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El calcetín rojo

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Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. No “un” calcetín rojo, así indefinido, no, él buscaba “el” calcetín rojo. Es más, buscaba el Calcetín Rojo, con sus mayúsculas y sus negritas y hasta sus llamativas luces de neón.
Ese calcetín rojo que ahora buscaba con desesperación en todos los rincones, hacía tiempo que pedía, no ya el retiro, sino la defenestración. Sus hilos se mantenían unidos casi por un acto de fe, los zurcidos se superponían unos a otros como capas geológicas compuestas de diferentes tonos de rojo, color que había lucido con orgullo en su ya lejana juventud de calcetín recién estrenado, pero que a estas alturas, tras cientos de usos y lavados, había pasado a ser algo bastante indefinido e indefinible que lo mismo podía ser rojo, que rosa, que gris. Pero no importaba, él seguiría cuidándolo y zurciéndolo mientras hubiera un par de hilos que unir y pudiera usarlo combinado con cualquier otro calcetín de cualquier otro color pues su pareja inicial había desaparecido ha…

Humano

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El anciano, un montón de huesos envueltos en pliegues y arrugas encorvados sobre un bastón, sale, renqueante, a la terraza. Es su ratito de tomar el sol y contemplar la vida que pasa, ajetreada, más allá de las paredes de su casa. Se deja caer sobre el asiento con un gruñido y muchos crujidos, se coloca la manta con manos temblorosas y se recuesta con un suspiro. Sobre la mesa espera, aromático y ardiente, su chocolate, uno de los pocos placeres que aún puede permitirse, y junto a él unas pastas insípidas que quedarán abandonadas en el platito. Sus ojos, empequeñecidos por los gruesos cristales de las gafas, pasean por entre los transeúntes que pasan bajo su terraza y su mente divaga sobre los grandes cambios habidos en el tiempo transcurrido entre su nacimiento y aquel brillante futuro que ahora es su presente. El anciano chasquea los labios, sacude la cabeza y, con el extremo cuidado del que se sabe torpe, coge la taza y la lleva lentamente a sus labios sin dejar de mirar el ajetreo …

From the space

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EvoluciónSabíamos que, tarde o temprano, nos iban a encontrar pero eso nunca nos ha preocupado porque también sabíamos que no seríamos comprendidos. Gracias a nosotros, los humanos poseen la curiosidad y la inteligencia suficientes para descubrirnos y estudiarnos pero jamás llegarán a imaginar que tienen ante sus ojos a esos alienígenas sobre los que tanto han hablado, escrito y especulado. Así que no importa cuánto nos observen ni cuantas investigaciones hagan sobre nosotros, nunca se acercarán a la realidad. Tendrían que derribar demasiadas barreras mentales para lograrlo. Barreras mentales que, por supuesto, fueron puesta por nosotros, sus creadores, hace millones de años.Nosotros hemos sido el motor de la evolución. Nosotros hemos moldeado la inteligencia y la consciencia humana. Nosotros somos la causa de su curiosidad y su sed de saber. Nosotros somos quienes empujamos a la humanidad a explorar y buscar. Los humanos son el culmen de nuestras propias investigaciones. El medio perfect…

CUMPLEAÑOS NÚMERO QUINCE

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Quince años... así empieza una canción que, si para mí ya era antigua, a mi hija le debe resultar ya antediluviana. Quince años, tres lustros, 180 meses, 5.475 días, esa es la edad que cumple. Quince años de alegrías, sonrisas, besos, abrazos, algún enfado y prácticamente ningún disgusto. Quince maravillosos años, llenos de recuerdos y repletos de esperanza. Quince años de una niña, cada vez menos niña, inteligente, divertida, curiosa, autodidacta, irónica, sarcástica, alocada e introvertida. Sigue sacando unas notas extraordinarias y sus profes siguen pidiéndome fotocopias suyas (no hay, sorry, es única).
Su serie favorita sigue siendo Doctor Who (y me llama hater porque no me está gustando especialmente la nueva temporada). Y, además, le encanta el Ministerio del Tiempo (por supuesto es/somos fans de Pacino) y Por trece razones. Ah, y se quedó prendada del primer, y mega extraño, capítulo de Twin Peaks.
Le encanta dirigir y editar cortos... y se le dan genial. En serio. No es porque sea s…

Científicos locos

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Sueño
Mi sueño era dominar el mundo, no una ciudad, ni un país, ni un continente, no, yo quería el mundo entero... Eso para empezar. Una vez conseguido, iría a por la galaxia. Ah, sí, ese era mi gran sueño. Ya de niño, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, mi respuesta acudía rauda a mis labios: -¡Científico loco! ¡Quiero ser científico loco y dominar el mundo! Por supuesto, tal declaración en un niño de siete años inspiraba ternura y provocaba risas. Al llegar a los 17 y dar la misma respuesta, las reacciones se volvieron menos amables. Pero me daban igual tanto las sonrisas divertidas como las caras de incredulidad, mi sueño, mi vocación, mi ilusión era ser científico loco y en ello puse todo mi empeño. Y estuve cerca, tan cerca... Lo tenía todo preparado, mis esbirros entrenados, mi arma secreta lista, mi plan a punto... Fue entonces cuando apareció mi némesis y envió todo al garete. Antes de que pudiera darme cuenta había acabado con mis planes y con mis sueños. Caí en su tra…

Quijoteando

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Molinos
Un sol de justicia castigaba las testas de animales y hombres. El campo manchego dormitaba en la tarde veraniega. Unos molinos, las aspas detenidas por falta de viento que las anime, parecían sestear esperando, ellos también, el momento en que el calor comience a ceder. A sus pies, unas pequeñas figuras miraban a lo alto, haciendo visera con sus manos para protegerse del exceso de luz, unos, agitando abanicos que sólo remueven el aire caldeado, otros. En el silencio, la voz del guía resonaba soltando un discurso mil veces repetido que los otros escuchaban sin dejar de espantar moscas perezosas. –... Y estos tres de aquí, de nombre Sardinero, Burleta e Infanto, son aquellos famosos molinos que el Caballero de la Triste Figura, el gran Don Quijote, confundió con unos fieros gigantes. Tras esto y unos cuantos, ¡oh!, varios movimientos de cabeza admirativos, y caras falsamente interesadas, la comitiva continuó camino, más pensando en la sabrosa comida que les esperaba que en monumento…

Micros

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Cita a medianoche
El fantasma acudió a la cita antes de medianoche. Siempre había sido puntual y no iba a iniciar el sendero de la impuntualidad ahora que estaba muerto. Por muy espíritu desencarnado que uno sea, las buenas costumbres no deben perderse. De modo que allí estaba, diez minutos exactos antes de medianoche. Más puntual que un reloj suizo. Esperando. Dando vueltas y más vueltas entre las almenas del castillo que le había tocado en suerte encantar. Esperando. Su cuerpo translúcido atravesado por anillos de fría niebla. Esperando. Las doce llegan al fin, con más retraso que él, pero llegan, como siempre llegan. Lo sabe porque oye las campanadas que el viento trae desde el cercano pueblo. Sigue a la espera. Sigue con esa acezante sensación de que algo está por llegar. Por eso espera. Pero si alguien pudiera preguntarle qué espera, el fantasma no sabría responder. Él se limita a llegar cada noche. siempre puntual. a la misteriosa cita. Y espera pacientemente, dando vueltas en su torre. Cuand…