lunes, 28 de septiembre de 2009

Mirando las nubes pasar...

No es malo recordar ni es mala la nostalgia. Ni tan siquiera la melancolía que provoca la nostalgia es mala. Lo malo es quedarse atrapado en el tiempo sin tiempo de los recuerdos y negarse a seguir avanzando y mirar al futuro.


A veces, entre las páginas de mis libros, encuentro pequeñas sorpresas que actúan como curiosas máquinas del tiempo: un bono que usé hace años, una entrada a un museo, una servilleta con una pequeña nota, un número de teléfono con un nombre que ni recuerdas, un anuncio de trabajo... Me gustan porque son como minúsculas inyecciones de nostalgia que suelen dejarte con una sonrisa.


Hay cierto tipo de gente que fracasa porque quiere fracasar, engorda porque quiere estar gordo, enferma porque se empeña en enfermar, no tiene éxito en el amor porque no quiere tenerlo... Es triste pero es verdad, los seres humanos somos tan raros que, a veces, nos resulta más sencillo hundirnos en la miseria que luchar por salir de ella...


Qué sencillo es ver las cosas de forma binaria: bueno o malo, blanco o negro. Sin más, sin matices, sin grises ni colores intermedios. Sí, es fácil, es cómodo... ¡Qué lástima no ser tan sencilla ni tan cómoda!


Según la literatura y el cine las más hermosas historias de amor son las que hablan de amores imposibles. Sin embargo, yo creo que las más bellas historias de amor son aquellas en las que ningún poeta fijaría su mirada por cotidianas.


Siempre me ha parecido absurdo visitar tumbas. La persona que conocías no está allí. Hay lugares mejores donde acudir a despedirse o a “charlar” con quienes se han ido que el lugar donde ponemos su cuerpo vacío. En realidad, ni siquiera creo que sea necesario acudir a ningún lugar en concreto para hacerlo.


A veces la solución a un problema tiene que darnos en las narices para que podamos verla y hay quien ni así lo consigue.


En muchas ocasiones un grupo de amigos llega a ser más familia que la propia familia; lo importante es tener quien te acepte y te quiera.


No falla, si eres una persona puntual el único día que, por extrañas circunstancias, llegas tarde todo el mundo llegará a su hora.


Me encantan las narraciones en las que la línea entre realidad y ficción se borra y alguien de uno de los lados la traspasa. Y es que guardo el secreto deseo de que todos los personajes que he conocido existan realmente en algún otro mundo o universo.


Hoy en día la melancolía tiene mala prensa. Parece ser que es obligatorio estar siempre sonriente y alegre y la tristeza hay que ocultarla pero, quizás, no sea tan malo "disfrutar" un poquito de la melancolía y dejarse llevar por la tristeza cuando esta venga a visitarnos.


Hay quien quisiera robarnos las palabras pero las palabras no se pueden robar, como no se pueden robar los pensamientos. Nos pueden hacer callar o hablar en susurros temerosos pero las palabras siempre encuentran la manera de salir y volar y llegar a oídos que quieran escucharlas... aunque por el camino las torturen y las retuerzan, siempre hay alguna que logra abrir las puertas de la libertad.


Es curioso como la estupidez puede llegar a instalarse cómodamente incluso entre las personas de mayor inteligencia.


Los seres humanos siempre encontrarán a alguien a quien culpar de sus problemas, desde los astros al gobierno pasando por su jefe, cualquiera tendrá la culpa, cualquiera menos él/ella.


Resulta evidente que los gatos pertenecen, sin excepción, a la realeza. No hay más que fijarse en la cara de desdén con que nos miran.


Yo, antes que hada madrina, preferiría tener una bruja madrina. Las hadas son seres demasiado etéreos e ideales. En cambio, las brujas, suelen tener los pies bien asentados en la tierra.


"No busques y ya verás cómo aparece" suele ser un método infalible para encontrar todo tipo de cosas, así que también lo uso con la inspiración... y suele funcionar, eso sí, dado su "don de la oportunidad" muchas veces la musa aparece en el momento en que no le puedo prestar la atención debida.


Me costó años aprender a fijarme en las cosas buenas y me costó años desprenderme de la gente que me empujaba a ver sólo las cosas malas de la vida. Desde que conseguí ambas cosas vivo mucho mejor.


La vida es una colección de momentos unidos a las emociones, sentimientos y pensamientos que esos momentos provocan en nosotros. Y como no tenemos más que esos fugaces momentos lo mejor que podemos hacer es disfrutarlos.



Los pobres escribidores nunca podemos tener la completa seguridad de contar las historias hasta el final porque ellos, los personajes, siguen con sus historias más allá de donde nuestras palabras llegan. Y ellas, las historias, se escapan, se descontrolan y se cuentan a ellas mismas.


¿Quién sabe si no formamos parte de un sueño y que desapareceremos con el amanecer? ¿Quién sabe si no somos un pequeño personaje de una pequeña historia escrita por un pequeño escritor? ¿Quién sabe si nuestro universo no será más que un átomo que forma parte de una molécula que forma parte de la epidermis que recubre el dedo índice de un gigantesco ser? Y leyendo las cosas que se me ocurren ¿Quién sabe cómo es posible que no lleve años ingresada en un psiquiátrico?





jueves, 24 de septiembre de 2009

El Venancio


Recuerdo perfectamente el verano de mi décimo cumpleaños.


Si cierro mi ojo derecho, mi ojo sano, puedo ver todo lo que ocurrió con mi ojo ciego.


El ojo que el Venancio me cegó de un cantazo cuando yo tenía nueve años.


Aquel verano dejé de ser “el nieto de la señá Engracia” y pasé a ser “el tuerto”, el “un ojo”, incluso hubo quien, aquejado de un curioso ataque de cultura clásica, llegó a llamarme “cíclope” o “Polifemo”.


Aquel verano el odio hacia el Venancio -la mala bestia que llevaba tantos veranos torturándome- alcanzó sus cotas máximas.


Aquel mismo verano comencé a ver a aquellos... seres.


A... Ellos.


Con mi ojo tuerto.


Primero eran sombras reptantes. Formas indefinidas que se movían lentamente ante mí.


Luego, poco a poco, fueron tomando consistencia y ganando realidad.


Los veía con mi ojo enfermo.


Si miraba con el ojo bueno no veía nada. Por eso sabía que nadie más podía verlos.


No sé por qué decidieron dejarme vivir. Nunca les pregunté. Ante seres tan poderosos uno no se plantea por qué lo dejan con vida, simplemente te limitas a dar las gracias porque sea así.


Ellos -serpenteantes, culebreantes, viscosos, pegajosos- me enseñaron las cuevas, los túneles donde habitaban.


Y yo les hablé del Venancio.


Ellos -oscuros, escurridizos, terribles-me hablaron de su hambre.


Y yo me ofrecí a llevarles alimento.


Fue sencillo atraer al Venancio hasta las grutas. No cuesta nada cegar de ir a alguien que te odia tanto como el Venancio -la mala bestia del Venancio- me odiaba a mí.


En cuanto me vio corrió tras de mí y yo salí corriendo hacia donde ellos -ansiosos, hambrientos, anhelantes- esperaban.


Es fácil recordar si cierro mi ojo bueno y me permito verlo todo con mi ojo ciego. Como lo vi entonces.


Les veo, como si estuviera ocurriendo ahora mismo, rodear al Venancio, que no puede verlos y se adentra sin temor en los oscuros túneles.


Puedo ver como, aún sin verlos, tal vez presintiéndolos, se estremece sin saber por qué.


Sí, con este ojo que él me dejó ciego contemplé, contemplo aún, su cara de horror cuando notó el primer pegajoso apéndice rodeando su cintura.


Veo con claridad como se retuercen/retorcían sus miembros y aquellos viscosos órganos succionando y devorando su cuerpo y su alma.


Lo último que vi del Venancio fueron sus ojos aterrados y llenos de dolor. Y lo último que vieron sus ojos fueron mi ojo ciego, mi mano diciéndole adiós, mi sonrisa satisfecha.


Cuando recuerdo aquel verano siempre vuelvo a verlo todo con mi ojo apagado.


Tengo suerte. A mí me queda un ojo para ver el mundo.


El Venancio – el pobre Venancio, la mala bestia de Venancio- , en cambio, jamás volvió a ver nada.




lunes, 21 de septiembre de 2009

Meteorología

Elisa salió aquel lunes preparada para disfrutar de un soleado y cálido día. Se había puesto un fresco vestido de batista y sus sandalias preferidas. Abrió la puerta dedicándole su mejor sonrisa al nuevo día.... y se encontró con una lluvia torrencial y un viento helado que hablaba más de otoño que de verano.


Por supuesto, Elisa regresó a casa a cambiarse de ropa.


El martes, Elisa se decidió por un abrigado pantalón, un jersey y un precioso impermeable de color vino. Con una amplia sonrisa y pensando que el tiempo otoñal también se podía disfrutar, Elisa abrió la puerta... y se encontró con un sol radiante, casi tropical.


Por supuesto, Elisa regresó a casa a cambiarse de ropa.


El miércoles, Elisa se vistió de verano y el tiempo se vistió de otoño. El jueves, Elisa se atavió de otoño y el tiempo lo hizo de verano. El viernes, Elisa se equipó para el verano y el tiempo lo hizo para el otoño.


El sábado Elisa, harta, prefirió no salir de casa.


El domingo por la mañana Elisa abrió la ventana, miró al cielo y gritó:



-¿Piensas seguir así durante mucho más tiempo?-


Y, desde las nubes, una voz como un trueno respondió:


-Sólo hasta que me digas que sí.


Elisa cerró la ventana con un fuerte golpe mientras pensaba en cuánta razón tenía su madre cuando le decía que era una locura andar enredando con los dioses griegos y, sobre todo, con un mujeriego incorregible como Zeus.


Luego, con un suspiro de resignación se fue a preparar la ropa de verano, la de otoño y, quizás, hasta la de invierno para el día siguiente.


Algún día Zeus se encapricharía de otra y la dejaría en paz...





jueves, 17 de septiembre de 2009

Cerebros

A diferencia de muchas persona de mi edad (los sesenta se despidieron de mí hace un tiempo...) que disfrutan leyendo las esquelas, a mí lo que realmente me entretiene del periódico son los anuncios por palabras. Fue así como, hace unos días, me topé con el anuncio más curioso que jamás haya leído. Era el siguiente:


Vendo cerebro. Veinticinco años. Casi casi a estrenar. Sólo ha sido usado para cosas superficiales. Nunca se le ha permitido estudiar, ni dedicarse a nada demasiado profundo, ni mostrar curiosidad o pensamiento crítico alguno. Nunca ha leído. Nunca ha sido utilizado para reflexionar sobre política, filosofía, ciencia, literatura o cualquier otro tema (no era necesario, siempre encontraba a alguien que lo hiciera por él). Con un poco de limpieza y mantenimiento hará un gran servicio a quien lo compre. Era una pena mantenerlo -y desperdiciarlo- en semejante cabeza, por eso decidí extirparlo y venderlo a alguien que lo merezca mucho más.


Interesados ponerse en contacto con: brainextractor@psycho.com


En un principio pensé que sería alguna broma de mal gusto o, tal vez, algún tipo de publicidad de esa que se lleva tanto ahora. Viral creo que la llaman.


Estuve tentada de alertar a la policía pero luego me di cuenta que pensarían que soy una vieja chocha y no me harían ni caso.


Al cabo de un rato me pudo la curiosidad y le pedí prestado el ordenador a mi nieto.


Ahora, a mis más de sesenta años, disfruto de un maravilloso y casi intacto cerebro nuevo y me he hecho socia del anunciante. Nunca hubiera imaginado que el negocio de compra-venta de cerebros resultara tan lucrativo ni que existiera tanta gente que no usara el suyo.


Recuerde: si desea un cambio de cerebro, si no usa el suyo demasiado o si conoce a alguien en cualquier de ambas circunstancias, no dude en ponerse en contacto con nosotros en la dirección de e-mail que aparece más arriba. Nos pondremos en contacto con usted inmediatamente.


Le aseguro que quedará la mar de satisfecho con nuestros servicios...






sábado, 12 de septiembre de 2009

La promesa

Antes de dejar mi relato de hoy paso a transmitir una petición. Desde hace un tiempo (no mucho) colaboro en una web de cuentos infantiles (EnCuentos); hace unos días Liana (escritora, colaboradora y persona que contactó conmigo para pedirme mi colaboración) me preguntó si tenía amigos que escribieran y quisieran, también, colaborar. Y, claro, como yo tengo muchísimos amigos blogueros que escriben, que disfrutan escribiendo y que, además, escriben muy bien pensé que lo mejor era comunicarlo a través de mi blog. O sea, al grano, que si a alguno de quienes habitualmente (o no tan habitualmente) me sufren, le apetece escribir (o ya escribe) cuentos infantiles, poemas para niños, adivinanzas o trabalenguas, pues que se pase por EnCuentos o envíe un e-mail a la siguiente dirección: info@encuentos.com o, si les resulta más cómodo, que me escriba mí (nannytataogg@gmail.com) y yo me encargaré de que Liana se ponga en contacto con quien sea...

Mira que me lío a veces para decir una tontería ¿eh? En fin... ahí va el post de hoy :D



El viejo marinero pide a sus hijos que sitúen su cama junto a la ventana que da al océano y que la dejen abierta de par en par, permitiendo que entre el olor, el sonido, el frío y el sabor del mar.


Hoy se cumplen cincuenta años de la promesa que hizo el día en que estuvo a punto de morir ahogado.


En aquel entonces -por supuesto- era joven, muy joven, hacía un año que se había casado, su primer hijo venía en camino, tenía toda una vida por vivir así que, desesperado, suplicó al mar que le perdonara la vida. Angustiado, rogó al océano que le dejara marchar. Sollozante, le prometió entregarse a su húmedo abrazo cuando sintiera que se había cumplido su tiempo sobre la tierra.

Sorprendentemente, el mar le permitió vivir. Quizás le conmovieron sus palabras. Tal vez lo convenció su juventud. Acaso, sencillamente, el longevo piélago decidiera, en aquel momento, hacer gala de un instante de piedad. Sea como fuere el -entonces- joven marinero pudo volver con su esposa, su familia y su futuro.


Cincuenta años más tarde, el -ahora- viejo marinero pide a sus hijos que dejen abierta la ventana junto a su cama, aquella que da justo al vecino mar. Luego, sacando energías de donde creían que no quedaba, firmeza de donde nadie se imaginaba y un empuje que nadie esperaba, el anciano logra que sus hijos lo dejen a solas en su lecho de muerte.


Uno a uno se despiden, entre lágrimas y protestas, pero obedeciendo al padre, como siempre han hecho, hasta mañana, le dicen, volveremos a primera hora. Adiós, hijos, les despide el padre.

La puerta se cierra tras el mayor de los hijos.


El viejo marinero respira hondo, aspira el olor a sal, a yodo, a profunda oscuridad y, cerrando los ojos, espera con tranquilidad la llegada del mar que viene, sin prisas pero con fuerza, a cobrar la deuda contraída hacía cincuenta años.


Sus hijos, al retornar, tan sólo encontrarán una cama empapada en agua salada y unas algas ocupando la almohada donde debería reposar la anciana cabeza de su padre.




12 - Boga boga.mp3 -




miércoles, 9 de septiembre de 2009

Juego de espejos

A principios de agosto Santiago Solano propuso una historia (Tres días tristes) y pidió (a quien quisiera hacerlo) ayuda para salvar a Elvirita. Participé encantada en esa salvación con el relato "¿Eterna maldad?". Concluida esta parte, Santiago Solano, nos propone continuar con la historia, tomando como partida "El retorno del Yedi" y, otra vez, participo encantada en esta historia construida en colaboración. Pongo en antecedentes de todo esto a mis amigos (y sufridos lectores) habituales quienes, de otra manera, no acabarían de entender el siguiente relato :) Invito, a quien tenga tiempo y ganas a pasarse por el blog de Santiago Solano y enterarse bien de la historia (quizás alguien se anime a participar). En fin, aquí va mi participación en esta historia.



Elvira, anciana y cansada, se mira al espejo y se ve, en el lejano pasado, vestida con hopa, cotardía y chapines, peinada con dorada redecilla y mirándose en un espejo donde se contempla, en un lejano futuro, anciana y cansada sentada ante el espejo.


Elvira, anciana y cansada, se mira al espejo y ve una niña envuelta en tinieblas, una joven de futuro incierto, una anciana cansada que se mira al espejo.


Elvira, agostada y gastada, se mira al espejo y se busca, intenta reconocerse o, más bien, conocerse porque Elvira, esta niña en peligro y anciana consumida, ya no sabe muy bien quién o qué es.


Se sabe -eso sí- personaje ficticio y se siente -eso también- juguete de escritores/aprendices de dioses. Y nos busca en el espejo, sí, a nosotros que hemos jugado, que seguimos jugando, con su infancia y pretendemos jugar con el resto de su vida. A nosotros, que la hemos creado y recreamos a nuestro antojo, que la hemos llevado y traído sin orden ni concierto, que la hacemos viajar del presente al pasado, del pasado al futuro, del futuro al presente.


Y ella, buscando a través del espejo -sin la magia de Alicia, sin la diversión de Alicia, sin la inocencia de Alicia- nos busca, nos encuentra, nos mira y nos acusa de jugar con ella, de utilizarla para elevar nuestros egos y sentirnos salvadores, minidioses dadores de vida, creadores omnipotentes.


Y ella se pregunta, me pregunta, nos pregunta si ha crecido, vivido y envejecido en apenas unos días o si, tal vez, nació hace casi setecientos años. Si estamos creando y contando su historia o si, tal vez, su historia comenzó a crearse y a contarse hace ya siete siglos. Si realmente somos nosotros quienes creamos o si somos -también nosotros- meras creaciones de otros que juegan con nuestras vidas y nuestros sueños.


Y a través del espejo Elvira -niña en peligro, joven esperanzada, anciana fatigada- nos sigue mirando y acusando y preguntando y nos obliga a mirarla y darle una respuesta, alguna respuesta, cualquier respuesta.


Elvira, anciana y cansada, nos apunta con su dedo acusador a través del espejo.


Elvira, niña inocente envuelta en el terror, nos mira con tristeza a través del espejo.


Elvira, mujer con un futuro aún por hacer, nos mira con resignación a través del espejo.


Elvira, juguete, creación, sueño, arquetipo, personaje, mujer triste, se mira al espejo y se ve, en el lejano pasado, vestida con hopa, cotardía y chapines, peinada con dorada redecilla y mirándose en un espejo donde se contempla, en un lejano futuro, anciana y cansada sentada ante el espejo mientras nos observa y, desde la profundidad de sus ojos, nos pide respuestas, paz y descanso.