viernes, 7 de octubre de 2022

BÚSQUEDA


Indalecio había sido siempre un ser solitario. Le resultaba muy difícil hacer amigos, y lo de conseguir novia resultaba una utopía digna de novela. No era su soledad la soledad de quien carece de habilidades sociales y atractivos, sino algo distinto, más profundo. 

Siempre se había sentido un extraño, un forastero, un invitado en la gran fiesta de la humanidad, como si no formara parte de ella. De modo que cuando llegaron los viajes entre universos paralelos, Indalecio pensó que habiendo infinitos yoes en infinitos mundos, malo sería que no hubiera un lugar del que sentirse parte y algún otro yo que lo acogiera con los brazos abiertos. Así que, decidido a encontrar su propio lugar en los universos, Indalecio dejó atrás su vida y marchó a la búsqueda de sí mismo.



La búsqueda era un trabajo arduo e inacabable, explorar infinitos universos, no era cosa que se resolviera en un fin de semana. En los universos con una tecnología avanzada la cosa era bastante simple y rápida, pero en aquellos que estaban en el equivalente terrestre al siglo XIX e inferiores, la tarea se tornaba realmente complicada. Y entonces encontró un universo digno de las más felices novelas de ciencia ficción en el que científicos e ingenieros habían hallado el modo de localizar rápidamente a los otros yoes en todos los universos paralelos sin necesidad de poner un pie en ellos. Bastaba con un poco de ADN del yo buscador para que, en una pequeña pantalla, aparecieran todos y cada uno de sus otros alternativos.
Indalecio, sin pensárselo dos veces, gastó con gusto los ahorros que le quedaban a cambio de recibir tan valiosa información. Un frotis bucal y 24 horas más tarde, se encontraba ante la pantalla de un ordenador preparado para recibir el extenso listado de sus yoes paralelos.
Estaba hecho un manojo de tensos nervios, sentía las manos sudorosas y le temblaba hasta la raíz del pelo. Su búsqueda estaba a punto de dar un enorme paso adelante.


Dio al enter, en la pantalla parpadeaba el mensaje “esperando resultados”.
El mensaje desapareció.
Apareció un nuevo mensaje:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

—Debe de ser un error—, dijo Indalecio a la nada que lo acompañaba y comenzó de nuevo.
El resultado fue el mismo:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

—Imposible—, insistió Indalecio para nadie y volvió a repetir el proceso.
Y repitió.
Y repitió.
Y repitió.
Y cada vez el resultado era el mismo:

“CERO COINCIDENCIAS ENCONTRADAS”.

Al fin comprendía por qué esa sensación de soledad y extrañeza. 
No había otro yo, Indalecio era una probabilidad casi imposible.
Indalecio era el único Indalecio existente en todos los infinitos universos paralelos.



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