NAVIDAD



La Navidad llegó de golpe, por sorpresa. Y no es que no hubiera habido avisos. Por supuesto que los hubo. Como siempre. Muchos y muy claros. Por todos lados. Pero tenía la mente en otras cosas y no se dio cuenta de que llegaba hasta que la tuvo encima con sus luces, sus árboles, sus nacimientos, sus villancicos y sus dulces.
Asustado,  intentó  llegar hasta los refugios donde la población más previsora que él, se escondía durante aquellos horripilantes días navideños.  
Pero ya era demasiado tarde.
Una vez se encendía la primera luz del primer árbol ya no había marcha atrás, el sistema de protección se ponía en marcha, la gente acudía rápida y ordenadamente a los refugios subterráneos que, una vez cerrado, no se volvían a abrir hasta que la última nota del último villancico dejara de vibrar en el aire.

A pesar de eso él corrió, corrió tan rápido como se lo permitían sus piernas y sus pulmones, aún sabiendo que era tarde, corrió, con las luces de colores reflejándose en sus pupilas y los villancicos resonando en sus oídos. Y cuando llegó a la puerta de los refugios golpeó y gritó hasta quedarse sin voz.
Por supuesto, nadie abrió.
Nadie podía abrir, ni aunque lo hubieran podido oír tras aquellas gruesas puertas.
Finalmente, agotado, se rindió a la evidencia de su inminente fin.
Lo mejor sería rendirse. La lucha ya no tenía sentido.
Lentamente regresó a la ciudad dejándose envolver lentamente por el ambiente navideño. Al cabo de unos instantes se descubrió tarareando Jingle Bell. Después de varios minutos las luces parpadeantes lo tenían felizmente hipnotizado. Al cabo de una hora salivaba ante la idea de comer polvorones, turrones y otras delicias. Al llegar la tarde, ya se encontraba totalmente imbuido de espíritu navideño y corría de acá para allá, con los brazos llenos de regalos, convertido, al igual que otros antes que él, en un lamentable zombi navideño.

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