martes, 15 de noviembre de 2011

Micros


OVNI

Emerencio, entusiasmado, apuntaba al cielo y gritaba como un loco: -¡Un OVNI, un OVNI! ¡Es un OVNI de verdad!- y daba saltitos agitando los brazos, intentando llamar la atención de todo el que pasaba.

-¡Por allí!- gritaba- ¡Por allí se ve!- Y señalaba una vaga sombra gris que, a lo lejos, se movía hacia arriba, hacia abajo, dando bruscos virajes y girando aparentemente descontrolado. 



Emerencio sonreía de oreja a oreja satisfecho de contemplar tan magnífico espectáculo cuando un elegante señor con aire de inglés, se puso a su lado jadeante y exclamó señalando hacia el OVNI de Emerencio:

-¡Ah, ahí está ese maldito sombrero mío!-.









Juegos

Tuvieron tiempo de jugar a todo lo imaginable antes de que el aburrimiento les diera alcance, y entonces decidieron iniciar un peregrinaje sin destino en busca de algo interesante. Vagaron sin rumbo hasta que uno de ellos gritó entusiasmado ante la fascinante visión de un nido de bichos.

Pasaron un buen rato observándolos hasta que, hartos de contemplarlos, decidieron dar comienzo al ancestral rito de la fría tortura sin más justificación que el tedio. 


Los bichos fueron acosados, enterrados, ahogados, mutilados, quemados, aplastados y  exterminados, entre risas y gritos de placer. Sólo abandonaron el juego cuando regresó el hastío.

Tras ellos quedó sólo devastación y muerte. Aterrorizados y confusos, los pequeños -y ahora escasos-  bichos humanos se sentaron y lloraron.




domingo, 6 de noviembre de 2011

Liberación


Dainzin era considerado el monje más aventajado de toda la comunidad aunque, por supuesto, a nadie se le habría ocurrido decirle semejante cosa: eso sería alimentar la idea del yo, idea que todos en el monasterio trataban de eliminar para poder llegar a la ansiada Iluminación.


Trabajaba Dainzin más duramente que ningún otro en el cenobio, y en los trabajos más humildes. El tiempo que no dedicaba a trabajar lo pasaba sumido en la meditación y había llegado a tal perfeccionamiento en este arte, que podía meditar en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia.


 Se fue desprendiendo, poco a poco, de todo cuanto lo mantenía unido a la ilusión del yo. Aprendió a mantenerse alejado de los falsos deseos y necesidades que el mentiroso cuerpo reclamaba. Se educó en el arte de mantenerse alejado de cualquier sentimiento o sensación que pretendiera alejarlo del momento presente. Mantenía su mente libre de recuerdos y pensamientos que lo alejaran de su estado de concentración. Luchó contra su voluntad hasta que la tuvo completamente dominada. Se liberó, finalmente, de la conciencia generadora de insatisfacción y sufrimiento.


Capa tras capa fue desprendiéndose de sí mismo hasta llegar a sentirse uno con el todo y libre de todas sus ataduras.


Era considerado el monje más aventajado de toda la comunidad y toda la comunidad esperaba con fervor que, el día en que llegara a la Iluminación, compartiera su sabiduría con todos.


 Fue un día lleno de tristeza, pues, aquel en el que, tras años de espera, descubrieron que la liberación de Daizin fue tan completa y absoluta que, cuando el pequeño Doje entró en su celda llevándole su diaria taza de sopa aguada, lo único que halló fue su túnica naranja, sus sandalias, un ligero olor a incieso y un lejano murmullo que parecía decir:


-¡Manda c...! ¡Yo quería liberarme, no desaparecer!


Aunque, la verdad, tanto podía ser la voz de Daizin como el rumor de las hojas en el jardín cercano.... ejem...