forma humana de eludir todos los compromisos familiares y amistosos, Noelia seguía corriendo de acá para allá.

Aquel año, para más inri, tuvo que trasladarse a la ciudad vecina por cuestiones de trabajo el mismo día de Nochebuena, con el consiguiente trastorno, menos mal que a esas alturas ya tenía todo lo necesario para la cena y que su marido se encargaría de comenzar a preparar la cena en caso de que ella se retrasara a pesar de llevarlo todo calculado al milímetro para que tal cosa no ocurriera.

El día 24, a las dos de la tarde, una vez acabadas las diligencias que la habían llevado a otra ciudad, Noelia, compró unos sandwiches y unos refrescos para comer mientras conducía e inició el camino de vuelta a casa, agotada, somnolienta y estresada. Según sus cálculos a eso de las seis estaría entrando en su casa lista para empezar el ajetreo culinario. Pero ni el más perfecto de los planes está libre de fallos y la entropía, tan amante del caos, siempre encuentra la forma de desordenar lo más ordenado.
En este caso la entropía se disfrazó de nieve. Nieve que había comenzado a caer desde primeras horas de la mañana, primero de manera suave, pero aumentando su intensidad a medida que pasaban las horas. Noelia, sumergida en sus asuntos, apenas se había percatado de la nevada ni había escuchado las noticias que hablaban de uso de cadenas, nieve acumulada y retenciones de tráfico. Para cuando quiso darse cuenta, Noelia estaba rodeada de nieve y automóviles sin poder avanzar ni retroceder. Llamó a casa, ansiosa y hecha un manojo de nervios, para advertir a su familia de su situación y de que no sabía cuánto tiempo debería permanecer allí atascada y a lamentarse de que era posible que se perdiera esa Nochebuena. Y, al momento de decirlo, Noelia sintió un extraño y culpable alivio.


De repente fue consciente de que, al menos por aquella noche, no habría prisas, nervios, trabajo, gritos... No recibiría las críticas de sus padres, ni aguantaría la borrachera de su cuñado, ni la mirada envidiosa de su hermana, ni tendría que preocuparse del comportamiento de los niños, ni escuchar los petardos en la calle, ni preocuparse por si la cena salía bien ni... ¡Nada! ¡No tendría que ocuparse ni preocuparse de nada!
La envolvió una maravillosa sensación de paz y libertad. Salió del auto para sacar la manta que siempre llevaba en el maletero. Al volver se instaló cómodamente, reclinó su asiento, puso una emisora con música suave, sacó su escasa comida y su parca comida.
«¿Quién sabe?», pensó,«quizás repita el año próximo». Y, con una somnolienta y plácida sonrisa, Noelia se dispuso a pasar su mejor Nochebuena en muchos años.



domingo, 25 de noviembre de 2018

Dudas

(Publicado en la revista miNatura digital nº 161)


La puerta se abre. Despacio. Tímida, recelosa... La puerta se abre y lo hace sola. Nadie la empuja ni tira de ella. Sencillamente, se abre.
Matilde mira hacia afuera... Cree que es hacia afuera, pero tal vez es hacia adentro. No está segura. Ni siquiera sabe por qué está allí ni dónde o qué es allí.
El hecho es que la puerta se abre, que se abre sola y que Matilde mira más allá de ella y sólo ve, o no ve, la oscuridad. Una oscuridad profunda, hosca, fría.
Matilde, parada frente a la puerta abierta, tirita. 
Debería entrar... o tal vez salir. Lo que sea, pero hacer algo, ¿no? 
No puede quedarse allí, sea donde sea allí, eternamente, ¿no?
Pero no se decide a moverse. 
—Aquí no se está mal —se dice—. Al menos no hace frío. Allí, sin embargo...
Y continua mirando la oscuridad de más allá de la puerta sin decidirse a moverse.
A su espalda un repentino sonido reptante la hace estremecer, un olor nauseabundo le provoca arcadas. 
Movimiento. Roces. Susurros. Cada vez más cercanos. 
Algo viscoso roza su cuello.
Matilde mira a la oscuridad, y ya no se le antoja tan inhóspita, un segundo más de duda y, finalmente, de un salto cruza la puerta y la cierra. 
Al instante la oscuridad desaparece y el frío con ella.
Un clic hace que se gire.
La puerta se abre. Despacio. Tímida. Recelosa...
Lleva eones haciéndolo, pero Matilde no lo sabe.

Inmutabilidad

Instaló el último chip, comprobó el último circuito, dio un último repaso a todo y, finalmente, con un suspiro de satisfacción,...