miércoles, 5 de noviembre de 2008

Menudencias

Parece ser que mi anterior post ha dejado a quienes han pasado por aquí con el ánimo tristón y, como a mí me gusta "ver" sonrisas vamos a ver si, con estas tonterías, logro compensar y equilibrar la cosa y, de paso, pido disculpas por no dar respuesta a los comentarios :) De modo que empecemos:

El nombre


Al príncipe Leopoldo Enrique Rodolfo Federico Hugo Maximiliano Carlos Francisco Adolfo Alberto Luis Eduardo Guillermo… y así hasta unos cien etcéteras, le resultaba tan pesada la larguísima cadena de su tradicional nombre que más que andar, parecía arrastrarse bajo tan real peso.


El pobre príncipe Leopoldo Enrique Rodolfo Federico Hugo Maximiliano Carlos Francisco Adolfo Alberto Luis Eduardo Guillermo… y así hasta unos cien etcéteras, no podía ni tan siquiera correr, no por aquello del obligado andar ceremonioso de un príncipe, sino por tener que llevar sobre sus hombros tan pesadísimo nombre.


Un día S.A.R. Leopoldo Enrique Rodolfo Federico Hugo Maximiliano Carlos Francisco Adolfo Alberto Luis Eduardo Guillermo… y así hasta unos cien etcéteras, decidió acortar su nombre y aligerar su vida.


Entonces pasó a llamarse Leo, a secas.


Y Leo, a secas, se sintió tan ligero que, abandonando su principesca vida, se convirtió en el mejor y más grácil acróbata de todos los tiempos.







El cuento


Este debía ser el cuento de una princesa de cuento que no quería ser princesa de cuento y por ello decidió hacer justo lo contrario de lo que se esperaba de una princesa de cuento, a saber: raptar a un dragón; salvar a un príncipe; dormir sobre un montón de guisantes; dejarse el cabello bien corto; no usar, jamás, zapatitos de cristal; no acercarse, jamás, a una rueca; mantenerse bien alejada de los sapos y huir despavorida de todos los ñoños animalitos del bosque; boicotear a las hadas (madrinas o no) y hacerse amiga de las brujas; no cantar jamás de los jamases ni usar hermosos vestidos.


Rechazó el romanticismo. No buscó (ni encontró) jamás a su amor verdadero y se negó a ser víctima de nada ni de nadie.


Fue feliz pero nunca comió perdiz.


Este debía ser el cuento de una princesa de cuento que no quería ser princesa de cuento pero no lo es porque es imposible contar el cuento de una princesa de cuento que no quería ser princesa de cuento.









La isla



Cuentan que unos marinos novatos y pusilánimes naufragaron en una isla que creían desierta pero que resultó estar habitada por un pueblo cuyas mujeres eran hermosas y valientes.


Y cuentan que se casaron con ellas y tuvieron descendencia.


Y dicen que lo que era un pueblo de pescadores pasó a ser un pueblo de pescadoras, porque estos marineros no querían saber nada de la mar y en esas islas no sobra tanto alimento como para desechar el pescado. Así que fueron ellas las que comenzaron a ir de pesca.


Con el paso del tiempo, se convirtió en norma que los hombres se quedaran en el pueblo y fueran ellas las encargadas de proporcionar el alimento marítimo. Y el caso es que ahora no hay ningún hombre de ese pueblo que sepa, no ya pescar, sino ni tan siquiera nadar; mientras que ellas son unas grandes nadadoras, pescadoras y maravillosas marinas.