La maleta



Nadie entendía por qué la pequeña Mirta llevaba siempre esa enorme maleta.

Una maleta enorme y pesada.


Una maleta que Mirta arrastraba tras sí con mucho esfuerzo.


Todo el mundo miraba a la niña recorrer las calles con ese tremendo peso tras de sí y todo el mundo se preguntaba qué llevaría allí dentro.


Algunos intentaron que la abandonara.


Algunos quisieron ayudarla a cargar con ella.


Y uno, por fin, le preguntó qué llevaba en la maleta que fuera tan importante como para cargar siempre con ella.


- Mis vestidos. – respondió ella.


- ¿Tus vestidos? – Se sorprendieron todos.


- Sí, mis vestidos – dijo Mirta mientras abría la maleta. – Mirad, aquí está mi vestido de buena hija y aquí mi vestido de estudiante y aquí mi vestido de hermana mayor y este de aquí es el de hacendosa y ese de ahí es el de traviesa. También tengo el vestido de tozuda y el de presumida; el de marimandona y el de despistada y el de…


- Vale, vale, ya nos hacemos una idea. Pero son demasiados vestidos para una niña tan pequeña ¿no?


- Uf, pues cada vez tengo más, no crea. Cada día me aparece uno nuevo.


- ¿Y no te cansas de llevarla todo el día contigo?


- La verdad es que sí.


- Pues ¿sabes qué pienso Mirta? Pienso que quizás deberíamos vaciar esa maleta tan pesada. ¿Qué te parece?


- ¿Vaciarla? ¿Puedo hacer eso? ¿En serio? ¡Genial!


Y entre Mirta y su nuevo amigo comenzaron a sacar uno por uno todos los vestidos hasta que acabaron formando una pequeña montaña de ropa en medio de la plaza.


Cuando sacaron el último de los vestidos descubrieron que en el fondo de la maleta había un hermoso espejo.


La niña lo tomó en su mano, se miró en él y esbozó una enorme y preciosa sonrisa.


Era la primera vez que Mirta se veía a sí misma.


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