viernes, 23 de mayo de 2008

Nébulafobia*



Marisa odiaba la niebla. No había fuerza humana que la obligara a poner un pie fuera de casa cuando aparecía el primer indicio de bruma. Cuando eso ocurría, Marisa comprobaba que las puertas y ventanas estuvieran perfectamente cerradas, bajaba todas las persianas, se encerraba en nuestro dormitorio y, aterrorizada, permanecía en él hasta que le aseguraba que la niebla se había levantado y no quedaba ni un jirón de nube arrastrándose por las calles. Entonces, y sólo entonces, volvía a ser la Marisa de siempre.

Yo no acababa de comprender esa extraña fobia, me parecía absurda e infantil. En lugar de animarla a buscar ayuda profesional, le insistía en que era algo que debía superar por sí misma. Me enfadaba con ella y la acusaba de inmadura. Tenía que haber sido más tolerante y comprensivo, pero me podía mi carácter impaciente y autoritario.


No sabe cuánto lo lamento ahora.


Si yo lo hubiera sabido…


Aquella tarde regresábamos de celebrar nuestro decimoquinto aniversario con un delicioso fin de semana en un maravilloso hotel rural. Habían sido tres días de románticos paseos, amenas cenas, noches deliciosas… Volvíamos felices y con fuerzas renovadas. Después de tantos años, y a pesar de todos nuestros problemas, seguíamos amándonos y disfrutando de la mutua compañía. No nos podía ir mejor.


Cuando llevábamos una hora de viaje llegaron los problemas. Una espesa niebla comenzaba a bajar de las montañas. Marisa se removía inquieta en su asiento. Miraba con nerviosismo como las nubes iban bajando hasta llegar a la carretera por la que transitábamos. La respiración se le iba volviendo más agitada por momentos. Intenté calmarla, distraerla, pero era imposible.


Mientras el automóvil avanzaba, Marisa pudo controlar (aunque a duras penas) su miedo pero, como las desgracias nunca llegan solas, cuando más espesa era la niebla, nuestro todo terreno decidió que era el momento apropiado para estropearse. No sé qué le pasó y sigo sin saberlo. Se detuvo, sin más y, cuando todo hubo acabado, volvió a ponerse en marcha, también sin más.


Marisa no pudo resistir verse allí, sentada en mitad de una niebla tan espesa que era imposible ver algo a más dos palmos. La respiración se le alteró aún más, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Estaba cada vez más fuera de sí. Me pedía que arrancara el coche como fuera; me pedía que saliera a ver qué había pasado y, en la misma frase, me rogaba que no la dejara sola. Lloraba y gritaba. Parecía estar volviéndose loca por momentos.


Nunca la había visto en tal estado de pánico… y reaccioné enfadándome, gritándole, incluso la abofeteé pensando que así dejaría de gritar. Lo sé, no es la mejor manera de tratar a una mujer en pleno ataque de terror pero póngase en mi situación. En mitad de la nada, rodeados de niebla, con un coche inmovilizado y una mujer histérica que me gritaba incoherencias sobre la niebla y no sé quién que la llamaba.


El caso es que, el bofetón pareció surtir efecto y, Marisa, repentinamente, dejó de gritar. Dejó de llorar y comenzó a gemir como un animal herido. Aparte de eso, el silencio era tan espeso como la niebla que nos envolvía; sin embargo, Marisa seguía murmurando:


- Me llaman, Javier, me llaman. ¿No los oyes? Quieren que vaya con ellos.


Mi mujer se había vuelto loca. Eso es lo que pensé. Que mi pobre Marisa se había vuelto loca de terror. Yo no podía decir nada, no sabía cómo reaccionar. Y ella seguía:


- Me llaman. Escucha. Me están llamando y ya no me quedan fuerzas para seguir luchando, Javier. Si no nos vamos ahora, tendré que irme con ellos. Por favor, arranca el coche, por favor, por favor…


Pero yo no podía hacer nada ¿me entiende? Absolutamente nada. No sabía qué le ocurría al puñetero coche. El móvil no tenía cobertura y, por tanto, no podía pedir ayuda. Si no fuera por la niebla podía haber regresado andando al hotel pero en aquellas circunstancias no podía ni pensar en salir del coche, me perdería con sólo alejarme dos pasos.


De pronto, Marisa pareció cambiar. Dejó de llorar y su cara de angustia dejó paso a un gesto más que plácido, resignado.


Murmuró un:


- Ahora es la hora.


Se giró hacia mí aún con las mejillas húmedas, rozó mis labios con los suyos, me dijo que lo sentía y, a continuación, hizo lo último que hubiera esperado: abrió la puerta y salió a la niebla.


Sorprendido, salí tras ella. La vi dar uno, dos pasos hacia el interior de la bruma, que comenzó a rodearla. No, no, a rodearla no, más bien a abrazarla. La niebla la acogía, la recogía, la reconocía y la aceptaba como algo suyo. Sé que parece una locura pero sólo le cuento lo que vi y lo que sentí.


La llamé, llamé a mi Marisa. Le pedí que regresara al coche.


Ella me miró con tristeza y susurró:


- Te quiero, perdóname.


Y, mientras pronunciaba estas palabras, Marisa, me crea o no, se iba difuminando, se iba volviendo transparente, sutil como un retal de leve gasa blanca. Se deshacía en tenues jirones de niebla.


Nunca me creerán pero no me importa. Yo sé lo que pasó. Sé lo que vi.


Marisa, mi dulce Marisa, se fundió con la niebla.


Se volvió bruma y aire.


Se fue con ellos.


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* Nebulafobia:Miedo a la niebla.

Definición ampliada: Se define como un persistente, anormal e injustificado miedo a la niebla. También se conoce como homiclofobia