martes, 9 de agosto de 2016

Ayudando a papá


Es sábado. Por fin. Hoy no hay cole. Papá nos ha despertado con cosquillas y pedorretas y luego, cogiéndonos a cada uno bajo un brazo, nos ha llevado a la cocina. Papá es muy fuerte, el hombre más fuerte que existe. Me gusta cuando me levanta con una mano y me hace girar y girar hasta que me mareo, una vez me dio tantas vueltas que acabé vomitando... fue muy divertido. A Lucy, en cambio, no le gusta, dice que le da miedo. Lucy es que es un poco gallina. ¡Chicas!
Hemos preparado el desayuno entre los tres. Los desayunos del fin de semana son mis favoritos porque los hacemos juntos y comemos todo lo que nos gusta: tortitas, bollos, cereales, fruta... lo que se nos ocurra. Una vez, incluso, desayunamos pizza de la noche anterior, fue muy raro pero a mí me gustó.
Lo que más me gusta de los sábados, además de no madrugar, no ir al cole, el desayuno y todo lo demás, es que es el día en que ayudamos a papá a limpiar el sótano. Mis amigos se quejan siempre que tienen que ayudar en las tareas pero yo no entiendo por qué. Lucy y yo nos divertimos mucho ayudando a papá.
El resto de la semana tenemos prohibidísimo bajar allí.
Una vez intenté entrar. Sólo por demostrarle a Lucy que yo era más valiente que ella.
Aproveché que papá dormía la siesta. Me acerqué muy despacio a la puerta del sótano. La abrí también muy despacio. Estaba todo muy oscuro y olía muy mal, pero eso es normal, siempre está oscuro y huele mal. Yo estaba muy nervioso, me temblaban las piernas y el corazón hacía “bumbumbum” muy deprisa, Y entonces, al poner el pie en el primer escalón... ¡Plaff! Papá me dio una colleja tan fuerte que, si no llega a sujetarme, hubiera caído rodando por las escaleras. 
Nunca he vuelto a intentarlo.
No me gusta ver enfadado a papá.
Da mucho miedo cuando se enfada.
Pero los sábados es distinto. Los sábados podemos bajar porque papá nos necesita para limpiar el sótano y sacar toda la basura.

 
Así que, en cuanto acabamos de recoger la mesa y fregar todo, corremos a ponernos el uniforme, como lo llama papá: unos chubasqueros viejos y enormes, unos guantes de fregar y unas botas de agua. Papá siempre se ríe mucho cuando nos ve, dice que parecemos marineros enanos y empieza a gritar como si fuera un pirata:
-¡Izad las velas! ¡Arriad el foque! - y suelta un montón de palabras raras mientras nosotros fingimos ser marineros durante una tormenta.
Nos reímos mucho.
Después de un rato de hacer el tonto, papá da unas palmadas y dice:
-¡Marineros a trabajar!
Y, desfilando, lo seguimos hasta el sótano.

Cuando papá abre la puerta el olor repugnante que sale de allá abajo casi nos tira de espaldas. Recuerdo que la primera vez que Lucy y yo ayudamos a papá, el olor nos provocaba arcadas todo el tiempo. Pero ahora ya estamos acostumbrados y, después de un rato, casi ni lo olemos.
Bajamos las escaleras con mucho cuidado porque la única luz es la de una bombilla muy vieja. Abajo se ve mejor porque papá ha puesto unos fluorescentes. Al llegar al último escalón se para y espera a que nosotros lleguemos junto a él.
Se inclina sobre nosotros con mucho misterio y pregunta susurrando:
-¿Preparados?
Nosotros, encantados, sacudimos la cabeza arriba y abajo. Ansiosos por ver la sorpresa de esta semana. Entonces papá hace como que toca un tambor, alarga la mano y enciende la luz:
-¡Tatachán! -dice con una gran sonrisa.

 
Nosotros gritamos, saltamos y damos palmadas de alegría al ver la sorpresa de esta semana..
-¡Caray, papá, es de las buenos! -digo yo.
-¡Me encantan los que todavía se mueven! -dice Lucy abrazando a papá.
Papá, silbando nuestra “canción de trabajar”, nos da las herramientas. Unas motosierras pequeñas que debemos mantener siempre brillantes y a punto. Nosotros nos unimos a la canción tarareando y, sin perder ni un instante más, comenzamos a trocear al hombre que se agita y se retuerce intentando soltarse.
Es muy divertido ver cómo lo intenta.
Mientras yo comienzo a cortar el brazo derecho, Lucy hace lo mismo con el izquierdo. Nos miramos y nos reímos al ver nuestras caras manchadas de sangre.
Como somos pequeños y tenemos menos fuerza, tardamos más que papá con nuestra parte del trabajo. Pero eso lo hace aún más divertido.
Cuando acabemos de trocearlo, lo meteremos en bolsas y lo enterraremos en el jardín, con los otros.
Luego nos daremos un buen baño y nos iremos con papá a comer unas hamburguesas bien grandes y bien pringosas y, mientras comemos, papá comenzará a elegir el trabajo de la próxima semana.
¡No hay nada mejor que un sábado con papá!
  

jueves, 7 de julio de 2016

El niño


Día 23 de Octubre
Aferrado a los barrotes de la verja, el niño mira.
Lleva así días y días.
Tantos como los que llevo yo instalada en el chalet contiguo al suyo.
Cuando lo vi allí, mirándome sin parpadear, creí que era un niño normal y comencé a acercarme pensando que podía necesitar ayuda..
Aquellos enormes ojos castaños, tan abiertos, tan inmóviles, fueron los primeros que me hicieron sospechar.
Luego me fijé en su lividez, en el color cianótico de sus labios... y en el olor, el putrefacto olor que despedía.
Me detuve antes de llegar y nos miramos fijamente durante un largo instante.
Luego me giré y salí corriendo a mi nuevo hogar temiendo que hubiera más como él.
Ahora sé que no hay nadie más. Que está solo. Probablemente la puerta del jardín esté cerrada y aún no ha logrado salir de casa.
Por eso no deambula por las calles.
Por eso no come.
Por eso está ahí, en la verja, oliéndome y mirando fijamente hacia mi escondite.

25 de Octubre
Desde detrás de las cortinas, entre las rendijas de los tablones que protegen las ventanas, observo al niño. Al contrario de los otros zombis, él  no se mueve, no gruñe, no estira los brazos intentando alcanzar a su lejana presa, no lanza mordiscos furiosos al aire.
No hace nada.
Sólo está ahí, agarrado a los barrotes, mirando.

15 de noviembre

Me pregunto si ahí, en algún rincón de su cerebro medio licuado, guarda algún recuerdo de su vida. Me tortura pensar que, acurrucado en algún recoveco de su mente, se esconde un pequeño inocente lleno de pavor, llamando a su madre.
A medida que pasan los días mi terror inicial se ha ido transformando en una enorme tristeza por ese pequeño, tan solo, tan perdido, probablemente aterrado. Después de tantas horas observándolo no consigo ver al monstruo que me aterró el primer día, ahora tan sólo veo un niño abandonado y triste.
Cada día me cuesta más recordar que no está vivo.
Porque... no está vivo, ¿verdad?

25 de noviembre

El frío es cada vez más intenso. Por fortuna he encontrado abundante ropa de abrigo y dispongo de una chimenea en la que hacer fuego.
Pero el niño...
Sigue ahí, aferrado a los mismos barrotes, sin moverse.
Es cierto que no lo veo temblar, ni llorar, ni quejarse... pero es un niño.
Un niño pequeño.
Muy pequeño.
No debería estar ahí todo el día, medio desnudo. Se va a enfermar...
 ¡Pero qué tonterías digo! No puede enfermar, ya está muerto... pero... es un niño.


10 de diciembre

El niño sigue ahí, mirando y sin moverse.
Hay mañanas que amanece blanco de escarcha y el corazón se me encoge.
Debe de estar helado.
Tan pequeño.
Tan solo.
Seguro que está hambriento y aterrorizado... Soy la única que puede ayudarle.
Pobre, pobre niño...

12 de diciembre

Hoy, por fin, me he decidido.
Voy a salir.
Ese pequeño necesita ayuda y yo no puedo seguir de brazos cruzados mientras la nieve comienza a acumularse a su alrededor.
No puedo abandonar a un niño perdido.
Iré hasta allí.
Abriré la puerta y me acercaré.
Supongo que entonces soltará la verja.
Espero que lo haga.
Que se aproxime a mí.
Me pondré de rodillas para estar a su altura.
Le abriré los brazos y esperaré a que venga a mí.
Lo abrazaré con fuerza...Y dejaré que se alimente, todo lo que quiera, que beba el calor de mi sangre y coma mi carne aún tibia.
Es un niño, no puedo dejar que muera de hambre.

 

miércoles, 22 de junio de 2016

Superpoblación



Punto final

Imagino que era el momento adecuado para que la idea calara. La población había llegado a un punto insostenible. El mundo se había instalado en la desesperanza, la humanidad parecía incapaz de encontrar nada amable y respetable en ella misma. El género humano se había transformado en un enfermo de depresión. El mensaje de que éramos la especie más vil, egoísta y destructiva que jamás hubiera evolucionado sobre la faz del planeta había arraigado de tal forma que no nos quedaba ni brizna de amor hacia nosotros mismos y a nuestras obras. Ni amor, ni orgullo.
Y entonces alguien propuso nuestra extinción.
La idea fue tomando forma poco a poco y arraigando, lenta pero sin pausa, en la mente de todos. El mensaje de que se debía acabar con la humanidad dejó de ser visto como algo horrible y pasó a ser algo aceptable e, incluso, apetecible. Se aceptó como un hecho irrefutable e inevitable que nuestro destino como especie era el suicidio colectivo y terapéutico.
Se transformó entonces en propuesta política. Se llevó a los parlamentos. Se debatió en la O.N.U. y, finalmente, tras largas deliberaciones, se decretó la esterilización inmediata, obligatoria y masiva en todo el mundo.
La civilización ha ido muriendo  de inanición: sin ciudades, sin tecnología, sin cultura, sin niños, sin futuro, todo se fue convirtiendo en escombros y ruinas. La naturaleza va recuperando lo que le habíamos robado. Los animales campan a sus anchas en las grandes avenidas y han convertido los edificios en guaridas y campos de caza.
Ahora que no hay remedio yo, el último homo sapiens, maldigo la estupidez de quienes nos hicieron creer que éramos sólo inmundicia y nos cegaron a lo bueno y bello de nosotros mismos.
Agonizo, y la humanidad entera agoniza conmigo.
Y ambos, la humanidad y yo, moriremos maldiciendo a quienes creyeron esa estúpida mentira y añorando el futuro que nos negaron. 


Sustitución

Tomó a su nieto en brazos y aspiró su maravilloso olor a vida recién iniciada. Se llenó los ojos con sus rasgos, memorizando al milímetro aquella diminuta y arrugada carita, sus labios fruncidos, sus ojos cerrados, sus diminutas orejas, aquellas finas hebras negras que formaban su cabello. El pequeño se agitó un poco, soñando, quizá, con el líquido paraíso del que acababa de surgir. Tocó su mano y el recién nacido la cerró en torno a sus dedos. Ella sabía que aquel gesto era puro instinto pero eso no hizo que su emoción (seguramente igual de instintiva)  fuera menor. Era su nieto, sangre de su sangre, sus propios genes avanzando hacia el futuro.
Pasó mucho rato con el niño en brazos, disfrutando de su peso y su tacto, cantándole bajito, hablándole, meciéndole al ritmo de antiguas nanas, hasta que, con renuencia, volvió a dejar al niño en su nido, junto a su hija que dormía, agotada tras el parto. La arropó como cuando era una niña, le apartó el cabello que le caía sobre los ojos, intentando no despertarla. Prefería marcharse así, sin escenas ni lágrimas, su hija era demasiado joven para saber que esto era lo mejor y haría un drama innecesario.
Finalmente, besó a ambos, cogió su bolso y salió de la habitación. Fuera la esperaban unos amables enfermeros que la condujeron, con toda amabilidad, hacia las Salas de Tránsito, bonito eufemismo para el lugar en el que iban a morir aquellos cuyos hijos habían sido seleccionados para procrear, como la ley ordenaba: una vida por otra. Así se mantenía el equilibrio y se evitaba la superpoblación.
Con toda amabilidad los enfermeros la ayudaron a recostarse en una cómoda butaca, abrieron la ventana hacia el jardín como ella había solicitado, le entregaron unos auriculares para que escuchara su música favorita y, con igual amabilidad,, inyectaron la muerte en sus venas.
 


sábado, 11 de junio de 2016

Cumpleaños número 14



Hoy es 11 de junio y el 11 de junio es un día especial en casa porque es el día en que nació Ayla. O sea que hoy, 11 de junio, es el cumpleaños de la “enana ya para nada enana” que cumple, nada menos que catorce añazos como catorce soles. Y, como cada cumpleaños, toca poner post en su honor. Pero en esta ocasión no van a ser mis palabras las que leáis, si no las suyas. Voy a poner un par de textos escritos por ella y chulear un poco de niña talentosa. Además, la conoceréis mejor a través de sus palabras que de las mías.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, ENANA YA PARA NADA ENANA!

Aquí os dejo los textos. Espero que os gusten.

 
Otoño

Llega octubre y el tiempo otoñal con él. Esta estación siempre me trae buenos sentimientos y sensaciones. Quizás sea por el hecho de todos los recuerdos buenos que tengo en esta época. Como mi viaje a Canadá, donde sin explicación lógica las copas de los árboles seguían verdes. O esas semanas en las que me pongo mala y paso el día calentita en mi cama. O puede ser también porque me gusta ese tiempo que no es ni frío ni calor, los cielos grises y las hojas cayendo hacia el suelo y cambiando a muchísimos colores: amarillo, rojo, marrón… Paseos por el parque, donde ancianos se encuentran sentados en los bancos, solo observando la belleza del lugar. Todo esto siempre me ha traído mucha felicidad, al contrario que el verano, con ese calor que parece que ni la lava de un volcán podría alcanzar.
Quizás sólo soy rara.

 
Heroína

Helena era una chica normal, que asistía a un instituto ordinario y con amigos igual de normales. Aún así, la gente la veía como un bicho raro. ¿Por qué? Ella nunca se ha enamorado, ni le ha gustado en lo más mínimo una persona. Todos los chicos que había conocido no tenían nada que le atrajera.
Pero todo cambió cuando un día cualquiera llegó a clase y se encontró a una nueva persona. Era una chica alta, de pelo rubio ondulado y ojos verde esmeralda. Le cortó la respiración con su belleza. ¿Qué le estaba pasando? Quería hablarle pero tenía miedo, ¿y si causaba una mala impresión? Nunca había estado tan nerviosa en su vida. Con su corazón latiendo a mil por hora, se acercó a ella y, tartamudeando, dijo hola. O bueno, eso pensó Helena. Porque en realidad, sólo se había desmayado antes de pronunciar palabra, y la chica misteriosa había desaparecido. Pero ya lo tenía claro, encontraría a esa chica que le demostró al fin que tenía la capacidad de enamorarse, su heroína.

sábado, 21 de mayo de 2016

Demasiado viejos para esto


Bruñían sus armas con desgana y preparaban los pertrechos entre bostezos. No había furia en sus ojos ni eran briosos sus ademanes. El silencio entre ellos sólo era roto por algún gruñido o algún murmullo apenas perceptible.
Se sentían cansados y se sabían viejos, muy viejos. Demasiadas batallas a sus espaldas, demasiadas muertes, demasiado trabajo.
Arrastraron los pies y los años rumbo al establo. Era hora de limpiar y alimentar a los caballos, unos caballos tan viejos y cansados como ellos que relinchaban con desgana y bufaban con fastidio.
Cepillaron sus monturas sumidos, cada uno, en sus propios pensamientos y recuerdos, deseando todos estar en otro sitio, preferiblemente en casa, descansando y olvidando o, como mínimo, dedicados a sus tareas cotidianas.
Ninguno quería estar allí.
Ninguno quería estar en el ataque.
Ninguno quería formar parte de aquello.


Ellos no eran el enemigo. No ahora. No después de tantos años viéndolos vivir y morir tan de cerca.
Si los hubieran llamado antes, cuando eran aún jóvenes, cuando la rabia aún bullía en sus entrañas, cuando la sed de sangre era fuerte e irresistible, cuando aquellos que tenían que aniquilar no eran para ellos más que pulgas molestas... Entonces habrían matado, desgarrado, destrozado y consumido. Sin pesar y sin pensar.
Pero ahora no. Ahora su ira se había evaporado, el deseo de lucha se había diluido, la juventud se había marchado.
Cierto, ellos habían seguido ejerciendo su trabajo y habían continuado matando. Era su trabajo, su deber, su obligación. Mataban unos pocos aquí y otros pocos allá y llevaban tanto tiempo haciéndolo que sus ataques habían pasado a formar parte de la vida cotidiana. Pero esto de ahora... esto era muy distinto.
 
Los habían llamado para ser instrumentos de la completa aniquilación de aquellos seres que ellos habían aprendido sino a amar (pues amar no estaba en su naturaleza) sí, al menos, a respetar. Y se habían vuelto demasiado viejos y demasiado sentimentales, estaban demasiado cansados y demasiado involucrados.
En el establo sólo se oían los cepillos pasando una y otra vez sobre los cuerpos de los caballos. Los guerreros no hablaban entre ellos, no lo necesitaban para saber qué pensaba cada uno.
El amanecer se acercaba. Pronto sonarían las trompetas y ellos tendrían que lanzarse al ataque.
Colocaron los arreos a los caballos.
Tomaron sus armas.
Montaron en silencio.
Esperaron.
-Hace frío -dijo Muerte-. Mis huesos ya no resisten tanto frío.
-Y llueve -dijo Guerra-. Eso le sienta fatal a mi reúma.
-Estas armas pesan demasiado -añadió Peste-. Mis músculos ya no son lo que eran.
-Ni siquiera hemos desayunado -se quejó Hambre-. Si no desayuno luego no soy... lo que quiera que sea.
Y callaron de nuevo.
El campamento bullía a su alrededor. El nerviosismo se olía. La tensión se palpaba. El ataque estaba a punto de comenzar. Todo y todos estaban listos para el Apocalipsis.
Las trompetas sonaron. El ejército celestial se puso en marcha.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se miraron y, sin mediar palabra, dieron media vuelta y, espoleando a los viejos caballos, se alejaron del campo de batalla.