Sueño o realidad




Durmiendo sueño lo que despierto
sueño. Y mi soñar es continuo.

Antonio Porchia


Desde muy pequeña, Ivanna Alvires había tenido grandes problemas para distinguir la vigilia del sueño. Tan real le parecía lo uno como lo otro y se movía sin dificultad en ambos mundos. Algunas veces (muchas) hablaba de los lugares y personas que veía en sueños como si fueran seres reales y, otras veces (también muchas), trataba a las personas y lugares reales como si fueran productos de sus ensueños nocturnos.


Esto, claro está, le granjeó fama, en el mejor de los casos, de bicho raro y, en el peor, de loca de atar.


No es que le importara demasiado. Lo que no encontraba en un mundo, lo tenía en el otro… y viceversa. Así, por ejemplo, a falta de amigos en un lado, Ivanna logró crear una gran pandilla en el otro. Si en un mundo era una buena estudiante, en el otro era una rebelde indomable. Un trabajo mediocre era compensado en su otra realidad por un trabajo apasionante y muy bien remunerado. En fin, una vida compensaba la otra y así Ivanna vivía una vida anodina en un universo y lograba todos sus deseos en el otro.


No acababa de sentirse, sin embargo, habitante de ninguno de los dos mundos. Ni se sentía del todo real, ni se sentía del todo un ser onírico. Cierto que en uno de los dos universos su vida era, al parecer, mucho más llena y feliz pero, a pesar de ello, Ivanna no encontraba razones para dar el paso definitivo que la llevara a establecerse permanentemente en uno de los dos.


¿Para qué elegir? Se sentía cómoda con esa doble vida. Un mundo le permitía descansar y huir del otro, le gustaba el perfecto equilibrio que había establecido entre ambos y disfrutaba al máximo de ambos.


Hasta que conoció a César Arellanes, y la armonía que había logrado se hundió en su profunda mirada y en su acogedora sonrisa.


Ivanna Alvires se rindió al amor sin condiciones y sin regreso posible.


Pensó, en un principio, que podría continuar con su habitual alternancia entre la realidad y el mundo onírico pero pronto se percató de que tal cosa iba a resultarle, como mínimo, complicado. La relación amorosa avanzaba y, como es natural, ambos deseaban pasar más tiempo juntos y eso, con la extraña vida de Ivanna, no era tarea sencilla.


De modo que el día en que César Arellanes le pidió matrimonio, Ivanna supo que debía abandonar una de sus vidas. Resultaría imposible formar una familia si seguía viviendo entre la realidad y el sueño.


Tomada la decisión, el resto era cosa fácil. Aquella misma noche Ivanna Alvires abandonó definitivamente uno de sus dos mundos porque quería seguir a su corazón y lo hizo con una hermosa sonrisa en los labios.


Todo esto me lo contó Ivanna antes de decirme adiós. Yo fui la única que la vio pasar de este mundo al mundo donde la esperaba César. Tal vez debí intentar detenerla, hablarle de la estupenda vida que tenía, recordarle lo mucho que amaba su trabajo y el éxito que en él tenía. Quizás debí hablarle del dolor que causaría en sus amigos y en su familia y recordarle todo lo que quería abandonar. Sí, tal vez debí hacer todo eso pero teníais que haber visto sus ojos, su sonrisa, la felicidad que reflejaba su rostro.


Ahora vive en una clínica mental.



Dicen los médicos que se encuentra en estado catatónico permanente. Eso dicen.


También dicen que la sonrisa permanente que luce en su rostro no es tal sonrisa sino un simple rictus. Eso dicen.


Creen que está hundida en un mundo imaginario del que no puede salir.


Están convencidos que nuestro mundo es real y que ella vive en un mundo de sueños.


Yo, la verdad, no lo tengo tan claro.










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