sábado, 4 de marzo de 2017

Micros

Cita a medianoche

El fantasma acudió a la cita antes de medianoche. Siempre había sido puntual y no iba a iniciar el sendero de la impuntualidad ahora que estaba muerto. Por muy espíritu desencarnado que uno sea, las buenas costumbres no deben perderse.
De modo que allí estaba, diez minutos exactos antes de medianoche.
Más puntual que un reloj suizo.
Esperando.
Dando vueltas y más vueltas entre las almenas del castillo que le había tocado en suerte encantar.
Esperando.
Su cuerpo translúcido atravesado por anillos de fría niebla.
Esperando.
Las doce llegan al fin, con más retraso que él, pero llegan, como siempre llegan.
Lo sabe porque oye las campanadas que el viento trae desde el cercano pueblo.
Sigue a la espera.
Sigue con esa acezante sensación de que algo está por llegar. Por eso espera.
Pero si alguien pudiera preguntarle qué espera, el fantasma no sabría responder.
Él se limita a llegar cada noche. siempre puntual. a la misteriosa cita.
Y espera pacientemente, dando vueltas en su torre.
Cuando el amanecer apenas asoma su figura se va transformando en retales de niebla y el fantasma desaparece con un suspiro desesperado.
A la noche, justo antes de las doce, volverá a acudir a una cita que nunca llega.


Mañana te traeré lirios

La última vez que entramos de noche en el cementerio íbamos algo más que alegres, ¿te acuerdas? Veníamos de cenar y nos habíamos pasado con el vino. A ti se te ocurrió que podíamos venir aquí a terminar la fiesta:
-Me da mucho morbo -me dijiste acercando tu boca a mi oreja.
Y, claro, siendo yo el enterrador y teniendo la llave del camposanto no iba a dejar pasar semejante invitación.
Fue una buena noche.
Pero el mundo gira y las cosas cambian, y aquí volvemos a estar de nuevo. En este rincón lleno de viejas tumbas cubiertas de polvo, ocupadas sólo por huesos largo tiempo olvidados. Después de tantos años recorriendo estas ciudad de muertos me conozco todas sus calles y sus rincones más escondidos.
Como este.
Si pudieras verlo te encantaría, en serio, lástima que no puedas.
Por aquí no pasa mucha gente, casi nadie en realidad. Yo mismo sólo paso muy de vez en cuando.
Por eso lo escogí para ti.
Para esta última cita.
Gimes, imagino que debes estar aterrorizada. Despertar y encontrarte encerrada en la oscuridad debe ser terrorífico. Por si sientes curiosidad, te diré que estás en un nicho. Yo mismo acabo de cerrarlo.
No te canses dando patadas a ese muro, no se va a caer.
Dejé un móvil a tus pies, así podré escucharte hasta el final. Ni te molestes en intentar cogerlo, no tienes espacio suficiente para maniobrar.
Relájate. Intenta guardar el poco aire que tienes. Aunque, si lo piensas bien, así sólo conseguirás alargar lo inevitable.
¿Gritas? Como prefieras. A mí no me molesta.Puedes gritar cuanto quieras. Nadie te oye.
Bueno, es hora de que me vaya, aunque seguiré escuchando atentamente hasta tu último suspiro.
No quiero perderme nada de tus últimos momentos.
Te prometo que mañana te traeré lirios.

viernes, 20 de enero de 2017

Gatos

Bruja

La vieja Agnes era una bruja, todos en el pueblo lo sabían y, como tal bruja, era visitada y consultada por todo el pueblo. No era querida, la verdad. Ni tampoco respetada. Pero sí que era, al menos, consentida y aceptada, aunque sólo fuera porque les era de cierta utilidad.
Entonces llegaron los problemas, esos que siempre llegan a un pueblo: sequía, animales enfermos, alguna muerte inesperada. Una serie de desdichas encadenadas que hicieron que, inmediatamente, la gente buscara culpables y no tardaron en decidir que esa culpable era Agnes.
Por eso estaban allí esa mañana fría y neblinosa, armados de horcas y antorchas, arrasando la destartalada cabaña de Agnes y sacando a rastras a la pobre vieja que, asustada y confusa, intentaba proteger su escuálido cuerpo.
En medio del alboroto, sólo había un punto de quietud: el gato de Agnes que, sentado, en el alféizar de la ventana, lo contemplaba todo con solemnidad de notario.
Agnes lo miró con ojos suplicantes.
El gato la miró a su vez sin perder su quietud.
Durante un segundo estuvo tentado de salvarla pero eso hubiera implicado descubrirse, cosa que no le parecía demasiado conveniente en aquel momento y lugar.
Había llegado el momento de buscar otra humana.
Mientras la turba preparaba la hoguera para Agnes, el gato negro se perdió en las sombras del bosque.

El vigilante

El gato lo mira, erguido sobre la mesa camilla, tan quieto, que en un primer momento lo confunde con una de las curiosas figuras con las que la vieja ha llenado la casa.  El gato bosteza y mueve perezoso la larga cola sin dejar de mirarle.
El hombre observa el reloj por enésima vez. Inquieto. Ansioso. El maldito gato comienza a ponerlo nervioso y la vieja no sale. Lo había planificado todo al milímetro pero nada está saliendo como él esperaba. Era sencillo, entrar fingiendo ser un cliente de la vieja bruja, golpearla, matarla y trocearla en su misma bañera.
Lo mismo que ya había hecho con otras viejas solitarias y estúpidas.
Pero hasta que no se fuera el estúpido cliente al que atendía no podría hacer nada.
Y el gato lo miraba. Sin parpadear. Sin maullar. Sin hacer otra cosa que observar.
Se levantó de la silla y, para calmarse, comenzó a pasear por la habitación, secándose las sudorosas manos en los vaqueros.
El gato, sin moverse de su sitio, lo siguió con la mirada.
Algo rozó sus piernas y, al mirar hacia abajo, vio que otro enorme gato se escurría entre ellas, a continuación un maullido le hizo alzar la cabeza: sobre uno de los muebles, cuatro ojos gatunos le miraban. De pronto, aquella salita se había llenado de felinos salidos de no sabía dónde. Sobre las  sillas, bajo la mesa, en el pequeño sofá en el que había estado sentado.
Gatos que lo observaban, lo seguían... y comenzaban a acorralarle.
Cuando por fin apareció la vieja, de su visitante apenas quedaba un montón de sangrante y temblorosa carne que gemía bajo una manta de mininos.
-¡Oh! -exclamó con tono alegre- ¡Veo  que habéis encontrado vuestra comida! ¡Disfrutad, mis pequeños, disfrutad!
Y los gatos, ronroneando, siguieron clavando sus afilados dientecillos en la sanguinolenta masa que gemía suplicando ayuda.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Nochevieja


¿Año nuevo?


La última onda sonora de la última vibración de la última campanada del año acababa de sonar. Todos en la plaza gritaban, saltaban, se abrazaban y bebían.
-¡Feliz Año Nuevo!
Gritaban unos.
-¡Happy New Year!
Se atrevían los que presumían de internacionales.
Durante el tiempo que duró el viaje de esa última onda la algarabía fue mayúscula, el confeti voló, el alcohol descendió por las gargantas, los pies se movieron en danzas alocadas, las gargantas se esforzaron al máximo con cánticos y gritos.
Y cuando, por fin, esa última onda sonora de la última vibración de la última campanada del año llegó hasta el último oído capaz de percibirla y murió, el reloj volvió a dar los cuartos.
De pronto, todos volvían a estar en los lugares que habían ocupado hasta hacía un momento, con las uvas en las manos, aguardando expectantes, que el reloj comenzara a desgranar las últimas campanadas del año.
Y de nuevo, cuando la última onda sonora de la última vibración de la última campanada del año acabó de sonar. Todos en la plaza gritaron, saltaron, se abrazaron y bebieron.
Y otra vez, cuando esa última onda llegó hasta el último oído capaz de notarla y murió, el reloj volvió a dar los cuartos... y todo comenzó de nuevo.
Entretanto, en un lugar entre el mundo humano y el universo no-humano, el nuevo año, sentado en el suelo y cruzado de brazos, se negaba a dejar salir al año viejo y se oponía enérgicamente a hacer su entrada.



Rojo


Por si fuera cierto eso de que el rojo trae suerte, decidió vestirse de rojo de arriba abajo y de dentro afuera. Rojo era su vestido, rojos sus zapatos, rojo su bolso y roja su ropa interior. Rojas las uñas y rojo encendido los labios. Y no tiñó su cabello del rojo más escandaloso que pudo encontrar porque ya le pareció excesivo.
Antes de eso, había practicado todos y cada uno de los pequeños rituales que conocía para atraer a la buena suerte al comenzar el año. Ese nuevo año iba a necesitar de toda la suerte que pudiera atraer.
Una vez cumplidos todos los pequeños rituales y debidamente vestida y arreglada, tomó su maleta y, asegurándose de usar el pie derecho, salió de la que había sido su casa desde hacía treinta años.
Atrás dejaba un marido sorprendido.
Afuera le esperaba el mundo por descubrir y una nueva vida.
Sí, definitivamente necesitaba de toda la suerte que pudiera conseguir.


martes, 20 de diciembre de 2016

Negra Navidad

En casa por Navidad


La escena no puede ser más idílica y típicamente navideña. El padre, sentado en una butaca de orejas junto a la chimenea, pipa en mano y la mirada fija en el crepitante fuego. La madre, con las gafas casi en la punta de la nariz, sentada en la butaca cercana, con un libro entre las manos.
Y yo, el hijo pródigo, recién llegado de nuevo al hogar familiar, decorando el árbol familiar.
Cuando era niño lo hacíamos juntos, ¿recuerdas, papá? Yo colocaba los de la zona inferior y luego te iba pasando los de la parte alta. Cuando ya estaba todo colocado, me levantabas del suelo para que pudiera poner la estrella en la punta. Y entonces, antes de encender las luces, entraba mamá con las galletas que acababa de preparar y unas humeantes tazas de chocolate. Ella y yo nos sentábamos mientras tú, redoblando un imaginario tambor, prendías las parpadeantes luces.
Eran buenos tiempos aquellos. Éramos felices. Al menos yo lo era y siempre he supuesto que vosotros también lo erais... a pesar de mí.
Luego pasó... bueno, pasó aquello. Ya sabéis. No hace falta volver a ello. Lo importante es que estamos los tres juntos. De nuevo. Y que vamos a pasar juntos la Navidad, como antes.
No te molesta que sea yo quien decore el árbol este año, ¿verdad papá? No, claro que no te molesta. Ya no te molesta nada. Ya no te importa nada.
Y ahora, deja que piense dónde voy a colocar tus ojos y los de mamá. Luego, para acabar, en lugar del espumillón de siempre, pondré vuestros intestinos. Ya veréis qué bonito va a quedar.
¡Me encanta estar en casa por Navidad!








Deseo


Sale de la habitación despacio, sin hacer ruido. Aún es de noche y hasta su madre, siempre la primera en saltar de la cama, sigue durmiendo. Siente el suelo helado bajo sus plantas desnudas mientras avanza, sin prisa, hacia el destartalado árbol de Navidad. Un árbol pequeño, calvo en mil sitios, con ramas de menos y unos adornos tristes y descoloridos. Como la vida entre aquellas cuatro paredes.
Este año sólo ha pedido un regalo. Una única cosa. Un único deseo. Lo ha pedido con tal intensidad, lo ansía tanto que está convencido de que Papá Noel tiene que habérselo concedido. En realidad no sabe qué es lo que espera encontrar bajo el árbol, su regalo no se puede dejar allí. Quizás una nota, un mensaje...
El corazón golpea con fuerza su pecho.
Bajo el árbol un par de diminutos paquetes mal envueltos. Los tristes regalos de una familia triste.
El niño rebusca con emoción entre ellos.
¡Tiene que estar en algún sitio!
Entonces suena un gruñido a sus espaldas, seguido de un murmullo ininteligible. Luego, el silencio.
Se vuelve lentamente, temeroso de lo que va a encontrar.
Allí, tirado en el sofá, con la boca abierta y la ropa arrugada, estaba su padre, borracho como siempre. Se ve que esta noche no vino con ganas de castigar a nadie.
Su padre no se había esfumado. Papá Noel no se lo había llevado como él le había pedido.
El niño permanece allí durante unos segundos, contemplando al borracho dormido y luchando contra las lágrimas que pugnan por desbordar sus ojos.
Luego, sin dedicar una mirada al árbol y los regalos, vuelve a su cama.
Esa misma noche dejó de creer en la magia.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Truco o trato



El viejo la vio llegar, escondido tras los visillos: una pequeña muerte, una parca diminuta, con su túnica negra y su guadaña, se aproximaba a su casa, con una calabaza en la mano derecha y dando saltitos. Dentro de su cesta/calabaza varias golosinas hacían cabriolas al ritmo de sus piernas.
Cuando llegó a la puerta, la minúscula moira arregló su capucha, alisó su túnica y, poniéndose muy derecha, acercó su dedo al timbre y apretó hasta casi ahogarlo.
El viejo intentó hacerse el loco.
-Si no abro se cansará y se marchará -se dijo.
Pero la pequeña apretó el timbre sin piedad hasta que el hombre, con paso cansino y resignado, se acercó a la puerta y la abrió.
Desde las sombras de su capucha, la niña dijo con voz cantarina:
-¡Truco o trato!
El viejo gruñó:
-¡Lárgate niña, no tengo golosinas!
Y, sin más, cerró la puerta.
Inmediatamente la pequeña demandante de golosinas volvió a incrustar su dedo índice en el timbre haciéndolo resonar de manera continua e irritante.
El hombre soportó el martirio durante un rato pero, finalmente, se rindió y volvió a abrir. 



Desde las sombras de su capucha, la niña repitió con su voz cantarina:
-¡Truco o trato!
Y extendió la calabaza hacia el hombre que la miraba con el ceño fruncido.
-¡No tengo golosinas y, aunque tuviera, no te las daría, ni a ti ni a ninguno de esos pequeños monstruos! ¡Así que largo, mocosa!
Y, con un sonoro portazo, volvió a cerrar la puerta.
Cerró dando un fuerte portazo, pero apenas había soltado el pomo cuando el timbre, torturado por el implacable dedo infantil, volvió a sonar de manera horrísona. El viejo empezó a caminar por el pasillo intentando ignorar el penetrante sonido y más que dispuesto a no abrir.
¡Aquella niñita no iba a ganarle a cabezota!
Al llegar al salón dio media vuelta y regresó a la puerta, que abrió hecho una furia.
La niña, impertérrita, volvió a alzar su calabaza y, con la misma voz cantarina de las dos veces anteriores, exclamó con voz risueña:
-¡Truco o trato!

El hombre se cruzó de brazos y dijo:
-¿Y qué ocurre si pido trato?
-Que llamaré a mi abuelo.
-¿Y eso debe asustarme? ¡Venga, llama a tu abuelo y así le hablaré sobre la mala educación de su nieta!
La niña bajó la calabaza.
-¡Vamos! -insistió el cascarrabias- Sigo esperando que llames a tu abuelo.
-Ya lo he llamado -respondió la niña.
-Yo no he oído nad...
Sonó un plop.y una alargada figura apareció junto a la niña. Un calco en grande de la pequeña: túnica negra, capucha ocultando el rostro, enorme guadaña.
El viejo, asustado, deseó poder encogerse y desaparecer.
-¿Por qué me has llamado? -preguntó la oscura figura dirigiéndose a su réplica en miniatura.
-Este señor no me da chuches, quiero que te lo lleves.
El hombre, sobresaltado, dio un paso hacia el interior de la casa.
-Te he dicho muchas veces que no puedo llevarme a nadie si no es su tiempo -dijo la Muerte a su nieta-. Y también te he dicho muchas veces que no me molestes mientras trabajo.
La niña bajó la cabeza.
-Pero es que siempre estás trabajando y yo quiero mis golosinas.
-Ya tienes muchas. Deja a este señor en paz, Si quieres me puedes acompañar y, si te portas bien, incluso te dejaré usar mi guadaña, ¿de acuerdo?
-¿En serio? ¿Podré? -dijo la niña ilusionada-. ¿Y también me dejarás hablar en negrita, como tú?
-Dependerá de lo bien que te portes.
La Muerte se volvió al viejo y, con voz profunda, desde el fondo de su capucha dijo:
-Disculpe usted las molestias. Ya sabe como son los niños. Que tenga usted buena tarde... Y hasta que volvamos a vernos..
Y, con otro plop, abuelo y nieta desaparecieron de la vista del pobre hombre que, con la mano en su agitado pecho se sentía al borde de un infarto, ,menos mal que la misma Muerte le había dicho que aún no había llegado su hora.
Cuando se calmó, entró en casa, cerró la puerta, se tiró en un sofá y tuvo mucho, muchísimo cuidado en no volver a abrir la puerta a nadie durante varios días.