martes, 12 de febrero de 2008

Carta diabólica


Estimados
Señores del Vaticano:

Que sepan ustedes que me tienen muy harto con sus tontunas.


Vale que me insulten.


Vale que lleven siglos vejándome e injuriándome.


Vale que pretendan convertirme en el culpable de todos los males de la humanidad.


Vale que no hayan parado ustedes hasta arruinar completamente mi reputación.


Acepto que me llamen cosas como “El señor de las moscas” (con la manía que le tengo yo a esos bichos…) o “El Príncipe de las Tinieblas” (este, al menos, tiene cierto glamour) o cosas peores.


Incluso soporto con resignación que se empeñen en hacer creer a su clientela que tengo pinta de macho cabrío, serpiente o monstruo horroroso (con lo bien plantao que es uno, en fin…).


Acepto y soporto todo eso. Es más, no niego que, en el fondo, disfruto con este papel de “malo de la película” que el “De arriba” y ustedes me han adjudicado en la historia humana.


Paso por todo eso sin rechistar pero que se rían de mí, no ¿eh?


Eso no.


Y es que ya no tengo edad para según qué cosas y me agota estar de aquí para allá cada vez que a uno de ustedes les da por llevar la contraria a su predecesor.


No se me hagan los locos. Saben perfectamente a qué me refiero.


Viene uno de sus Papas y dice: “El infierno no existe”.


Y ahí me tienen ustedes. Un poco confuso pero contento, haciendo las maletas, cerrando el garito y largándome de vacaciones eternas.


Y miren ustedes que me costó deshacerme de todas aquellas almas condenadas.


Buf, condenadas almas, menuda lata me dieron.


- ¿Pero dónde vamos a ir, jefe? – Me decían.


- Con la de siglos que llevo yo aquí, no voy a apañarme en otro sitio, jefe.


- Jefe – me espetaban otros - ¿No puedo irme con usted?


Y, claro, yo sin saber qué hacer con toda esa caterva. Pobres. Les había cogido cariño y todo (fíjese que, por ejemplo, Judas o Pilatos llevan tantos siglos conmigo que hasta tienen un puesto fijo en la administración infernal). En fin, que al final, los mandé a hablar con el “De arriba” y me desentendí del asunto.


Después de todo fue uno de sus subordinados el que montó semejante pollo.


Y ya me había acostumbrado a la jubilación. Y estaba disfrutando de litros de margaritas allá en el Caribe, descansando de tantísimos años de trabajo cuando, de repente, llega su nuevo Papa y suelta, así, sin anestesia ni ná: “El infierno sí que existe”.


Y ya la tenemos otra vez liada.


Había que volver a casa. Otra vez a hacer las maletas. Y luego… uf… menudo trabajo: quitar el polvo, pintar, arreglar todo lo que el desuso había estropeado… Y encontrar a todas esas almas que andaban por esos mundos de Dios (literalmente). Menos mal que, al menos al “De arriba” se le había ocurrido hacer una base de datos con todas las almas condenadas y el lugar al que las había enviado.


Algunas volvieron en cuanto se enteraron de la noticia y, además, contentísimas, no crean. Pero a otras hubo que “convencerlas con amabilidad”… ejem… ya me entienden.


Así que aquí estamos otra vez. Con el infierno abierto y recibiendo almas. Con lo a gusto que estaba yo tentando a jovencitas en tanga.


Pero a lo que iba.


Que ya está bien.


Que no se puede jugar con uno de esta manera.


Hoy me cierran el chiringuito, mañana me lo abren.


Hoy existe el infierno, mañana no y pasado mañana quién sabe.


Yo ya tengo una edad y no puedo estar con esta inseguridad.


De modo que les exijo que se aclaren de una puñetera vez y me dejen disfrutar en paz ya sea de mi trabajo o de mi retiro.


No me obliguen a acudir directamente al “De arriba” que ya saben la mala leche que tiene el tío y va a ser peor.


Me da igual lo que decidan. Si deciden que existe, bien. Si deciden que no existe, también.


Pero aclárense, hagan el favor, aclárense. Tanta infabilidad, tanta infabilidad y miren la que me montan por un quítame allá un infierno.


En fin. Eso es todo por ahora.


Sin nada más que decirles (por el momento), se despide de ustedes afectuosamente:


Satanás Satán Lucifer Luzbel Belcebú Mefistófeles de Todos los Demonios.