viernes, 6 de junio de 2008

Jugueteando con dinosaurios...


Espero que, esté donde esté, Augusto Monterroso no se sienta ofendido por este jugueteo inocente e inofensivo con el más famoso de los microrrelatos en español. A saber: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". A partir de esta frase una servidora ha escrito unas cuantas tonterías sin sentido:


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí…. Y lo miraba con aire meditabundo. Se había pasado así toda la noche, contemplándolo y pensando. Lo primero que pensó es que era una lástima no ser un dinosaurio carnívoro para poder zampárselo. Luego pensó que bien podía darle un mamporro con la cola y enviarlo a experimentar el vuelo sin alas. Por último pensó que lo mejor era comerse todo lo comible que hubiera alrededor (unos pocos árboles raquíticos y unos cuantos arbustos famélicos) y esperar a que el hombre recuperara la consciencia.

Ya, lo podía haber despertado pero, a ver, era un dinosaurio y su diminuto cerebro no le daba para mucho más.

Así que, cuando el hombre despertó, el dinosaurio seguía allí. A fin de cuentas no tenía otra cosa que hacer. Él lo había traído hasta este lugar y con él tendría que seguir.

El humano lo miró de hito en hito, suspiró y, por fin, se animó a levantarse y, rascándose la cabeza, dijo:

- Si hubiera sabido que iba a acabar con 40 toneladas de dinosaurio como mascota, jamás me habría puesto a escribir aquella historia.


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí….

Menos mal, pensó, por el momento te he salvado. Fue muy difícil pero ha valido la pena. Me alegra tanto que sigas a mi lado… Pero ya sabes que volverá. Siempre lo hace.

Te prometo que pondré todo mi empeño pero no sé si la próxima vez podré convencer a mamá para que no te meta a la lavadora.



Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí….

No dejó de mirarlo mientras se frotaba los ojos aún llenos de sueño.

Ya no se divertía con ese diseño. Demasiado previsible.

Los tenía de todos los colores, tamaños y formas pero no le suponían ningún reto ya.

Quería probar cosas diferentes.

Llevaba unos días meditando sobre otro juguete más divertido. Algo con dos patas, por ejemplo, y que pensara y hablara y…. sí, y hasta que creara. Vaya, eso sí que sería algo divertido. Todo un reto.

De un manotazo, Dios acabó con el dinosaurio que tenía más cerca y luego con el resto. Y, sin dedicarle ni un pensamiento más, empezó a crear al hombre.


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí….

Esto… no… perdón. Quise decir: cuando despertó, el diccionario todavía estaba allí. Lo siento, fue un lapsus calami de esos…

Pues, eso, que el diccionario seguía allí, sobre la mesa, mirándole con ojillos malignos, dispuesto a continuar con su venganza. Vale, era cierto que él nunca se había fijado mucho en cómo usaba las palabras y vale, también era cierto que sus escritos estaban repletitos de faltas ortográficas y gramaticales. Vale, es verdad que todo el mundo le decía que le “daba unas patadas tremendas al diccionario”. Pero... ¿de verdad merecía un castigo tan cruel?

Era una injusticia tenerle ahí, atado con palabras a la silla y siendo obligado por ese maldito diccionario a copiar una por una todas las palabras incluidas en él, más todas las reglas ortográficas, más todas las leyes gramaticales habidas y por haber. No era justo para nada.

Pero no le quedaba otro remedio que seguir porque, cada vez que despertaba, el diccionario todavía estaba allí, enorme, implacable y lleno de palabras por copiar…