Había sido un día largo y agotador, lo último que deseaba Hera al llegar a casa eran más problemas.
Y menos aquel: un enorme trono de oro y marfil que, arrinconando su cómodo sofá y su fabulosa smarttv, ocupaba el centro de su salita. Sobre el asiento dos pavos reales se disputaban una nota.
Recuperada de la sorpresa, Hera se aproximó y les arrancó el papel del pico. Sin leerla, la arrugó y la tiró. Luego recogió las bolsas que había dejado caer y, dirigiéndose a la cocina, dijo:
—Ni trono, ni ambrosía, ni leches, no voy a volver. Más vale que esto no esté cuando salga de la cocina, hoy ponen mi serie favorita y ese trasto me tapa la pantalla.

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