viernes, 13 de junio de 2008

La búsqueda


Recorría toda la casa, de un extremo al otro, buscándola.

- ¿Dónde está? – Rumiaba entre dientes - ¿Dónde la habré metido?


La enfermera la dejaba deambular por la casa sin molestarla.



- ¿Dónde la has escondido? ¿Eh? – Acababa gritando la vieja – Sé que la tienes escondida en algún lado.



Pues claro que la tenía escondida. En el sótano, dónde aún no se le había ocurrido bajar a buscar; no iba a permitir que se paseara por ahí con esa cosa sucia y ajada. En realidad, ni tan siquiera debería ir dando tumbos por toda la casa, en camisón pero no era cuestión de atarla la cama. Si bien se miraba, mientras andaba a la busca del tesoro hacía algo de ejercicio que nunca viene mal.


- Cuando la encuentre te vas a enterar, mala pécora. – Refunfuñaba cuando, ya cansada, se metía en la cama. A ella le hacía gracia eso de “mala pécora”, le parecía una expresión la mar de pintoresca. Estaba acostumbrada a exabruptos muchos peores así que no le daba importancia a sus insultos.


La ayudaba a arroparse. Le traía un poco de caldo. Y la dejaba apoyada sobre sus mullidas almohadas, susurrando algo que parecían oraciones y acariciando a ese gato mugriento que siempre andaba tras sus pasos.


A la mañana siguiente, desde bien temprano, nada más acabar con la leche del desayuno, comenzaba de nuevo la búsqueda de su tesoro. Otro día de murmuraciones, maldiciones, rodar de muebles e insultos mil.


Hasta el día en que, por fin, dio con lo que buscaba gracias al gato. Porque fue ese minino asqueroso el que dio con lo que la vieja llevaba meses buscando como una loca.



Ella, la enfermera, estaba convencida de que el gato la había seguido con la intención de descubrir dónde se encontraba lo que, con tanta ansia, buscaba su dueña. Nadie le haría cambiar de opinión al respecto: el gato la siguió premeditadamente hasta el sótano y premeditadamente se quedó allí encerrado.

Y una vez allí metido, todo era cuestión de esperar a que su ama se percatara de su desaparición, cosa que no tardó en ocurrir. Así que, por un momento, la vieja se olvidó de su búsqueda habitual y se dedicó a llamar a su minino.


- Sombra, mishi mishi mishi… ¿Dónde está mi gatito bonito? Sombra, bonita… mishi mishi mishi… - Bisbiseaba sin parar.


Hasta que escuchó los maullidos tras la puerta del sótano y hacia allá que se fue como un cohete (un cohete renqueante pero un cohete). La enfermera se le adelantó y la abrió primero, pensando que el gato saldría corriendo de la oscuridad pero no fue así, para nada. El felino, insistiría ella más tarde, lo tenía todo planificado y quería que su ama entrara en el sótano y encontrara lo que llevaba tanto tiempo buscando.


Por supuesto, ella no podía impedirle la entrada a la vieja. No podía negarse a que encendiera la luz y buscara al micifuz de las narices.


Así que se resignó a lo inevitable que no tardó en ocurrir. Un horrísono grito de alegría le indicó a la enfermera que la vieja, al fin, había dado con su mugriento tesoro.


- ¡Aquí estás, preciosa! ¡Tanto tiempo buscándote! ¡Por fin podremos dejar este inmundo pueblo! ¡Mi pequeña! ­– Canturreaba la vieja sin cesar.


La enfermera no salía de su estupefacción, sin duda la vieja estaba tan mal de la cabeza como le habían dicho cuando la contrataron. ¿Quién iba a decir que una escoba vieja y sucia pudiera hacer tan feliz a alguien? Pensó que lo mejor que podía hacer era darle algún sedante y llevarla a la cama.



Mientras hurgaba en el cajón de las medicinas, oyó cómo se abría la puerta que daba a la calle. Sorprendida, salió corriendo hacia ella y llegó justo a tiempo de ver cómo la vieja, montada sobre la cochambrosa escoba y en compañía de su gato, salía volando hacia las nubes.

La vio alejarse hasta que dejó de ver el blanco de su camisón y ya no pudo escuchar el eco de sus carcajadas.


Luego, lentamente, se tomó el tranquilizante que aún llevaba en la mano, mientras recordaba cómo se había reído el día que aquel nieto preocupado le contó que su abuela era una bruja.