martes, 19 de febrero de 2008

Dulces ancianitas (Divertimento)



Una multitud enfurecida se agolpaba frente… frente…. Eehm… Esto… ¿Me permite una pregunta?


- Sí, claro, como no.


- ¿Son ustedes la “multitud enfurecida?


- Por supuesto ¿Es que no se nota?


- Hombre, pues si le soy sincero… esto… ¿Puedo hacerle otra pregunta?


- Dispare, dispare sin miedo.


- ¿Cuántos son exactamente?


- Mmmm… pues, a ver, si contamos a ese diablillo inútil de Belial que anda por ahí y al hombre invisible… pues unos siete. O seis. ¿El Dr. Jekyll y Mr. Hyde se cuenta cómo uno o cómo dos? Siempre me hago un lío con eso.


- Vaya. Yo creía que una “multitud enfurecida” era, digamos, algo más abultado… ejem… vamos que… ¿no debería haber más “multitud”?


- Sí, bueno. Si tiene razón pero, claro, es que es un día laboral ¿sabe usted? Y no puede venir todo el mundo. Hay que ganarse la manduca. Y luego está la señora del hombre del saco que se nos ha puesto hoy de parto. La banshee iba a venir pero, a última hora le han surgido tres o cuatro anuncios de muerte…. Y… en fin, digamos que hemos elegido un mal día. Pero, vamos, aquí estamos nosotros en representación de nuestros convecinos y venimos muy bien preparados, no crea. ¿Ve? Tenemos de todo: tres antorchas (Belial quería traer más. Es que tiene cierta tendencia a la piromanía, cosa de su naturaleza, pero al final le convencimos de que con tres ya nos valía), una horca, dos hoces e, incluso, esta guadaña ¿ve?


- Pero… oiga… esa guadaña tiene la hoja de goma ¿no?


- Ejem… bueno, sí, pero ¿sabe usted lo que cuesta encontrar aperos de labranza en medio de una gran ciudad? Encima no me sea exigente.


- No, si visto así... En fin, va a decir usted que soy un pesado pero ya que se ha mostrado usted tan amable, no le importará saciar mi curiosidad una vez más.

- Por supuesto que no, buen hombre, dígame usted.


- Muchas gracias. Verá es que, bueno, no es que sea yo ningún experto pero ¿Por qué se reúnen frente a esta casita tan mona? ¿No deberían estar, no sé, frente a un castillo tenebroso, por ejemplo?


- ¿Frente a un castillo tenebroso? ¿Y por qué iban a estar mis vecinos reunidos frente a mi casa con teas y hoces y esas cosas? Nos conocemos de toda la vida. ¿Qué les he hecho yo para que me hagan eso? ¿Sabe usted algo que yo no sepa? Ah, seguro que es por culpa de ese poltergeist de pacotilla que…


- No, no, escuche… tranquilo. Nadie va a ir a su casa, en serio. No. Yo sólo me preguntaba por qué están ustedes aquí. Parece una casita de lo más inofensiva ¿Quién vive ahí? ¿Alguna arpía terrible? ¿Alguna bruja terrorífica? ¿Una banda de Cocos violentos? Debe ser alguien muy peligroso.


- Y que lo diga. Verá ahí vive, nada más y nada menos que la Señora Charo.


- ¿…? ¿Ha dicho usted la Señora Charo? ¿…?


- Sí, sí, una ancianita.


- Oh, ya veo. Jummm. Algo realmente terrorífico. Eeer. Debe darles mucho miedo ¿no? Mmmmpfff…


- ¿Le pasa algo? Está haciendo unas muecas muy raras.


- No, no, nada… mmmpfffjjjjaammmpff… Así que una ancianita ¿eh? Mmmmppfffjijij… coff, coff…


- Si, no imagina usted lo horrible que es. Fíjese, fíjese en esa casa. Da escalofríos. Esas cortinas blancas con esos encajitos. Y ese jardín tan bien cuidado. ¿No le parece aterrador?


- Ya ve… tengo los pelos de punta… ji ji ji… ejem…


- ¿Y por dentro? Es aún peor. Las puertas no chirrían. Y no hay ni una mota de polvo. Oh, y esos tapetitos de ganch… hasta decirlo me causa pavor… ¡tapetitos de ganchillo! Por todos lados. Sobre las mesas. Sobre los sillones. Hasta en la caseta del perro. Y figuritas de bailarinas y de animalitos. Y esas fotografías… ¡es horrible, horrible! Una vez estuve dentro y salí espantado, créame usted que fue horripilante.


- Bueno… sí… eso de los tapetitos suena un poco inquietante pero… ejem…. Es una dulce ancianita y usted... usted es un vampiro adulto. Debería ser ella la aterrorizada… ¿no? …mmmpffjjjjijji… jummm…


- Sí, sí, ríase usted pero le dimos una oportunidad. Cuando llegó a nuestra ciudad decidimos dejarla en paz. Nos dijimos que no podíamos comportarnos como los seres humanos y rechazarla sólo por ser diferente pero fue un error. Tenerla entre nosotros ha sido algo pavoroso. Una vez me invitó a comer ¿sabe? Y casi acaba conmigo. ¡Me obligó a comer sopa de ajo y pollo al ajillo! Ya, ya, podría haberme negado pero… ¿ha intentado usted decirle que no a una “dulce ancianita” que le anima a comer “porque-está-usted-muy-delgado-y-además-he-estado-toda-la-
mañana-en-la-cocina-no-me-haga-usted-este-feo-hombre”, mientras le mira con ojillos tiernos de abuelita desvalida? ¡Es espeluznante!


- Ya veo, ya.


- ¿Y sabe usted lo que ha hecho con Mr. Wolf? Pobre hombre-lobo, pobre amigo mío. Una noche de luna llena, mientras corría el pobre disfrutando de su “noche loca” se encontró con la Señora Charo y ¿qué pasó? Pues que la señora se puso a hacerle caricias y el pobre Mr. Wolf que es un cacho de pan, la dejó hacer y cuando quiso darse cuenta ¡zas! Le había puesto un collar y una correa y se lo había llevado a su casa. Mírelo, mírelo al pobre. Ahí, atado. Viviendo en una caseta para perros. Comiendo comida para perros. Jugando con juguetes para perros. Y lo peor de todo es… es… ¡que le obliga a llevar chalequitos y pantaloncitos! ¡Terrorífico!


- Hombre, visto así…


- Y aún podría contarle más historias horripilantes. ¡Y nuestros hijos! Oh, si supiera usted lo que hace con nuestros hijos… Los está convenciendo para que se vistan con colores alegres ¿se imagina usted? Mi hija lleva falditas rosas y lacitos. ¿Qué clase de vampira se viste así? ¿Eh? Los chicos se están rebelando contra sus padres. No quieren puertas chirriantes, no les gusta el negro, ni quieren vivir en féretros ni ninguna de nuestras tradiciones. El chico mayor de Mr. Wolf se ha vuelto vegeteriano ¡Vegetariano! ¡Imagínese! Hay diablillos que se han hecho amigos de los ángeles… ¡es perverso! ¡Y ahora quieren salir de día! ¿Le parece normal? ¡De día! ¿Dónde vamos a ir a parar? ¡Esa mujer es el peor monstruo que conozco y hay que expulsarla de la ciudad! Por eso estamos aquí.


- Eeer… pues me parece que no le va a resultar fácil.


- ¿Por qué dice eso?


- Bueno… como le diría yo… verá… creo que la "horrible" ancianita está invitando a su “multitud enfurecida” a té con pastas… ¿Ve? Y la verdad es que tienen buena pinta. Mire, con su permiso, yo me voy con sus compañeros y otro día, si vuelve a intentarlo, nos ponemos de acuerdo y, con mucho gusto, narraré la historia de cómo expulsaron a la “terrible ancianita de la casa amarilla”. ¿Le parece?


- Té… pastas… oh… Sssí… claro… lo que usted diga. Creo que por aquí tengo algo para el dolor de cabeza… ¡Ancianitas inofensivas! ¡Ja! ¿Dónde iremos a parar?