domingo, 22 de junio de 2008

Maite

Cada tarde Maite se pone su mejor vestido y sus zapatos preferidos, se maquilla cuidadosamente, se perfuma, toma su bolso y sale a la calle rumbo a la estación.

Cada tarde Maite se sienta en el mismo banco y pasa la tarde dedicada a la lectura y a la espera.

Cuando comienza a anochecer, Maite recoge su libro y su bolso y, tranquilamente, regresa a casa a preparar la cena de su marido.

Así desde hace veinte años. Justo desde el 10 de Julio de 1988, es decir, el día en que se suponía que él iba a regresar y no regresó. A partir de entonces, Maite se sienta cada día en el mismo banco, vigilando los trenes vespertinos pues está convencida de que, tarde o temprano, él volverá cualquier tarde de éstas. Precisamente en ese mismo banco conoció a su marido, ahí pasaron cada tarde de su noviazgo y ya la familia temía que acabarían casándose en el dichoso banco pero, para alivio de todos, prefirieron la iglesia a la estación.

En contra de lo que todo el mundo creyó, Maite siguió con su rutina diaria en cuanto regresaron de la luna de miel. Y cuando tuvo a su primer hijo y al segundo. Nada hacía que Maite faltara a su espera diaria.

Nadie comprendía por qué, a pesar de haber encontrado el amor y haber formado una familia, Maite persistía en su espera.

¿Pensaba abandonarlo todo si él regresaba? ¿Por qué su marido consentía esa obsesión? ¿Qué clase de hombre era aquél que había logrado hechizarla de tal manera? Eso sólo Maite (y su marido, suponían) lo sabe.


Así que hoy, Maite, ha repetido su ritual diario y ahí está, sentada en el banco de siempre, esperando y leyendo, leyendo y vigilando. Llega el último tren de la tarde. Bajan los viajeros. Maite otea la multitud de rostros que van pasando en busca de la que lleva veinte años esperando.

Y hoy, por fin, lo ve. Tras veinte años, ha regresado.

En un tren vespertino, como ella ya sabía. Más viejo, como era de suponer. Con menos agilidad y menos brillo en los ojos. Con menos brío en el cabello y en el andar. Pero es él, sin duda. Lo reconocería entre mil.

Y él a ella también. Primero se sorprende. Luego sonríe con chulería, como siempre.

Maite se acerca al hombre que lleva lustros esperando. Ella también sonríe. Se para ante él, buscando en su mirada al joven que ella conoció… y lo encuentra. Allá, al fondo, sí, allá está el que ella conoció. Hay cosas que nunca cambian.

Maite aproxima su mano hasta el rostro largamente esperado.

Lo acaricia suavemente.

Él sonríe con suficiencia.

Maite retira su mano lentamente. Suspirando.

Luego, con un movimiento repentino e inesperado…. ¡PLAF! Maite le arrea tal bofetón que logra hacer tambalear al sorprendido sujeto.

- Esto por dejarme plantada, so imbécil.

Maite se da media vuelta y, dejando al hombre, con la cara encendida y dolorida, recoge su bolso, su libro y se larga a casa.